Historia
Tal día como hoy: que pasó el 25 de enero y por qué importa
El 25 de enero es una fecha con varias capas, como una ciudad vieja donde excavas un poco y aparecen épocas distintas, pegadas por el frío, la política, la ciencia y hasta por el agua del grifo.

El 25 de enero es una fecha con varias capas, como una ciudad vieja donde excavas un poco y aparecen épocas distintas, pegadas por el frío, la política, la ciencia y hasta por el agua del grifo. En un mismo día se inaugura el primer gran escaparate del invierno deportivo moderno en Chamonix, se da por cerrada una de las batallas más brutales de la Segunda Guerra Mundial, se celebra un avance simbólico que acorta un continente con un simple “¿me oyes?”, estalla una revolución en una plaza de El Cairo que cambia la década y un robot cae en Marte y, sin pedir permiso, reescribe la paciencia humana. Incluso en España, un 25 de enero reciente dejó una herida y una discusión pública incómoda que todavía no ha terminado del todo.
Importa porque muchas cosas que hoy se dan por hechas —los Juegos de invierno como industria global, la idea de que una guerra se “cierra” con una fecha en el calendario, la comunicación como rutina, las revoluciones que se encienden con una convocatoria y se apagan con años de resaca, la exploración espacial convertida en relato cotidiano, los debates sanitarios que vuelven como el reflujo— tienen una escena, un gesto, un titular, justo en un 25 de enero. No es magia: es historia apilada, y ese apilamiento explica por qué esta fecha reaparece cada año con un eco raro, familiar.
Chamonix 1924, el invierno se inventa en público
El 25 de enero de 1924, en Chamonix, Francia, el invierno dejó de ser un paisaje y se convirtió en un espectáculo organizado, con ceremonia, con bandera, con estadio y con la sensación de estar inaugurando algo que aún no tenía nombre del todo. Aquello se presentó como Semana Internacional de Deportes de Invierno, una solución diplomática y algo tímida para meter el hielo y la nieve dentro del universo olímpico sin enfadar demasiado a quienes ya tenían sus propias competiciones nórdicas. Aun así, la escena fue clara: Gaston Vidal —subsecretario de Estado— declaró abiertos los Juegos y, con ese gesto, se activó una tradición que hoy parece eterna.
Chamonix reunió a 16 países y a alrededor de 258 deportistas, una cifra minúscula si se compara con el tamaño actual de cualquier edición. Había un detalle muy de época: la participación femenina era casi simbólica, 11 mujeres en total, y básicamente concentradas en el patinaje artístico, mientras el resto del programa respiraba un aire marcial, de resistencia, de frío entendido como prueba de carácter. El “esquí alpino” todavía no era el rey del cartel; dominaban disciplinas que hoy suenan antiguas y, a la vez, perfectamente contemporáneas: velocidad sobre hielo, combinadas nórdicas, saltos, curling, bobsleigh, hockey. La mezcla era curiosa y bastante cruda, sin la coreografía televisiva que hoy se da por obligatoria.
En ese inicio hay nombres que funcionan como fósiles brillantes. Charles Jewtraw, estadounidense, ganó el primer oro de la historia de los Juegos de invierno, en los 500 metros de patinaje de velocidad: una carrera breve, eléctrica, casi un chispazo, pero con un peso simbólico enorme. Noruega salió disparada como potencia natural del hielo; Thorleif Haug fue la cara de esa superioridad, con una cosecha de medallas que consolidó la idea de que el norte dominaba el invierno con una autoridad casi biológica. Y Canadá, en hockey, no fue potencia: fue apisonadora. El equipo canadiense —los Toronto Granites— marcó una diferencia que hoy cuesta imaginar sin pensar en una liga profesional enfrentada a equipos semiamateurs: 122 goles a favor y 3 en contra en el torneo. Un dato que suena a error tipográfico y, sin embargo, forma parte de la mitología exacta de aquellos días.
La escena femenina tiene también su imagen icónica: la austriaca Herma Szabo ganó el oro en patinaje artístico y una niña noruega, Sonja Henie, con 11 años, compitió allí como promesa; después sería campeona olímpica y estrella de cine. El invierno olímpico nacía con esa mezcla extraña de dureza y cuento: nieve real bajo las botas, y al mismo tiempo una fábrica de relatos recién encendida.
Chamonix, además, se convirtió en una especie de plano piloto de lo que vendría: instalaciones levantadas a toda prisa, gradas, pista, logística, hotelería, un valle que aprende a ser escenario global. La propia historia oficial terminó de ponerle sello a posteriori: años después, el Comité Olímpico Internacional reconoció aquella “semana” como los primeros Juegos Olímpicos de Invierno. La etiqueta llegó más tarde, pero el impacto ya estaba hecho. Desde entonces, cada edición arrastra un hilo que empieza ahí, en ese 25 de enero con aire de inauguración improvisada.
Y el eco llega directo a 2026: Milán-Cortina está a la vuelta de la esquina del calendario, con ceremonia inaugural prevista el 6 de febrero de 2026 en el estadio de San Siro y un despliegue italiano que ha mezclado cultura pop, estética y un discurso de país anfitrión que quiere sonar moderno sin perder épica. Entre Chamonix y Milán hay un siglo de cambios, sí, pero el gesto básico es el mismo: convertir el invierno en lenguaje universal, con música, luz y deporte como traductor.
1915, una voz cruza el continente y cambia la escala
Si Chamonix puso al invierno en el mapa mediático, el 25 de enero de 1915 hizo algo parecido con la comunicación. Ese día se celebró la apertura ceremonial del servicio telefónico transcontinental en Estados Unidos, con una llamada entre Alexander Graham Bell en Nueva York y Thomas Watson en San Francisco. La escena estaba pensada para el espectáculo, conectada al ambiente de feria y modernidad de la Panama-Pacific International Exposition. No era un invento de última hora: la línea se había completado antes y ya se habían hecho pruebas técnicas, pero el mundo funciona así, con fechas simbólicas que sirven para clavar banderines en la historia.
Bell repitió su frase famosa —la de “Mr. Watson, come here…”— y Watson respondió con ironía: que tardaría varios días en llegar, ya no con pasos cortos por el laboratorio, sino atravesando un país. En la llamada participaron también figuras políticas: se asomó el presidente Woodrow Wilson, y aquello tuvo el tono de ceremonia nacional, como si la electricidad fuese una nueva forma de patriotismo. Lo interesante, visto desde hoy, es la sensación de cambio de escala. De pronto, la distancia deja de ser una pared y se convierte en un ruido de fondo. Y cuando eso ocurre, cambia la economía, cambia la política, cambian las relaciones personales, cambia incluso la manera de imaginar el mundo.
Ese 25 de enero no inventó el teléfono, ni siquiera inventó la larga distancia, pero puso en la mesa una idea que sigue vigente: la tecnología necesita un momento narrativo para hacerse real. Una red no existe del todo hasta que se cuenta como historia. Aquella llamada fue exactamente eso, una historia contada en directo, con el subtexto de “mirad lo que viene”. Y lo que vino fue una cadena de consecuencias que hoy vive en los móviles, en las videollamadas, en la obsesión por estar conectados a todas horas. Un hilo fino, metálico, estirado entre dos costas, que terminó convirtiéndose en hábito global.
1945, el final de las Ardenas y el día en que el agua se volvió política
El 25 de enero de 1945 se considera la fecha de cierre de la Batalla de las Ardenas, la gran ofensiva alemana lanzada en diciembre de 1944 para romper el frente aliado en el oeste. Cuando se menciona “las Ardenas” suele aparecer una imagen de bosques, nieve, barro helado, convoyes, un frío que no es romántico sino cortante, casi industrial. La batalla dejó una cifra de bajas descomunal y un catálogo de escenas que la memoria bélica ha repetido hasta convertirlas en iconos: Bastogne, el cerco, la resistencia, la llegada de refuerzos, el giro del frente. El 25 de enero funciona como punto final administrativo, pero la verdad es más lenta: los combates se van apagando como se apaga un incendio grande, por zonas, con humo durante días.
La importancia de esa fecha no está solo en el desenlace militar. Las Ardenas consolidan una idea que en Europa se volvió piedra angular: que la guerra moderna puede decidirse en semanas, sí, pero marcar generaciones. Las cifras dan vértigo incluso hoy, acostumbrados a ver números en pantalla: se habla de decenas de miles de bajas estadounidenses y cifras comparables en el lado alemán. El episodio también dejó un aprendizaje táctico, una lección de logística y, sobre todo, un recordatorio de que la propaganda de “último esfuerzo” puede hacer muchísimo daño aunque fracase.
Y, en un contraste casi cruel, ese mismo 25 de enero de 1945 aparece otra escena, muy distinta, sin uniformes ni mapas de frente: en Grand Rapids, Michigan, comenzó la fluoración del agua potable como política pública. Suena menor al lado de una batalla, pero es una de esas decisiones que se infiltran en la vida cotidiana durante décadas. Grand Rapids se convirtió en la primera ciudad estadounidense en añadir flúor al suministro de agua con un objetivo explícito: reducir las caries en la población infantil. La medida formaba parte de un experimento de salud pública que luego sería estudiado durante años y que acabaría influyendo en programas similares en muchos lugares del mundo.
Ahí hay un giro interesante: 1945 suele recordarse por el final de la guerra, por la caída del nazismo, por la reorganización del planeta. Y, sin embargo, en paralelo, se estaba diseñando el modelo de Estado que entra hasta el último rincón de la casa, el Estado que previene. El flúor en el agua es exactamente eso: una intervención silenciosa, sin ceremonia, sin épica, que pretende mejorar un indicador sanitario sin que nadie tenga que hacer nada. Es medicina de infraestructura.
La historia, además, no se quedó en 1945. El flúor se convirtió en uno de los debates sanitarios más longevos y, en los últimos años, el asunto ha vuelto con fuerza en Estados Unidos: Utah prohibió añadir flúor al agua pública a partir del 7 de mayo de 2025, y Florida aprobó una restricción que entró en vigor el 1 de julio de 2025, limitando que gobiernos locales siguieran fluorando el suministro. A eso se sumó un movimiento federal: la FDA anunció en mayo de 2025 que iniciaba acciones para retirar del mercado ciertos productos de flúor ingerible no aprobados para niños. La discusión mezcla ciencia, política, desconfianza, libertad individual y salud pública; y lo hace de la forma más incómoda posible, porque toca algo tan básico como el agua. El 25 de enero, en ese sentido, no es solo una fecha histórica: es un espejo donde se ve cómo la guerra y la higiene pueden convivir en el mismo día, como si el calendario se permitiera la contradicción sin despeinarse.
1961, Kennedy en directo y el nacimiento de la política televisada
El 25 de enero de 1961 sumó otra pieza al puzle de la modernidad: John F. Kennedy ofreció su primera rueda de prensa presidencial en directo por televisión, desde el auditorio del Departamento de Estado en Washington. Hoy parece normal hasta el aburrimiento —políticos respondiendo preguntas ante cámaras, titulares instantáneos, recortes virales—, pero en aquel momento fue un salto cultural. Se estima que la audiencia llegó a decenas de millones. El mensaje era doble: transparencia (o algo parecido) y control del relato. La televisión no solo mostraba al presidente, lo fabricaba.
El contexto era Guerra Fría pura, con crisis abiertas y un mundo partido en dos. Kennedy habló de negociaciones para limitar pruebas nucleares y, en una de las noticias más llamativas, anunció la liberación por parte de la Unión Soviética de dos supervivientes de un avión estadounidense RB-47 derribado meses antes. Los nombres quedaron asociados al episodio: el capitán John R. McKone y el capitán Freeman “Bruce” Olmstead, rescatados y retenidos en Moscú antes de ser liberados como gesto de buena voluntad tras el cambio de administración en Estados Unidos. En un solo acto, la rueda de prensa mezclaba diplomacia, tensión militar, propaganda y, sobre todo, esa nueva forma de política donde el público ya no se imagina lo que ocurre: lo ve.
La importancia de ese 25 de enero se nota hoy en cómo se consumen los conflictos, las guerras y hasta las medidas sanitarias: todo pasa por una cámara, por una frase, por el gesto del dirigente. El poder aprende a hablar en plano corto. Y el periodismo, desde entonces, convive con una paradoja: cuanto más visible es la política, más puede volverse teatro. Kennedy, con su estilo sereno y su dominio del formato, ayudó a fijar el molde. Lo que vino después —debates televisados, comparecencias, ruedas de prensa convertidas en combate— tiene una raíz clara en aquel día.
1971, Uganda y el golpe que se presentó como promesa
El 25 de enero de 1971, mientras el presidente ugandés Milton Obote estaba fuera del país, en una cumbre de la Commonwealth en Singapur, el general Idi Amin ejecutó un golpe de Estado y se hizo con el poder. La escena es casi de manual: ausencia del jefe del Ejecutivo, control de puntos estratégicos, mensaje por radio, toque de queda, el ejército como árbitro final. En Kampala y en otras zonas se registraron enfrentamientos, pero el golpe cuajó rápido.
Lo que hace especialmente significativo ese 25 de enero es el arranque del relato. El golpe no se vendió, de entrada, como la llegada del terror, sino como una corrección, una oportunidad, una forma de “enderezar” el país. Durante unas horas, incluso durante unos días, hubo quien lo celebró. Esa ilusión inicial es parte de la tragedia: Amin terminó encabezando uno de los regímenes más brutales de África en el siglo XX, con purgas, violencia sistemática y un clima de miedo que provocó exilios masivos. El cambio de poder alteró también relaciones exteriores, equilibrios regionales y, con los años, desembocó en conflictos que arrastraron a países vecinos.
El 25 de enero de 1971 sirve para recordar una idea incómoda, repetida en muchos lugares del mundo: los golpes a veces llegan envueltos en lenguaje de salvación. Se presentan como orden, como limpieza, como solución. La historia posterior suele ser menos elegante. Uganda lo vivió con una intensidad devastadora, y ese día quedó marcado como el punto exacto en que la promesa se convirtió en otra cosa, mucho más oscura.
2011, la plaza Tahrir y el comienzo de una década turbulenta
El 25 de enero de 2011 estallaron las protestas en Egipto que acabarían formando parte del gran ciclo conocido como Primavera Árabe. La fecha no era casual: coincidía con el Día de la Policía en Egipto, un símbolo perfecto para una movilización que denunciaba abuso policial, corrupción, falta de libertades y precariedad económica. Las primeras concentraciones crecieron con rapidez, y El Cairo encontró su escenario: la plaza Tahrir, convertida en epicentro físico y mental de la revuelta.
En pocos días, la imagen de miles de personas ocupando el espacio público recorrió el mundo. Hubo cortes de internet, represión, enfrentamientos, discursos oficiales que prometían reformas, dimisiones parciales que no calmaban nada. El 11 de febrero, tras 18 días de protestas, Hosni Mubarak dejó el poder. Aquello fue celebrado como victoria popular. Pero el tiempo, siempre más complejo, abrió otra fase: transición incierta, elecciones, tensiones entre fuerzas políticas, el peso del ejército, y un país que entró en una espiral donde la esperanza inicial convivió con una realidad dura y, en muchos aspectos, regresiva.
¿Por qué sigue importando ese 25 de enero? Porque fue una demostración de cómo, en la era digital, una movilización puede encenderse rápido y crecer con un impulso difícil de predecir, pero también de cómo el después puede ser más largo y más pesado que el momento épico. Egipto se convirtió en referencia mundial, para quienes vieron en Tahrir una posibilidad y para quienes vieron un riesgo. El 25 de enero de 2011 quedó como fecha de inicio de una narrativa que todavía se discute: revolución, levantamiento, protesta masiva, cambio de régimen. Cada palabra arrastra su propia pelea.
Marte, Algeciras y un presente que no deja descansar al calendario
En la noche del 24 al 25 de enero de 2004 —dependiendo del huso horario desde el que se mire— el rover Opportunity aterrizó en Meridiani Planum, Marte, tras una entrada y descenso sin anomalías graves y un rebote de esos que parecen de dibujo animado: airbags golpeando el suelo marciano una y otra vez hasta quedar quietos. En hora del Pacífico fue el 24 por la noche; en tiempo universal ya era 25. El dato encaja en la lógica de esta fecha: el calendario como frontera porosa, el mismo instante etiquetado de dos maneras. Opportunity, diseñado para durar 90 soles y recorrer poco más de un kilómetro, terminó siendo una leyenda de ingeniería y paciencia: trabajó durante más de 15 años, recorrió decenas de kilómetros y envió pruebas decisivas de que Marte tuvo agua, con rocas y sedimentos que contaban una historia antigua. Ese pequeño robot encontró, casi nada más llegar, un cráter —Eagle— que parecía un escenario preparado por un guionista. Y allí empezó a escribir su relato, a base de imágenes, análisis y esa épica moderna que suena a ciencia pero se siente como aventura.
Un 25 de enero también puede ser áspero, pegado al suelo y al presente. En España, el 25 de enero de 2023, un ataque con arma blanca en dos iglesias de Algeciras terminó con un sacristán muerto, Diego Valencia, y varios heridos, entre ellos el sacerdote Antonio Rodríguez. El autor, Yassine Kanjaa, fue detenido y el caso abrió un debate tenso sobre radicalización, salud mental, seguridad y gestión institucional. Con el tiempo, el recorrido judicial añadió otra capa: en noviembre de 2025, la Audiencia Nacional absolvió al acusado del asesinato al considerar que actuó bajo un brote psicótico grave que anulaba su capacidad de comprender la ilicitud, y ordenó su internamiento en un centro psiquiátrico penitenciario durante décadas. La historia, por tanto, se movió del relato inmediato del terror al terreno más incómodo de la responsabilidad penal y la enfermedad mental. Un recordatorio de que los hechos no se quedan quietos en la primera versión.
Y, fuera de España, el 25 de enero de 2024 dejó otra imagen dura: Alabama ejecutó a Kenneth Eugene Smith mediante hipoxia por nitrógeno, en lo que se presentó como el primer uso de ese método en Estados Unidos. Smith había sido condenado por un asesinato por encargo cometido en 1988, el de Elizabeth Sennett. La ejecución —con una máscara que suministraba nitrógeno— duró alrededor de 22 minutos y fue observada por periodistas que describieron movimientos bruscos, respiración agitada y un proceso que desató condenas de organizaciones de derechos humanos y expertos internacionales. También reavivó el debate sobre la pena de muerte, la transparencia de los protocolos y la idea, siempre delicada, de qué significa “humano” cuando el Estado decide matar. Es un ejemplo extremo, pero encaja en el patrón: el 25 de enero como fecha en la que el presente se vuelve noticia con un filo difícil de disimular.
Entre el silencio marciano de Opportunity y el ruido de Algeciras o Alabama hay un contraste enorme, sí, pero la conexión es clara: el calendario no distingue entre hazaña y tragedia. Simplemente acumula.
Una fecha que no se queda en el pasado
El 25 de enero funciona como una especie de pasillo largo con puertas a distintos cuartos: en una, Chamonix y el nacimiento del invierno olímpico; en otra, una voz que cruza Estados Unidos y normaliza la distancia; más allá, el final formal de una batalla que dejó a Europa temblando de frío y muerte; en otra puerta, el agua tratada como política; en otra, la política convertida en espectáculo televisivo; en otra, un golpe de Estado que empezó prometiendo y terminó devorando; al fondo, una plaza llena que cambió la gramática de la protesta global; y, ya casi sin luz, un robot que aterriza en Marte mientras, aquí abajo, siguen ocurriendo cosas que obligan a mirar de frente.
No hay que forzar una moraleja. Lo que queda es más simple y más concreto: ciertas fechas se convierten en nudos porque acumulan momentos que explican el mundo actual. El 25 de enero es uno de esos nudos. Cada año vuelve, y con él vuelve la sensación de que la historia no es una línea recta, sino una pila de episodios donde el deporte, la guerra, la ciencia, la salud pública, la política y la violencia conviven sin pedir permiso. En esa convivencia —incómoda, real— está el motivo por el que esta fecha sigue importando.

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