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¿Qué pasa si cae Alí Jamenei? Los cuatro futuros para Irán

Desde el 28 de diciembre, una oleada de protestas ha recorrido decenas de ciudades tras el desplome de la moneda y un salto brusco del malestar económico; en apenas dos semanas, según recuentos de organizaciones de derechos humanos citados por agencias internacionales.

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Qué pasa si cae Alí Jamenei

Irán hierve: protestas, represión y el futuro sin Jamenei. Del modelo Rusia al de Pakistán, los cuatro escenarios que inquietan a Teherán.

Irán vive horas de tensión extrema y de ruido de fondo constante, como un zumbido eléctrico que no deja dormir. Desde el 28 de diciembre, una oleada de protestas ha recorrido decenas de ciudades tras el desplome de la moneda y un salto brusco del malestar económico; en apenas dos semanas, según recuentos de organizaciones de derechos humanos citados por agencias internacionales, la represión deja al menos 538 muertos —la mayoría manifestantes, también miembros de las fuerzas de seguridad— y más de 10.600 detenidos, en un país con el internet recortado o directamente apagado para dificultar la coordinación y la difusión de imágenes. En ese mismo tablero, Washington vuelve a insinuar que podría mover ficha: Donald Trump ha lanzado mensajes de apoyo a los manifestantes y de advertencia al poder iraní, mientras Israel se coloca “en alerta alta” ante el riesgo de una intervención estadounidense que dispare una reacción regional en cadena. En Teherán, la respuesta oficial ha sido doble, como puño y escudo: el presidente Masoud Pezeshkian promete medidas económicas y acusa a manos extranjeras de agitar el fuego, y el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, amenaza con represalias si Estados Unidos cruza la línea, señalando como objetivos a Israel y a las bases estadounidenses en la región.

En medio de esa tormenta, vuelve a ganar peso una pregunta que en Irán siempre está ahí, aunque a veces se pronuncie en voz baja: ¿qué ocurre cuando el hombre del vértice ya no está? La figura es Ali Jamenei, guía supremo desde 1989 y pieza central de un sistema construido para durar, con redundancias, controles, vetos y una arquitectura pensada para que nadie lo tumbe de un empujón. Y, sin embargo, el propio sistema muestra cansancio: economía asfixiada por sanciones y mala gestión, una sociedad que desafía símbolos y límites, y un aparato de seguridad que conserva fuerza pero pierde autoridad moral. En octubre, el analista Karim Sadjadpour, del Carnegie Endowment, lo resumió con una frase que suena a diagnóstico clínico: la República Islámica ya no es un régimen en expansión, sino un régimen a la defensiva, con menos épica y más reflejo condicionado. A partir de ahí, Sadjadpour dibuja cuatro escenarios posibles para el “post-Jamenei” y, lo más importante, deja claro lo que muchos prefieren no oír: la caída de una teocracia no garantiza una democracia. Puede abrir la puerta a algo más cínico, más militar o simplemente distinto de nombre.

El contexto: protestas, apagón y miedo a un chispazo regional

La fotografía de enero de 2026 es la de un país que protesta y un Estado que responde con el repertorio más duro. La chispa fue económica, pero la combustión se ha vuelto política. Hay huelgas y parones intermitentes, concentraciones que se reorganizan pese al bloqueo digital, barrios de Teherán con presencia policial reforzada y ciudades como Mashhad donde el pulso se nota en la calle. El Gobierno insiste en la narrativa de los “alborotadores” y de la conspiración externa; los opositores, dentro y fuera, intentan capitalizar el momento. En el exilio, Reza Pahlavi, hijo del último sah, vuelve a asomar como símbolo para algunos sectores, aunque Irán no es 1979 y el país ha cambiado hasta el lenguaje con el que se nombra a sí mismo.

En paralelo, el tablero internacional se recalienta. Israel observa con prudencia y nervios: apoya retóricamente a los manifestantes, pero evita dar pasos que permitan al régimen convertir la protesta en “guerra patria” contra un enemigo exterior. Aun así, la preocupación israelí es concreta y de manual: misiles, programa nuclear y riesgo de escalada si Washington decide intervenir. La conversación telefónica entre el primer ministro Benjamin Netanyahu y el secretario de Estado Marco Rubio —revelada en estas últimas horas— alimenta la percepción de que, al menos, el tema se ha puesto sobre la mesa. Y del lado iraní, el aviso de Qalibaf funciona como una sirena: si Estados Unidos golpea, habrá respuesta, y no solo contra objetivos israelíes, también contra instalaciones estadounidenses en Oriente Próximo.

A ese cóctel se añade un antecedente que pesa como plomo: la guerra de 12 días de junio de 2025 entre Israel e Irán y, sobre todo, los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes. Aquel episodio dejó al descubierto un punto que obsesiona a Teherán: la vulnerabilidad. El régimen ha vivido décadas proyectando imagen de fortaleza estratégica; cuando la realidad se cuela —aunque sea por un instante—, el golpe psicológico es profundo. Ahora, con protestas masivas y el fantasma de una intervención, la tentación del poder es apretar más. Y cuanto más se aprieta, más se estira la cuerda.

Jamenei, el sistema y la paradoja de un poder diseñado para sobrevivir

Alí Jamenei no gobierna como un presidente, gobierna como un árbitro supremo con capacidad de veto y con ascendiente sobre los grandes centros de poder: el estamento clerical, los aparatos de seguridad y, en especial, los Guardianes de la Revolución (IRGC, los pasdaran). La República Islámica aprendió de su propia historia —y de los errores del sah— a no concentrarlo todo en un solo engranaje; por eso se apoya en varias palancas, a veces en tensión entre sí, para que el edificio aguante. Esa misma redundancia, sin embargo, tiene un coste: genera opacidad, luchas internas y una tendencia a premiar la lealtad sobre la competencia, un punto que Sadjadpour subraya como rasgo estructural del país moderno.

Aquí aparece una clave menos romántica y más real: la paranoia como estilo de gobierno. Irán carga con memorias de invasiones, golpes de Estado, interferencias extranjeras, humillaciones coloniales; ese sedimento alimenta un reflejo permanente de sospecha, un “hay una mano detrás” convertido en hábito. En ese clima, las élites construyen poder desconfiando de todo, incluso de sí mismas. Se selecciona a los fieles, no necesariamente a los mejores. Se crea un Estado fuerte en coerción pero débil en instituciones estables. Y cuando llega el momento de una transición, ese déficit institucional se paga.

De ahí que Sadjadpour proponga escenarios comparativos no para decir “Irán será exactamente esto”, sino para mostrar hacia dónde tiende un país con aparatos armados muy potentes, una economía con rentas energéticas y redes opacas, y una sociedad cansada que pide algo que suena simple y, por eso, es explosivo: una vida normal. Normal en el sentido de trabajo que alcance, libertades personales sin vigilancia constante, menos policía moral y menos miedo. La pregunta no es solo “¿quién manda después?”, sino “¿qué maquinaria manda aunque cambie el nombre del jefe?”.

Escenario 1: Irán como Rusia, de la teocracia al nacionalismo autoritario

En el primer escenario, la teocracia pierde combustible ideológico y se derrumba su relato, pero el vacío no lo ocupan los liberales ni una transición pactada hacia pluralismo, sino los hombres del aparato. Como en la Rusia postsoviética, el final de una ideología totalizante no abre automáticamente la puerta a la democracia; puede abrir la puerta al saqueo, a la desigualdad y, después, al deseo social de orden. El proceso es casi biológico: caos, fatiga, nostalgia de estabilidad. Y en ese caldo aparece el “hombre fuerte”.

Sadjadpour lo formula sin rodeos: un posible “Putin iraní”, alguien salido del IRGC o del universo de inteligencia y seguridad, capaz de cortar con el islamismo chií como bandera universal y sustituirlo por un nacionalismo iraní más pragmático y más cínico. El discurso cambia: menos sermón revolucionario, más orgullo de nación herida. La promesa suele ser limpia en superficie —“estabilidad”, “restaurar el respeto”— y la realidad, muchas veces, es sucia: autoritarismo, corrupción, economía capturada por una oligarquía, política exterior agresiva para consolidar legitimidad interna.

Lo inquietante de este escenario es que podría venderse como “normalización” sin serlo. Se podría relajar parte de la moral religiosa visible, incluso permitir pequeñas válvulas culturales, mientras se refuerza el control político con métodos más modernos, más tecnificados y menos litúrgicos. Un poder post-ideológico puede ser más flexible en símbolos, pero más duro en lo esencial: quién decide, quién habla, quién se organiza. Y en política exterior, la confrontación con Occidente e Israel podría mantenerse como herramienta de cohesión, aunque con menos retórica apocalíptica y más cálculo frío.

El peso de los recursos y la economía de la renta

El paralelismo con Rusia también apunta a una estructura económica donde los recursos naturales sostienen redes de poder. Cuando el Estado se debilita o se reconfigura, quienes controlan puertos, aduanas, contratos, energía, infraestructura, pasan a controlar el país real, el que funciona aunque la política esté en transición. En Irán, los pasdaran llevan años con tentáculos en sectores clave. En un escenario “Rusia”, esos tentáculos podrían dejar de ser informalidad tolerada para convertirse en columna vertebral oficial.

Escenario 2: Irán como China, pragmatismo económico sin libertad política

El segundo escenario es el que muchos reformistas han imaginado durante años: menos ideología, más tecnocracia; menos revolución exportable, más interés nacional. Sería un Irán que intenta hacer algo parecido a lo que hizo China tras Mao: abrirse económicamente, buscar inversión, bajar tensión con Occidente, entrar en circuitos globales, sin renunciar al control político. En este guion, los pasdaran seguirían siendo poderosos, pero podrían transformarse en una élite corporativa nacional, menos religiosa en lo formal y más enfocada a negocio y seguridad.

En teoría suena funcional: aliviar sanciones, mejorar vida cotidiana, enfriar conflictos. En la práctica, choca con obstáculos muy concretos. El primero es político y casi psicológico: Jamenei ha construido su legitimidad en gran parte sobre la hostilidad hacia Estados Unidos e Israel; el compromiso con Washington se ha presentado durante décadas como amenaza existencial. Sin un líder dispuesto a romper ese tabú y a vender la apertura como victoria —no como rendición—, el “modelo chino” se convierte en un cartel bonito sin carretera.

El segundo obstáculo es estructural: Irán no tiene el mismo tipo de economía que China, ni su base industrial, ni su escala manufacturera, ni su capacidad de absorber millones de trabajadores en fábricas orientadas a exportación. Irán depende más de renta energética y de circuitos de poder que viven del control, no de la competencia. Si el régimen rebaja ideología pero no consigue prosperidad tangible, pierde su última coartada. Y ahí el riesgo es doble: apertura frustrada y, como reacción, vuelta a la represión.

El papel del ministro Araghchi y la ambigüedad calculada

En estos días, el ministro de Exteriores Abbas Araghchi ha afirmado que Irán no desea una guerra con Israel o con Estados Unidos, pero está listo para responder si es atacado; también ha dejado caer que Teherán puede negociar sobre el programa nuclear si las conversaciones se basan en “respeto mutuo”. Es una fórmula clásica: puerta entornada, mano en el pomo, sin enseñar el interior de la casa. En un escenario “China”, esa puerta tendría que abrirse de verdad, y para eso haría falta una decisión interna mayor que una frase diplomática. Una decisión que afectaría al núcleo del régimen: su identidad.

Escenario 3: Irán como Pakistán, el poder formal para los militares

El tercer escenario es, para Sadjadpour, de los más plausibles: un Irán dominado formalmente por los pasdaran, una evolución hacia un Estado de seguridad donde la fuerza armada deja de ser un poder en la sombra para convertirse en el poder central. Pakistán sirve como espejo por un motivo sencillo: la idea de que no es el Ejército el que sirve al Estado, sino el Estado el que sirve al Ejército.

En Irán, los pasdaran no son una unidad militar convencional. Son red económica, control de infraestructuras, influencia mediática, aparato de inteligencia, brazo regional a través de alianzas y milicias, y guardianes —literales— del proyecto revolucionario. En una crisis de sucesión o de legitimidad, ese aparato tiene capacidad para presentarse como solución: “orden”, “unidad nacional”, “defensa frente al caos”. Incluso podría permitir que el desorden crezca durante un tiempo, para luego entrar como salvador. Es una estrategia vieja, pero efectiva.

Aquí el cambio simbólico podría ser importante: para gobernar de forma más aceptable, un poder militar podría desplazar parte del clericalismo y apoyarse más en un nacionalismo iraní amplio, menos sectario. Eso no lo convierte en democrático. Puede convertirlo, como mucho, en un autoritarismo con otra estética.

El dilema nuclear como seguro de vida

En este escenario, la cuestión nuclear se vuelve el corazón del asunto. Para un poder militar, la bomba —o la capacidad de llegar a ella— puede verse como garantía de supervivencia, sobre todo después de ataques externos que refuerzan la idea de que quien no tiene disuasión, recibe golpes. Pero también existe la otra posibilidad: renunciar a parte del programa a cambio de reconocimiento internacional y alivio de sanciones. El problema es que ese intercambio exige confianza, y la confianza es precisamente lo que falta en un sistema alimentado por sospecha.

Escenario 4: Irán como Turquía, populismo electoral y autoritarismo mayoritario

El cuarto escenario cambia de escenario y de actor. No sería una junta ni una tecnocracia pura, sino la aparición de un líder populista legitimado por el voto, capaz de ganar elecciones y, desde dentro, desmontar contrapesos hasta vaciar la democracia de contenido. Turquía como referencia no es un calco, es un aviso: la urna puede convivir con la erosión de instituciones.

Para que esto ocurra en Irán harían falta reformas profundas: reducir el peso de la figura de la Guía Suprema, tocar el papel del Consejo de Guardianes, reequilibrar la fuerza de los pasdaran, fortalecer Parlamento y Gobierno. Hoy suena improbable, pero no imposible a medio plazo si la presión social y la fractura interna obligan a un rediseño del sistema. Sadjadpour recuerda que Irán tiene tradición populista: líderes capaces de movilizar resentimiento contra élites y potencias extranjeras con promesas de justicia social. Un futuro “Erdogan iraní” podría mezclar religión, nación y voto para construir un autoritarismo con apoyo de masas.

El atractivo relativo de este escenario es que podría ofrecer una sensación de apertura, de participación, de “por fin algo se decide en las urnas”. El riesgo es que la participación sea controlada, guiada, recortada, y que la pluralidad quede convertida en teatro. La historia reciente en otros países enseña que no hace falta un golpe clásico para degradar una democracia; basta con ganar y luego ir cerrando puertas, una a una, sin hacer demasiado ruido.

La sucesión: quién manda cuando nadie parece indiscutible

La gran dificultad del “día después” iraní es que no hay un mecanismo claro que garantice una transición limpia y aceptada por todos los centros de poder. Formalmente, la sucesión de la Guía Suprema pasa por la Asamblea de Expertos, un órgano clerical con capacidad para elegir al líder. Pero la política real suele ir por debajo de la política formal. En un momento de crisis, pesan las alianzas, los pactos internos y la correlación de fuerzas entre clérigos influyentes, aparatos de seguridad y redes económicas.

Por eso la pregunta “¿cae Jamenei?” se engancha inmediatamente a otra: ¿cae el sistema o se reorganiza? Un colapso total sería el escenario más incierto y potencialmente más violento; una reorganización es, históricamente, más probable. Los regímenes autoritarios rara vez se disuelven por voluntad propia: se transforman, cambian de piel, sustituyen símbolos, negocian con una parte de la calle y aplastan otra. El peligro es que, durante ese proceso, el país entre en un ciclo de purgas internas o de fragmentación del poder, con distintas facciones compitiendo por control territorial, económico o informativo.

En estas jornadas de protestas, la dimensión simbólica importa tanto como la económica. Un régimen que se presenta como “invencible” sufre cuando se ve obligado a apagar internet y a militarizar calles. Ese gesto es, a la vez, demostración de fuerza y confesión de miedo. Y cuando el miedo está arriba, las decisiones pueden volverse erráticas.

Estados Unidos, Israel y el riesgo de que la ayuda incendie la casa

La posibilidad de una intervención estadounidense funciona como un acelerador de riesgos. En Israel, el cálculo es delicado: cualquier ataque exterior podría permitir al régimen iraní reagrupar apoyo interno en nombre de la soberanía, convirtiendo las protestas en un asunto de defensa nacional. Es la lógica del “cerco”: cuando llega el enemigo, se aparcan disputas internas. Por eso la cautela israelí se entiende, incluso si el interés estratégico de debilitar a Teherán está ahí, evidente.

En Washington, el mensaje de Trump ha oscilado entre la amenaza y el apoyo. Rubio ha expresado respaldo a “la gente de Irán” en plena desconexión digital. Pero el salto de un discurso a una intervención militar o cibernética es un abismo con consecuencias regionales: ataques a bases estadounidenses, tensión en el Golfo, impactos en rutas marítimas, represalias indirectas. Qalibaf lo ha verbalizado sin sutileza: si Estados Unidos ataca, Israel y las bases estadounidenses serán objetivos. Esa advertencia está diseñada para disuadir, pero también para preparar el relato interno: “si llega el golpe, ya lo dijimos”.

En Irán, el propio Pezeshkian intenta equilibrar dos planos: mostrar firmeza ante la calle y, a la vez, evitar que el país se estrelle económicamente. Promete reformas y ayudas, pero el margen real es estrecho si las sanciones y la desconfianza financiera siguen cerrando grifos. Aquí aparece un elemento poco glamuroso pero determinante: la economía como terreno de supervivencia política. Cuando la moneda se desploma y el salario se vuelve papel mojado, la ideología pierde capacidad de anestesia.

Lo que une a los cuatro escenarios: pasdaran, legitimidad y “vida normal”

Aunque los cuatro caminos parezcan distintos, comparten tres hilos que atraviesan cualquier transición iraní. El primero es el papel de los pasdaran: como fuerza militar, como estructura económica y como garante del régimen. Cualquier futuro que ignore su peso resulta poco realista. El segundo es la legitimidad, entendida no como discurso, sino como capacidad de que una parte suficiente de la sociedad acepte el orden, aunque sea con resignación. Si el régimen pierde legitimidad y no logra recomponerla con prosperidad o con un relato convincente, la represión se vuelve la única herramienta… hasta que deja de funcionar.

El tercer hilo es la demanda social de normalidad. No es un eslogan épico, es una idea práctica: poder vivir sin vigilancia constante, sin miedo a que una patrulla convierta un gesto cotidiano en un problema penal, sin apagones informativos, sin una economía que se devora a sí misma. Sadjadpour lo plantea como brújula de fondo: los iraníes no piden una revolución ideológica nueva, sino un Estado que deje de colonizar lo íntimo y que no convierta la política exterior en excusa permanente para el sacrificio doméstico.

Cuando el “después” no es un amanecer, sino otra forma de noche

El momento actual mezcla señales contradictorias: un régimen que se siente amenazado y por eso se endurece; una sociedad que persiste y se reinventa incluso sin internet; un entorno internacional que observa con interés y temor, consciente de que un empujón mal dado puede convertir una crisis interna en un incendio regional. Sobre ese tablero, los cuatro escenarios de Sadjadpour funcionan como mapa de riesgos, no como profecía.

Un Irán tipo Rusia sería la promesa de orden con un nacionalismo duro y un Estado de seguridad con oligarquías. Un Irán tipo China sería pragmatismo económico sin pluralismo, difícil de ejecutar por tabúes internos y por estructura económica. Un Irán tipo Pakistán pondría a los pasdaran al mando formal, con la lógica de “seguridad primero” y el nuclear como seguro de vida o moneda de cambio. Un Irán tipo Turquía abriría la puerta a un populismo legitimado por urnas que, sin contrapesos fuertes, puede degradar el sistema desde dentro.

Lo decisivo es que ninguno de esos caminos se escribe en un despacho. Se escribe en la calle, en los cuarteles, en las reuniones cerradas, en el pulso entre facciones, en la capacidad de un liderazgo —sea civil, militar o religioso— de ofrecer algo que no sea solo miedo. Y, ahora mismo, la sensación dominante es que Irán está en un punto donde el poder ya no puede prometer mucho, pero todavía puede castigar.

Un país al borde y cuatro salidas imperfectas

Si algo define a Irán en este enero es la simultaneidad: protesta interna, represión, apagón informativo, amenazas cruzadas, conversaciones diplomáticas que se filtran a medias y una región que contiene el aliento. En ese contexto, la pregunta sobre Jamenei deja de ser una especulación de pasillo y se convierte en una variable estratégica. No porque el sistema vaya a caer mañana, sino porque cada día que pasa con muertos en las calles y con el mundo mirando endurece posiciones y estrecha opciones.

Los cuatro escenarios de Sadjadpour ofrecen una conclusión incómoda, pero útil: el final de una etapa puede abrir otra que no sea necesariamente mejor, solo distinta. A corto plazo, la fuerza la siguen teniendo quienes controlan armas, prisiones y dinero. A medio plazo, la legitimidad dependerá de si el poder —sea cual sea— es capaz de reducir la presión sobre la vida cotidiana y de apagar el incendio económico que alimenta la protesta. Y a largo plazo, la gran batalla será por instituciones que no dependan de un hombre ni de una facción. Ese es el punto donde Irán siempre tropieza: cuando la política se vuelve personalismo y la desconfianza se convierte en sistema, el “después” no llega como primavera automática. Llega con cicatrices, con pactos opacos, con peligro de sobresalto. Y, aun así, llega.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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