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Economía

¿Qué pasa en Tubos Reunidos? ERE y 71M en rojo

Tubos Reunidos afronta un ERE de 301 empleos tras perder 71,3 millones en 2025: deuda y acería parada y pulso sindical en Amurrio y Trápaga.

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Qué pasa en Tubos Reunidos

Foto: Wiki

Tubos Reunidos afronta el comienzo de 2026 con pérdidas provisionales de 71,3 millones de euros en 2025, un expediente de regulación de empleo planteado para 301 personas y la acería de Amurrio parada. La compañía atribuye buena parte del deterioro a la caída de su negocio en Estados Unidos y al aplazamiento de proyectos industriales en otros mercados. El alcance del ajuste se discute en sus plantas de Amurrio, en Álava, y Trápaga/Trapagaran, en Bizkaia.

La crisis tiene también una dimensión financiera: la deuda neta ronda los 263,2 millones de euros. El Ministerio de Industria y Turismo, encabezado por Jordi Hereu, ha expresado su disposición a colaborar para preservar empleo y capacidad productiva, aunque espera conocer el plan industrial con detalle. Entre las cifras, las reuniones y las declaraciones institucionales queda una cuestión que afecta a toda la negociación: qué actividad puede sostener la empresa y en qué condiciones.

Una crisis que se acelera en las fábricas

Las malas noticias se han concentrado en pocos días. A la comunicación de los resultados provisionales se suma el planteamiento de un ERE que alcanza a las dos plantas vascas y abre una negociación de enorme trascendencia para sus plantillas. Las cifras explican la gravedad del momento, pero no muestran por sí solas lo que ocurre dentro de una fábrica cuando empiezan a discutirse turnos, puestos y procesos productivos. Allí, cada decisión sobre empleo altera la organización del trabajo antes incluso de que se concrete el ajuste.

De los 301 empleos afectados según el planteamiento conocido, 214 corresponden a personal fijo y 87 a personal eventual. La distribución impide presentar el expediente como una simple reducción de contratos temporales. También apunta a cambios en la estructura estable de una compañía que fabrica tubos de acero sin soldadura, un producto en el que la experiencia de operarios y técnicos cuenta tanto como las máquinas. Sustituir conocimientos acumulados durante años no es tan sencillo como volver a poner en marcha una línea detenida.

La tensión excede los límites de las instalaciones. El funcionamiento de Tubos Reunidos sostiene trabajo para proveedores, transportistas, empresas de mantenimiento y otros servicios vinculados al metal. En una comarca industrial, la actividad de una gran planta ordena muchas economías pequeñas: talleres que esperan encargos, negocios que dependen de los salarios locales y familias cuya estabilidad pasa por un calendario de producción. No todo ese impacto puede traducirse en una cifra única, pero ayuda a comprender por qué el anuncio despierta preocupación más allá de la plantilla.

El expediente todavía se mueve en el terreno de las propuestas y de la negociación. Su alcance final, las posibles alternativas y la forma de reorganizar las plantas dependen de lo que se presente y discuta con la representación sindical. Esa distinción importa: un ERE planteado no equivale a un resultado cerrado. Tampoco borra la magnitud del cambio que propone la empresa. Afectar a 301 personas modifica la escala de la actividad y obliga a explicar qué capacidad industrial se pretende conservar.

Más facturación y un resultado mucho peor

El contraste entre ventas y beneficios es uno de los rasgos más difíciles de esta crisis. La facturación de 2025 se ha situado en torno a 365,7 millones de euros, aproximadamente un 13% más, mientras el resultado provisional arroja 71,3 millones en pérdidas. Vender más no garantiza ganar más: una compañía puede aumentar sus ingresos y, al mismo tiempo, asumir costes que crecen todavía más o conseguir pedidos con márgenes insuficientes. En industria pesada, sostener el volumen no siempre sostiene el negocio.

El giro resulta aún más acusado frente a los 28,6 millones de euros de beneficio atribuidos a 2024. Entre ambos ejercicios hay una diferencia que no se explica con la simple idea de que han faltado ventas. La rentabilidad depende del precio de cada contrato, del coste de fabricar y entregar el producto y del peso que tienen los distintos mercados en la cartera de pedidos. Un encargo puede mantener ocupada una instalación sin aportar el margen que necesita para cubrir toda su estructura.

Con la información disponible, no es posible repartir el deterioro entre una sola causa y las demás. La caída del negocio estadounidense y el aplazamiento de proyectos forman parte de la explicación ofrecida por la compañía, pero el resultado reúne decisiones comerciales, costes y condiciones financieras que deben leerse en conjunto. Atribuir los 71,3 millones exclusivamente a un mercado sería tan impreciso como concluir que la subida de facturación demuestra que las plantas trabajan con normalidad económica.

Hay, además, una cautela contable. Las cifras comunicadas tienen carácter provisional y el cierre definitivo podría incorporar deterioros de activos. Ese ajuste reconoce que determinadas instalaciones o inversiones pueden tener un valor contable superior al recuperable en las condiciones actuales. No equivale por sí solo a una salida de dinero en ese momento, pero sí rebaja el valor que se espera obtener de recursos en los que la empresa había apoyado su actividad futura.

La acería parada y el alcance del repliegue

La paralización de la acería de Amurrio introduce una señal industrial distinta de la que ofrece la cuenta de resultados. Una acería no es un departamento administrativo que pueda detenerse sin alterar el resto: forma parte de la cadena con la que una empresa metalúrgica organiza su producción. Parar una pieza central puede contener costes cuando no hay suficiente carga de trabajo, pero también obliga a replantear cómo se abastecen las fases posteriores y qué actividad queda dentro de la compañía.

Ese parón no permite concluir, por sí solo, cuál será el destino definitivo de la instalación. Puede responder a una necesidad inmediata de adecuar la producción a la demanda, mientras la dirección define un escenario más amplio. Sin embargo, la duración y las condiciones de una eventual reanudación serán relevantes para valorar el plan industrial. Para la plantilla no es un detalle menor: de la integración de los procesos dependen puestos de trabajo, conocimientos técnicos y capacidad para atender determinados pedidos.

El repliegue alcanza también a la presencia internacional. En el contexto de la caída del mercado estadounidense se ha situado el cierre de instalaciones en Houston. Es una decisión que apunta a una revisión de la actividad en un destino comercial importante, aunque no demuestra que todos los productos o clientes de ese país hayan dejado de ser viables. La fotografía que dejan ambos movimientos es la de una empresa que reduce exposición y costes mientras busca una estructura capaz de sostenerse con menos certezas de mercado.

Qué supone recortar 301 empleos

Sobre una plantilla situada en torno a 1.300 o 1.400 personas, un ajuste de 301 empleos supera el 20%. No sería un retoque marginal de personal, sino una reducción capaz de cambiar la dimensión de Tubos Reunidos. El efecto concreto dependerá de cómo se distribuyan los puestos afectados entre plantas, funciones y tipos de contrato. Esa información es decisiva para saber si la compañía conserva flexibilidad ante nuevos pedidos o si limita procesos que después costaría recuperar.

En una fábrica, el número de trabajadores y la capacidad de producción no guardan una relación mecánica. Algunas tareas pueden reorganizarse; otras requieren equipos completos, turnos coordinados y personal con cualificaciones específicas. Por eso la ubicación de los recortes importa tanto como su volumen. Eliminar puestos en un área que ya trabaja al límite puede crear problemas distintos a los de reducir actividad allí donde ha desaparecido demanda. La discusión laboral necesita un mapa de procesos, no solo una cifra global.

También está en juego la manera de fabricar. Si ciertas operaciones dejan de realizarse dentro de la empresa, puede aumentar la dependencia de proveedores externos y del transporte entre centros. Esa opción podría aliviar determinados costes, pero sus efectos sobre plazos, calidad y control del proceso no pueden darse por hechos sin conocer el plan. En productos industriales exigentes, un cliente necesita recibir piezas con especificaciones constantes; la estabilidad de la cadena de suministro forma parte de lo que compra.

El riesgo contrario tampoco debe ignorarse. Mantener una estructura para un volumen de pedidos que no llega puede agravar las pérdidas y consumir recursos que la empresa necesita para funcionar. Entre conservarlo todo y ejecutar exactamente el ajuste propuesto existen medidas que deben examinarse durante la negociación, con sus costes y límites. La viabilidad no se demuestra invocándola: exige relacionar cada reducción de gasto con la actividad futura que se pretende proteger.

La negociación sindical y el tiempo de la industria

Las reuniones entre la dirección y la representación de las plantillas de Amurrio y Trápaga/Trapagaran concentran ahora intereses difíciles de conciliar. La empresa sostiene que necesita adaptar sus costes a la situación del negocio. Los sindicatos reclaman explicaciones y alternativas que reduzcan el impacto sobre el empleo. El desacuerdo no se limita al número de despidos; alcanza a las causas del deterioro y a la credibilidad de la estrategia con la que se espera salir de él.

Un procedimiento de regulación de empleo abre un periodo de consultas sujeto a reglas y plazos, pero la negociación industrial tiene otro reloj. La fábrica continúa soportando gastos mientras se discute el ajuste, y una decisión precipitada puede dejar secuelas durante años. La dirección necesita reducir incertidumbre financiera; la plantilla necesita conocer las consecuencias de cambios que afectarán a su trabajo y a sus ingresos. Esos ritmos distintos explican parte de la tensión, incluso antes de entrar en las propuestas concretas.

En el entorno de las plantas se percibe ya un clima de movilización. Las concentraciones, los paros o las asambleas forman parte de los recursos habituales de una plantilla cuando considera amenazados cientos de puestos. Su efecto va más allá de la imagen pública: pueden modificar la actividad y endurecer las relaciones entre quienes deberán seguir trabajando juntos después del conflicto. La presión sindical y la continuidad productiva conviven en equilibrio incómodo en cualquier crisis de esta escala.

Para que la negociación avance, los representantes de los trabajadores necesitan información que permita contrastar el diagnóstico: carga de trabajo, previsiones de pedidos, situación de las distintas líneas y efecto de las medidas planteadas. La dirección, por su parte, debe mostrar cómo encaja el recorte en una fábrica que seguirá necesitando personal, inversión y clientes. Una reducción de plantilla sin proyecto industrial reconocible puede disminuir el gasto inmediato sin despejar las dudas sobre la supervivencia de la actividad.

La disposición del Ministerio y sus límites

El Ministerio de Industria y Turismo ha trasladado su voluntad de colaborar en una salida que defienda el empleo y la capacidad productiva, en coordinación con el Gobierno vasco. La intervención pública en una crisis industrial de esta importancia tiene una dimensión económica y territorial: no se trata solo de una empresa con malos resultados, sino de instalaciones y conocimientos difíciles de reemplazar. Con todo, la disposición expresada por el ministro Jordi Hereu no equivale a un acuerdo de apoyo cerrado.

Antes de valorar instrumentos concretos, las instituciones necesitan conocer qué pretende hacer la compañía con sus plantas, cómo piensa recuperar rentabilidad y qué compromisos está en condiciones de asumir. El dinero, por sí mismo, no puede fabricar pedidos ni convertir en rentable un contrato que no lo es. La utilidad de cualquier respaldo depende de un plan creíble que conecte inversión, producción, empleo y deuda, en lugar de tratar cada problema como una emergencia separada.

La presencia de financiación pública en el debate añade exigencias. Se menciona a la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales, la SEPI, en la conversación sobre apoyos y préstamos vinculados a la empresa. Para valorar ese papel hace falta distinguir entre aportar recursos, modificar condiciones financieras y garantizar por sí mismo la continuidad de una instalación: son cosas distintas. Un préstamo puede dar tiempo, pero también aumentar las obligaciones futuras si la actividad no genera suficiente dinero para atenderlo.

La coordinación entre administraciones tampoco sustituye a los acuerdos con acreedores, empresa y trabajadores. El Gobierno central y el vasco pueden impulsar interlocución y estudiar fórmulas de apoyo dentro de sus competencias, pero no eliminan las restricciones del mercado internacional. El alcance de su intervención dependerá de las condiciones del proyecto y de las decisiones de quienes financian la compañía. Preservar capacidad industrial exige saber qué capacidad tendrá trabajo, con qué productos y bajo qué estructura de costes.

Una deuda neta que condiciona cada decisión

La deuda financiera neta, situada en torno a 263,2 millones de euros, acompaña a Tubos Reunidos en un momento de pérdidas elevadas. La cifra no describe por sí sola todos los vencimientos ni las condiciones de financiación, pero muestra el tamaño de un compromiso que pesa sobre las decisiones empresariales. Una fábrica necesita capital para comprar materiales, mantener equipos y atender pedidos antes de cobrar muchas de sus ventas; reducir ese margen financiero puede limitar incluso oportunidades comerciales viables.

Cuando una compañía gana dinero, la deuda puede servir para financiar inversiones y crecimiento. Con pérdidas, atender intereses y obligaciones financieras resulta más difícil, y negociar nuevas condiciones puede exigir garantías o compromisos adicionales. La caída de un mercado relevante empeora la perspectiva porque reduce la confianza en los ingresos futuros. Así, la deuda deja de ser una cifra aislada del balance y pasa a influir en la velocidad y el alcance de cualquier reorganización.

El ERE puede reducir gasto laboral, pero no cancela la deuda ni reconstruye las ventas. Si las obligaciones financieras continúan presionando, el ahorro obtenido con la plantilla podría quedarse corto para devolver estabilidad al negocio. Por eso la discusión sobre empleo y la discusión con los acreedores están conectadas. Un plan que ignore cualquiera de las dos corre el riesgo de resolver un problema inmediato y conservar intacta la causa de la siguiente crisis.

Una reestructuración financiera, si llega a plantearse, también necesitaría apoyarse en expectativas industriales defendibles. Quienes financian una empresa quieren saber si podrá producir, vender y generar recursos; clientes y trabajadores, a su vez, quieren saber si contará con financiación para cumplir contratos. Es un círculo delicado, porque la confianza en un frente depende de los avances en el otro. La deuda puede dar oxígeno si se reorganiza con un negocio viable, pero no reemplaza ese negocio.

Estados Unidos y los proyectos que no arrancan

La dirección identifica la caída de su actividad en Estados Unidos como uno de los principales golpes recibidos. El efecto puede ser especialmente intenso si allí se concentraban pedidos con mejores márgenes que los de otros destinos. Perder ventas rentables afecta más que perder el mismo volumen de ventas poco rentables, una diferencia que ayuda a explicar por qué la facturación total y el resultado económico pueden moverse en direcciones opuestas.

Las barreras comerciales figuran en el contexto de la crisis del acero y dificultan la competencia de productores extranjeros cuando encarecen sus productos. Aun así, sería excesivo atribuir todo el descenso estadounidense a los aranceles sin conocer el peso específico de cada factor. La demanda de los clientes, los precios y la competencia también influyen. La exposición a un mercado importante multiplica el impacto de cualquier cambio, sea regulatorio, comercial o derivado de una combinación de ambos.

La empresa señala además la paralización de proyectos a escala global. Para un fabricante de tubos destinados a instalaciones industriales, el aplazamiento de una inversión puede retrasar una cadena completa de pedidos: primero se congela el proyecto principal y después se detienen las compras de sus proveedores. Un proyecto pospuesto no se convierte automáticamente en una venta futura. Puede reanudarse, modificarse o cancelarse, y esa incertidumbre complica la programación de las plantas.

Ampliar la presencia en destinos como Canadá, Alemania, India u Oriente Medio aparece como una posible manera de reducir dependencia, pero no es una salida inmediata. Cada mercado tiene clientes, exigencias técnicas y competidores propios; conseguir contratos requiere capacidad comercial y, en muchos casos, homologaciones. Además, no todos los pedidos aportan el mismo margen. Sustituir ventas estadounidenses por actividad en otros países solo mejoraría la situación si los nuevos contratos contribuyen realmente a cubrir los costes y financiar la producción.

Amurrio y Trápaga/Trapagaran, más allá de la plantilla

En Amurrio, la fábrica forma parte de una historia industrial compartida por generaciones. Una reducción de empleo de este tamaño afecta a trabajadores concretos, pero también a la estabilidad de hogares y negocios vinculados al funcionamiento de la planta. El salario industrial circula por la economía local: sostiene consumo, servicios y oficios que quizá no figuren en ninguna relación oficial de puestos afectados. De ahí que la discusión del ERE se viva como una cuestión territorial y no solo empresarial.

Trápaga/Trapagaran añade la memoria de un entorno vizcaíno acostumbrado a medir las consecuencias de las reconversiones industriales. Esa experiencia no permite anticipar que esta crisis vaya a terminar de una manera determinada, pero explica la atención con que se observa cada señal sobre producción y empleo. Una planta no es únicamente su edificio; también es una red de profesionales, proveedores y aprendizaje que cuesta recomponer cuando se debilita.

Las empresas auxiliares pueden notar cambios incluso sin ser parte del expediente. Menos turnos o menos operaciones dentro de una instalación pueden traducirse en menos encargos de mantenimiento, transporte o suministros. La magnitud de ese efecto dependerá de cómo se reorganice Tubos Reunidos y de qué actividad conserve cada centro. No todos los recortes generan el mismo daño indirecto: importa si desaparece un proceso, se reduce su frecuencia o se desplaza trabajo a terceros.

La inquietud más persistente es que una reducción pensada para ahorrar acabe estrechando las posibilidades de recuperación. Con menos personal o menos procesos propios, la empresa podría tener dificultades para atender un repunte de pedidos. También puede ocurrir lo contrario: que una estructura demasiado grande para la demanda actual agote los recursos disponibles. El impacto territorial dependerá del equilibrio entre ahorro y capacidad productiva, no solo de cuántos puestos figure finalmente en el expediente.

La explicación empresarial frente al futuro de la producción

El argumento de la compañía reúne elementos reconocibles: pérdidas, descenso del mercado estadounidense, proyectos retrasados y una deuda elevada. Desde esa perspectiva, recortar costes sería una forma de adaptar el negocio a una demanda más débil. Pero el razonamiento necesita completarse con una respuesta industrial. Reducir el tamaño de una empresa no explica por sí solo cómo volverá a ganar dinero, especialmente si el problema incluye menores márgenes y la pérdida de pedidos valiosos.

La diferencia entre una dificultad pasajera y un cambio duradero del mercado resulta crucial. Si los encargos se han aplazado y regresan, la capacidad recortada podría volver a hacer falta. Si la demanda se ha desplazado de forma más profunda, mantener intacta toda la estructura tampoco resolvería el problema. Por ahora, ninguno de esos escenarios puede darse por seguro. Las previsiones tendrán que contrastarse con clientes, contratos y evolución de los sectores a los que vende la compañía.

Las decisiones sobre productos y procesos mostrarán con mayor claridad el rumbo elegido. Importa saber qué líneas mantendrán actividad, cuáles recibirán inversión y qué operaciones dejarán de hacerse dentro de las plantas. La acería de Amurrio ocupa un lugar destacado en esa discusión porque su parón afecta a la organización de la producción. Un plan industrial se reconoce en las máquinas que operan y en los pedidos que atienden, no solo en sus objetivos financieros.

La reputación comercial también entra en juego. Los clientes que compran componentes para usos industriales exigen calidad, trazabilidad y cumplimiento de plazos; una crisis prolongada puede llevarlos a revisar sus riesgos de suministro. Al mismo tiempo, una empresa que ignore sus pérdidas comprometería su capacidad de seguir sirviéndoles. La confianza se juega entre esos dos extremos: ajustar lo necesario sin debilitar hasta el punto de poner en duda lo que se promete entregar.

El Gobierno vasco y las condiciones de cualquier apoyo

El Gobierno vasco ocupa un lugar central en el debate por la relevancia de las plantas para la industria de Euskadi. Su responsable del área industrial, Mikel Jauregi, ha situado la atención en la necesidad de vincular los apoyos financieros con un proyecto sólido y con inversores comprometidos. La idea de fondo es que la financiación pública debe servir a una actividad con perspectivas, no limitarse a posponer la misma dificultad hasta el siguiente vencimiento.

Las condiciones de un eventual respaldo importan tanto como su importe. Mantener producción, concretar inversiones y fijar compromisos verificables sobre la actividad son cuestiones diferentes de anunciar voluntad política. Tampoco cabe presentar esos compromisos como si ya estuvieran pactados. Instituciones, empresa y acreedores tienen responsabilidades distintas, y cualquier acuerdo deberá encajar las necesidades de la fábrica con la capacidad real de financiar su recuperación.

El debate no enfrenta de forma simple ayuda pública y ausencia de ayuda. Dejar caer capacidad productiva puede tener un coste social prolongado; financiar una estructura sin perspectivas también lo tiene. Entre ambos riesgos se sitúa la evaluación del plan industrial, de la deuda y del mercado disponible. La eficacia de una intervención se mide por lo que permite producir y sostener después, no únicamente por la tranquilidad que aporta en el momento del anuncio.

Esta crisis refleja, además, una vulnerabilidad más amplia de la industria exportadora. Una fábrica arraigada en un territorio depende de inversiones que se deciden lejos, de clientes internacionales y de condiciones comerciales cambiantes. Ninguna administración puede controlar por completo esos factores. Sí puede exigir claridad sobre el destino de los recursos y coordinar respuestas para evitar que una dificultad empresarial arrastre capacidades valiosas. Defender la industria requiere distinguir entre conservar instalaciones y asegurarles actividad.

Deuda, pedidos y confianza en la siguiente etapa

Los próximos movimientos se medirán en tres planos que avanzan a la vez: el acuerdo laboral, la situación financiera y la carga de trabajo. Un resultado negociado sobre el ERE podría aliviar la tensión social, pero no bastaría si no llegan pedidos rentables. Una mejora de las condiciones de la deuda daría margen, aunque tampoco sustituiría a la producción. La recuperación necesita que las tres piezas encajen; por separado, cada una ofrece solo una solución parcial.

La continuidad de la acería y de las demás operaciones tendrá una lectura práctica. Si se conservan procesos críticos, Tubos Reunidos mantendrá más control sobre su cadena de fabricación, aunque también deberá sostener sus costes. Si decide prescindir de parte de esa integración, necesitará demostrar que puede cumplir las exigencias de sus clientes con otra organización. Cada ahorro industrial tiene una consecuencia operativa, y esa consecuencia debe formar parte de las cuentas antes de adoptar decisiones difíciles de revertir.

La confianza de la plantilla merece atención por una razón menos visible que las cifras. Trabajar bajo la amenaza de un ajuste altera la relación cotidiana con la fábrica y puede desgastar a equipos que seguirán siendo necesarios. Proveedores y clientes observan a su vez si la empresa dispone de recursos y estabilidad para cumplir. Una crisis prolongada deteriora vínculos que no aparecen en el balance, pero de los que depende la continuidad de una actividad industrial compleja.

La dirección debe explicar qué cambia y para qué; los sindicatos, valorar las alternativas con información suficiente; las instituciones, decidir hasta dónde pueden intervenir sin reemplazar el negocio que la empresa debe sostener. Ninguno de esos actores controla por sí solo el resultado. En Amurrio y Trápaga/Trapagaran, la prueba decisiva será la actividad que quede después de la negociación: quién fabrica, con qué medios y para qué clientes.

Lo que revela una fábrica cuando baja el ritmo

Las pérdidas de 71,3 millones, el ERE propuesto para 301 personas y la deuda neta de unos 263,2 millones dibujan una situación grave. Sin embargo, la dimensión de Tubos Reunidos no cabe en esas tres cifras. La acería parada, el retroceso en Estados Unidos y los proyectos industriales aplazados muestran cómo una perturbación comercial puede recorrer toda una cadena productiva hasta llegar al turno de trabajo de una planta vasca. El problema financiero termina por hacerse visible en la fábrica.

La respuesta institucional abre una posibilidad de colaboración, pero su valor dependerá de que exista un proyecto capaz de justificarla. Del mismo modo, un ajuste laboral puede modificar los costes sin resolver la falta de margen, y mantener todos los puestos no crearía pedidos donde hoy faltan. El desafío consiste en preservar lo necesario para competir mientras se afrontan obligaciones que ya pesan sobre la empresa. Es una discusión menos rotunda que los lemas enfrentados, pero más cercana a la realidad industrial.

En Amurrio y Trápaga/Trapagaran, el futuro se apreciará en señales concretas: la actividad de las instalaciones, la llegada de contratos y la continuidad de los equipos que saben ejecutarlos. Esas señales tardan más en consolidarse que un anuncio de pérdidas o de despidos. Por eso el debate abierto no trata únicamente de cuántos empleos pueden perderse hoy, sino de qué fábrica será capaz de seguir trabajando mañana y de cuánto de su conocimiento industrial logrará conservar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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