Síguenos

Actualidad

Enfermar en la EEI: cómo actúa la NASA ante una urgencia médica

En órbita hay atención y tratamientos básicos; la gravedad del cuadro determina si la tripulación sigue o debe volver.

Publicado

el

astronauta enfermo en la EE

Una dolencia a bordo de la Estación Espacial Internacional (EEI) puede llevar a suspender una caminata espacial, reorganizar el trabajo de toda la tripulación e incluso estudiar un regreso anticipado. La estación cuenta con medicamentos, material médico y comunicación directa con especialistas en la Tierra, pero no tiene un hospital ni capacidad para resolver cualquier emergencia. La decisión depende de los síntomas, de cómo evoluciona la persona y del riesgo de permanecer en órbita.

Ese equilibrio quedó a la vista cuando la NASA aplazó una actividad extravehicular prevista para el 8 de enero tras detectar una preocupación médica en uno de los tripulantes. La agencia indicó que la persona estaba estable y reservó su identidad y diagnóstico por privacidad. También evaluó la posibilidad de acortar la misión Crew-11. Eso no significa que se hubiera decidido una evacuación: la estabilidad descrita no equivale a un diagnóstico cerrado ni a una recuperación completa.

Una caminata espacial puede esperar; la salud, no

La salida prevista iba a ser la primera caminata espacial del año. Zena Cardman y Michael Fincke debían trabajar durante unas seis horas y media en tareas de preparación eléctrica y estructural relacionadas con la instalación de nuevas placas solares desplegables iROSA. Se trata de paneles que se abren a lo largo de la estructura de la estación y ayudan a ampliar su capacidad de generación eléctrica. Cuando apareció la preocupación médica, el trabajo se pospuso: ninguna tarea exterior justifica añadir un riesgo evitable.

Una caminata espacial, conocida como actividad extravehicular o EVA, exige esfuerzo físico y una coordinación muy precisa. El astronauta lleva un traje presurizado que limita sus movimientos y debe seguir procedimientos detallados mientras trabaja fuera de la estación. Un mareo, un dolor repentino o una bajada de rendimiento pueden complicar una operación en la que regresar al interior no siempre es inmediato. Por eso, si hay una incertidumbre médica en la tripulación, la prudencia afecta también a quienes no presentan síntomas.

El cambio de agenda ilustra cómo se priorizan las tareas en órbita. La estación puede aplazar una caminata y reorganizar labores, pero no puede permitirse que una actividad planificada pese más que la seguridad del equipo. La primera respuesta suele ser reducir la exigencia y evaluar: detener lo que implique un esfuerzo especial, vigilar la evolución y consultar con el personal médico en Tierra antes de decidir el siguiente paso.

Qué cambia en el cuerpo cuando desaparece el peso

La microgravedad modifica la distribución de los líquidos corporales. En vez de acumularse principalmente en la parte inferior del cuerpo, como ocurre en la Tierra, los fluidos se desplazan hacia el torso y la cabeza. Ese cambio puede contribuir a una sensación de rostro hinchado y forma parte de un conjunto de adaptaciones que afecta a la presión arterial, el volumen sanguíneo y la visión. También puede influir en el sistema inmunitario, de modo que un síntoma no siempre se interpreta igual que en una consulta terrestre.

Al llegar al espacio, algunas personas padecen el síndrome de adaptación espacial, con náuseas y mareos. El material de referencia estima que puede afectar a cerca de la mitad de la tripulación y que suele prolongarse unos tres días. No es lo mismo que una infección ni implica necesariamente una emergencia, pero puede dificultar las tareas y requiere observar cómo responde cada astronauta. El organismo se está adaptando a un entorno en el que arriba y abajo dejan de funcionar como referencias habituales.

En misiones largas también preocupan la pérdida de masa ósea y muscular, los cambios en la sangre y las alteraciones de la respuesta inmunitaria. El ejercicio diario es una parte obligatoria de la rutina porque ayuda a limitar el deterioro asociado a la microgravedad. Aun así, hacer ejercicio no elimina todos los efectos del vuelo, y los síntomas pueden tener más de una explicación. El contexto de la misión, la evolución y las mediciones disponibles ayudan a los médicos a valorar qué está ocurriendo.

Un sistema médico sin consulta de urgencias

La EEI no cuenta con un médico permanente a bordo. En cada expedición hay un integrante designado como responsable de atención médica, conocido como Crew Medical Officer, que recibe formación para prestar primeros auxilios y realizar procedimientos básicos. Puede tomar constantes, ayudar con una cura, administrar medicamentos y comunicarse con el equipo médico en Tierra. No sustituye a un especialista ni convierte la estación en un hospital: es el primer apoyo clínico dentro de un entorno con recursos limitados.

En los centros de control, los cirujanos de vuelo y otros profesionales siguen la situación y asesoran a la tripulación. La telemedicina permite describir síntomas, compartir mediciones y orientar las decisiones a distancia. Si se dispone de equipos adecuados, también pueden realizarse pruebas como una ecografía. Sin embargo, no existe en órbita la misma posibilidad de pedir de inmediato cualquier análisis o prueba de imagen que tendría un hospital terrestre.

La diferencia no es solo tecnológica. Los especialistas deben decidir con información acotada, teniendo en cuenta que el cuerpo funciona de manera distinta en microgravedad y que una intervención puede ser más difícil de realizar. Por eso importan tanto la observación repetida y la evolución: un síntoma aislado puede requerir vigilancia, mientras que un empeoramiento o la combinación de varios signos puede cambiar el plan. La incertidumbre clínica forma parte del cálculo médico, no es un detalle que pueda ignorarse.

Medicamentos, prevención y riesgos de contagio

La estación lleva medicamentos para dolencias habituales, además de material para curas, tratamientos sintomáticos y equipos de monitorización básica. El inventario contempla problemas previsibles, no todas las enfermedades posibles. Cada fármaco debe estar disponible en condiciones adecuadas y dentro de su periodo de uso, mientras que el peso y el espacio a bordo son limitados. En ese sentido, el botiquín se parece menos al de un hospital que a una reserva cuidadosamente planificada para una misión aislada.

El espacio cerrado también cambia la manera de pensar las infecciones. La tripulación comparte un ambiente con aire recirculado y pasa largos periodos en contacto estrecho, por lo que un virus o una bacteria pueden afectar a más de una persona. Antes del lanzamiento se aplican medidas preventivas, incluida la cuarentena, para reducir la posibilidad de llevar una infección a bordo. Pero esa precaución no elimina todos los riesgos: algunos virus latentes pueden reactivarse durante el vuelo, y la actividad del sistema inmunitario puede alterarse.

La historia de los vuelos espaciales incluye episodios de resfriados, como el que afectó a los tripulantes de Apollo 7, y reactivaciones de virus como el herpes, la varicela o el citomegalovirus. La observación de cambios en los leucocitos, células que participan en la defensa frente a infecciones, ha alimentado la preocupación por la respuesta inmunitaria. No significa que toda persona enferme en órbita ni que cada infección se propague, pero sí explica por qué la prevención y la vigilancia ocupan un lugar central en la planificación.

Cuándo se puede tratar a bordo y cuándo se valora volver

Muchos problemas leves pueden atenderse sin abandonar la estación. Se han manejado molestias dentales y de oído, entre otras afecciones, con evaluación desde Tierra y recursos disponibles a bordo. Si los síntomas son compatibles con un tratamiento sencillo y la persona mejora, la misión puede continuar, quizá con ajustes en su actividad. Enfermar no implica automáticamente una evacuación: cada caso se valora en función de su gravedad y de las opciones reales para tratarlo en órbita.

La posibilidad de regresar gana peso si el cuadro requiere pruebas o cuidados que la estación no puede ofrecer, si la salud empeora o si la duda sobre el diagnóstico hace inseguro seguir allí. Una apendicitis, un infarto o un traumatismo grave plantearían un escenario muy distinto al de un malestar pasajero. En el espacio hay planes de evacuación, pero volver no es instantáneo: la decisión requiere coordinar la nave, la tripulación, la separación de la estación, la reentrada y las condiciones de recuperación en la Tierra.

La cápsula asociada a una tripulación puede servir como vehículo de retorno, pero un cambio de fecha implica revisar el conjunto de la operación. También hay que tener en cuenta quién queda en la estación y quién puede mantener sus sistemas y tareas esenciales. En el episodio relacionado con Crew-11, se contempló estudiar un regreso anticipado; la información disponible describía una evaluación, no una decisión ya ejecutada. Esa diferencia importa: valorar una opción es parte del protocolo, no prueba de que el peor escenario se haya producido.

Por qué una reanimación también es distinta en órbita

La falta de gravedad plantea un problema particular si alguien sufre una parada cardíaca. En la Tierra, las compresiones torácicas dependen de que quien las realiza pueda apoyarse y ejercer fuerza sobre el pecho. En microgravedad, ese empuje puede desplazar a la persona que intenta ayudar en vez de producir una compresión eficaz. La reanimación cardiopulmonar no se vuelve conceptualmente irrelevante, pero la técnica habitual no puede trasladarse sin cambios a una estación que flota.

Se han estudiado alternativas para estabilizar tanto al paciente como a quien presta ayuda. Entre las maniobras examinadas figuran la postura lateral a horcajadas, la posición sobre la cintura y el abrazo de oso inverso; también se han considerado la parada de manos y el método Evetts-Russomano. La búsqueda consiste en encontrar una forma de aplicar compresiones con suficiente control en un entorno donde ambos cuerpos pueden moverse. Que se hayan probado opciones no significa que todas sean equivalentes ni que exista una solución sencilla para cualquier situación.

El problema revela un límite más amplio de la medicina espacial: hay procedimientos comunes en la Tierra que requieren gravedad, espacio de trabajo y personal especializado. También se investiga el uso de robots y herramientas de asistencia a distancia, aunque una prueba técnica no equivale a una operación real sobre una persona en órbita. La capacidad de actuar depende tanto de la técnica como del entorno: el equipo disponible, la formación de la tripulación y el tiempo que se tarda en recibir instrucciones pueden ser decisivos.

La experiencia acumulada y el reto de ir más lejos

La permanencia humana en el espacio ha cambiado de escala. Desde los primeros vuelos breves de la década de 1960 se pasó a misiones de varios días, como las asociadas al programa Apollo, y después a estancias prolongadas en estaciones orbitales. La EEI está habitada de forma continuada desde 1998, y sus tripulantes suelen pasar alrededor de seis meses en microgravedad. China también mantiene una estación espacial con misiones de larga duración.

Los vuelos prolongados han permitido estudiar cómo responde el cuerpo a meses lejos de la Tierra. Scott Kelly permaneció 340 días consecutivos en la EEI entre 2015 y 2016 y acumuló más de 520 días en el espacio a lo largo de cuatro vuelos. Esos datos amplían el conocimiento sobre la adaptación humana, pero no resuelven todas las incógnitas: cada episodio médico aporta información sobre riesgos que pueden ser poco frecuentes o difíciles de anticipar.

Una misión a Marte elevaría la dificultad porque un viaje de ida, la estancia y el regreso podrían sumar entre dos y tres años, según la planificación descrita en la referencia. La distancia haría mucho más limitado el apoyo inmediato desde la Tierra y la evacuación dejaría de ser una salida comparable a la de una órbita baja. Una tripulación tendría que depender en mayor medida de su preparación, los recursos embarcados y la capacidad de tomar decisiones sin una intervención rápida desde los centros de control. Lo aprendido en la EEI es un banco de pruebas, no una garantía para Marte.

La prudencia es también una herramienta de vuelo

Los problemas médicos en la estación no se reducen a disponer de pastillas o saber hacer una cura. Exigen decidir qué actividad se detiene, cuánto puede observarse a bordo y en qué momento el riesgo de quedarse supera al de volver. La presencia de un equipo médico en Tierra ayuda, pero no elimina la distancia ni reemplaza los procedimientos que una clínica podría ofrecer. En ocasiones, la decisión más importante es reconocer a tiempo lo que no se puede hacer allí arriba.

La privacidad también explica por qué las agencias pueden comunicar poco sobre un episodio. La información sanitaria pertenece a la persona afectada y, en las primeras horas, la evaluación puede seguir abierta. Contar que una actividad se aplaza, que un tripulante está estable o que se estudian opciones permite explicar el cambio operativo sin divulgar un diagnóstico. La falta de detalles públicos no permite deducir por sí sola la gravedad del cuadro.

La EEI puede tratar ciertos problemas, mantener vigilada a la tripulación y organizar un regreso si la situación lo exige. Pero el margen no es ilimitado: la microgravedad altera el cuerpo, el entorno cerrado condiciona la propagación de infecciones y las emergencias complejas ponen a prueba los recursos disponibles. Cada aplazamiento, cada consulta remota y cada cambio de plan reflejan una misma prioridad: en el espacio, la misión se adapta a la salud de las personas, no al revés.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído