Historia
Waterloo: las causas reales de la muerte de los soldados
Heridas, abandono y enfermedades: dos episodios napoleónicos distintos que a menudo se confunden.

Foto: “Napoleón Bonaparte” por Anderiba12, bajo CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
En Waterloo, el 18 de junio de 1815, los soldados murieron sobre todo por la violencia de la batalla: el fuego de la artillería y de las armas, las cargas de caballería y los combates cuerpo a cuerpo. También hubo hombres que no fallecieron en el choque, sino después, a causa de heridas que quedaron sin atención en un campo atestado de muertos y moribundos. Las cifras disponibles reúnen muertos y heridos, así que no permiten calcular cuántos murieron por cada arma o en qué momento exacto.
Los análisis de ADN que han identificado paratifoide y fiebre recurrente transmitida por piojos no estudiaron a los caídos en Waterloo, sino a soldados enterrados en Vilna tras la retirada de Rusia de 1812. Es una distinción fundamental: son dos episodios distintos de las guerras napoleónicas, separados por casi tres años y por cientos de kilómetros. La investigación genética ayuda a explicar una catástrofe sanitaria de 1812; no demuestra qué enfermedades mataron a los combatientes de Waterloo.
La batalla convirtió el campo en una zona de muerte
Waterloo fue el desenlace de la campaña de los Cien Días, el breve regreso de Napoleón al poder después de abandonar la isla de Elba. El emperador necesitaba vencer antes de que sus adversarios pudieran concentrar sus fuerzas. Enfrente estaban el ejército aliado dirigido por Arthur Wellesley, duque de Wellington, y las tropas prusianas de Gebhard von Blücher, que terminaron interviniendo en el combate. El choque se libró en Bélgica, cerca de la aldea de Waterloo, el domingo 18 de junio de 1815.
Las fuerzas francesas atacaron posiciones defendidas por los aliados, mientras la llegada de los prusianos fue inclinando la lucha contra Napoleón. La infantería, la caballería y la artillería participaron en una sucesión de ataques y contraataques. Hougoumont y La Haie Sainte, dos granjas convertidas en puntos fortificados, concentraron combates especialmente intensos. En Hougoumont, unos 2.600 defensores resistieron las acometidas de más de 10.000 franceses, según las cifras recogidas en la crónica histórica de referencia. La batalla no fue una sola carga decisiva, sino horas de enfrentamientos en varios sectores.
El barro, causado por la lluvia de la noche anterior, dificultó el movimiento de hombres, caballos y cañones. Napoleón retrasó el inicio de las acciones y sus baterías tuvieron problemas para desplegarse sobre un terreno empapado. Ese retraso no fue una causa directa de muerte, pero sí formó parte de las condiciones que marcaron el desarrollo de la jornada: el tiempo corría mientras los prusianos se acercaban y los franceses intentaban quebrar las líneas de Wellington. En un campo así, las armas hacían estragos a corta y larga distancia, y quedar herido no significaba estar fuera de peligro.
Las cifras cuentan bajas, no causas médicas
El balance citado para Waterloo atribuye a Francia unas 26.000 bajas entre muertos y heridos, además de 10.000 prisioneros. Los aliados tuvieron alrededor de 17.000 muertos y heridos, y los prusianos, unos 7.000. Son cifras que transmiten la escala del desastre, pero mezclan categorías diferentes: un soldado herido que sobrevivió cuenta como baja igual que uno muerto. Por eso no es correcto presentar esos totales como recuentos de fallecidos ni repartirlos entre heridas de bala, metralla, sablazos o enfermedad. El dato disponible es un balance militar general, no un registro clínico de cada víctima.
La artillería disparaba balas de cañón y las tropas se enfrentaban con armas de fuego, sables y bayonetas. La caballería podía arrollar a quienes encontraba a su paso, mientras la infantería sostenía posiciones expuestas a nuevos ataques. La descripción de las fuerzas y del combate permite entender que el daño físico fue central, pero el material de referencia no ofrece una clasificación médica de las heridas ni una proporción de muertes atribuible a cada arma. Afirmar que una causa concreta dominó por encima de todas las demás sería ir más allá de lo que las cifras permiten sostener.
Además, el final de la lucha no puso fin al sufrimiento. El campo quedó cubierto de cadáveres y de heridos que agonizaban sin asistencia suficiente. La crónica describe un escenario donde los supervivientes y los moribundos quedaron expuestos durante horas, mientras saqueadores recorrían el terreno en busca de objetos de valor. Algunos hombres que habían sobrevivido al impacto inicial podían morir después, pero no hay un desglose que permita medir cuántos fallecieron por falta de atención. El dato humano —heridos abandonados entre los muertos— es claro; la cifra exacta, no.
Una victoria que también dejó a los vencedores exhaustos
La frase atribuida a Wellington tras la batalla resume el coste de la jornada: al margen de una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada. La victoria aliada frenó el regreso de Napoleón, pero llegó tras una carnicería que afectó a franceses, británicos, neerlandeses, alemanes y prusianos. La participación de varias fuerzas también explica por qué los relatos nacionales de Waterloo no siempre han puesto el mismo énfasis en cada ejército. El triunfo estratégico no reduce la magnitud de las pérdidas sufridas por ambos bandos.
Napoleón había confiado en derrotar a sus adversarios antes de que pudieran apoyarse mutuamente. Su plan se complicó por la resistencia aliada y por la llegada de los prusianos al flanco francés. Cuando la Guardia Imperial, formada por sus veteranos, fue rechazada, la posibilidad de revertir la batalla se desvaneció. El ejército francés se retiró y las tropas prusianas lo persiguieron durante la noche. La derrota no fue causada por una epidemia documentada en el campo, sino por el resultado militar de los ataques, la resistencia de las posiciones aliadas y la intervención prusiana.
Dos días después, Napoleón regresó a París y pronto renunció al poder. Intentó abandonar Francia, pero los británicos bloquearon su salida y acabó desterrado en Santa Elena, donde murió en 1821. Waterloo selló así su destino político, aunque el coste inmediato se midió en miles de hombres muertos, heridos y capturados. La derrota de un emperador y la mortalidad de los soldados son aspectos relacionados, pero no intercambiables: el fin del régimen explica el significado histórico de la batalla, no la causa médica individual de cada muerte.
Los cuerpos y las huellas que dejó Waterloo
La búsqueda arqueológica en el antiguo campo de batalla ha recuperado restos humanos y materiales que muestran la violencia de la contienda. Entre los hallazgos figuran un esqueleto completo encontrado durante unas obras, miembros amputados, restos de caballos, balas de mosquete y pistola, cajas de munición y hebillas de cinturón. En la granja de Mont-Saint-Jean, utilizada como hospital de campaña aliado, se han localizado restos de amputaciones. Hougoumont también ha proporcionado vestigios, coherentes con el papel decisivo que tuvo como posición defensiva. Los objetos recuperados reconstruyen prácticas y lugares del combate, pero no identifican por sí solos la causa de muerte de cada persona.
Una de las incógnitas más llamativas es la ausencia de los restos de muchos de los miles de muertos. La crónica de referencia recoge la hipótesis de que, años después, habitantes de la zona pudieron desenterrar huesos y venderlos para su uso en el blanqueamiento del azúcar de remolacha. La explicación se plantea como una posibilidad, no como una certeza demostrada para todos los desaparecidos. Las excavaciones han ofrecido indicios parciales, pero el destino final de una parte importante de los cuerpos continúa sin resolverse.
El campo tampoco fue un espacio silencioso inmediatamente después de la batalla. A los supervivientes se sumaron saqueadores que buscaban armas, botas, uniformes, objetos de oro y dientes, demandados entonces para fabricar dentaduras postizas. Los moribundos podían ser despojados antes de recibir ayuda o de que alguien se ocupara de ellos. Ese contexto permite comprender que la muerte en Waterloo no se limitó al instante del impacto: el abandono, la falta de asistencia y la exposición formaron parte del destino de quienes quedaron tendidos en el terreno, aunque no se puedan convertir esos episodios en una estadística precisa.
El ADN de Vilna pertenece a otra campaña
La investigación genética que suele asociarse a las muertes de los soldados napoleónicos procede de una fosa común de Vilna, la actual Vilnius, en Lituania. Allí fueron enterrados hombres de la Grande Armée durante la retirada de Rusia de 1812, casi tres años antes de Waterloo. Los arqueólogos localizaron una fosa con miles de individuos; el artículo original estima que contenía entre 2.000 y 3.000 cuerpos. De ese conjunto se analizaron los dientes de 13 soldados, una muestra pequeña frente al tamaño de la campaña, pero capaz de aportar evidencias directas sobre algunos patógenos presentes en esos individuos.
El estudio encontró fragmentos genéticos compatibles con Salmonella enterica, asociada a la fiebre paratifoidea, y con Borrelia recurrentis, responsable de la fiebre recurrente transmitida por el piojo del cuerpo. En las muestras analizadas no apareció ADN de Rickettsia prowazekii, el agente del tifus exantemático. El hallazgo no prueba que el tifus estuviera ausente de toda la retirada ni que esas bacterias causaran todas las muertes de Vilna. Indica que en esos restos concretos hay señales de dos infecciones y no se detectó la tercera.
La diferencia importa porque la retirada de 1812 y la batalla de 1815 fueron crisis de naturaleza distinta. En Rusia, el ejército se desintegró durante una larga marcha marcada por el hambre, el frío, el agotamiento y las enfermedades. En Waterloo, la mortalidad se produjo en una jornada de combate entre ejércitos enfrentados. La investigación de Vilna puede ayudar a explicar por qué muchos soldados enfermaron y murieron durante aquella retirada, pero no debe trasladarse a la batalla belga como si fuera una prueba sobre sus víctimas. Compartir el nombre de Napoleón no convierte dos episodios en uno solo.
Qué puede decir la pulpa dental y qué queda fuera
El análisis de ADN antiguo aprovecha que la pulpa dental, protegida dentro del diente, puede conservar rastros de microorganismos que circularon por la sangre. En una infección sistémica, fragmentos genéticos de bacterias pueden quedar atrapados en ese tejido y sobrevivir durante mucho tiempo. Los investigadores extraen y secuencian el material genético, lo comparan con bases de datos y comprueban si presenta señales de degradación compatibles con su antigüedad. No se trata de buscar una enfermedad a ciegas en un relato histórico, sino de detectar rastros biológicos en restos humanos.
En el trabajo descrito, el análisis metagenómico examinó el material genético sin limitarse desde el principio a un único microbio. La autenticidad depende de que los fragmentos muestren patrones propios del ADN antiguo y de que los controles reduzcan la posibilidad de contaminación moderna. El resultado es valioso porque añade evidencia material a los relatos de la época, pero su alcance está acotado por el número de dientes, el lugar de enterramiento y la conservación desigual del ADN. Trece muestras permiten identificar señales, no reconstruir por sí solas la epidemiología de cientos de miles de personas.
La ausencia de una bacteria en esas piezas tampoco equivale a demostrar que no existió en la campaña. El patógeno pudo afectar a otros soldados, en otro lugar o en otro momento, y el ADN puede no conservarse o no detectarse en todos los restos. Por eso, la falta de señales de tifus exantemático en los trece individuos no invalida automáticamente los diagnósticos históricos de tifus, que además se basaban en categorías médicas distintas de las actuales. La conclusión prudente es limitada: el tifus no apareció en esa serie concreta de muestras.
En 1812, el enemigo también viajaba en el agua y la ropa
La paratifoidea se transmite por vía fecal-oral, a menudo mediante agua o alimentos contaminados. En una retirada masiva, la convivencia estrecha, la gestión deficiente de residuos y la dificultad para mantener limpias las fuentes de agua podían facilitar la propagación. La infección puede causar fiebre, diarrea y un debilitamiento intenso; en condiciones de hambre y frío, perder líquidos y fuerzas hacía todavía más difícil caminar o mantenerse con la columna. La enfermedad podía convertir una dificultad logística en una amenaza física inmediata.
La fiebre recurrente identificada en Vilna se asocia al piojo del cuerpo, que vive entre las costuras de la ropa y se desplaza entre personas cuando estas comparten prendas o permanecen hacinadas. El frío empujaba a los soldados a conservar la misma ropa y a dormir juntos; una vez que el vector circulaba, la falta de ropa de recambio y de medios para lavarla favorecía la transmisión. Los episodios febriles repetidos, el dolor y el cansancio podían dejar a un hombre aún más expuesto al hambre, al clima y a otras infecciones. El piojo era una vía de contagio, no una explicación única de la catástrofe.
La Grande Armée había iniciado la invasión con un contingente gigantesco, de alrededor de 600.000 personas al sumar aliados, y regresó reducida a una fracción exhausta. No todo ese desplome puede atribuirse a enfermedades: intervinieron el frío, la falta de alimentos, la acción del ejército ruso, las pérdidas en combate y el colapso de los suministros. Pero la evidencia de Vilna muestra que los microbios formaron parte del cuadro. El desastre fue multifactorial, y cada factor agravaba los demás: un soldado enfermo podía quedarse atrás; uno rezagado soportaba peor el frío y tenía menos posibilidades de encontrar comida o protección.
Dos escenarios, una misma fragilidad humana
Waterloo y Vilna dejan imágenes distintas. En el primero, el ruido de la artillería y los ataques de infantería y caballería llenaron una jornada de combate; después quedaron heridos sin asistencia, cuerpos y restos materiales que aún ayudan a reconstruir el campo. En el segundo, los dientes de una fosa revelan infecciones que viajaron con soldados debilitados durante la retirada de Rusia. La violencia visible de una batalla y la propagación silenciosa de una enfermedad no deben confundirse, aunque ambas puedan terminar con la vida de quienes marchan bajo órdenes militares.
La respuesta más rigurosa es, por tanto, distinta según el episodio. En Waterloo, las muertes se explican principalmente por el combate y por las heridas sufridas en él, con posibles fallecimientos posteriores entre quienes no recibieron atención; los datos disponibles no detallan el peso exacto de cada causa. En Vilna, el ADN de trece soldados aporta pruebas de paratifoide y fiebre recurrente transmitida por piojos, pero no permite asignar esas infecciones a todos los muertos de 1812. Ni una cifra agregada de bajas ni una muestra genética aislada cuentan toda la historia.
Los restos arqueológicos y el ADN antiguo ofrecen dos maneras complementarias de acercarse a los caídos: unos muestran armas, amputaciones y espacios de atención; el otro identifica microorganismos en una muestra concreta. Ninguno elimina los límites de lo que puede saberse, pero juntos afinan el relato. En la memoria de las guerras napoleónicas, los soldados no fueron solo cifras de una derrota: en Waterloo los alcanzaron las armas, y en la retirada de 1812 también los cercaron el hambre, el frío y las infecciones. La precisión histórica empieza por no atribuir a una batalla lo que revelan los restos de otra.

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