Síguenos

Viajes

¿Qué esconde el príncipe saudí en su superyate Serene de 500 millones?

El Serene de Mohammed bin Salman vale 500 millones y esconde un camarote pensado para reducir el mareo durante las travesías por mar abierto.

Publicado

el

Serene de Mohammed bin Salman
Serene de Mohammed bin Salman / WIKIPEDIA

Mohammed bin Salman, príncipe heredero y primer ministro de Arabia Saudí, dispone en el Serene de un dormitorio bastante menos ostentoso que su suite principal. Está situado en una zona baja y central del barco, donde el movimiento se percibe con menor intensidad. Según las informaciones difundidas sobre el interior del yate, este camarote de navegación habría sido elegido por la tendencia de su propietario a marearse en el mar. Mucho dinero, mucha ingeniería y, al final, el oído interno poniendo las reglas.

Hay, eso sí, una precisión importante. El dirigente saudí no mandó construir el Serene. El barco fue encargado por un propietario ruso y entregado por el astillero italiano Fincantieri en 2011. Mohammed bin Salman lo compró varios años después, durante unas vacaciones en el sur de Francia. Las estimaciones publicadas sobre aquella operación oscilan entre 429 millones de euros y una cifra cercana a los 500 millones de euros, unos 550 millones de dólares al cambio de entonces.

Un dormitorio colocado donde menos se mueve el barco

La gran suite del propietario ocupa la cubierta cinco, rodeada de terrazas, espacios privados y vistas panorámicas. El dormitorio empleado durante las travesías se encuentra tres niveles más abajo, en la cubierta dos, junto al centro longitudinal del casco. No ofrece el mismo espectáculo visual, pero cumple una función que ninguna pared de mármol puede desempeñar: reducir la sensación de balanceo.

Los perfiles técnicos del Serene describen ese espacio como una habitación de inspiración balinesa concebida para descansar cuando el barco está navegando. Tiene una cama orientada hacia popa, materiales en tonos terrosos y una gran abertura lateral que puede transformarse en balcón cuando la embarcación está detenida. La decoración es refinada, claro; llamar austero a cualquier rincón de este barco exigiría bastante imaginación. Aun así, su verdadero valor está en la ubicación del camarote, no en los acabados.

La vinculación directa entre la habitación y el mareo de Mohammed bin Salman procede de informaciones publicadas en medios especializados en grandes fortunas y navegación de lujo. No consta una explicación pública del príncipe ni un comunicado del astillero que detalle sus hábitos al dormir. Lo comprobable es que la estancia existe, que fue diseñada para las travesías y que ocupa una de las zonas más estables del buque. El resto pertenece a testimonios y relatos del hermético mundo de los superyates, donde abundan el cristal blindado, las cláusulas de confidencialidad y algún que otro cuento agrandado en puerto.

La física gana al mármol y al oro

El mareo por movimiento, conocido como cinetosis, aparece cuando el cerebro recibe informaciones que no encajan entre sí. Los ojos pueden interpretar que el pasajero permanece quieto dentro de una habitación, mientras el sistema vestibular del oído interno detecta aceleraciones, inclinaciones y cambios de posición. Esa discordancia puede provocar náuseas, sudor frío, somnolencia, palidez o vértigo. No distingue entre clases sociales.

En un barco, los movimientos no se reparten por igual. Las cubiertas altas recorren un arco mayor cuando el casco se inclina de un costado a otro; la proa acusa con fuerza la subida y bajada sobre las olas, mientras la popa recibe vibraciones de la propulsión. Cerca del centro y en una cubierta baja, el desplazamiento resulta menor. Por eso, sentarse o descansar en la zona central del barco es una recomendación habitual para las personas propensas al mareo.

El Serene cuenta con estabilizadores que compensan parte del balanceo mediante aletas instaladas bajo el casco. También dispone de posicionamiento dinámico, un sistema que utiliza hélices y propulsores para mantener la embarcación en un punto sin recurrir necesariamente al ancla. Son tecnologías formidables, pero no borran el oleaje.

Los estabilizadores actúan sobre todo contra el movimiento lateral; tienen menos capacidad frente al cabeceo producido cuando la proa sube y baja. La riqueza puede amortiguar el mar. Domesticarlo ya es otra conversación.

El Serene llegó antes que su propietario saudí

Fincantieri comenzó a construir el Serene a mediados de la década de 2000 y lo entregó en agosto de 2011. Fue el primer gran yate fabricado por el grupo naval italiano y, con sus 133,9 metros de eslora, se convirtió entonces en el mayor superyate construido en Italia y en uno de los diez más largos del mundo.

El diseño exterior fue obra de Espen Øino, uno de los nombres más reconocibles de la arquitectura naval de lujo, mientras que los interiores quedaron en manos del estudio Reymond Langton Design. El resultado fue una mole de acero concebida no solo para navegar, sino para funcionar como residencia privada, espacio de representación y fortaleza flotante.

El proyecto había sido encargado por el empresario ruso Yuri Shefler, vinculado al negocio internacional del vodka. Mohammed bin Salman vio el barco frente a la costa francesa en 2015 y envió a un colaborador para negociar su compra. La operación, según las reconstrucciones publicadas, se habría cerrado en cuestión de horas. El anterior propietario abandonó el barco aquel mismo día.

Fue, por tanto, una compraventa de segunda mano, aunque en una escala donde hasta la palabra “segunda” parece llevar escolta. El futuro gobernante saudí no participó en el diseño original ni impuso durante la construcción un dormitorio adaptado a su mareo; adquirió una embarcación que ya contaba con ese espacio.

La cifra exacta nunca ha quedado fijada de manera pública. Algunas informaciones situaron el precio en 429 millones de euros, mientras otras hablaron de cerca de 500 millones. De ahí que el Serene aparezca descrito indistintamente como un yate de 450, 500 o 550 millones de dólares. No son pequeñas diferencias, desde luego, pero todas conducen al mismo puerto: fue una de las compras náuticas privadas más costosas conocidas.

Bill Gates lo alquiló, pero la compra es otra historia

Antes de pasar a manos saudíes, el Serene había alojado a Bill Gates y su familia durante unas vacaciones en el Mediterráneo. Las noticias publicadas en agosto de 2014 sitúan el barco frente a Cerdeña y hablan de un alquiler que podía alcanzar los 5 millones de dólares semanales, aunque otras tarifas de la época eran algo inferiores y no incluían determinados gastos.

Gates utilizaba incluso el helicóptero del yate para desplazarse a tierra. Un modo algo aparatoso de llegar a una pista de tenis, pero acorde con una embarcación que había sido concebida para que sus pasajeros apenas tuvieran que rozar la vida ordinaria.

Con los años se extendió la versión de que el fundador de Microsoft quedó tan impresionado que intentó comprar la embarcación, pero Mohammed bin Salman se le adelantó. Esa parte aparece sobre todo en publicaciones recientes dedicadas al lujo y en relatos de personas relacionadas con el sector. Las crónicas contemporáneas de 2014 confirman el alquiler del Serene, pero no documentan con la misma solidez una negociación formal de compra.

Conviene separar ambos elementos. Gates navegó en el Serene y disfrutó de sus instalaciones; su supuesta pugna con el príncipe saudí continúa siendo una anécdota repetida, atractiva y difícil de probar. Una de esas historias que crecen cada vez que cambian de cubierta.

Un palacio de siete cubiertas y 8.231 toneladas

El Serene desplaza 8.231 toneladas brutas y distribuye sus espacios a lo largo de siete cubiertas. Puede alojar a 24 invitados en 12 camarotes y necesita una tripulación de hasta 62 personas. Una pequeña comunidad dedicada a mantener en marcha motores, cocinas, piscinas, sistemas electrónicos, embarcaciones auxiliares y los caprichos razonables —o no tanto— de quienes viajan a bordo.

Su propulsión diésel-eléctrica le permite alcanzar unos 25 nudos, alrededor de 46 kilómetros por hora, y recorrer hasta 6.000 millas náuticas manteniendo una velocidad de crucero cercana a los 15 nudos. No es un barco pensado para competir, sino para cruzar largas distancias sin renunciar a una comodidad casi terrestre.

El superyate dispone de dos helipuertos, un hangar, unos 4.500 metros cuadrados de superficie interior y una piscina de agua marina que también puede funcionar como espacio para embarcaciones auxiliares y un pequeño submarino. El barco integra igualmente un club de playa, una piscina de 15 metros, cine exterior, gimnasio, peluquería, sauna y baño turco.

Entre sus instalaciones más llamativas aparece una sala de nieve, capaz de recrear un ambiente invernal mientras fuera aprieta el calor del Mediterráneo o del mar Rojo. El aire acondicionado, por lo visto, también puede desarrollar ambiciones alpinas.

El cuadro más caro del mundo también navegó a bordo

La historia del barco adquirió otra capa de extravagancia cuando se informó de que el Salvator Mundi, atribuido a Leonardo da Vinci, estuvo expuesto en el Serene. La obra fue adjudicada en 2017 por 450,3 millones de dólares, el precio más alto pagado en una subasta por una pintura.

Según las informaciones conocidas, el cuadro permaneció en el yate hasta finales de 2020, mientras la embarcación se encontraba cerca de la costa noroeste de Arabia Saudí. Su ubicación posterior no ha sido confirmada públicamente. El lienzo más caro del mundo, instalado en un barco de valor semejante. La discreción, en este caso, pesaba casi tanto como el casco.

La presencia de la pintura convirtió durante un tiempo al superyate en algo parecido a un museo privado flotante, aunque sin taquilla, sin horarios y con un acceso bastante más complicado que el del Prado. También reforzó el simbolismo del Serene: no solo era un medio de transporte, sino una prolongación móvil del poder, preparada para recibir invitados, celebrar reuniones y funcionar como residencia lejos de tierra firme.

El mar no reconoce fortunas

Lo más revelador del Serene no es la sala de nieve, el submarino ni la pintura atribuida a Leonardo. Es ese dormitorio situado en una cubierta baja, instalado cerca del centro del casco. Allí, donde las ventanas impresionan menos y el movimiento se nota un poco menos, aparece el límite físico que ni una operación de medio millardo logró eliminar.

El superyate puede compensar las olas con sensores, desplegar aletas estabilizadoras y sostenerse sobre el agua como un bloque de acero de 134 metros. Pero su propietario sigue sometido al mismo conflicto entre la vista y el oído interno que cualquier pasajero de un ferry. El mar no reconoce títulos, fortunas ni protocolos. En ocasiones, ni siquiera reconoce los 500 millones de dólares.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído