Tecnología
¿Qué es un ‘influmierder’ y por qué enfada a la hostelería española?
El ‘influmierder’ retrata los excesos de unos influencers gastronómicos y el creciente hartazgo de los restaurantes ante regalos y postureo.

“Influmierder” no figura en el diccionario, ni falta que hace para entender el golpe. Es un término deliberadamente despectivo que el periodista gastronómico Josema Azpeitia ha convertido en el eje de una crítica contra cierta forma de ejercer la influencia en redes: la del creador que confunde una comunidad de seguidores con un salvoconducto para comer gratis, transforma el restaurante en un plató y presenta como recomendación espontánea lo que puede ser, en realidad, una colaboración interesada. Su artículo publicado el 7 de agosto pone nombre —bronco, sí— a un malestar que lleva tiempo fermentando entre fogones.
La palabra importa menos que el fenómeno. En pleno agosto de 2026, varios restaurantes españoles han hecho pública su saturación ante las propuestas de intercambio: comida a cambio de vídeos, historias, reseñas o supuesta “visibilidad”. El caso más sonado ha sido el del Guachinche Casa Aguere, en Tenerife, que colocó un cartel anunciando la prohibición de entrada a influencers después de denunciar la reiteración de peticiones para comer sin pagar. La provocación funcionó. También abrió una discusión mucho más interesante que el propio cartel: dónde termina la promoción legítima y dónde empieza el aprovechamiento.
Qué significa realmente eso de “influmierder”
Azpeitia no utiliza el término para describir técnicamente una profesión. Construye una caricatura. El “influmierder” sería ese creador gastronómico de brocha gorda que llega con el móvil por delante, busca el plato más aparatoso, exagera cada bocado y mide el interés culinario con una unidad científica de nuevo cuño: cuántos segundos puede retener al espectador antes de que deslice el dedo hacia el siguiente vídeo.
En su retrato aparecen algunos de los vicios que críticos, restauradores e incluso otros creadores vienen señalando desde hace tiempo: obsesión por la viralidad, escasa formación gastronómica, lenguaje repetitivo, intercambios poco claros y preferencia por comidas visualmente espectaculares. Hamburguesas gigantes, cascadas de queso fundido, salsas cayendo a cámara lenta, cachopos que podrían servir de manta en enero. La gastronomía convertida en parque temático del algoritmo.
Conviene, sin embargo, no convertir la caricatura en sentencia colectiva. Hay creadores especializados que investigan, pagan sus cuentas, explican cuándo existe una colaboración comercial y conocen aquello de lo que hablan. Otros aportan a pequeños establecimientos una difusión que difícilmente podrían comprar mediante campañas convencionales. Meterlos a todos en el mismo saco sería tan absurdo como juzgar a todos los periodistas por el titular más ridículo visto esta semana. Y hay competencia.
Donostia y una polémica que venía calentándose
El término tampoco aparece en el vacío. Uno de los antecedentes más visibles de esta batalla fue la polémica desatada en Donostia por Alfonso Ortega, conocido como Cocituber, creador gastronómico que durante su estancia en la ciudad denunció la masificación turística, las colas, los precios y la pérdida de carácter local en algunas de sus zonas más populares. Su discurso alcanzó decenas de miles de interacciones y abrió una discusión incómoda: hasta qué punto las redes que denuncian la turistificación ayudan también a acelerar el descubrimiento masivo de los mismos lugares que presentan como secretos.
Azpeitia respondió entonces con una crítica muy dura a Cocituber y utilizó precisamente la expresión “influmierders” para cuestionar esa contradicción. Meses después, su “Anatomía del influmierder” ensancha el objetivo: ya no se trata tanto de una persona como de un modelo de creación de contenido, aunque el lenguaje siga teniendo filo de navaja.
La paradoja donostiarra resume bastante bien el problema. Un creador descubre un bar diminuto. El vídeo funciona. Van miles de personas. Después llega otro vídeo lamentando que el bar diminuto esté lleno de gente. No siempre ocurre así, por supuesto, pero cuando ocurre tiene algo de incendio retransmitido por quien lleva una caja de cerillas en el bolsillo.
Cuando la “visibilidad” pretende pagar la cuenta
El verdadero campo de batalla está en una palabra que el marketing digital ha gastado hasta dejarla casi transparente: visibilidad. Una comida tiene un coste tangible. Producto, cocineros, camareros, alquiler, energía, impuestos. Una publicación en redes tiene un valor mucho más difícil de fijar. Puede atraer a cientos de clientes o desaparecer en el pozo del algoritmo antes de que llegue el café.
Por eso empiezan a verse restaurantes que rechazan expresamente los intercambios. El futuro restaurante Pastifizzio, en Valladolid, explicó antes incluso de su apertura que no cambiaría comida por publicaciones o reseñas, aunque sí dejó abierta la puerta a trabajar con creadores mediante campañas previamente pactadas y presentadas como publicidad. La diferencia parece pequeña; no lo es. Una cosa es contratar comunicación comercial. Otra, comprar de manera implícita una opinión que el público puede interpretar como independiente.
También existe la zona gris. El creador puede acudir por iniciativa propia, reservar como cualquier cliente y encontrarse después con que el restaurante decide no cobrarle. En julio ocurrió algo parecido durante una visita de Cenando con Pablo a un establecimiento de Alginet, en Valencia: el influencer había reservado sin identificarse para intentar vivir una experiencia normal y, una vez reconocido, el local acabó invitándole. El episodio volvió a plantear la misma cuestión de fondo: qué independencia conserva una valoración cuando aparece una contraprestación, aunque esta no hubiera sido solicitada de antemano.
Un móvil no ocupa mucho; un rodaje, bastante más
Hay otro conflicto menos filosófico y bastante más cotidiano. Grabar una foto del plato no suele molestar a nadie. Montar trípodes, luces, micrófonos, repetir tomas, hablar a cámara y mantener detenidos los platos mientras llega el plano perfecto es otra historia. En salas pequeñas, donde camareros y clientes circulan casi rozándose los hombros, la diferencia se nota rápido.
Algunos creadores gastronómicos reconocen precisamente ese exceso. El debate suscitado este verano incluye quejas por focos, aros de luz, grabaciones y retrasos durante el servicio, junto a problemas más delicados cuando aparecen clientes ajenos en los vídeos. El restaurante sigue siendo un negocio abierto al público, no un estudio audiovisual disponible por defecto para cualquier producción.
Y aquí la educación, ese algoritmo antiguo que funcionaba bastante bien, resuelve buena parte del conflicto. Pedir permiso antes de grabar, evitar que aparezcan terceros, no bloquear el trabajo de los camareros y distinguir una visita privada de una producción profesional. No suena especialmente revolucionario.
¿Puede un restaurante prohibir la entrada a influencers?
El famoso cartel de “Prohibida la entrada a influencers” es más potente como mensaje que como herramienta jurídica. Un establecimiento puede regular determinadas conductas, pero un veto indiscriminado basado únicamente en la condición de influencer resulta mucho más discutible. El derecho de admisión no equivale a una patente para actuar arbitrariamente: las condiciones deben responder a criterios objetivos y ajustarse a la normativa aplicable.
Un restaurante sí puede fijar reglas sobre grabaciones, impedir el uso de focos o trípodes que dificulten el servicio y actuar cuando un cliente molesta a otras mesas o altera el funcionamiento normal del establecimiento. También puede decidir que no quiere participar en colaboraciones, invitaciones ni intercambios promocionales. Nadie tiene derecho a que le regalen la cena por tener seguidores. Eso pertenece menos al Código Civil que al sentido común.
El matiz es importante porque permite distinguir dos debates que las redes suelen mezclar con entusiasmo. Rechazar una colaboración no equivale a expulsar a una persona. Un restaurante puede responder “no, gracias” a quien propone un menú gratis a cambio de un reel y servirle exactamente el mismo menú cinco minutos después si decide pagarlo.
El problema no son los influencers, sino la confianza
La influencia gastronómica existe porque resulta útil. Antes de reservar una mesa, mucha gente busca vídeos, fotografías, reseñas y opiniones en redes. Un creador capaz de explicar bien un restaurante puede poner en circulación negocios que permanecían fuera del radar mediático. Esa capacidad tiene valor económico. Negarlo sería mirar 2026 con unas gafas de 1998.
El problema aparece cuando el espectador ignora qué relación existe entre quien recomienda y quien sirve el plato. Si hubo pago, invitación o acuerdo promocional, la percepción cambia. No necesariamente porque la opinión sea falsa, sino porque el lector necesita ese dato para interpretarla. Una recomendación independiente y una pieza publicitaria pueden decir exactamente lo mismo; no significan exactamente lo mismo.
También falla la confianza cuando el número de seguidores sustituye al conocimiento. Tener audiencia demuestra capacidad para atraer atención, no formación automática en cocina, vinos, producto o restauración. Tampoco la formación garantiza buen criterio. Pero entre explicar por qué una salsa está desequilibrada y gritar que una hamburguesa “está de locos” mientras chorrea queso hay, digamos, algunos kilómetros de carretera.
De la crítica gastronómica al espectáculo comestible
Las redes han cambiado incluso aquello que termina llegando al plato. Los formatos visuales premian lo reconocible en una fracción de segundo: tamaños exagerados, colores intensos, cortes que derraman rellenos, quesos fundidos, postres monumentales. Son imágenes eficaces. También pueden provocar que ciertos restaurantes diseñen productos pensando primero en la cámara y el algoritmo y después en el paladar.
Eso no convierte una hamburguesa en enemiga de la civilización occidental. Ni mucho menos. El problema es otro: cuando lo viral ocupa todo el escaparate, quedan fuera platos menos fotogénicos, cocinas tradicionales, pequeños productores y preparaciones cuya gracia no consiste en explotar al partirlas por la mitad.
La crítica gastronómica clásica tampoco merece ser embalsamada entre laureles. Ha conocido amiguismos, invitaciones, egos descomunales y sentencias pontificias capaces de arruinar una sobremesa. Las redes no inventaron la vanidad. La democratizaron, la aceleraron y le pusieron vídeo vertical.
La reputación también se sienta a la mesa
“Influmierder” funciona porque comprime en una sola palabra una irritación que muchos hosteleros reconocen: la sensación de que una parte de la economía de la influencia ha convertido la atención digital en moneda universal, incluso cuando nadie ha aceptado cobrar con ella. El término es agresivo, exagerado y deliberadamente provocador. Precisamente por eso ha encontrado terreno fértil.
Pero el ruido no debería esconder lo esencial. Ni todo influencer busca comer gratis ni todo restaurador que invita intenta comprar elogios. Existen profesionales serios en ambos lados de la mesa. El conflicto aparece cuando desaparecen los límites: cuando la invitación se disfraza de crítica independiente, cuando una sala se convierte en plató sin permiso, cuando los seguidores se utilizan como argumento de autoridad o cuando una negativa comercial acaba presentada como una ofensa personal.
Este agosto, los carteles contra influencers y la columna de Azpeitia han puesto una vieja discusión bajo una luz nueva. La gastronomía vive de la reputación, pero también de pagar proveedores, nóminas y facturas. Las redes pueden llenar un comedor en una tarde; también pueden llenarlo de espuma y dejarlo vacío dos meses después. Entre ambos extremos queda lo menos espectacular y quizá lo más valioso: recomendar bien, cocinar bien y pagar la cuenta.

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