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¿Qué es la liminalidad y cómo explica la extrañeza del mundo actual?
La liminalidad revela por qué los cambios vitales, los lugares vacíos y The Backrooms provocan una mezcla tan intensa de miedo y fascinación.

La liminalidad es el estado de transición en el que algo ha dejado de ser lo que era, pero todavía no se ha convertido en lo siguiente. Puede ser una etapa vital, una situación social, una experiencia mental o un lugar físico: la adolescencia, el duelo, una mudanza, la espera de un diagnóstico, el duermevela, un aeropuerto de madrugada. Se está en medio. Ni aquí ni allí.
Esa condición intermedia suele producir ambigüedad, desorientación y una extraña apertura. Las reglas anteriores pierden fuerza y las nuevas aún no se han asentado. Por eso la liminalidad puede dar miedo, pero también liberar. Es el pasillo entre dos habitaciones: incómodo cuando no se ve la puerta de salida, fértil cuando permite imaginar una vida distinta.
Liminalidad: vivir en el umbral
La palabra se relaciona de forma más precisa con el latín limen, que significa umbral. A veces se vincula con limes, límite o frontera, una asociación comprensible porque ambas ideas se rozan, aunque no son idénticas. El límite separa; el umbral, en cambio, se atraviesa. Ahí está el corazón del concepto.
Ser liminal no equivale simplemente a estar perdido. Implica haber salido, al menos en parte, de una posición anterior sin haber entrado todavía en otra. Un estudiante que termina la universidad y aún no trabaja, una persona que emigra y siente que ya no pertenece del todo al lugar que dejó ni al que acaba de llegar, alguien que se divorcia y debe reconstruir rutinas, afectos e incluso la imagen que tenía de sí mismo. La vida cotidiana está llena de estos intervalos, aunque rara vez les ponemos nombre.
También hay momentos breves y casi domésticos. El amanecer y el crepúsculo son franjas liminales entre la noche y el día. El duermevela desordena la frontera entre conciencia y sueño. Un viaje suspende durante unas horas la identidad habitual: uno ya ha salido de casa, pero todavía no ha llegado; come a deshora, duerme vestido, mira pantallas con destinos que no son el suyo. La normalidad queda en consigna, junto a la maleta.
La idea de umbral explica por qué estas experiencias mezclan sensaciones aparentemente incompatibles. Hay incertidumbre, sí, pero también posibilidad. Vulnerabilidad y libertad. Nostalgia por lo que se pierde, curiosidad por lo que viene. La liminalidad no ofrece una emoción limpia. Ofrece un cóctel algo turbio, como esas luces de estación que no se sabe si anuncian la madrugada o prolongan la noche.
El concepto entró en las ciencias sociales a comienzos del siglo XX con el etnógrafo Arnold van Gennep, que estudió los ritos de paso. Observó que muchas culturas organizaban los grandes cambios de estatus mediante tres momentos: una separación del estado anterior, una fase intermedia y una incorporación a la nueva condición. Nacimiento, pubertad, matrimonio, iniciación religiosa, muerte. Cambiaban los símbolos y las ceremonias, pero la estructura se repetía.
La fase central era la fase liminal. Durante ese intervalo, la persona dejaba de ocupar su lugar ordinario en la comunidad. No era ya quien había sido, aunque aún no podía ejercer plenamente el nuevo papel. Las ropas, los nombres, el aislamiento, las pruebas o las prohibiciones rituales hacían visible esa suspensión. La sociedad, que suele fingir que todo está perfectamente clasificado, admitía por unos días que una identidad podía quedar abierta.
Décadas después, el antropólogo Victor Turner amplió la idea. Le interesaba el modo en que, durante la fase liminal, las jerarquías se debilitaban y aparecía una relación más igualitaria entre quienes compartían el tránsito. A ese vínculo lo llamó communitas: una experiencia intensa de pertenencia nacida no de los cargos y las etiquetas, sino de estar juntos en una transformación.
La mente entre dos versiones de sí misma
En psicología, la liminalidad sirve para describir experiencias de cambio, no para diagnosticar una enfermedad. Conviene subrayarlo porque internet tiene cierta afición a convertir cualquier palabra sugerente en etiqueta clínica. Sentirse entre dos etapas no es un trastorno. Puede ser desagradable, incluso muy doloroso, pero la liminalidad no es un diagnóstico ni sustituye una evaluación psicológica o psiquiátrica cuando hay sufrimiento grave, pérdida de contacto con la realidad, riesgo para uno mismo o incapacidad para llevar una vida cotidiana.
La adolescencia es quizá el ejemplo más evidente. El cuerpo cambia antes de que la identidad tenga tiempo de ponerse al día. Se pide autonomía mientras siguen existiendo dependencias materiales y emocionales. El adolescente ya no es un niño, pero el mundo adulto le concede derechos y responsabilidades a plazos, como una compañía telefónica poco generosa. Esa contradicción no es un fallo del proceso: es el proceso.
Algo parecido ocurre con la enfermedad. Una persona puede dejar de reconocerse en la vida que llevaba y, al mismo tiempo, no saber qué lugar ocupará después. La espera de pruebas médicas, la recuperación tras una operación, una dolencia crónica o la rehabilitación alteran el calendario, el cuerpo y las relaciones. El paciente queda a veces atrapado entre la identidad de antes y una nueva normalidad que aún no tiene forma. La medicina atiende el órgano; la experiencia liminal se instala alrededor, en las horas de espera, en el silencio de los familiares, en la ropa que ya no sienta igual.
El duelo también rompe las categorías. El mundo continúa con una grosería casi administrativa —abren los supermercados, llegan facturas, alguien discute por aparcar— mientras la persona doliente vive en un tiempo distinto. La relación con quien murió ha terminado físicamente, pero no desaparece de inmediato de la memoria, los hábitos ni el lenguaje. Durante meses, a veces años, existe una presencia hecha de ausencia. No es exactamente pasado ni presente.
Por qué la incertidumbre pesa tanto
La mente trabaja mejor cuando puede anticipar. Necesita patrones, horarios, nombres, causas. Una situación liminal debilita esas referencias: no sabemos cuánto durará, qué versión de nosotros saldrá de ella ni qué reglas seguir. Esa falta de guion aumenta la vigilancia. Se mira más, se interpreta más, se teme más. Un ruido que en casa sería trivial puede parecer amenazante en un hotel desconocido a las tres de la mañana.
La incertidumbre no siempre destruye; también abre espacio para revisar decisiones y ensayar identidades. El problema aparece cuando el tránsito se alarga sin horizonte. Un contrato temporal detrás de otro, una espera migratoria interminable, una enfermedad sin diagnóstico, una juventud que no logra acceder a vivienda o estabilidad laboral. Entonces el umbral deja de ser paso y se convierte en residencia. La provisionalidad crónica agota porque exige adaptarse sin permitir llegar.
Hablar de liminalidad permite reconocer el malestar sin medicalizar automáticamente la vida. Hay etapas que duelen porque importan, no porque estén enfermas. Un cambio de ciudad puede provocar insomnio y nostalgia; una jubilación, pérdida de identidad; la maternidad o la paternidad, una mezcla de amor, miedo y extrañeza. Son transformaciones profundas. A veces requieren apoyo profesional, pero no se entienden mejor pegándoles una etiqueta a toda prisa.
También conviene evitar el extremo contrario. La belleza poética del umbral no debe romantizar el sufrimiento. Una crisis de ansiedad, una depresión, un episodio psicótico o una conducta suicida necesitan atención clínica, no una estética de pasillos vacíos. La palabra liminalidad describe una posición entre estados; no explica por sí sola sus causas ni indica el tratamiento adecuado.
Aeropuertos, pasillos y otros lugares que parecen esperar
Los espacios liminales físicos son lugares de tránsito, espera o acceso: aeropuertos, estaciones, rellanos, túneles, hoteles, hospitales, aparcamientos, vestíbulos, áreas de servicio. No están diseñados para quedarse, sino para pasar. Su identidad depende de lo que conectan. Un pasillo sin habitaciones sería una arquitectura absurda; una puerta sin antes ni después, un decorado.
La sensación cambia cuando esos lugares aparecen vacíos o fuera de horario. Un colegio durante las vacaciones, una piscina cubierta sin bañistas, un centro comercial después del cierre. La arquitectura sigue cumpliendo visualmente su función, pero faltan las personas y los sonidos que la justifican. Las escaleras mecánicas están quietas. Las mesas esperan bandejas. La megafonía calla. Todo parece correcto y, a la vez, ligeramente equivocado.
Ahí nace lo inquietante. El cerebro reconoce el sitio, aunque no encaja con la escena. Espera movimiento y encuentra inmovilidad; espera conversaciones y recibe el zumbido de un fluorescente. Es una familiaridad averiada. No estamos ante un castillo gótico ni un cementerio bajo la lluvia, escenarios que ya vienen con la alarma puesta. Estamos ante una moqueta beige, una máquina de agua y una señal de salida. El terror llega vestido de oficina.
No todo espacio vacío es liminal, pese a lo que sugieren algunas etiquetas en redes sociales. Un paisaje deshabitado puede ser simplemente un paisaje. Para que exista esa cualidad de umbral suele haber una tensión entre uso y ausencia, entre tránsito y detención, entre memoria y extrañeza. El lugar parece contener la huella de algo que acaba de ocurrir o está a punto de empezar, pero nunca ocurre. Se queda suspendido, como una frase sin verbo.
The Backrooms: cuando el pasillo se convierte en monstruo
La cultura digital convirtió esa incomodidad arquitectónica en un género. The Backrooms no nació de la nada ni fue una invención individual cerrada. El mito comenzó a tomar forma en 2019 alrededor de una imagen anónima publicada en 4chan: una habitación vacía, amarillenta, cubierta de moqueta y alumbrada por fluorescentes. El texto que la acompañaba imaginaba que alguien podía salirse accidentalmente de la realidad, como un personaje que atraviesa un muro defectuoso en un videojuego, y caer en kilómetros de estancias repetidas.
La idea era sencilla y pegajosa. No hacía falta explicar quién construyó el lugar ni qué leyes físicas obedecía. Precisamente ahí residía su fuerza. Miles de usuarios añadieron niveles, criaturas, empresas secretas, mapas y reglas. Una leyenda colectiva, fabricada a retazos por desconocidos. El folclore de siempre, solo que el fuego de campamento era una pantalla y el bosque, un foro con diseño espantoso.
Kane Parsons, conocido como Kane Pixels, dio al fenómeno su forma audiovisual más influyente. Tenía 16 años cuando publicó en YouTube, en enero de 2022, el corto The Backrooms (Found Footage). La pieza simulaba una grabación recuperada: un cámara caía fuera del mundo ordinario y aparecía en un laberinto de paredes amarillas, pasillos interminables y luces enfermas. Después llegaba la huida, la respiración agitada, la sospecha de que algo se movía detrás.
Parsons trabajó con herramientas de animación y efectos digitales, pero el resultado parecía capturado por una cámara doméstica de otra época. La imagen temblaba, el sonido se ensuciaba, la perspectiva se volvía dudosa. La imperfección vendía realidad. Mientras buena parte del audiovisual digital perseguía superficies impecables, él entendió que una textura defectuosa podía ser más creíble —y bastante más perturbadora— que un render brillante.
El corto acumuló decenas de millones de reproducciones y convirtió a Parsons en uno de los nombres centrales del llamado terror analógico. No inventó los espacios liminales ni el mito original, pero los llevó a una audiencia enorme y les dio narrativa, ritmo y amenaza. Aquella serie nacida en YouTube dio el salto al largometraje con A24, con el propio Parsons como director y Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve en el reparto. El salto resulta casi demasiado perfecto: una historia sobre atravesar una pared terminó atravesando la frontera entre internet y Hollywood.
Lo más interesante de The Backrooms no es la criatura. De hecho, cuanto menos se ve, mejor funciona. El verdadero monstruo es el espacio: una arquitectura sin propósito, infinita y burocrática, como si un edificio administrativo hubiera soñado consigo mismo después de cenar mal. No hay ventanas, referencias exteriores ni un centro reconocible. Caminar no garantiza avanzar. Cada esquina promete una salida y entrega otra sala.
La luz también importa. No hay oscuridad protectora. Todo está expuesto bajo una iluminación amarilla, plana, hostil. Es un infierno sin llamas, gestionado por fluorescentes. El zumbido continuo sustituye a la música y convierte el silencio en una presión física. La pesadilla no es que el lugar esté muerto, sino que parece seguir funcionando sin seres humanos.
Una época instalada en el mientras tanto
La popularidad de la liminalidad no se explica solo por una moda visual. Encaja demasiado bien con una generación acostumbrada a vivir entre versiones del mundo. La pandemia dejó durante años calles, oficinas, aeropuertos y colegios vacíos: escenarios cotidianos despojados de su función. Incluso después, quedó la impresión de que algo había cambiado sin que nadie supiera describir del todo el después.
A esa experiencia se suman trabajos provisionales, alquileres inalcanzables, migraciones, crisis climática, guerras retransmitidas en directo y tecnologías que modifican profesiones antes de que dé tiempo a aprenderlas. La inteligencia artificial promete una nueva etapa mientras todavía discutimos qué parte de la anterior está desapareciendo. El siglo XXI ha convertido el “mientras tanto” en domicilio fiscal.
Las redes sociales agravan esa sensación. Presentan identidades en actualización permanente: perfiles que se editan, empleos que se anuncian antes de empezar, relaciones que existen en una zona gris, versiones de uno mismo sometidas a métricas y comentarios. Todo parece provisional y archivado al mismo tiempo. Nunca habíamos dejado tantas huellas mientras cambiábamos tan deprisa.
La estética liminal ofrece una imagen para ese estado colectivo. Un centro comercial vacío representa algo más que un edificio sin clientes. Puede evocar el final de una forma de consumo, la infancia perdida, la decadencia de una promesa económica. Un parque infantil bajo luz artificial recuerda un pasado reconocible, pero sin niños se vuelve casi arqueológico. La nostalgia y el miedo comparten moqueta.
El umbral también conduce a alguna parte
La liminalidad inquieta porque recuerda una verdad poco cómoda: la identidad, las instituciones y los lugares son menos sólidos de lo que aparentan. Vivimos gracias a rutinas que parecen naturales hasta que se interrumpen. Basta un diagnóstico, una despedida, una mudanza o un pasillo vacío para que el decorado enseñe las juntas. La normalidad también tiene costuras.
Pero el umbral no es únicamente pérdida. También es el punto donde una forma termina y otra puede comenzar. En los ritos tradicionales, la fase liminal tenía sentido porque la comunidad acompañaba el tránsito y reconocía la llegada. El problema contemporáneo no es que existan cambios, sino atravesarlos muchas veces sin tiempo, símbolos ni compañía. La transformación necesita algo más que aguante.
Entender la liminalidad permite nombrar esa incomodidad sin convertirla en superstición ni en diagnóstico automático. Explica por qué un aeropuerto nocturno puede parecer hermoso y amenazante, por qué la adolescencia duele incluso cuando va bien, por qué The Backrooms convirtió una oficina amarilla en mito global. Estamos hechos para cruzar puertas, aunque detestemos no saber qué hay detrás.
Tal vez por eso esos pasillos interminables resultan tan familiares. No hablan de un universo remoto. Hablan del nuestro: iluminado, conectado, funcional en apariencia y, a ratos, extrañamente vacío. La diferencia entre una pesadilla y una transición suele estar en encontrar la salida. O en que alguien, al otro lado, sepa que estamos llegando.

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