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Salud

Piedra, vidrio y THC: las alertas alimentarias de 2025

Un repaso a los contaminantes, patógenos y brotes que marcaron los avisos sanitarios del año.

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Qué comimos en 2025

Fragmentos de piedra en chocolate, posible vidrio en vino, metal y caucho en sopa deshidratada y cannabinoides en productos de confitería: algunos de los avisos alimentarios más llamativos de 2025 tuvieron ingredientes que parecen propios de una historia improbable. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) difundió alrededor de una treintena de alertas de interés para la población general, siete menos que en 2024 y una media cercana a tres al mes.

Ese balance no reúne todos los problemas relacionados con la comida. Quedan fuera las alertas por alérgenos y las referidas a complementos alimenticios, y tampoco incluye necesariamente los brotes vinculados a comidas servidas en bares, festivales u otros establecimientos. La cifra describe, por tanto, una parte concreta de la vigilancia sanitaria: avisos sobre productos alimentarios distribuidos, no un recuento de cada intoxicación o incidencia ocurrida durante el año. La distinción ayuda a leer el dato sin confundir alerta con brote ni interpretar cada aviso como prueba de que un alimento entero sea peligroso.

Qué cuentan las alertas y qué queda fuera

Una alerta alimentaria se activa cuando las autoridades reciben información sobre un riesgo asociado a un producto que puede haber llegado al mercado. El aviso permite identificar el alimento afectado, averiguar por dónde se distribuyó y trasladar la información a las administraciones competentes. Según el origen del caso, la comunicación puede circular por redes distintas: el Sistema Coordinado de Intercambio Rápido de Información, conocido como SCIRI, conecta a las autoridades españolas, mientras que el sistema europeo RASFF canaliza notificaciones entre países.

El proceso no consiste en declarar peligroso un alimento por su nombre genérico. La investigación busca concretar la marca, el formato, el lote, la fecha de caducidad y el recorrido comercial, siempre que esos datos estén disponibles. Así se puede retirar una partida concreta sin extender automáticamente la advertencia a todas las referencias de una marca o a todos los productos de una categoría. La trazabilidad, poco visible para quien compra, es lo que convierte un aviso general en una intervención delimitada.

También importa separar una alerta de un brote de intoxicación. En el primer caso, el foco suele estar en un producto distribuido y en su posible retirada; en el segundo, la investigación puede centrarse en una comida servida en un establecimiento, una cocina colectiva o un evento. Por eso algunos episodios con decenas o cientos de afectados no aparecen en el mismo balance de alertas de productos. Son dos formas diferentes de detectar y contener riesgos, aunque ambas formen parte de la seguridad alimentaria.

Piedra y metal en chocolates, y otros cuerpos extraños

Los cuerpos extraños fueron protagonistas por su capacidad de transformar un alimento cotidiano en una amenaza inmediata. Durante el año se comunicaron casos de fragmentos de piedra en chocolate belga y de posibles fragmentos metálicos en otro chocolate de ese origen. El primer aviso se hizo público el 4 de abril; el relacionado con metal había aparecido días antes, el 31 de marzo. Entre las referencias difundidas figuró un chocolate negro con almendras y sal marina de Tony’s Chocolonely. En estos incidentes el peligro no depende de una bacteria invisible, sino de un objeto duro que no debería estar en el alimento.

Una pieza de piedra o metal puede causar daños en la boca o los dientes, provocar una lesión al tragarse o, según su tamaño y forma, generar atragantamiento. El chocolate se come directamente y no suele someterse a una preparación que permita detectar o eliminar un fragmento. Eso explica por qué la recomendación ante un lote afectado es tajante: no consumirlo. No significa que todo el chocolate de esa marca o procedencia quede bajo sospecha, sino que el aviso se aplica a los productos identificados por la notificación.

El balance del año también recogió cuerpos extraños en conservas vegetales procedentes de Países Bajos, distribuidas en Andalucía y la Comunidad Valenciana; fragmentos metálicos en confit de hígado de ave al Oporto de Francia; plásticos en gofres belgas, y piezas de metal y caucho en sopa deshidratada rumana. Las informaciones difundidas contabilizaron cinco alertas de esta clase, aunque el detalle de los avisos sobre chocolate incluyó más de un episodio y hace aconsejable no convertir cada ejemplo periodístico en una suma automática de casos. La variedad de materiales apunta a incidencias distintas, no a un único fallo común.

La presencia de piedra, plástico o caucho puede relacionarse con diferentes etapas de producción, envasado o manipulación, pero los datos disponibles no permiten atribuir un origen concreto a cada episodio. El metal o el caucho en una sopa, por ejemplo, pueden recordar piezas de maquinaria, aunque esa imagen no demuestra cómo llegó el material al producto. La diferencia entre una hipótesis plausible y una causa confirmada es importante: la alerta identifica el peligro para actuar, mientras la investigación del origen requiere información técnica adicional.

El vino con vidrio y la importancia del lote

El 30 de mayo se difundió una alerta por la posible presencia de fragmentos de vidrio en botellas de vino tinto Côtes du Rhône Cellier des Dauphins, procedentes de Francia. La referencia comunicada era de 75 centilitros, lote L25056 y código de barras 3179071000978. El aviso se gestionó desde la Comunidad de Madrid mediante SCIRI y la recomendación fue no consumir el producto afectado. La identificación precisa permitió circunscribir la advertencia a una referencia concreta, en vez de extenderla a todo el vino francés o a la denominación.

El vidrio resulta especialmente difícil de detectar a simple vista. Un fragmento pequeño puede pasar inadvertido en una botella o una copa, y la iluminación o el propio aspecto del líquido pueden complicar su reconocimiento. La alerta no equivale a afirmar que todas las botellas estuvieran contaminadas ni que se hubieran producido lesiones; indica que existía un riesgo suficiente para activar una retirada y advertir a quienes pudieran tener el lote. Se informó de que Carrefour retiró preventivamente la partida afectada y de que otros lotes de la marca no estaban implicados.

En una cadena de distribución amplia, el número de lote funciona como una coordenada. Ayuda a distinguir un producto afectado de otros que comparten marca, envase o procedencia, y permite a tiendas y autoridades localizar existencias. La precisión administrativa puede parecer fría, pero es la herramienta que evita tanto una retirada insuficiente como una alarma indiscriminada. En este caso, el lote, el código de barras y el tamaño de la botella daban al aviso un perímetro reconocible.

Metal y caucho en una sopa de preparación rápida

El 26 de noviembre, AESAN comunicó una alerta recibida desde Rumanía a través de RASFF por piezas de metal y caucho en sopa deshidratada Knorr. La referencia difundida era una sopa de pollo con fideos de 63 gramos, con fecha de caducidad 04/2027 y los lotes 527922C93 y 528022C93. Se indicó que la distribución había alcanzado Andalucía, Baleares, Catalunya, Canarias, Castilla-La Mancha, Galicia y Madrid, sin descartar que el producto hubiera llegado a otros territorios. Los lotes y la fecha de caducidad eran claves para reconocer la partida afectada.

Según la información publicada, el hallazgo se produjo durante controles internos de la empresa. Cuando un autocontrol detecta una anomalía, el operador debe trasladarla a las autoridades y colaborar en la retirada; el aviso puede entonces circular entre los sistemas nacionales o europeos según dónde se haya originado el producto. En este episodio, la notificación internacional reflejaba que los alimentos no se detienen en las fronteras administrativas: una incidencia detectada en un país puede requerir actuaciones en varios mercados.

La sopa deshidratada suele abrirse y cocinarse sin examinar cada fideo o partícula del contenido, pero esa rutina doméstica no es el mecanismo de seguridad. La protección depende de controles en distintas fases y de que, cuando aparece un problema, la información llegue con rapidez a quienes pueden apartar el producto de la venta. La comodidad del formato no elimina la necesidad de trazabilidad; al contrario, hace más relevante que la partida esté identificada con precisión.

HHC y THC en productos con aspecto de golosina

Los avisos por cannabinoides dieron al año un giro distinto. En octubre se alertó de productos de confitería procedentes de República Checa, de la marca Heavens Haze, en los que se detectaron hexahidrocannabinol (HHC) y tetrahidrocannabinol (THC). La comunicación se canalizó desde la Comunidad Valenciana a través de SCIRI. En julio ya se había informado de productos con cannabinoides procedentes de Países Bajos y distribuidos en Catalunya, bajo la marca Happy Bites, entre ellos gominolas, chocolates y brownies. El formato de golosina puede ocultar que no se trata de una confitería convencional.

El THC es el principal componente psicoactivo del cannabis; el HHC es otro cannabinoide con efectos psicoactivos. Su presencia en productos dulces plantea un riesgo diferente al de una astilla o un trozo de vidrio: no se percibe mirando el alimento y sus efectos dependen de una sustancia activa que puede consumirse sin conocer su contenido. Algunas presentaciones se difundieron con advertencias ambiguas, como la indicación de que no estaban destinadas al consumo o que eran artículos de colección, pese a tener formas y envoltorios propios de productos comestibles.

La apariencia importa especialmente si el producto puede confundirse con una chuche y quedar al alcance de menores o de alguien que desconoce lo que contiene. Además, los comestibles con cannabinoides pueden tardar más en producir efectos que otras formas de consumo, lo que puede llevar a ingerir más antes de notar cambios. Entre los efectos descritos figuran mareo, ansiedad, alteraciones de la percepción, somnolencia intensa y taquicardia; en determinadas circunstancias puede ser necesaria atención médica urgente. La presentación dulce no reduce la potencia ni convierte la sustancia en un ingrediente alimentario ordinario.

La aparición de estos productos en las alertas tampoco resuelve por sí sola todas las cuestiones regulatorias sobre los cannabinoides. Sí muestra que las autoridades los trataron como un problema de vigilancia cuando se detectaron en artículos comercializados con apariencia de confitería. La retirada y el aviso público buscan impedir el consumo de las referencias señaladas, mientras que la determinación del alcance y del origen corresponde a las investigaciones de cada caso. El límite entre un producto que parece un alimento y uno que contiene una sustancia psicoactiva no es una cuestión estética.

Las bacterias, el riesgo menos visible

Los objetos extraños ocuparon titulares por lo inusual, pero las alertas más numerosas volvieron a estar asociadas a patógenos. En 2025 se comunicaron seis avisos por salmonela, cinco por Listeria monocytogenes y tres por Escherichia coli. También hubo una alerta por Pseudomonas aeruginosa, otra por Bacillus cereus y una más por toxina estafilocócica. La contaminación microbiológica puede pasar inadvertida a la vista y al olfato, de modo que no siempre existe una señal doméstica que permita reconocer el riesgo.

Los productos afectados incluyeron hamburguesas, fuet, quesos, torreznos, cúrcuma en polvo, leche en polvo para lactantes y agua mineral. La variedad recuerda que no existe una única clase de alimento asociada a estos microorganismos: cada aviso depende de la combinación de producto, agente detectado y circunstancias del caso. Una alerta por patógeno no significa necesariamente que todas las unidades hayan llegado a consumirse ni que todas las personas expuestas vayan a enfermar, pero sí que hay motivos para comunicar el riesgo y retirar o controlar la partida afectada.

Entre estos episodios destacó la retirada de más lotes de leche en polvo para bebés por la posible presencia de bacterias. En un producto destinado a lactantes, la comunicación resulta especialmente sensible por el grupo al que va dirigido; de ahí la importancia de describir las referencias afectadas sin extrapolar el aviso a todas las fórmulas o marcas. En seguridad alimentaria, el destinatario del producto forma parte del contexto del riesgo, aunque la actuación concreta siga dependiendo de los lotes y datos indicados por las autoridades.

Brotes en bares, festivales y comedores

Algunas de las intoxicaciones colectivas más graves o numerosas de 2025 no pertenecieron al balance de alertas sobre productos envasados. A comienzos de año, 44 personas enfermaron por Clostridium perfringens tras comer montaditos de pringá en una taberna de Córdoba. Una persona falleció, aunque no se pudo confirmar que la muerte se debiera específicamente a esa infección. La cautela sobre la causa es esencial: que un fallecimiento ocurra durante un brote no basta, por sí solo, para establecer una relación causal.

El episodio más numeroso se relacionó con salmonela en el Festival Vino Somontano, en Barbastro, y afectó a cerca de 300 personas. A comienzos de julio, otro brote de salmonela en un festival de música de Oza-Cesuras, en A Coruña, dejó más de 160 afectados y hasta una veintena de ingresados. Tras ese caso, la Xunta aprobó un decreto para que los puestos ambulantes de venta de comida, como carpas y food trucks, quedaran bajo control sanitario y tuvieran que incorporarse al Registro gallego sanitario de empresas y establecimientos alimentarios, conocido como Regasa.

A finales de agosto se comunicó otro brote de salmonela en hospitales de Gran Canaria que afectó a una veintena de personas. En fechas similares, más de 180 personas enfermaron en un hotel de La Manga del Mar Menor, en Cartagena; una decena fue ingresada. Estos episodios desplazan el foco desde el lote hasta la preparación y el servicio: importan la manipulación, las condiciones de conservación y el funcionamiento de cocinas que sirven a muchas personas, aunque la información disponible no permita atribuir aquí una causa concreta a cada brote.

La diferencia con una alerta de supermercado está en el punto donde se busca el origen. Si el problema se relaciona con una comida preparada para un evento o un comedor, el trabajo sanitario puede centrarse en la cocina, la manipulación y las circunstancias del servicio. Si se detecta un contaminante en un producto distribuido, la investigación persigue lotes y canales comerciales. La seguridad alimentaria abarca tanto la fábrica como la cocina, y un balance basado solo en productos retirados no representa todas las intoxicaciones del año.

Retirar un lote no equivale a condenar un alimento

Tras una detección, las autoridades y las empresas deben comunicar el producto afectado, retirar las unidades que sigan en circulación y trasladar la recomendación correspondiente. En los casos descritos, el mensaje habitual fue abstenerse de consumir la referencia señalada. La medida puede parecer contundente, pero está diseñada para el producto o lote identificado: no convierte automáticamente en peligrosos todos los alimentos parecidos, los de la misma marca o los elaborados en el mismo país.

La trazabilidad reúne datos que en una etiqueta pasan desapercibidos hasta que hay una alerta: lote, caducidad, formato, proveedor y recorrido de distribución. En el vino francés, por ejemplo, el lote L25056 y el código de barras ayudaban a diferenciar las botellas concernidas; en la sopa, los dos códigos de lote y la caducidad permitían reconocer la partida. El número impreso en el envase es una herramienta de control, no un detalle ornamental.

Una vez acotado el producto, la respuesta puede incluir la retirada de los establecimientos, la revisión de existencias y la comunicación a otras administraciones si hubo distribución en distintas comunidades o países. La advertencia de que un alimento pudo llegar a más territorios no es necesariamente una contradicción: en una cadena extensa, el punto donde se detecta el problema puede ser distinto del lugar donde se vendió. La red de avisos existe precisamente para compartir esa información con rapidez.

También conviene distinguir detección de daño confirmado. Una alerta por fragmentos de vidrio o por una bacteria informa de un peligro identificado, pero no demuestra por sí misma que alguien haya resultado lesionado o enfermado. Del mismo modo, que se active una retirada no significa que todo el lote se haya consumido ni que la incidencia afecte a toda una categoría. El aviso describe un riesgo que debe controlarse, no un recuento automático de víctimas.

Lo que reveló el año sobre la comida cotidiana

El balance de 2025 combina dos imágenes. Una es la de los materiales inesperados —piedra, metal, plástico, caucho o vidrio— que convierten un bocado o una botella en un riesgo físico. La otra es menos visible: bacterias, toxinas y sustancias psicoactivas que no siempre pueden reconocerse a simple vista. A ellas se suman los brotes en hostelería y eventos, donde el problema puede surgir en la preparación o el servicio y no en un producto envasado. La seguridad alimentaria no depende de un solo control ni se limita a lo que ocurre en una fábrica.

El descenso de siete alertas respecto a 2024 no basta para concluir que la comida sea más o menos segura. El número refleja las notificaciones de interés general incluidas en ese balance y deja fuera, entre otros asuntos, las alertas por alérgenos, los complementos alimenticios y ciertos brotes ligados a establecimientos. La lectura más útil está en el detalle de cada caso: qué se encontró, qué producto se identificó, por dónde circuló y qué actuación se comunicó.

Por eso los titulares más extraños del año no deberían convertirse en una sospecha indiscriminada sobre lo que se compra o se come. Su relevancia está en que muestran cómo un riesgo concreto puede detectarse, delimitarse y comunicarse mediante redes de vigilancia. La confianza cotidiana en los alimentos depende menos de que nunca haya fallos que de que los fallos se localicen y se contengan con precisión: detrás de una alerta llamativa hay una cadena de controles, decisiones y datos que intenta evitar que el incidente llegue a más mesas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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