Naturaleza
¿Por qué la ola de calor que llega a España puede superar los 45 ºC?
España se prepara para otra ola de calor severa, con mapas que apuntan a máximas de más de 45 ºC y noches sin alivio en muchas zonas del país

Resumen
- España puede encarar otra ola de calor con máximas por encima de 45 ºC
- Las isotermas de 30 ºC explicarían el salto hacia valores extremos
- El riesgo crece si las noches tórridas impiden recuperar el cuerpo
España encara una nueva amenaza de calor extremo cuando aún no ha terminado de sacudirse la segunda ola de calor del verano. El aviso del meteorólogo Luismi Pérez no es una frase lanzada al aire para llenar tertulia: las previsiones apuntan a la entrada de una masa de aire excepcionalmente cálida, con isotermas de 30 ºC en altura que, si se consolidan, podrían traducirse en máximas superiores a los 45 ºC en superficie durante la próxima semana. La palabra “miedo”, en meteorología, no suele cotizar. Aquí aparece porque el mapa viene cargado.
El respiro previsto a partir del jueves 9 de julio será eso, un paréntesis. La AEMET mantiene el episodio actual de ola de calor hasta esa fecha, con temperaturas muy elevadas tanto de día como de noche, y varios avisos activos por máximas que han alcanzado ya valores de 42, 43 y hasta 44 ºC en distintas zonas del país. El problema no es solo que el mercurio suba; es que empieza a hacerlo con una facilidad casi obscena, como si el verano hubiera perdido el freno de mano.
España no sale del horno: baja el calor, pero no se va
La segunda ola de calor del verano comenzó el domingo 5 de julio y se ha cebado especialmente con el cuadrante suroccidental, el valle del Ebro, las depresiones del nordeste y los valles pirenaicos. La AEMET situó la probabilidad del episodio en un 70 %, con duración al menos hasta el jueves 9, dentro de un escenario de estabilidad atmosférica y aire muy cálido acumulado sobre buena parte de la Península.
En la práctica, eso significa jornadas con máximas por encima de los 40 ºC en los grandes valles y noches que tampoco permiten recuperar el cuerpo. Las llamadas noches tropicales, cuando no se baja de 20 ºC, ya se han quedado cortas para describir lo que ocurre en muchas ciudades. Ahora entramos en la zona de las noches tórridas, con mínimas por encima de 25 ºC, ese momento en el que abrir la ventana equivale a pedirle clemencia a un secador.
El martes 7 de julio dejó registros muy duros en el este peninsular. En Villalonga, en la comarca valenciana de La Safor, se alcanzaron 44,7 ºC, mientras Gandia llegó a los 43 ºC, con una mínima nocturna que no bajó de 27 ºC. En Murcia, la AEMET activó avisos por calor extremo para este miércoles 8 de julio, con previsiones de hasta 42 ºC en la Vega del Segura. Son cifras de aviso sanitario, no simples anécdotas de ascensor.
Qué son las isotermas y por qué importan tanto ahora
La clave del aviso está en las isotermas, una palabra algo seca, de mapa técnico, pero fácil de entender. Una isoterma une puntos con la misma temperatura en una capa de la atmósfera. Para medir la potencia real de una ola de calor se mira mucho la temperatura a unos 1.500 metros de altitud, el nivel de 850 hPa, porque ayuda a saber qué masa de aire tenemos encima antes de que el suelo, las ciudades y la radiación solar hagan su particular barbacoa.
Luismi Pérez explicó que hace unas décadas una isoterma de 18 o 20 ºC ya bastaba para hablar de un episodio serio. Ahora, según su análisis, las “isos” han subido de forma clara y es habitual ver valores de 24 o 25 ºC en altura durante episodios de calor severo. Traducido al lenguaje de la calle: con esa configuración, Madrid puede moverse entre 38 y 43 ºC, y zonas más favorables al recalentamiento pueden irse bastante más arriba.
Lo inquietante es la posible llegada de isotermas de 30 ºC. Antes eran propias del interior sahariano, de zonas como Mauritania. Ahora pueden empujar hasta la Península e incluso acercarse al sur de Francia. Ese salto cambia la escala del episodio. Ya no hablamos del calor de julio, del “es lo que toca”, del abanico y la persiana bajada. Hablamos de una masa de aire capaz de llevar algunas máximas por encima de 45 ºC si encajan los ingredientes: estabilidad, insolación, viento favorable y poca ventilación nocturna.
La próxima semana concentra el riesgo
La previsión aún tiene margen de incertidumbre, porque a varios días vista los modelos pueden mover el núcleo cálido unos cientos de kilómetros. Ese detalle decide si la peor parte cae sobre el suroeste, el centro, el valle del Ebro, el interior mediterráneo o una combinación amarga de todos ellos. Pero el patrón de fondo sí aparece claro: tras la bajada temporal de temperaturas, podría llegar otro ascenso con una masa de aire muy cálida y seca.
La AEMET ya había advertido de un verano 2026 más cálido de lo normal, y su predicción estacional para julio, agosto y septiembre sitúa una probabilidad muy alta de temperaturas medias en el tercil cálido en toda España. Dicho sin bata blanca: lo más probable es que el verano juegue por encima de su media, y no por poco.
Dónde puede pegar más fuerte la nueva ola de calor
Los territorios que suelen sufrir más en estos escenarios son los grandes valles y las depresiones interiores, donde el aire caliente se estanca y gana grados como una sartén abandonada al sol. El Guadalquivir, el Guadiana, el Tajo, el Ebro y algunas zonas del interior del nordeste tienen papeletas cuando llega una masa africana potente. También la meseta sur, áreas de Madrid, Extremadura, Castilla-La Mancha, Andalucía interior y puntos del litoral mediterráneo cuando el viento entra recalentado.
En el episodio actual, las previsiones ya señalaban máximas de 40 a 42 ºC en valles fluviales y la posibilidad de rozar los 44 ºC en puntos del Guadiana y del Guadalquivir. Galicia y País Vasco también han vivido ascensos bruscos, con Ourense moviéndose hacia registros muy altos y Sevilla y Córdoba encadenando jornadas por encima de 40 ºC. El mapa, de pronto, parece menos una previsión que una plancha.
La próxima embestida podría ser más severa si la isoterma de 30 ºC se instala de verdad sobre España. No todos los municipios llegarían a 45 ºC, conviene decirlo antes de que el termómetro se convierta en tótem nacional. Pero bastaría con que unas cuantas zonas interiores superasen ese umbral para entrar en un episodio de riesgo muy alto, sobre todo si el calor nocturno impide descansar y los edificios acumulan temperatura durante varios días seguidos.
Noches sin alivio, salud en juego
La parte más peligrosa de una ola de calor no siempre está en la máxima de las cuatro de la tarde, aunque esa cifra acapare titulares. Está en la repetición. Día duro, noche mala, otro día peor. El organismo pierde capacidad de recuperación, especialmente en mayores, bebés, embarazadas, personas con enfermedades crónicas, trabajadores al aire libre y vecinos que viven en pisos mal aislados. La épica del “yo aguanto bien el calor” envejece fatal cuando el salón está a 33 ºC a medianoche.
El Ministerio de Sanidad mantiene cada verano el Plan Nacional de actuaciones preventivas frente al exceso de temperaturas, con el objetivo de reducir el impacto del calor sobre la salud. Su sistema de vigilancia no trata la ola de calor como una incomodidad veraniega, sino como un factor de mortalidad evitable. Entre 2015 y 2025, el sistema MoMo estimó 27.564 muertes atribuibles a altas temperaturas en España, con 2022 como el año de mayor impacto y 2025 justo detrás.
Por qué este calor ya no parece el de antes
El aviso de Pérez conecta con una evidencia incómoda: el calor extremo se ha vuelto más frecuente, más temprano y más persistente. AEMET calificó de histórica la ola de calor de junio de 2026, con los días 22 y 23 como los más cálidos de un mes de junio en España desde al menos 1950, según datos provisionales, y una anomalía media peninsular de +7,1 ºC. Tres días de aquel episodio se situaron entre los diez más cálidos de la serie histórica de junio.
Esto no significa que cada récord sea automáticamente una postal del cambio climático, ni que todos los episodios tengan la misma causa inmediata. La atmósfera tiene sus caprichos, sus bloqueos, sus DANAs desplazadas y sus anticiclones testarudos. Pero el fondo se ha calentado. Y cuando el fondo se calienta, los picos térmicos suben más fácilmente. Es como empezar una carrera cuesta arriba desde la mitad de la cuesta.
La AEMET también ha situado el primer semestre de 2026 como el más cálido para España desde el inicio de la serie, con una temperatura 1,6 ºC por encima de lo normal. Otro dato con poca poesía y mucha carga: los siete primeros semestres más cálidos han ocurrido en los últimos diez años. El calendario no está haciendo teatro; está dejando huella.
Un país al límite del termómetro
La próxima ola de calor no está escrita en piedra, pero sí dibujada con suficiente claridad como para tomarla en serio. El mensaje central es sencillo: tras el alivio breve del jueves, España puede volver a entrar en una fase de calor extremo la próxima semana, con la posibilidad de superar los 45 ºC en las zonas más expuestas si las previsiones actuales se cumplen. No es verano con carácter. Es una atmósfera más cargada, más seca, más insistente.
Y ahí está el matiz que cambia todo. El calor ya no llega como una visita pesada que se va después de comer. Se queda. Duerme en las paredes, se pega al asfalto, sube por los patios interiores, castiga al que trabaja fuera y al que vive dentro sin refugio climático. El mapa meteorológico empieza a parecer menos un parte del tiempo que una advertencia civil. España mira otra vez al termómetro. Y el termómetro, esta vez, no devuelve una broma.

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