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Economía

Guerra en Irán: cuánto valen petróleo y gas hoy, 11 de marzo

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dos barriles negros sobre dolares

El Brent aguanta en 88 dólares y el gas rebota mientras la guerra con Irán vuelve a situar a Europa ante otro shock energético y Ormuz pesa.

El petróleo Brent ha amanecido este miércoles 11 de marzo en una extraña zona de calma. No es paz, ni mucho menos. Es una tregua de mercado. El barril de referencia en Europa se mueve en torno a los 88 dólares, con una subida muy ligera en las primeras horas, mientras los operadores esperan saber si la Agencia Internacional de la Energía activa una liberación de reservas estratégicas para enfriar un precio que llegó disparado desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. Al mismo tiempo, el gas natural europeo ha rebotado algo más del 2 % y vuelve a situarse en torno a 48,44 euros por MWh en el TTF neerlandés, después del desplome de más del 14 % registrado en la víspera.

La fotografía, vista de lejos, puede engañar. El crudo ya no corre como el lunes, pero el riesgo sigue ahí, latiendo bajo la alfombra. La guerra ha entrado en su duodécimo día, siguen los ataques cruzados en la región, el estrecho de Ormuz continúa prácticamente bloqueado para buena parte del tráfico energético y este mismo miércoles se han registrado nuevos incidentes, incluidos dos drones caídos en las inmediaciones del aeropuerto de Dubái y el impacto de proyectiles sobre buques en la zona. En ese paisaje, el mercado intenta poner precio a dos cosas al mismo tiempo: la posibilidad de una desescalada y la evidencia, mucho más tozuda, de que la infraestructura energética del Golfo sigue en el centro del tablero.

El mercado ha pasado del pánico al compás de espera

Lo que ha ocurrido en apenas setenta y dos horas explica bien esa sensación de respiro inestable. El lunes, el petróleo llegó a rozar niveles que no se veían desde 2022, con un mercado dominado por el miedo a un corte serio de suministro. El martes llegó el volantazo: el Brent se dejó alrededor de un 11 % después de que la Casa Blanca trasladara mensajes de posible final cercano del conflicto, y este miércoles ha quedado encallado en una franja mucho más baja, alrededor de esos 88 dólares que ahora funcionan como referencia provisional. No es un precio barato; es, más bien, un precio que descuenta que el choque puede contenerse sin desaparecer.

El detalle importante está en la palabra provisional. En un mercado normal, una caída tan brusca tras una subida vertical suele interpretarse como corrección. Aquí se parece más a una respiración entre sobresaltos. El WTI estadounidense también cedía terreno en la apertura asiática, hasta algo más de 83 dólares, mientras las bolsas europeas seguían digiriendo la idea de que la energía puede dejar una nueva cicatriz en inflación y crecimiento. Las cotizaciones se han vuelto extremadamente sensibles a cualquier frase que salga de Washington, a cualquier movimiento de la AIE y, sobre todo, a cualquier noticia que afecte a Ormuz, ese cuello de botella del tamaño de una aguja por el que pasa medio miedo del planeta.

Del susto de los 120 al parón en 88

Ese salto desde el vértigo del lunes hasta la meseta del miércoles no significa que el problema se haya evaporado. Significa otra cosa: que el mercado ha empezado a apostar a que habrá algún tipo de red de seguridad pública si la guerra se alarga. La expectativa de una liberación récord de reservas estratégicas ha metido un freno psicológico en el precio del crudo. Ya no se compra petróleo solo por escasez inmediata; también se vende una parte del miedo por la posibilidad de que los grandes países consumidores intervengan. Es una diferencia fina, pero decisiva. En la práctica, el barril está oscilando entre dos relatos enfrentados: el del apagafuegos institucional y el del riesgo geopolítico crónico.

Ormuz sigue siendo el embudo decisivo

Todo vuelve a Ormuz. El estrecho es el pasillo estrecho del que depende una parte enorme del sistema energético mundial. El conflicto ha llegado a bloquear de hecho el flujo de una quinta parte de los suministros fósiles globales que salen del Golfo. En el caso del petróleo, por ahí transita alrededor de un 20 % del suministro mundial; en el gas licuado, el peso también es crítico. De ahí que cada dron, cada mina, cada aviso a la navegación y cada incendio en un mercante se traduzcan en una prima de riesgo inmediata. El petróleo no solo responde al barril físico que falta; responde, sobre todo, al barril que el mercado teme no poder mover mañana.

La consecuencia es doble. Por un lado, las compañías navieras, los aseguradores y los grandes traders recalculan rutas, coberturas y tiempos. Por otro, los productores del Golfo empiezan a tirar de desvíos, almacenamientos previos y planes de contingencia que sirven para aguantar, no para normalizar. Ahí está la clave que explica por qué el Brent no se ha desmoronado pese al frenazo de las últimas horas. Aunque el precio haya bajado desde los máximos del lunes, el mercado sigue viendo el mismo escenario de fondo: una zona donde el tráfico energético se mueve con la tensión de quien cruza un cristal resquebrajado. Basta una grieta más para que la caída vuelva a ser vertical, esta vez hacia arriba.

El gas acusa más el golpe que el petróleo

Si el crudo está en una pausa vigilada, el gas sigue jugando una partida mucho más incómoda. El contrato TTF a un mes, referencia en Europa, subía este miércoles algo más del 2 %, hasta los 48,44 euros/MWh, tras la sacudida bajista del martes. La cifra, por sí sola, no parece dramática comparada con los récords de 2022. El problema es la velocidad del movimiento y el punto de partida del continente: desde el 28 de febrero, cuando comenzó la ofensiva, el precio acumula una revalorización de más del 40 %. Ahí es donde el mercado deja de mirar solo el presente y empieza a mirar el próximo invierno.

La explicación tiene nombre propio: Qatar. El país representa alrededor de un 20 % del GNL mundial, y el parón de su producción y exportación puede tardar semanas en normalizarse incluso en el mejor de los casos. No es una avería que se enciende y se apaga con un interruptor. Las plantas de licuefacción necesitan tiempos técnicos para detenerse sin dañarse y, después, otros tantos para volver a operar a plena capacidad. En paralelo, más de un 90 % de las exportaciones cataríes pasan por Ormuz. Ahí el gas enseña su fragilidad con más crudeza que el petróleo: es menos flexible, más difícil de redirigir y más dependiente de una logística milimétrica.

Europa, además, llega a esta tensión con poco colchón emocional y un colchón físico más bien corto. La Comisión Europea ha transmitido que no ve un riesgo inmediato de suministro y no prepara de momento una respuesta de emergencia, pero al mismo tiempo admite preocupación por el efecto que unos precios altos pueden tener sobre el llenado de almacenes de cara al invierno. Los depósitos comunitarios estaban en torno al 30 % de capacidad a comienzos de marzo, unos 9 puntos por debajo del nivel de hace un año. Traducido al lenguaje del mercado: no hay pánico de escasez inmediata, pero sí una inquietud seria por el coste de reconstruir reservas en verano si el conflicto se enquista.

Europa vuelve a medir su fragilidad energética

La gran diferencia respecto a la crisis posterior a la invasión rusa de Ucrania es que Europa llega mejor armada, aunque no blindada. Ha diversificado proveedores, compra mucho más GNL estadounidense, depende menos de Rusia y ha reforzado la conversación política sobre infraestructuras, red y seguridad de suministro. El problema es que la dependencia de combustibles fósiles importados sigue ahí, intacta en lo esencial. La propia Ursula von der Leyen ha reconocido esta semana que esa exposición estructural coloca a la UE en desventaja frente a otras regiones cada vez que el mercado mundial entra en combustión. Y Oriente Medio, cuando se incendia, no suele hacerlo a media intensidad.

En España, el golpe se percibe de forma más amortiguada, aunque ni mucho menos inocua. A corto plazo, el impacto sobre las facturas puede ser limitado y desigual, bastante menor que en 2022. Ayudan varias cosas: una mayor capacidad de regasificación, un mix más diversificado y una exposición menos directa al gas catarí. Los datos de Enagás muestran, además, que las importaciones españolas de gas crecieron casi un 20 % interanual en febrero y que Estados Unidos fue ya el principal proveedor, con el 33,8 % del total, por delante de Argelia, con alrededor del 29 %. Pero una factura más contenida no significa inmunidad. El precio internacional del gas termina filtrándose, de una manera u otra, en la electricidad, en la industria y en la inflación importada.

Hay otro matiz importante. Europa recuerda 2022 como un trauma de precio y suministro; en 2026 el riesgo es más complejo. No se trata solo del gas para calentar o del petróleo para repostar. Se trata de un encarecimiento que puede contaminar transporte, fertilizantes, química, aviación, navieras y, por la puerta de atrás, la cesta entera de consumo. El mercado lo sabe, por eso el gas sigue mostrando una reacción más nerviosa que el crudo. El petróleo puede caer con un titular. El gas necesita algo más sólido: barcos navegando, plantas operando y depósitos llenándose. Nada de eso está garantizado todavía.

La AIE y el G7 intentan enfriar el incendio

En ese contexto, la AIE se ha convertido en la pieza política más observada del día. El organismo estudia una liberación de reservas estratégicas que sería la mayor de su historia, por encima incluso de los 182 millones de barriles puestos en el mercado en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania. El G7 ya ha expresado su apoyo “en principio” a medidas proactivas, incluido el uso de esas reservas, aunque la decisión definitiva depende del procedimiento interno del organismo y no sería inmediata. Hay detalles todavía abiertos —volumen, reparto, calendario— y basta con la objeción de un solo miembro para retrasar la operación.

Ese posible movimiento explica buena parte de la contención actual del Brent, pero conviene no sobreinterpretarlo. Liberar reservas sirve para ganar tiempo, mandar un mensaje y evitar que el miedo se coma al mercado en cuestión de horas. No sirve para reabrir Ormuz, ni para reactivar las plantas cataríes, ni para convertir una guerra regional en una simple perturbación pasajera. Dicho de otro modo: la AIE puede actuar como cortafuegos, no como desenlace. Por eso el precio del petróleo se ha templado sin entrar en verdadera normalidad. La intervención pública reduce la fiebre del barril, pero no cura la infección geopolítica que la provoca.

El precio que aún no se ve en las gasolineras

Donde el problema puede hacerse más visible en las próximas semanas no es tanto en el barril como en los destilados, sobre todo en el diésel. Este producto es, estructuralmente, el más expuesto a la guerra. Entre un 10 % y un 20 % del diésel marítimo mundial pasa por Ormuz, y algunos analistas calculan que las disrupciones actuales podrían suponer pérdidas de entre 3 y 4 millones de barriles diarios de suministro de diésel, además de más producto bloqueado en refinerías de Oriente Medio. El efecto no tarda en viajar: transporte por carretera, agricultura, maquinaria, alimentos, distribución. El diésel es menos visible que el petróleo, pero toca más suelo. Es el combustible que se pega a la economía real como el polvo a una persiana.

Ahí aparece la otra gran palabra del momento: inflación. El presidente del Bundesbank, Joachim Nagel, ha avisado este 11 de marzo de que el BCE actuaría “rápida y decididamente” si el encarecimiento del combustible termina trasladándose de forma duradera a los precios en la eurozona. Goldman Sachs calcula que un petróleo en torno a 100 dólares podría restar unas cuatro décimas al crecimiento global y añadir varias décimas a la inflación. El mercado, en suma, no solo está valorando cuánto cuesta el barril. Está calculando cuánto tarda ese barril en colarse en el pan, en el transporte, en la industria y en la política monetaria. Por eso los 88 dólares del Brent no suenan hoy a tranquilidad. Suenan, más bien, a una pausa tensa, a un precio que todavía confía en que la guerra no rompa del todo la tubería invisible que conecta el Golfo con la economía mundial.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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