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Por qué la Feria de Abril se celebra en mayo

La fecha cambia según Semana Santa y una norma municipal que obliga a encajar la fiesta en el calendario litúrgico.

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Feria de Sevilla con luces y ambiente festivo para ilustrar porque la feria de abril es en mayo

La Feria de Sevilla no siempre cae en abril. Su fecha depende de la Semana Santa y, por tanto, del calendario litúrgico, que se mueve cada año según el Domingo de Resurrección. Cuando esa Pascua cae tarde, el arranque de la fiesta también se desplaza y puede terminar celebrándose en mayo, aunque conserve el nombre tradicional de Feria de Abril.

Esa aparente contradicción tiene una explicación precisa y nada improvisada. La propia ordenanza municipal establece que la fiesta debe celebrarse en la tercera semana posterior a Semana Santa, de martes a domingo. Solo cuando ese encaje la llevaría por completo a mayo, el Ayuntamiento puede adelantarla una semana. Aun así, hubo años en los que la lógica festiva, la logística y la presión turística pesaron más que el apellido del calendario.

Una fiesta que se mueve al compás de Pascua

La clave está en el Domingo de Resurrección. La Iglesia fija esa fecha como el domingo siguiente a la primera luna llena después del 21 de marzo. A partir de ahí, todo lo demás se ordena como piezas de dominó: Semana Santa, el descanso posterior y, después, la Feria. Si la Pascua llega pronto, la cita sevillana entra en abril sin problemas; si llega tarde, el Real se ilumina cuando el almanaque ya ha girado hacia mayo.

La horquilla es estrecha, pero suficiente para alterar el nombre popular de una fiesta que ha hecho de la primavera su identidad. La fecha más temprana posible para el Domingo de Resurrección es el 22 de marzo, mientras que la más tardía llega al 25 de abril. Desde ahí, la Feria se sitúa unos 15 días después. Es una cuenta simple, pero su efecto es enorme sobre la ciudad: cambia el montaje, la movilidad, la ocupación hotelera y hasta la forma en que Sevilla se cuenta a sí misma durante una semana.

En la práctica, no se trata de un capricho sino de una adaptación histórica. La feria nació vinculada al calendario religioso y agrícola, y esa herencia sigue viva. Por eso no sorprende que el debate reaparezca cada cierto tiempo: la ciudad intenta mantener el vínculo con abril, pero el calendario eclesiástico no entiende de nostalgia ni de marketing. Si Pascua cae tarde, mayo reclama su sitio.

La ordenanza que fija la fecha y sus excepciones

La regulación municipal es más importante que el nombre popular. El artículo primero de la ordenanza determina que la Feria se celebra en la tercera semana posterior a Semana Santa, entre martes y domingo. El segundo artículo añade la solución para los años en los que ese encaje la dejaría íntegramente en mayo: se adelanta una semana y se celebra en la segunda posterior a la Pascua.

La misma norma incorpora una precisión reveladora: incluso en ese supuesto, la prueba del alumbrado debe tener lugar dentro de abril siempre que sea posible. Esa cláusula explica por qué, en determinados años, el Ayuntamiento ha movido el encendido unas horas o incluso un día para que, al menos simbólicamente, la Feria mantenga una pata en el mes que lleva en el nombre desde hace generaciones.

La ordenanza, además, no es una pieza muerta. Ha tenido ajustes, interpretaciones y cambios de enfoque según la necesidad de la ciudad. En los últimos años, el calendario se ha visto afectado por consultas populares, tensiones políticas y debates sobre el formato de la fiesta. Sin embargo, el punto de partida continúa siendo el mismo: la relación entre Semana Santa y Feria, una cadena que condiciona desde la colocación de las portadas hasta la primera noche de pescaíto.

Los años en que abril se quedó corto

2014 fue un caso muy sonado porque la Feria arrancó el 6 de mayo. Aquella edición pasó a la historia como una de las más tardías. No fue la única, pero sí una de las que mejor ilustró el problema: la ciudad seguía celebrando la Feria de Abril, pero el calendario ya estaba claramente instalado en mayo. El debate era tanto lingüístico como práctico, porque el ambiente, el turismo y la vida municipal no entienden de etiquetas heredadas.

También hubo precedentes muy claros. En 2011, la Semana Santa cayó tan tarde que el alumbrao se celebró la madrugada del 3 de mayo. Aquella vez, la Feria fue íntegramente en mayo y el Ayuntamiento optó por conservar dos semanas de separación entre ambas grandes citas sevillanas. La decisión no fue menor: se priorizó la organización y la capacidad de respuesta de los servicios públicos antes que la rigidez del nombre tradicional.

El primer precedente moderno se remonta a 1962. Aquel año, el Domingo de Resurrección fue el 22 de abril y la Feria se celebró entre el 1 y el 6 de mayo. Desde entonces, la ciudad ha convivido con la idea de que abril es la referencia emocional, pero no una garantía absoluta. El calendario manda, y Sevilla ha aprendido a moverse con él sin perder su liturgia propia.

Por qué el Ayuntamiento no adelanta siempre la fiesta

La respuesta no es solo simbólica, también es logística y económica. Mantener dos semanas completas entre Semana Santa y Feria ayuda a que la ciudad absorba mejor el flujo de visitantes, los desmontajes, la limpieza, el montaje de casetas y la organización del tráfico. Sevilla no se transforma de un día para otro: cambia de piel con una maquinaria enorme de operarios, proveedores, seguridad, hostelería y transporte.

Cuando la Pascua cae muy tarde, adelantar la Feria puede forzar una sucesión de grandes dispositivos públicos sin margen suficiente entre uno y otro. En esos casos, la continuidad de dos semanas suele pesar más que el deseo de conservar abril a toda costa. La ciudad gana respiración, y ese margen puede marcar la diferencia entre una edición bien ensamblada y otra arrinconada por las prisas.

También hay un componente económico nada menor. Hosteleros, hoteleros y comerciantes suelen mirar con lupa el encaje de Semana Santa y Feria porque entre ambas fiestas se concentra buena parte del pulso turístico de la primavera. Un calendario más holgado puede repartir mejor la demanda; uno demasiado comprimido mete presión sobre alojamientos, reservas y servicios urbanos. En Sevilla, la fecha no solo se celebra: se administra.

La Feria como medidor de la ciudad

Hablar de la fecha es hablar de Sevilla entera. La Feria no es una cita aislada, sino una prueba de capacidad para un barrio, un recinto y una ciudad que durante unos días vive en horario propio. El Real de Los Remedios se llena de casetas, farolillos, caballos, coches de caballos, música y desplazamientos masivos. Cada edición exige una coreografía exacta, desde la electricidad hasta el suministro, desde el transporte hasta la limpieza.

Por eso los cambios de fecha nunca son inocentes. Unos días arriba o abajo alteran el montaje de las estructuras, el calendario de inspecciones y la venta en hostelería. En 2014, por ejemplo, los retoques en las casetas se prolongaron hasta horas antes de la inauguración. Esa imagen resume bien la tensión del sistema: detrás del alumbrao hay semanas de trabajo que no aparecen en las fotografías.

La semana ferial también funciona como termómetro social. Cuando el calendario se desplaza a mayo, cambia el clima, cambia la afluencia y cambia el modo en que la ciudad se representa. El calor ya no es el mismo, la luz tiene otro tono y el paseo de la tarde adquiere una textura más avanzada de primavera. Sevilla sigue siendo Sevilla, pero la estación modifica el paisaje como si hubiera corrido una cortina invisible.

El nombre conserva la memoria, aunque el calendario se desordene

Que la fiesta se celebre en mayo no borra su identidad. El apellido de abril es una herencia cultural que se ha mantenido incluso cuando la realidad obliga a otra fecha. Como ocurre con muchas tradiciones, el nombre termina pesando más que la literalidad del día. El lenguaje popular conserva lo que el calendario corrige.

Ese desfase ha generado bromas, pero también cierta pedagogía pública. Decir que la Feria es de abril aunque empiece en mayo no es una licencia arbitraria, sino una forma de mantener el vínculo con una tradición que nació en ese marco temporal. El nombre funciona como una marca cultural, del mismo modo que nadie deja de llamar Semana Santa a los días en que la liturgia se desplaza dentro de marzo o abril.

Hay, además, una carga afectiva muy potente. Para muchos sevillanos, abril no es solo un mes; es una idea de ciudad, una temperatura emocional, un tiempo de azahar y de cuenta atrás. Mayo puede traer el alumbrao, pero el imaginario sigue anclado en abril. En ese cruce entre memoria y calendario se entiende por qué la expresión persiste con tanta fuerza.

Lo que cambió en los últimos años y por qué volvió el debate

La discusión no gira solo en torno a la fecha, sino al formato. En los últimos años, la Feria ha sido objeto de consultas, votaciones y ajustes que han afectado a su duración, al día de inicio y al margen entre la Feria y Semana Santa. En 2025, el Ayuntamiento aprobó que la celebración vuelva a encajar de forma estable en la tercera semana posterior a Pascua, con una separación de dos semanas respecto a la Semana Santa.

Ese cambio responde a una idea repetida por el gobierno local: una semana de margen tensionaba demasiado los servicios municipales. La decisión busca más equilibrio operativo, pero también deja claro que el calendario ferial no es un terreno inmóvil. Cada modificación afecta a la ciudad como si se reordenaran engranajes de un reloj antiguo.

El precedente de 2024 confirmó el peso social de la fiesta. Aquella edición reunió a cerca de 3 millones de personas, una cifra récord que alimentó el argumento de quienes defienden el formato consolidado. En paralelo, el debate político sobre el modelo largo o corto mantuvo viva la idea de que la Feria no es solo folclore: también es planificación urbana, ingresos y proyección internacional.

Qué dice la historia y qué puede pasar en los próximos años

La historia muestra una oscilación constante entre abril y mayo. Hay ferias que nacen y mueren dentro de abril, otras que desbordan el mes y otras que rozan ambos calendarios. Esa variación no es un accidente, sino la consecuencia directa de una tradición que depende de la Pascua. Sevilla ha convivido con esa elasticidad desde hace décadas, y probablemente seguirá haciéndolo.

En 2027, por ejemplo, la Feria volverá a celebrarse íntegramente en abril porque la Semana Santa caerá antes. El Lunes de Pescaíto será el 12 de abril por la noche y el cierre con fuegos artificiales llegará el 18. Ese tipo de oscilación deja claro que la fiesta no tiene una fecha fija como un cumpleaños o una efeméride civil. Su calendario se repliega y se estira según una fórmula que mezcla tradición religiosa, ordenanza local y necesidad de ciudad.

La gran lección es sencilla. La Feria de Abril puede celebrarse en mayo porque su nombre responde a la tradición, pero su fecha real la determina la Semana Santa y la decisión municipal de ajustar el calendario cuando la Pascua cae tarde. No hay misterio, sino una combinación de liturgia, norma y logística urbana. Sevilla conserva el apellido de abril porque forma parte de su identidad, aunque el alumbrao se encienda cuando el calendario ya haya cruzado la frontera de mayo.

Un nombre de abril para una ciudad que vive de su propio reloj

La paradoja ha terminado por convertirse en seña de identidad. Lo que en otro lugar sería una anomalía, en Sevilla es casi una firma: una fiesta que se llama de abril, a veces se celebra en mayo y, aun así, sigue siendo exactamente la misma. El nombre se ha vuelto más grande que el mes, porque representa una forma de vivir el tiempo, la calle y la primavera.

Esa flexibilidad no resta valor a la celebración; al contrario, la hace más comprensible. La ciudad no ha renunciado a su tradición, pero tampoco ha forzado al calendario a obedecerla a rajatabla. Entre la memoria y la norma, entre la liturgia y la organización, la Feria se ha ido adaptando sin perder su carácter. Por eso su nombre sobrevive incluso cuando la fecha cambia: porque en Sevilla la fiesta no empieza en el mes, sino en la manera de prepararla, de esperarla y de ocupar el Real cuando cae la noche del alumbrao.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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