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Economía

Por qué las empresas evitan los contratos indefinidos

La reforma laboral, el coste del despido y la flexibilidad operativa empujan a muchas compañías a frenar la estabilidad.

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Reunión de negocio con documentos para ilustrar porque las empresas no hacen contratos indefinidos

La contratación indefinida sigue siendo la regla en el ordenamiento laboral español, pero no siempre la opción preferida por las empresas. La combinación de una economía más incierta, sectores muy estacionales y un marco legal que encarece el ajuste de plantillas ha empujado a muchas compañías a buscar fórmulas más prudentes, incluso cuando el discurso público favorece la estabilidad. En la práctica, la decisión rara vez responde a un único motivo: se mezcla el coste, el riesgo, la organización del trabajo y la velocidad con la que cambia la demanda.

Desde la reforma laboral de 2021-2022, la temporalidad se redujo con fuerza, pero eso no significa que el empleo se haya vuelto automáticamente más estable. Parte de esa flexibilidad desplazada hacia los contratos temporales reapareció en el uso de periodos de prueba, despidos tempranos y figuras como el fijo discontinuo. El resultado es un mercado más rígido en la forma y más cauteloso en la práctica, donde muchas empresas prefieren no comprometerse de entrada con un vínculo indefinido ordinario si no ven continuidad suficiente.

La estabilidad pesa menos cuando la actividad cambia como el clima

La flexibilidad operativa es la primera gran explicación. No todas las empresas venden lo mismo cada mes ni trabajan con la misma intensidad en enero que en agosto. Una hostelería con picos en verano, una fábrica sujeta a campañas o una compañía de eventos vive en una cadencia que obliga a contar con entradas y salidas de personal. En esos entornos, firmar una relación indefinida tradicional puede parecer, desde la óptica empresarial, como anclar una barca en un muelle que se mueve demasiado.

Esa lógica no siempre es una excusa; a menudo es una descripción bastante fiel de la actividad. Hay negocios en los que el volumen de trabajo se comporta como una marea. Sube con la temporada alta, se repliega con los meses flojos y vuelve a crecer con un pedido grande, una licitación o una campaña comercial. En ese contexto, la contratación permanente exige una previsión muy fina, porque sobredimensionar la plantilla puede dejar márgenes en rojo durante meses.

La reforma laboral trató de encauzar ese problema restringiendo el uso de la temporalidad clásica y reforzando el contrato fijo discontinuo para trabajos recurrentes pero no continuos. Esa vía sirve a muchas empresas, pero no resuelve todo. Hay actividades intermitentes, sí, aunque no idénticas entre sí; unas exigen perfiles muy concretos durante pocos días y otras picos imprevisibles de duración breve. No siempre encajan en el mismo molde y, por eso, algunas empresas siguen sintiendo que el indefinido estándar les queda demasiado rígido.

El coste del despido y la sombra de la incertidumbre jurídica

El segundo freno es económico, pero no solo por el salario. Mantener a una persona en plantilla implica cotizaciones, vacaciones, sustituciones, formación, organización interna y, sobre todo, el coste potencial de una salida. En España, un despido objetivo puede comportar 20 días por año trabajado con un máximo de 12 mensualidades, mientras que el despido improcedente asciende a 33 días por año con tope de 24 mensualidades para la antigüedad generada bajo la regulación vigente. Esa diferencia convierte la contratación indefinida en una apuesta más seria, porque el cierre anticipado de la relación puede salir caro.

Ese coste no se valora únicamente al final del contrato. También actúa desde el minuto uno, como una especie de lastre invisible que condiciona la decisión de contratar. Las empresas con márgenes estrechos, poca visibilidad sobre pedidos futuros o una financiación más tensa suelen medir cada incorporación como si pesaran sacos de arena. Si el negocio no tiene clara la continuidad del puesto, el miedo a una salida costosa gana terreno frente a la idea de consolidar una plaza permanente.

A ese factor se suma la incertidumbre jurídica. No basta con saber cuánto cuesta despedir; muchas compañías temen no acertar con la causa, la documentación o la forma. Cuando la frontera entre una extinción correcta y un despido impugnable es delgada, la prudencia empresarial sube de nivel. El conflicto laboral, además, no termina en el juzgado: también consume tiempo, desgasta equipos y obliga a provisionar riesgos que, en sectores pequeños, pesan como una losa.

La reforma laboral cerró una puerta y abrió otras dos

La reforma laboral cambió el tablero al reducir drásticamente los contratos temporales de uso habitual. El contrato por obra y servicio desapareció, y la temporalidad quedó limitada, en esencia, a dos grandes supuestos: circunstancias de la producción y sustitución. Eso empujó a las empresas a reordenar su forma de contratar. Algunas convirtieron empleo temporal en indefinido; otras optaron por fórmulas más flexibles dentro de la propia contratación indefinida, y muchas ajustaron la estrategia de selección para reducir la exposición al despido posterior.

El dato agregado fue claro: la temporalidad bajó y la contratación indefinida ganó peso. Sin embargo, los indicadores posteriores mostraron una cara menos vistosa. Crecieron los ceses en periodos de prueba y las extinciones en relaciones de menor antigüedad, mientras el despido se concentró más en personas recién incorporadas. La aparente victoria de la estabilidad formal no siempre se tradujo en una estabilidad real equivalente, porque la empresa, ante más rigidez temporal, movió el riesgo al arranque de la relación laboral.

Eso explica por qué algunas compañías evitan el indefinido no por rechazo ideológico, sino por cálculo preventivo. Si una actividad solo ofrece tres meses de trabajo claro, o si la curva de producción depende de licitaciones, campañas o clientes volátiles, el contrato indefinido se percibe como una promesa demasiado amplia para un horizonte demasiado corto. La empresa prefiere no prometer más continuidad de la que puede sostener sin sobresaltos.

El periodo de prueba como válvula de escape silenciosa

El periodo de prueba se ha convertido en una pieza central del nuevo mapa laboral. Durante ese tramo, la empresa puede extinguir la relación sin indemnización si considera que el trabajador no encaja. En la práctica, esa herramienta funciona como una válvula que permite contener el riesgo inicial. No es casual que, tras la reforma, hayan aumentado las bajas por no superar ese periodo. La estadística sugiere que parte de la temporalidad eliminada se ha reciclado en una forma más temprana de ruptura.

Esto no significa que el periodo de prueba sea fraudulento por definición. Es una fase legítima para comprobar aptitudes, adaptación al puesto y encaje con el equipo. Pero cuando se usa de forma sistemática para sustituir lo que antes habría sido un contrato breve, deja de ser un filtro y pasa a ser una estación de paso. La empresa gana capacidad de salida y el trabajador pierde la estabilidad prometida por el marco indefinido, aunque en los papeles la relación figure como fija.

La consecuencia es conocida por departamentos de recursos humanos y despachos laborales: más rotación temprana, más cautela en la selección y más necesidad de acertar desde el primer día. En un mercado así, la contratación se vuelve parecida a una prueba de sonido en un teatro vacío. Todo debe encajar rápido, porque el margen para rectificar sigue existiendo, pero ya no es gratis ni sencillo.

Los sectores estacionales no encajan bien en un molde rígido

Hay actividades que, por su propia naturaleza, resisten mal la idea de una plantilla continua e idéntica todo el año. Turismo, agricultura, comercio navideño, logística de campañas, educación no reglada, ferias, espectáculos o servicios ligados a picos de demanda viven en un calendario irregular. En estos casos, la empresa necesita mano de obra cuando la marea sube y menor intensidad cuando baja. El contrato fijo discontinuo nació precisamente para eso, pero no todas las tareas recurrentes se prestan a un diseño tan estable.

La dificultad aparece cuando la actividad no es solo estacional, sino variable dentro de la misma temporada. Puede haber encargos de una semana, de diez días o de unas pocas horas que dependen de factores externos. La obligación de convertir esa dinámica en una relación indefinida ordinaria genera tensión organizativa, porque el puesto existe, pero no de forma constante. Cuanto más fragmentada es la demanda, más difícil resulta encajarla en un empleo continuado de jornada completa.

Por eso algunas empresas prefieren fórmulas más prudentes, incluso dentro de los límites legales. No siempre buscan precarizar; a veces intentan no comprometer estructura fija donde solo ven trabajo episódico. El problema es que esa prudencia empresarial choca con la aspiración regulatoria de reforzar el empleo estable. En esa fricción se juega buena parte del debate laboral actual.

Las cuentas internas también influyen más de lo que parece

La contratación indefinida no se decide en abstracto; se negocia en una hoja de cálculo. Cada alta incorpora cotizaciones, coste de sustitución si hay bajas, formación inicial, supervisión y un riesgo financiero que no siempre aparece en los balances públicos. Para una gran compañía, ese margen puede absorberse con más facilidad. Para una pyme, un error de previsión puede comprometer meses de tesorería. No es una cuestión menor: el empleo estable necesita músculo para sostenerse.

Además, el mercado ya no premia siempre la paciencia empresarial. Un cliente puede marcharse, un contrato público puede retrasarse, un tipo de interés puede encarecer la financiación o una campaña puede no despegar. En ese escenario, la empresa recorta exposición donde puede. Evitar un contrato indefinido puede ser, para algunas, una manera de no convertir una necesidad coyuntural en una obligación permanente. La paradoja es que esa misma cautela dificulta la consolidación de plantillas más sólidas.

La lógica económica no se limita al coste directo. También cuenta la posibilidad de reorganizar rápidamente equipos, absorber bajas imprevistas y ajustar la intensidad del negocio sin abrir un conflicto laboral inmediato. Cuando la empresa siente que su margen de maniobra se estrecha, la contratación indefinida se percibe menos como una inversión y más como un compromiso de larga sombra.

Qué ganan y qué pierden las compañías al esquivar el vínculo fijo

Evitar un contrato indefinido aporta control, pero también tiene costes ocultos. La ventaja evidente es la capacidad de adaptación. La compañía puede ajustar su plantilla con más libertad ante cambios de demanda, picos de trabajo o incertidumbre sectorial. También reduce el riesgo de entrar en una estructura demasiado pesada para una actividad que todavía no está madura. Pero esa ganancia inmediata tiene efectos secundarios que no siempre se calculan bien.

La rotación elevada encarece la organización. Cada incorporación nueva implica selección, onboarding, tiempo de supervisión y una curva de aprendizaje que nadie cobra aparte. Si la empresa encadena contratos breves o cierres tempranos, el equipo nunca llega a asentarse del todo. Lo barato en apariencia puede salir caro en productividad, cohesión y calidad del servicio. Un negocio que vive rehaciendo su plantilla se parece a un barco al que se cambia la tripulación antes de que aprenda el rumbo.

También hay un efecto reputacional. En mercados donde atraer talento cuesta, una empresa que rehúye el vínculo estable puede perder perfiles valiosos frente a competidores más sólidos. La estabilidad laboral sigue siendo un imán para muchos profesionales, aunque no sea el único factor. Salario, horarios, teletrabajo y proyección importan, pero el tipo de contrato continúa enviando una señal poderosa sobre la confianza de la empresa en su propio proyecto.

La lectura para el trabajador no siempre coincide con la de la empresa

Desde el lado del empleado, la ausencia de contratación indefinida suele leerse como fragilidad. La incertidumbre afecta a la planificación de una hipoteca, al alquiler, al acceso al crédito y a la vida cotidiana en general. No es solo una cuestión emocional, sino práctica. Una nómina que dura tres meses no transmite el mismo respaldo que una relación laboral estable, incluso aunque el salario sea parecido.

Sin embargo, el mercado actual obliga a matizar. No toda relación indefinida garantiza continuidad real ni toda fórmula temporal equivale a precariedad pura. Tras la reforma laboral, algunos contratos formalmente indefinidos han vivido una rotación intensa en sus primeras semanas, de modo que la etiqueta ya no cuenta toda la historia. La estabilidad depende cada vez más de la duración efectiva y de la calidad del puesto que del nombre jurídico del contrato.

Por eso conviene mirar más allá de la forma. Una empresa puede ofrecer indefinidos y, aun así, operar con una lógica de entrada y salida rápida. Otra puede usar figuras temporales permitidas con una organización ordenada y necesidades claramente delimitadas. El debate serio no es solo cuántos contratos indefinidos se firman, sino cuántos puestos sobreviven al arranque y cuánta continuidad generan de verdad.

Una contratación más estable exige menos improvisación y más previsión

El problema de fondo no se resuelve solo apretando más la norma. La estabilidad laboral crece cuando la actividad económica ofrece previsibilidad, cuando las empresas pueden planificar y cuando el coste de equivocarse no convierte cada alta en una apuesta temeraria. La ley puede empujar, ordenar y limitar abusos, pero no sustituye la incertidumbre propia de ciertos sectores ni la fragilidad financiera de muchas pymes.

De ahí que el debate siga abierto. Quien reclama más contratación indefinida busca reducir la precariedad y dar suelo firme al empleo. Quien la evita defiende la necesidad de respirar al ritmo del negocio. Ambas posiciones contienen una parte de verdad, y el mercado laboral español sigue moviéndose entre esas dos orillas. La reforma recortó abuso, sí, pero también elevó el coste de equivocarse. Y cuando contratar se vuelve más arriesgado, algunas empresas prefieren pisar el freno antes que prometer una continuidad que no están seguras de poder sostener.

En ese punto se entiende la respuesta real a por qué tantas empresas no hacen contratos indefinidos: no porque no valoren la estabilidad, sino porque muchas no creen poder convertirla en una obligación compatible con su actividad, su tesorería y su nivel de incertidumbre. La contratación fija sigue siendo la referencia legal y económica de un mercado más maduro, pero el paso hacia ella exige algo más que voluntad. Exige negocio previsible, gestión fina y una estructura capaz de absorber errores sin romperse por dentro.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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