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¿Por qué Rusia tiene petróleo pero se queda sin gasolina por Ucrania?

Los ataques de Ucrania golpean las refinerías rusas y revelan cómo una potencia petrolera puede sufrir escasez de gasolina durante la guerra.

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ucranianos viven ocultos para no ir al frente

Resumen

  • Ucrania golpea refinerías rusas y reduce la producción de gasolina
  • Rusia conserva petróleo, pero afronta escasez, colas e importaciones
  • El daño logístico encarece la guerra y presiona la capacidad militar rusa

Rusia no se está quedando sin petróleo. Se está quedando, en determinadas regiones y momentos, sin la capacidad necesaria para transformarlo y llevarlo hasta el depósito de un coche, un tractor o un vehículo militar. Esa es la aparente paradoja que Ucrania explota con su campaña contra refinerías, depósitos, oleoductos y petroleros: el crudo puede seguir bajo tierra o almacenado, pero no sirve de mucho cuando fallan las instalaciones que lo convierten en gasolina, diésel o combustible de aviación.

La presión se intensificó durante el fin de semana. Las fuerzas ucranianas aseguraron haber atacado la refinería de Syzran, en la región rusa de Samara, además de diez petroleros y cuatro transbordadores en el mar de Azov. El Estado Mayor ucraniano informó de explosiones y un incendio en la planta, aunque el alcance definitivo de los daños todavía estaba siendo evaluado. Syzran puede procesar unos 8,5 millones de toneladas de crudo al año y produce carburantes utilizados tanto por el mercado civil como por las Fuerzas Armadas rusas.

No es un episodio aislado ni una llamarada fotogénica para las redes sociales. Kiev ha convertido la infraestructura energética rusa en un frente de desgaste: golpea instalaciones alejadas de la frontera, obliga a Moscú a repartir sus defensas antiaéreas y trata de deteriorar el circuito que alimenta la guerra. La apuesta es sencilla de explicar, bastante más difícil de ejecutar: hacer que Rusia conserve petróleo, pero pierda movilidad, ingresos y margen político.

Rusia tiene crudo, pero necesita una enorme cocina industrial

El petróleo que sale de un pozo es una materia prima, no el líquido que se introduce directamente en el depósito. Antes debe atravesar una refinería, una especie de cocina industrial gigantesca donde el crudo se calienta, se separa y se somete a distintos procesos químicos hasta obtener gasolina, gasóleo, queroseno, fuelóleo, lubricantes y otros derivados.

Ese matiz cambia toda la fotografía. Rusia puede mantener una elevada producción de crudo y, al mismo tiempo, sufrir escasez de gasolina porque extraer y refinar son actividades distintas. Destruir un pozo suele resultar complejo, lento y arriesgado para el mercado mundial; inutilizar temporalmente una unidad de destilación, una instalación de craqueo o una subestación eléctrica puede causar un daño más inmediato sobre el suministro interno.

Las refinerías tampoco son piezas de mecano que se sustituyen en una tarde. Algunas unidades incorporan maquinaria especializada, componentes occidentales sometidos a sanciones y tecnología que exige reparaciones delicadas. Un incendio puede apagarse en horas, pero las tuberías deformadas, los compresores dañados y los sistemas electrónicos chamuscados dejan una resaca larga. Negra, aceitosa y cara.

El caso de Omsk lo ilustra bien. La mayor refinería rusa detuvo sus operaciones tras un ataque ucraniano que dañó una unidad capaz de asumir cerca del 38% de la capacidad de la planta. Otra unidad, responsable de aproximadamente otro 37%, fue paralizada porque habían quedado afectados varios enlaces esenciales. Omsk procesó alrededor de 22 millones de toneladas de petróleo en 2024 y produjo unos cinco millones de toneladas de gasolina y ocho millones de diésel. No era una gasolinera de barrio, precisamente.

Syzran y el mar de Azov amplían el campo de batalla

El ataque contra Syzran añade presión sobre una red ya castigada. Durante los últimos días, Ucrania ha reivindicado golpes contra las refinerías de TANECO y TAIF-NK, en Tartaristán; Saratov; Ilsky, en Krasnodar; y las instalaciones de Ust-Luga, junto al Báltico. Las autoridades rusas han confirmado ataques en varias de esas regiones, aunque suelen ofrecer pocos detalles sobre los objetivos concretos y los daños industriales.

La novedad más incómoda para Moscú está en el agua. Ucrania ya no apunta únicamente a las fábricas donde se procesa el crudo, sino también a los barcos que transportan petróleo y carburantes. Los ataques contra petroleros en el mar de Azov buscan cortar rutas alternativas, encarecer los seguros, retrasar entregas y estrechar el abastecimiento de Crimea, territorio ucraniano ocupado y anexionado por Rusia en 2014.

Rusia llegó a suspender temporalmente la navegación por el canal Don-Azov después de una operación ucraniana contra trece embarcaciones, entre ellas diez petroleros. La medida también amenazaba con afectar al comercio agrícola: hasta una cuarta parte de las exportaciones rusas de trigo pasa por esa zona. Cuando el mismo corredor mueve combustible, grano y mercancías militares, una interrupción deja de ser un problema sectorial. Se convierte en un atasco geopolítico.

Los petroleros, el eslabón que Moscú daba por seguro

El mando ucraniano de sistemas no tripulados afirma haber dañado decenas de buques de combustible en pocos días. Parte de ellos estaría vinculada a la denominada flota en la sombra, el entramado de barcos, empresas intermediarias y banderas de conveniencia empleado por Rusia para sortear sanciones y mantener sus exportaciones energéticas.

El resultado de cada ataque es difícil de verificar de forma independiente. Algunos barcos pueden quedar fuera de servicio; otros sufren daños menores o son reparados. Sin embargo, el efecto no depende únicamente de hundir embarcaciones. Basta con obligarlas a esperar, cambiar de ruta, navegar con mayores precauciones o permanecer amarradas mientras se inspeccionan los canales. La logística petrolera funciona como una cadena: cuando varios eslabones empiezan a crujir, el retraso viaja de puerto en puerto.

La escasez ya se nota en los surtidores rusos

Los ataques han reducido la producción nacional de gasolina hasta aproximadamente el 65% de la capacidad, según cálculos basados en fuentes de la industria. Moscú también prohibió las exportaciones de diésel para proteger el consumo interno, una decisión reveladora en un país que lleva décadas presentándose como superpotencia energética. Tener el granero lleno y cerrar la panadería: esa es la escena.

Las restricciones se han extendido por buena parte de las once zonas horarias rusas. En el sur, Siberia, Crimea y otros territorios ocupados se han registrado límites de compra, estaciones cerradas y largas colas. Incluso Moscú, habitualmente protegida de las incomodidades más visibles de la guerra, ha sufrido problemas puntuales de abastecimiento. El propio Putin ha reconocido que los ataques ucranianos provocaron escasez en algunas regiones.

En estaciones independientes, el litro llegó a superar por primera vez los 100 rublos y algunos operadores tuvieron que modificar los paneles electrónicos porque su software ni siquiera estaba preparado para mostrar precios de tres cifras. La gasolina producida se vende rápido en las estaciones de las grandes petroleras, donde las tarifas permanecen más controladas, mientras los pequeños distribuidores pagan más por conseguir cargamentos inmediatos. La escasez genera así dos Rusias: la del precio oficial y la del surtidor seco.

Moscú ha comenzado a importar gasolina desde India. Al menos 60.000 toneladas habían sido enviadas por mar a comienzos de julio y las autoridades estudiaban comprar hasta 400.000 toneladas mensuales a distintos proveedores, incluida Bielorrusia. La demanda rusa de verano ronda como mínimo las 110.000 toneladas diarias, de modo que las importaciones alivian, pero no reconstruyen una refinería ni resuelven de golpe los cuellos de botella ferroviarios y portuarios.

La población también improvisa. Los talleres que convierten automóviles para utilizar gas licuado de petróleo han recibido una avalancha de solicitudes; algunas empresas ya acumulaban citas hasta septiembre. El GLP puede costar entre la mitad y un tercio menos que la gasolina y sus estaciones sufren menos colas. Una adaptación muy rusa: cuando falla el surtidor, se cambia el coche antes que el discurso oficial.

El daño militar aparece cuando falla toda la cadena

La escasez civil importa, pero el objetivo declarado de Ucrania es reducir la capacidad rusa para continuar la invasión. Los ejércitos modernos devoran combustible. Lo necesitan los camiones que llevan munición, los blindados, los generadores, la aviación, los sistemas de ingeniería y la maquinaria empleada para construir fortificaciones. Una unidad militar puede tener soldados y proyectiles; sin diésel, se convierte en una colección de metal inmóvil.

Rusia mantiene reservas y concede prioridad a sus Fuerzas Armadas, por lo que unas semanas de problemas en gasolineras no implican que sus tanques vayan a detenerse de inmediato. El efecto militar se vuelve serio cuando coinciden varios factores: refinerías paralizadas durante meses, depósitos dañados, retrasos ferroviarios, rutas marítimas inseguras y escasez en regiones próximas al frente. No hace falta que desaparezca todo el combustible; basta con que llegue tarde, más caro o en cantidades insuficientes.

También pesa la geografía. Rusia es inmensa y sus centros de producción se encuentran separados por miles de kilómetros. Una refinería situada en Siberia puede disponer de crudo, pero el carburante debe cruzar medio país hasta las zonas donde se consume. Cuando fallan varias instalaciones simultáneamente, el Gobierno no puede sustituir su producción enviando unos cuantos trenes desde otra provincia. Las distancias rusas, tantas veces presentadas como escudo estratégico, empiezan entonces a funcionar como una factura logística.

La reparación es el verdadero reloj de la campaña

El impacto decisivo no depende tanto del número de explosiones como del tiempo durante el que cada planta permanece inutilizada. Ucrania intenta repetir los ataques para que las reparaciones no alcancen el ritmo de los daños. Moscú, mientras, reactiva unidades antiguas, redistribuye carburantes, reduce exportaciones y busca proveedores externos.

La refinería de Moscú ofrece una señal preocupante para el Kremlin: tras varios ataques, una parte importante de la instalación podría permanecer inactiva durante meses. La planta procesó 11,6 millones de toneladas de crudo en 2024 y fabricó 2,9 millones de toneladas de gasolina y 3,2 millones de diésel. Cada instalación que queda fuera durante una temporada convierte una molestia pasajera en un agujero estructural.

La campaña tendría un efecto mucho más profundo si las interrupciones coincidieran con la cosecha, el máximo consumo de verano o el invierno, cuando el transporte y la generación auxiliar requieren más combustible. También aumentaría su gravedad una falta prolongada de repuestos, personal especializado o capacidad de almacenamiento. No es una cuestión de un golpe milagroso, sino de acumulación. Gota a gota, incendio a incendio.

La presión económica puede escapar de las fronteras rusas

La prohibición rusa de exportar diésel ya ha repercutido en los mercados internacionales. Los envíos de diésel y gasóleo habían caído a unos 400.000 barriles diarios y descendieron aún más durante julio. Los márgenes europeos de refinación del diésel superaron los 60 dólares por barril, mientras compradores habituales de combustible ruso —Turquía, Brasil y varios países africanos— comenzaron a buscar suministros alternativos.

Aquí aparece una contradicción incómoda para Kiev y sus aliados. Dañar las refinerías reduce los ingresos y la movilidad de Rusia, pero puede elevar el precio mundial de los carburantes. Moscú podría incluso compensar parcialmente la pérdida de volumen vendiendo a precios más altos aquello que todavía consiga exportar. La guerra energética nunca dibuja líneas limpias; deja manchas.

La diferencia está entre el crudo y los carburantes. Si Rusia no puede refinar todo su petróleo, puede intentar exportar una mayor cantidad de crudo a China, India u otros compradores. Pero esa salida tiene límites: puertos, oleoductos, sanciones, descuentos y capacidad de transporte. Y el crudo vendido fuera no llena los depósitos de los agricultores rusos ni mueve los convoyes destinados al frente.

Golpear las refinerías no obliga por sí solo a negociar

El asesor presidencial ucraniano Mijailo Podoliak sostiene que los ataques pueden empujar a Putin hacia una negociación de paz. La lógica política existe: cuanto mayor sea el coste interno de la guerra, más difícil resultará aislar a la población rusa de sus consecuencias. Colas, racionamiento y precios elevados rompen la ilusión de un conflicto lejano y casi televisivo.

Pero la presión no garantiza una concesión. Los ataques podrían estar endureciendo, al menos de momento, la voluntad de Putin de continuar la guerra. El régimen puede presentar la escasez como una agresión exterior, reforzar la represión y priorizar al Ejército sobre la población civil. Una dictadura no responde al malestar como una democracia; suele repartir sacrificios hacia abajo y silencio hacia arriba.

Ucrania tampoco está a salvo del precio de esta escalada. Rusia mantiene una gran capacidad para lanzar misiles y drones contra ciudades, viviendas, plantas eléctricas e industrias ucranianas. Kiev puede dañar la retaguardia económica rusa, pero continúa necesitando defensas antiaéreas, interceptores y apoyo occidental para proteger a su población.

El petróleo sigue fluyendo, el margen ruso se estrecha

Los ataques no han dejado a Rusia sin petróleo ni han derrumbado su maquinaria militar. Sí han demostrado algo que parecía improbable al comienzo de la invasión: Ucrania puede alcanzar instalaciones situadas a cientos o miles de kilómetros, interrumpir parte del refinado ruso, obligar a restringir exportaciones y trasladar el coste de la guerra hasta las gasolineras.

La amenaza para Moscú no es una explosión aislada, sino la sincronización del desgaste. Menos refinerías operativas, más petroleros dañados, rutas cerradas, reparaciones lentas e importaciones caras. El crudo puede seguir brotando de los pozos; sin la industria que lo convierte en combustible y sin una red segura para repartirlo, pierde buena parte de su utilidad estratégica.

Rusia continúa siendo una potencia petrolera. Pero una potencia petrolera que compra gasolina en el extranjero, limita las ventas a sus ciudadanos y coloca guardias junto a los surtidores empieza a descubrir una verdad poco épica: las guerras no solo se deciden en las trincheras. A veces se atascan en una tubería, en un muelle cerrado o bajo el cartel apagado de una estación de servicio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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