Ciencia
Por qué las borrascas alternan nombres femeninos y masculinos
Los nombres sirven para comunicar riesgos meteorológicos; su alternancia también desmonta una asociación cultural persistente.

Las borrascas no reciben nombres femeninos porque tengan género ni porque el mal tiempo se asocie, por naturaleza, con las mujeres. En España, los fenómenos de gran impacto se identifican con nombres propios de una lista acordada por varios servicios meteorológicos europeos, en la que se alternan nombres femeninos y masculinos. La impresión de que predominan los de mujer nace, sobre todo, de una historia meteorológica antigua y de que algunos temporales muy recordados, como Gloria o Filomena, dejaron una marca duradera en la memoria colectiva.
El nombre no se decide cuando el temporal ya está encima ni se asigna a cualquier episodio de lluvia. Se prepara antes de cada temporada y solo se utiliza cuando una borrasca o, desde la temporada 2025-2026, una dana puede causar un impacto importante. La finalidad es práctica: que autoridades, medios y población identifiquen el mismo fenómeno sin confundirlo con otros sistemas atmosféricos que pueden coincidir en el tiempo.
Una asociación heredada de la historia de los huracanes
La idea de que las tormentas llevan nombre de mujer no apareció con el sistema español. Durante décadas, los ciclones tropicales del Atlántico norte se identificaron con nombres femeninos. La práctica se consolidó a mediados del siglo XX y mantuvo esa pauta durante años, hasta que las listas empezaron a alternar nombres masculinos y femeninos en 1979. Esa historia ayudó a fijar una imagen cultural que todavía influye en cómo se habla de los temporales.
El nombre propio tenía una ventaja evidente frente a una referencia técnica o a una descripción geográfica: era más fácil de recordar y comunicar. Pero la asociación prolongada entre nombres femeninos y fenómenos destructivos también dejó un poso de estereotipos. A veces, el lenguaje convierte una elección administrativa en una metáfora sobre el carácter de las mujeres, como si lo imprevisible o lo violento tuviera género. La atmósfera no tiene género; esa lectura pertenece a la cultura, no a la meteorología.
En Europa, además, el mecanismo actual de las borrascas es distinto del que se emplea para los huracanes. La coordinación del Grupo Suroeste comenzó en la temporada 2017-2018, con España, Francia y Portugal como impulsores iniciales. La Universidad de Berlín, por su parte, asigna nombres a borrascas y anticiclones desde 1954, pero se trata de una práctica diferente de la lista coordinada que hoy se utiliza para comunicar fenómenos de gran impacto en el suroeste europeo.
Qué condiciones debe cumplir un temporal para recibir nombre
No todas las borrascas se bautizan. En las latitudes medias, entre los 30 y los 60 grados, una borrasca es un sistema de bajas presiones que puede traer viento, precipitaciones y cambios de tiempo. El nombre se reserva para aquellas situaciones en las que se prevé un impacto significativo sobre las personas o los bienes. No es una etiqueta para cualquier día desapacible, sino una señal asociada a riesgos meteorológicos relevantes.
El criterio general se basa en la previsión de avisos de viento de nivel naranja o rojo vinculados al sistema. En España, los umbrales de racha máxima pueden situarse por encima de los 90, 100 o 110 kilómetros por hora, según la zona. No existe una cifra única para todo el país: la geografía y los criterios de aviso hacen que el valor aplicable cambie de un lugar a otro. Por eso, el nombre por sí solo no informa de la intensidad local; hay que atender también al aviso concreto y al área afectada.
El viento, sin embargo, no es el único factor que puede convertir un episodio en una amenaza de gran impacto. El criterio puede relajarse si se esperan rachas de nivel amarillo —en España, de 70, 80 o 90 kilómetros por hora según la zona— y, además, lluvias importantes con avisos naranjas o rojos. En esos casos, la combinación de fenómenos puede ser más peligrosa que el viento por separado. La evaluación considera el impacto previsto, no una cifra aislada ni el aspecto espectacular de las imágenes.
Las nevadas intensas y persistentes también pueden tener consecuencias graves, aunque no haya rachas excepcionales. Y en el caso de las danas, el riesgo puede estar concentrado en las lluvias o nevadas fuertes y duraderas, por lo que es posible que se les asigne un nombre sin que exista un aviso de viento. Esto explica por qué dos sistemas atmosféricos distintos pueden recibir la misma etiqueta de gran impacto por motivos diferentes: uno por el viento y otro por la precipitación.
Quién elige el nombre y cómo se organiza la lista
En España, la Agencia Estatal de Meteorología participa en el Grupo Suroeste europeo junto con los servicios de Francia, Portugal, Bélgica, Luxemburgo y Andorra. Los temporales no se detienen en las fronteras, de modo que una depresión puede afectar a varios países en su recorrido. La coordinación permite que los organismos y los medios se refieran al mismo fenómeno con una denominación compartida, en vez de emplear nombres distintos para una única borrasca.
El servicio meteorológico del grupo que prevé primero emitir avisos naranjas o rojos asociados a la baja es, por regla general, el que asigna el nombre. Después, lo comunica a los demás para mantener una referencia común. Una vez bautizado, el sistema conserva esa denominación durante su ciclo de vida. El nombre lo decide el procedimiento acordado, no una votación improvisada ni una elección individual de la agencia que más titulares vaya a generar.
La lista se fija antes de que empiece la temporada, que va del 1 de septiembre al 31 de agosto, y sigue un orden alfabético con alternancia de nombres femeninos y masculinos. En la temporada 2025-2026 el repertorio empezaba con Alice, Benjamin y Claudia, y continuaba con Davide, Emilia, Francis, Goretti, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta, Nils, Oriana, Pedro, Regina, Samuel, Therese, Vitor y Wilma. No todos esos nombres llegan a usarse: solo se avanza en la lista si aparece un episodio que cumple los criterios.
La lista de esa temporada también permite ver que el género no depende del tipo de fenómeno. Alice fue identificada como dana y nombrada por Aemet el 7 de octubre de 2025; Benjamin, una borrasca, recibió su nombre de Météo-France el 22 de octubre. Aemet nombró Claudia el 10 de noviembre y Emilia el 11 de diciembre, mientras que Météo-France asignó Davide el 5 de diciembre y Nils el 10 de febrero. En la secuencia también figuran Francis, nombrada por el servicio portugués el 29 de diciembre, Goretti por Météo-France el 6 de enero, Ingrid por Portugal el 20 de enero, Joseph el 25 de enero, Kristin el 27 de enero, Leonardo el 2 de febrero y Marta el 5 de febrero. Los nombres reflejan el orden de la lista y la coordinación entre servicios, no una clasificación de la gravedad según el género.
El Grupo Suroeste no es el único que opera en Europa. También hay listas coordinadas para el oeste, con Reino Unido, Irlanda y Países Bajos; para el norte, con Noruega, Suecia y Dinamarca; y para Europa central, con Alemania, Austria, Suiza, Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría. Otros grupos abarcan el Mediterráneo central, con Italia, Eslovenia, Croacia, Macedonia del Norte, Montenegro y Malta, y el Mediterráneo oriental, con Grecia, Chipre e Israel. Cada zona cuenta con su propia lista, aunque la coordinación busca evitar que un mismo temporal cambie de nombre al cruzar una frontera.
Por qué parece que hay más borrascas con nombre femenino
La percepción no siempre coincide con el listado completo. Gloria y Filomena son dos nombres femeninos que quedaron asociados a episodios de gran impacto en España: el temporal de enero de 2020 y la nevada de enero de 2021. Cuando un fenómeno paraliza carreteras, cubre calles de nieve o causa daños, su nombre se repite en noticias y conversaciones durante mucho tiempo. Otros temporales, aunque tengan nombres masculinos, pueden dejar una huella menos visible o durar menos en la memoria pública.
La memoria selecciona los episodios que impresionan y deja en segundo plano los que no se convierten en una imagen compartida. Un nombre que aparece en titulares durante días se fija con más facilidad que otro que circula principalmente en boletines meteorológicos. Así, se recuerda a Gloria o Filomena y se olvida que las listas incluyen también Benjamin, Davide, Francis, Joseph, Leonardo, Nils, Pedro y Samuel. La notoriedad de algunos episodios distorsiona la percepción de una alternancia que ya está prevista desde el inicio.
También influye que los nombres femeninos se hayan empleado históricamente para describir lo imprevisible o lo incontrolable. Cuando un temporal recibe un nombre de mujer, esa carga cultural puede reaparecer en bromas o titulares, aunque la denominación responda a un turno alfabético. El resultado es una explicación engañosa: parece que el género del nombre expresa alguna cualidad del fenómeno. En realidad, una borrasca llamada Claudia no tiene nada de femenino; Claudia es el nombre que le corresponde dentro de una secuencia pactada.
Qué significa que una dana tenga nombre
Una dana es una depresión aislada en niveles altos de la atmósfera: una zona de aire frío que se separa de la circulación general. Puede favorecer la inestabilidad y las lluvias intensas, pero su mera presencia no implica una catástrofe. El resultado depende de las condiciones concretas y de cómo interactúe el sistema con la humedad, el relieve y la situación meteorológica de cada zona. La palabra dana no equivale por sí sola a peligro extremo.
La incorporación de danas de gran impacto al sistema de nombres en la temporada 2025-2026 amplió la herramienta de comunicación más allá de las borrascas tradicionales. Alice fue la primera dana nombrada bajo ese criterio en el marco citado. La decisión responde a que ciertos episodios asociados a estas depresiones pueden producir lluvias o nevadas intensas y persistentes, aunque el viento no sea el principal riesgo. Nombrarlas permite que los avisos hablen de un mismo episodio con una referencia clara.
Esto no convierte en peligrosa a toda dana ni significa que cada episodio de lluvias intensas vaya a recibir un nombre. La selección sigue vinculada a su impacto previsto y a los criterios coordinados por los servicios meteorológicos. La etiqueta distingue los episodios de mayor relevancia, pero no sustituye la explicación de qué zonas pueden verse afectadas, qué fenómeno se espera ni con qué intensidad.
Un nombre ayuda a comunicar, pero no sustituye al pronóstico
En una situación con varios sistemas activos, un nombre corto puede reducir confusiones. No todo el mundo necesita conocer los detalles de una baja presión, sus frentes o su trayectoria para seguir la información sobre un temporal concreto. La denominación funciona como una referencia común para los servicios meteorológicos, las administraciones, los medios y la población. Su utilidad es comunicativa: facilita identificar el episodio y hablar de él de forma consistente.
Pero el nombre no contiene por sí mismo la información esencial. No dice qué municipios están bajo aviso, cuánto puede llover, qué rachas se esperan ni cuándo se prevé el momento más adverso. Tampoco convierte una previsión en una certeza absoluta. Para entender el riesgo real hay que mirar los avisos y su alcance territorial, porque una misma borrasca puede afectar de manera muy distinta a cada región. El nombre es el asa para reconocer el fenómeno; el pronóstico aporta el detalle que permite comprenderlo.
La denominación también puede humanizar demasiado un sistema físico. En el lenguaje cotidiano se dice que una borrasca llega, golpea o deja daños, pero no hay voluntad detrás de esos verbos. Los sistemas atmosféricos responden a diferencias de presión, temperatura y humedad, además de otros factores que condicionan su desarrollo. Un nombre puede ayudar a recordar el episodio, pero no debe hacer olvidar que la meteorología describe procesos, no personalidades.
El nombre identifica el temporal; el impacto lo define
Que un episodio tenga nombre no significa que todos sus efectos vayan a ser iguales en el territorio ni que el nombre permita anticipar, por sí solo, la magnitud de los daños. Las consecuencias dependen de los fenómenos previstos y de la exposición de cada zona. Una lluvia persistente puede resultar especialmente problemática en un lugar vulnerable, mientras que el viento puede ser el riesgo principal en otro. Por eso, los criterios incluyen más de una variable y se valoran en relación con el impacto posible.
También conviene no interpretar la sucesión de nombres de una temporada, por sí sola, como una medida directa de cómo está cambiando el clima. La frecuencia con que se bautizan episodios depende de los criterios de nombramiento y de los fenómenos que generan avisos de gran impacto. El contexto climático puede influir en las condiciones en las que se producen ciertos episodios, pero atribuir una borrasca concreta a una sola causa requiere un análisis específico. Un nombre no es una explicación climática.
El sistema europeo nació para que las alertas fueran más claras y los temporales, más fáciles de seguir a través de las fronteras. Que una parte de la lista sea femenina no refleja una relación entre las mujeres y el mal tiempo: responde a una alternancia planificada, mientras que el recuerdo colectivo rescata sobre todo los episodios más intensos. Al final, el nombre sirve para reconocer el fenómeno; lo decisivo sigue siendo qué tiempo trae y dónde puede causar impacto.

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