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¿Por qué le gritaron “asesino” a Aznar durante su visita a Ceuta?
Aznar vuelve a quedar marcado por Irak tras ser increpado en Ceuta, donde defendió la soberanía española y reclamó un cambio político total.

José María Aznar llegó a Ceuta para hablar de soberanía, fronteras y firmeza del Estado, pero Irak terminó colándose en la visita. A las puertas de su encuentro institucional, un ciudadano increpó al expresidente del Gobierno con gritos de «asesino» y una referencia directa a la guerra de 2003. Las cámaras recogieron la escena mientras Aznar continuaba su recorrido rodeado de seguridad y simpatizantes.
No fue, sin embargo, un recibimiento uniforme. Mientras unos vecinos lo abucheaban, otros coreaban su nombre, se acercaban para hacerse fotografías y le pedían ayuda ante la grave crisis migratoria de Ceuta. Esa mezcla —aplausos, insultos, móviles levantados, tensión política— convirtió la llegada del antiguo jefe del Ejecutivo en una especie de resumen comprimido de dos Españas y de dos épocas. Aznar había viajado a la ciudad para hablar del presente; un vecino le devolvió de golpe a 2003.
El grito a Aznar que volvió a poner Irak sobre la mesa
El episodio ocurrió antes de la comparecencia institucional de Aznar junto al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas. Entre los ciudadanos concentrados en la zona se escucharon voces de apoyo, pero también fuertes reproches. Uno de ellos recordó expresamente la guerra de Irak mientras llamaba «asesino» al expresidente.
La precisión importa. Que un ciudadano gritara esa palabra es un hecho registrado por las cámaras; que Aznar sea jurídicamente un «asesino» no lo es. Se trata de un insulto y una acusación política, no de una calificación judicial. El interés de la escena está precisamente en otra parte: más de dos décadas después, Irak continúa formando parte de la memoria política asociada a Aznar.
La protesta tampoco eclipsó los apoyos. Otro grupo recibió al expresidente coreando su apellido y reclamándole ayuda ante la situación que vive la ciudad. Algunas personas utilizaron incluso la expresión «fuera invasores» para referirse a los migrantes que habían cruzado la frontera desde Marruecos. La calle ofrecía así un paisaje bastante menos limpio que cualquier lema: indignación contra Aznar en un extremo, nostalgia de su figura en otro.
Por qué la guerra de Irak sigue persiguiendo políticamente a Aznar
Para entender el grito hay que regresar al invierno de 2003. Aznar fue uno de los principales dirigentes europeos que respaldaron políticamente la estrategia de George W. Bush frente al régimen iraquí de Sadam Husein. El 16 de marzo participó junto a Bush y al primer ministro británico Tony Blair en la célebre cumbre de las Azores, celebrada pocos días antes del comienzo de la invasión.
La fotografía quedó clavada en la historia reciente española. No porque soldados españoles participaran como fuerza de combate en la primera ofensiva terrestre estadounidense y británica —no ocurrió así—, sino porque el Gobierno de Aznar proporcionó un respaldo político muy visible a una intervención que dividió profundamente a la comunidad internacional y provocó enormes manifestaciones contra la guerra en España.
Ese matiz suele desaparecer cuando Irak regresa al debate público. España apoyó políticamente la intervención y prestó determinados apoyos logísticos durante la fase bélica; después de la caída del régimen de Sadam Husein, el Ejecutivo decidió desplegar tropas españolas en Irak dentro de la Brigada Plus Ultra, en el escenario abierto tras la resolución 1483 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El contingente sería retirado en 2004 por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.
Las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron
El otro gran fantasma de aquella guerra fueron las armas de destrucción masiva. La existencia de arsenales iraquíes activos fue utilizada por Estados Unidos y sus aliados como uno de los argumentos centrales para justificar la presión sobre Sadam Husein y la intervención militar.
Las grandes reservas anunciadas antes de la guerra no fueron encontradas. La investigación posterior del Iraq Survey Group concluyó que no existían los arsenales que se habían supuesto en la planificación previa al conflicto. Ese fracaso convirtió las armas de destrucción masiva en algo más que una cuestión de inteligencia defectuosa: quedaron como símbolo político de una guerra cuya justificación inicial había quedado seriamente dañada.
En España aquello tuvo un efecto particularmente profundo porque Aznar defendió durante meses la posición estadounidense frente a una opinión pública mayoritariamente contraria a la guerra. Y ahí permanece la cicatriz. Veintitrés años después, basta una aparición pública del expresidente para que alguien vuelva a pronunciar la palabra Irak.
Aznar fue a Ceuta para hablar de soberanía y cambiar de Gobierno
El motivo de la visita, en realidad, estaba muy lejos de Bagdad. Aznar viajó a Ceuta para mostrar su respaldo a Juan Jesús Vivas después de la entrada de más de 70.000 personas desde Marruecos durante la crisis iniciada a finales de julio, un episodio que ha situado a la ciudad autónoma bajo una enorme presión migratoria, social y política.
En el Salón del Trono de la Asamblea ceutí, el expresidente sostuvo que se había producido una violación de la «integridad territorial» española y reclamó firmeza ante Marruecos. También dejó una de esas frases compactas que parecen fabricadas para sobrevivir a un discurso entero: «la soberanía nacional no tiene vacaciones».
Su tesis fue que España debe estabilizar permanentemente la frontera y evitar que vuelva a producirse una entrada masiva de esas características. Aznar habló también de política exterior, de la necesidad de contar con aliados y de responder cuando el país sea puesto a prueba. Y aprovechó el viaje para reclamar un «cambio completo» en la dirección política del Gobierno español.
No resulta extraño que Ceuta resulte un escenario especialmente simbólico para él. En 2002, durante su etapa en La Moncloa, España protagonizó la crisis del islote de Perejil después de que militares marroquíes ocuparan el pequeño territorio y el Gobierno ordenara una operación para recuperarlo. Para una parte de sus seguidores, aquel episodio consolidó la imagen de Aznar como dirigente dispuesto a responder con contundencia ante Marruecos.
Y esa memoria también estaba en la calle. Unos recordaban Perejil; otro, Irak. Cada cual acudió con su propio archivo histórico bajo el brazo.
Una visita atrapada entre 2002, 2003 y la Ceuta de 2026
La escena explica por qué Aznar continúa siendo una figura política singular incluso después de tantos años fuera de La Moncloa. Apenas necesita ocupar un cargo para provocar adhesiones intensas y rechazos igualmente intensos. Su visita a Ceuta tenía como asunto central una crisis de 2026, pero terminó atravesada por dos acontecimientos ocurridos hace casi un cuarto de siglo.
Perejil funciona para sus partidarios como recuerdo de firmeza frente a Marruecos. Irak, para sus críticos, como recuerdo de una decisión exterior que consideran uno de los mayores errores de su presidencia. Entre ambas memorias se mueve todavía buena parte de la imagen pública de Aznar.
También conviene separar responsabilidades. La situación actual de Ceuta corresponde al Gobierno, a las autoridades autonómicas y a las instituciones encargadas de gestionar la frontera, la seguridad y la atención humanitaria. Aznar no tiene actualmente competencias ejecutivas. Su presencia fue política y simbólica: respaldo a Vivas, crítica a Pedro Sánchez y reivindicación de una determinada idea de autoridad del Estado.
Irak sigue formando parte del equipaje político de Aznar
El insulto escuchado en Ceuta duró apenas unos segundos. Su contexto ocupa décadas. Aznar apareció en la ciudad para reclamar soberanía y firmeza ante una crisis contemporánea, pero la guerra de Irak volvió a acompañarlo como una sombra vieja que no necesita invitación.
Eso no convierte en cierta cualquier acusación pronunciada desde una acera, ni borra las diferencias entre responsabilidad política y responsabilidad penal. Sí demuestra algo menos espectacular y bastante más revelador: determinadas decisiones sobreviven mucho más que los gobiernos que las adoptaron.
Aznar dejó La Moncloa en 2004. La foto de las Azores es de 2003. Y, sin embargo, en una calle de Ceuta en agosto de 2026 alguien volvió a gritar «Irak». A veces la memoria política tarda décadas en abandonar la habitación.

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