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¿Por qué El Saler tardará 20 años en recuperarse tras el incendio?

El Saler necesitará unos 20 años para recuperar su pinar tras un incendio que ha quemado 36 hectáreas y golpeado un paraje único de Valencia.

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Más lluvias y más incendios

El gran incendio de El Saler deja una cicatriz que no desaparecerá cuando se retire el último camión de bomberos. El fuego que comenzó el jueves 27 de agosto en la Devesa, dentro del Parque Natural de l’Albufera, ha quemado alrededor de 36-37 hectáreas y ha causado uno de los episodios más graves que recuerda este bosque litoral. La estimación de los especialistas es bastante menos inmediata que la extinción: harán falta unos 20 años para que el área dañada vuelva a mostrar un arbolado de aspecto parecido al anterior.

Eso no significa que el Parque Natural de la Albufera vaya a permanecer devastado durante dos décadas ni que se hayan perdido sus ecosistemas en conjunto. El incendio se ha concentrado en una parte de la Devesa de El Saler, la franja forestal y dunar situada entre el lago y el Mediterráneo. Este sábado 29 de agosto el fuego continúa estabilizado, con el perímetro consolidado y sin rebrotes importantes durante la noche, aunque los equipos terrestres siguen trabajando porque estabilizado no significa extinguido. Quedan puntos calientes, raíces que conservan temperatura bajo el suelo y zonas que deben enfriarse antes de poder bajar definitivamente la guardia.

El incendio sigue estabilizado, pero todavía no está extinguido

La situación es mucho mejor que durante las primeras horas del incendio. Los cambios de viento complicaron especialmente la noche del jueves al viernes y provocaron saltos de pavesas que abrieron nuevos frentes dentro del pinar. El fuego llegó a obligar a evacuar El Saler, la Torre 1 de la Gola de Pujol y los campings próximos, mientras la emergencia escalaba a situación 2 del Plan Especial frente al Riesgo de Incendios Forestales.

La dimensión del dispositivo da una idea de lo delicado del escenario. Durante las horas críticas llegaron a participar más de 270 profesionales, unos 40 medios terrestres y una decena de medios aéreos, además de efectivos de la Unidad Militar de Emergencias. Primero había que frenar las llamas; al mismo tiempo, proteger viviendas, campings, carreteras y población. Esa combinación, habitual en los grandes incendios de interfaz entre monte y zonas habitadas, convierte la extinción en una especie de partida de ajedrez con humo: no siempre pueden ponerse todas las piezas donde avanza el fuego.

El viernes a las 15.55 horas el incendio fue declarado estabilizado y la emergencia descendió nuevamente a situación 1. Los desalojados pudieron regresar y la UME comenzó su retirada. Este sábado los bomberos mantienen la vigilancia del perímetro, localizan posibles reproducciones mediante medios terrestres y drones y enfrían la superficie quemada. La noche ha jugado a favor: no se han registrado rebrotes de entidad y el perímetro permanece consolidado.

Persisten, sin embargo, restricciones de acceso mientras continúan las labores. La Devesa y la playa de El Saler quedaron cerradas durante el fin de semana y la circulación por la CV-500 se ha limitado en la zona afectada. No es exceso de celo. Bajo un suelo aparentemente negro y frío pueden sobrevivir rescoldos durante horas, incluso días, y una racha seca basta a veces para devolverles oxígeno.

Qué se ha quemado realmente en el Parque Natural de la Albufera

Conviene separar geografías, porque llamar simplemente incendio de la Albufera puede llevar a imaginar que ha ardido el gran lago valenciano o una parte enorme del parque natural. No es así. El área golpeada corresponde principalmente a la Devesa, el cordón arenoso cubierto de vegetación que separa l’Albufera del Mediterráneo entre El Saler y El Perellonet.

El Parque Natural de l’Albufera ocupa 21.120 hectáreas y fue declarado espacio protegido en 1986. Dentro de ese enorme mosaico conviven el lago, arrozales y marjales, dunas, playas, malladas y masas forestales. La Devesa ocupa aproximadamente 850 hectáreas y tiene unos diez kilómetros de longitud. Allí aparecen pinos carrascos y piñoneros, lentiscos, palmitos y matorral mediterráneo sobre un terreno arenoso extremadamente singular.

Por eso 36 o 37 hectáreas pueden parecer una superficie pequeña cuando se compara con los gigantescos incendios forestales que han quemado decenas de miles de hectáreas este verano, pero la aritmética engaña un poco. No todas las hectáreas tienen el mismo valor ecológico ni soportan la misma presión humana. La Devesa es una franja estrecha, rodeada de carreteras, viviendas, playas y equipamientos, y forma parte del sistema natural que protege la Albufera frente al Mediterráneo.

El fuego ha atravesado precisamente una vegetación que el visitante habitual reconoce casi de memoria: sombra de pinos, sotobosque espeso, arena clara bajo las agujas secas y ese olor a resina que cambia por completo cuando entra una llama. Después del incendio queda otro paisaje, negro y quebradizo. Pero no un paisaje muerto para siempre.

Por qué se necesitarán unos 20 años para recuperar El Saler

La cifra de 20 años procede de las estimaciones de ingenieros forestales que conocen este tipo de ecosistema mediterráneo. No se trata de un cronómetro exacto. Nadie podrá regresar en agosto de 2046, mirar el calendario y declarar reconstruido el bosque. La estimación describe el tiempo necesario para recuperar un arbolado de porte medio y un paisaje razonablemente próximo al que existía antes del incendio.

El daño, por grave que sea, no se considera irreversible. En condiciones favorables volverá la vegetación. Primero llegará una cubierta más humilde: hierbas, brotes, pequeños arbustos, especies adaptadas a colonizar terrenos alterados. Después crecerán los árboles jóvenes. Para que los nuevos pinos alcancen cuatro o cinco metros y vuelvan a formar una masa forestal reconocible pueden transcurrir esas dos décadas.

Recuperar árboles no equivale a recuperar todo el ecosistema

Ahí está el matiz importante. Un bosque no es una colección de troncos colocados sobre tierra. Es suelo, hongos, insectos, aves, pequeños mamíferos, humedad, sombra, raíces, materia orgánica y relaciones que llevan años formándose. Reverdecer puede ser relativamente rápido; reconstruir un ecosistema maduro, no.

Las primeras decisiones tras la extinción serán especialmente sensibles. Habrá que evaluar la intensidad del fuego en las distintas parcelas, comprobar qué ejemplares pueden sobrevivir, estudiar la regeneración natural y vigilar la erosión del terreno. Retirar indiscriminadamente toda la madera quemada tampoco es necesariamente la respuesta: determinados restos vegetales ayudan a proteger el suelo, retener humedad y proporcionar refugio a fauna e insectos.

El comportamiento del otoño también contará. Una lluvia suave sobre la superficie quemada puede favorecer la recuperación. Un episodio torrencial, en cambio, podría arrastrar cenizas y la capa superficial del suelo antes de que las raíces vuelvan a sujetarlo. En un ecosistema litoral de dunas y terrenos arenosos, el agua después del fuego puede curar o agrandar la herida, según cómo llegue.

La investigación apunta a que el incendio fue provocado

La otra gran cuestión permanece abierta. Las primeras pesquisas realizadas por los especialistas en investigación de incendios y el Seprona han permitido descartar una causa natural y apuntan a una acción humana como origen del fuego. Los indicios encontrados en la zona de inicio son compatibles con un contacto directo de una llama.

Eso sitúa la investigación ante un posible incendio intencionado, aunque todavía queda una distancia importante entre determinar cómo comenzó un fuego e identificar a la persona responsable. No se ha comunicado la detención de un autor. Los investigadores continúan reconstruyendo lo ocurrido en el entorno donde aparecieron las primeras llamas, analizando indicios y buscando testimonios que permitan establecer qué ocurrió exactamente.

El matiz jurídico tampoco es decorativo. Una cosa es que un incendio haya sido causado por una persona y otra que exista intención deliberada de quemar el monte. Una colilla, una imprudencia o una llama utilizada de manera negligente también tienen origen humano. Las pesquisas tendrán que establecer si hubo voluntad de provocar el incendio y, en ese caso, quién lo hizo.

El precedente pesa. El Saler ya ha sufrido episodios semejantes y la reiteración convierte cualquier nueva llama en algo más inquietante que un accidente aislado. El incendio de 2023 quemó alrededor de 16 hectáreas de la Devesa. En 1986 otro gran fuego afectó aproximadamente a 40. El episodio de 2026 se acerca a aquella superficie y entra así entre los peores registrados en este rincón de Valencia.

La prevención vuelve al centro de la discusión

Una vez contenido el incendio aparece inevitablemente otra combustión, esta vez política. Compromís y PSPV-PSOE han anunciado que exigirán explicaciones al Gobierno municipal de PP y Vox sobre el estado de la Devesa, las labores preventivas y el dispositivo utilizado durante el incendio. El gobierno local defiende, por su parte, que se han realizado podas y actuaciones preventivas destinadas a disminuir el riesgo en las zonas próximas a viviendas.

El debate técnico va algo más lejos que el habitual intercambio de reproches. Especialistas forestales han señalado la acumulación de biomasa existente en determinadas áreas de la Devesa como uno de los elementos que pueden incrementar la intensidad de un incendio y dificultar su extinción. Mucha vegetación seca significa mucho combustible cuando coinciden calor, baja humedad y viento. La naturaleza mediterránea sabe convivir con el fuego; lo que tolera peor es que ese fuego se repita demasiado pronto o alcance una intensidad extraordinaria.

También ha reaparecido la discusión sobre la compleja gestión administrativa del entorno. Generalitat y Ayuntamiento tienen competencias distintas sobre un espacio protegido que, al mismo tiempo, es bosque, parque natural, zona recreativa, territorio residencial y uno de los pulmones verdes de Valencia. La Devesa no cabe cómodamente en una sola ventanilla y, cuando llegan las llamas, las fronteras burocráticas sirven de bastante poco.

La zona tiene, además, una historia peculiar. Entre los años sesenta y setenta estuvo amenazada por un amplio proyecto urbanizador con carreteras, hoteles y bloques de apartamentos. La movilización ciudadana bajo el lema «El Saler per al poble» consiguió frenar gran parte de aquel desarrollo. Décadas después, el paisaje que entonces se salvó del cemento necesita protegerse de otra amenaza, menos sólida pero bastante más rápida.

Veinte años para que la pinada vuelva a parecerse a sí misma

El incendio de El Saler deja finalmente dos tiempos muy distintos. Está el tiempo corto de la emergencia: conseguir que no aparezcan rebrotes, enfriar el perímetro, extinguir definitivamente el fuego, reabrir carreteras, playas y monte. Y está el tiempo del bosque, que funciona con otro reloj.

Unos 20 años harán falta para volver a contemplar en la zona quemada pinos de varios metros y una masa vegetal comparable, al menos visualmente, con la que había antes del 27 de agosto. La recuperación más profunda será más lenta y dependerá de cómo responda el suelo, de las lluvias, de la regeneración natural y, también, de lo que hagan las administraciones cuando las columnas de humo hayan desaparecido de las portadas.

El Saler volverá a ser verde. Esa es la parte menos dramática y quizá la más importante. El bosque mediterráneo tiene una enorme capacidad para reconstruirse después del fuego. Pero veinte años son una generación humana corta y una eternidad para quien conoce ese camino entre los pinos. Lo quemado en unas horas tardará dos décadas en volver a levantar sombra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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