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¿Por qué en Ceuta temen más a manifestantes radicales que a migrantes?
Una familia denuncia una brutal paliza durante la protesta de Ceuta, en una ciudad sacudida por disturbios, miedo y creciente tensión social.

Una familia ceutí ha denunciado públicamente haber sufrido una violenta agresión dentro de una de las manifestaciones por la crisis migratoria de Ceuta. Ángel, uno de sus miembros, asegura que varios radicales con el rostro cubierto atacaron a sus padres y a él mismo cuando trataban de apartarse de unos contenedores que estaban siendo utilizados para cortar la calle. Su padre terminó con la nariz rota y sometido a pruebas médicas ante una posible intervención quirúrgica; él relata golpes, arañazos y un intento de estrangulamiento.
El episodio añade una capa especialmente incómoda a una crisis que lleva semanas acumulando tensión. No se trata esta vez de una agresión atribuida a migrantes contra vecinos o agentes, sino del testimonio de ceutíes atacados presuntamente por otros participantes en la protesta. Ángel lo resumió con una frase que retrata hasta qué punto se ha enrarecido la calle: su familia teme más encontrarse con determinados manifestantes que con los inmigrantes que permanecen en la ciudad.
Una paliza en mitad de la protesta de Ceuta
Según el relato del joven, la situación comenzó a deteriorarse cuando aparecieron participantes encapuchados y algunos contenedores de basura empezaron a ser desplazados. Ángel asegura que uno de ellos estuvo a punto de caer sobre su madre. Al intentar apartarla, la discusión se convirtió rápidamente en una agresión física.
El joven afirma que recibió un puñetazo, arañazos y maniobras con las que intentaron sujetarlo por el cuello. También sostiene que le quitaron una cadena. Cuando pudo darse la vuelta vio a su padre sangrando después de haber recibido un golpe en el rostro. El hombre fue atendido posteriormente y su familia explicó que tenía la nariz fracturada y seguía sometiéndose a pruebas médicas.
Ángel sostiene también que los agresores abandonaron el lugar al advertir la presencia de cámaras. Más inquietante aún resulta otro elemento de su versión: varios asistentes habrían visto las lesiones de su padre pero rechazaron detener la marcha por lo sucedido. Una manifestación convocada para expresar el malestar de los vecinos terminaba así, en ese punto concreto, dejando a unos vecinos heridos.
El testimonio que rompe un relato demasiado sencillo
La escena complica cualquier intento de dividir lo sucedido en Ceuta entre dos bloques perfectamente reconocibles, unos buenos y otros malos, como si una ciudad pudiera ordenarse con rotuladores de dos colores. La violencia no está respetando esas fronteras.
Durante las últimas semanas se han documentado agresiones y episodios graves protagonizados por personas de procedencia y motivaciones muy distintas. Migrantes han sido detenidos por ataques contra miembros de las fuerzas de seguridad; al mismo tiempo, grupos de manifestantes han intentado alcanzar asentamientos de extranjeros, han destruido pertenencias y han obligado a intervenir a la Policía. Ahora aparece también el relato de una familia ceutí atacada desde dentro de una protesta.
Eso no convierte en imaginarios los problemas de seguridad denunciados por numerosos vecinos ni borra los delitos cometidos por determinados migrantes. Tampoco convierte una movilización entera en violenta porque actúe una minoría. Significa algo bastante menos cómodo: Ceuta atraviesa una degradación del orden público en la que distintas violencias empiezan a alimentarse mutuamente.
De las protestas pacíficas a los disturbios
La tensión había crecido de forma visible durante los días anteriores. Miles de personas se concentraron para exigir soluciones a la crisis abierta tras la entrada masiva de migrantes de finales de julio. Las reivindicaciones se han dirigido fundamentalmente contra la gestión del Gobierno central y para reclamar el retorno de quienes no tengan derecho a permanecer en España.
Pero algunas movilizaciones terminaron desbordando ese marco. En la noche más complicada, alrededor de 400 personas se dirigieron hacia la playa del Trampolín, donde permanecían grupos de migrantes. Fuentes policiales señalaron que algunos intentaron agredir a extranjeros con los que se encontraban durante el recorrido. El despliegue de las fuerzas de seguridad evitó el choque directo en varios puntos.
En la playa de Benítez hubo hostigamientos y se lanzaron al mar colchones, mantas y otras pertenencias de quienes dormían allí. La Policía tuvo que emplear salvas y botes de humo. Durante otra protesta se bloquearon vehículos destinados al reparto de ayuda humanitaria y se quemaron elementos de asentamientos improvisados.
La fotografía resultante es bastante áspera: contenedores atravesados, policías conteniendo grupos, campamentos improvisados junto al mar y una ciudad que lleva semanas funcionando con los nervios tensados como cables.
También hubo un grave ataque contra militares
El otro lado de la espiral tampoco admite maquillaje. En Benzú, cuatro militares fueron heridos después de que un grupo de entre 30 y 40 personas rodeara su vehículo y comenzara a lanzar piedras de grandes dimensiones. La Policía Nacional y la Guardia Civil detuvieron a doce migrantes de nacionalidad marroquí y mantuvieron abierta la investigación para identificar al resto de participantes.
Algunos de los implicados intentaron huir por mar y tuvo que intervenir el Servicio Marítimo de la Guardia Civil. El episodio ocurrió en una ciudad donde el volumen excepcional de llegadas, los problemas de alojamiento y la presión sobre los servicios públicos han convertido cualquier incidente en combustible para el siguiente.
Precisamente por eso resulta engañoso seleccionar únicamente la violencia que confirma la posición política de cada uno. El ataque a los militares fue grave. También lo fueron los intentos de alcanzar a migrantes en las playas. Y también merece esclarecerse la agresión sufrida por la familia de Ángel. Una democracia no debería necesitar averiguar primero quién vota qué o de dónde procede una víctima antes de decidir que romperle la nariz está mal.
Casi 5.000 migrantes siguen en Ceuta
El trasfondo sigue siendo la entrada extraordinaria registrada a finales de julio. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, cifró en alrededor de 72.000 las personas que llegaron durante aquella entrada masiva y señaló que la mayoría regresó a Marruecos durante las primeras 24 horas. Según sus datos, cerca de 5.000 migrantes continuaban en la ciudad autónoma y alrededor de un centenar habían sido expulsados después de cometer delitos.
El Gobierno ha anunciado nuevas medidas de vigilancia para la frontera, entre ellas drones, embarcaciones ligeras, sistemas marítimos de contención y actuaciones en los espigones del Tarajal y Benzú. España también ha solicitado apoyo europeo para acelerar la identificación de quienes permanecen en Ceuta y tramitar, caso por caso, solicitudes de protección, acogida o retorno.
El problema, mientras tanto, ocurre a ras de calle. Miles de personas han permanecido durante semanas en instalaciones saturadas o asentamientos precarios y buena parte de la población ceutí reclama que la situación termine. Esa preocupación es real. El salto desde esa preocupación hasta acosar personas, quemar pertenencias o buscar enfrentamientos es otra cosa.
Las marchas se frenan este fin de semana
Tras varios días consecutivos de movilizaciones, Ceuta ha amanecido este sábado 29 de agosto sin nuevas protestas previstas inicialmente para el fin de semana. Las concentraciones anteriores se habían organizado en buena medida mediante redes sociales, grupos de WhatsApp y plataformas vecinales, lo que significa que una convocatoria puede surgir con rapidez, pero por el momento no existe una nueva marcha programada.
La última movilización reunió el viernes a cientos de personas. Sus convocantes reclamaron expresamente un carácter pacífico, aunque algunos mensajes difundidos alrededor de la protesta reflejaban hasta qué punto se había endurecido el ambiente. Paralelamente, otra concentración reunió a vecinos bajo mensajes contra la violencia, el odio y el racismo.
Interior ha pedido el cese de cualquier violencia, mientras también desde el PP ceutí se ha reclamado que las protestas no deriven en ataques contra periodistas, trabajadores humanitarios o extranjeros. En una ciudad pequeña, donde casi todo termina ocurriendo a pocos kilómetros de distancia, el deterioro de la convivencia se nota enseguida. No hace falta una estadística: basta una calle cortada, una ambulancia, alguien que vuelve a casa mirando dos veces hacia atrás.
Cuando el miedo cambia de dirección
La denuncia de Ángel y su familia importa precisamente porque rompe una cómoda simplificación. Llegaron a una manifestación en una ciudad inquieta por la inmigración y, según su relato, acabaron teniendo miedo de quienes marchaban junto a ellos.
Ceuta tiene problemas reales sobre la mesa: alojamiento, seguridad, control fronterizo, identificación de miles de personas, convivencia y una relación con Marruecos que vuelve a proyectarse sobre cada decisión. Reducir todo eso a consignas sirve para una pancarta; para gobernar una crisis, bastante menos.
El padre de Ángel con la nariz rota, los militares heridos en Benzú y los migrantes perseguidos hacia las playas pertenecen a episodios diferentes, con responsabilidades diferentes, que deben investigarse individualmente. Pero dibujan juntos el mismo aviso. Cuando una crisis política y humanitaria entra en la lógica de la violencia callejera, enseguida deja de preguntar a quién iba dirigida inicialmente. Y acaba golpeando a quien pasa por allí.

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