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¿Por qué el Supremo tumba a Tebas con Barça y Madrid?

El Supremo tumba a LaLiga por excluir a Barça y Madrid de votaciones clave y deja a Tebas ante otro golpe judicial por la guerra televisiva.
El Tribunal Supremo ha dado otro golpe serio a LaLiga y, de paso, a la manera de mandar de Javier Tebas en uno de los asuntos más sensibles del fútbol español: el control del dinero audiovisual. La Sala Civil ha desestimado el recurso con el que la patronal intentó salvar la exclusión del Real Madrid y del FC Barcelona de varias deliberaciones y votaciones celebradas en 2022, y deja en pie la sentencia que consideró nulas aquellas decisiones. Dicho sin rodeos —bueno, casi—: apartar a ambos clubes por su vínculo con la Superliga no se hizo como debía hacerse.
La clave está en el porqué, que aquí importa más que el titular grandilocuente. El Supremo no se limita a decir que el supuesto conflicto de intereses era débil, sino que subraya algo todavía más incómodo para LaLiga: el recurso no tumbaba el otro gran pilar de la sentencia previa, el que reprochaba que fuera el propio presidente de LaLiga quien recusara a los clubes cuando esa cuestión debía resolverla un tercero imparcial. Traducido del castellano judicial al castellano de sobremesa: no solo quiso expulsarlos del debate, también se colocó él mismo en la silla del que decidía si podía expulsarlos. Y eso, en un tribunal, suele salir mal.
El fallo que cambia el relato
La sentencia que ahora queda firme en lo esencial no nace ayer ni de un calentón de última hora. Viene de una cadena de resoluciones que arranca en el Juzgado de Primera Instancia número 63 de Madrid, sigue en la Audiencia Provincial de Madrid y termina en el Supremo con el portazo definitivo al recurso de LaLiga. En todas esas fases, el núcleo del reproche es muy parecido: Barça y Madrid fueron apartados indebidamente del Órgano de Control de la gestión de los derechos audiovisuales en reuniones celebradas el 1 de marzo, el 12 de abril y el 19 de mayo de 2022.
No era una discusión menor, ni un trámite decorativo, ni esa clase de comité que existe para rellenar organigramas. Era uno de los despachos donde se cocina el negocio más poderoso del fútbol español. Ese órgano gestiona la comercialización y explotación de los derechos audiovisuales, propone criterios de reparto, controla la gestión comercial y determina cuánto corresponde percibir a cada club o SAD. Y su composición explica por qué el choque era tan delicado: forman parte de él, entre otros, los dos clubes con más ingresos por derechos audiovisuales del ámbito nacional en los últimos cinco años. Es decir, precisamente Real Madrid y FC Barcelona.
Sacarlos de la mesa no era mover una silla. Era alterar el equilibrio de la sala. Cambiar quién habla, quién vota, quién discute, quién pesa. En un negocio que mueve cientos de millones, cada ausencia cuenta casi como un voto doble para el resto.
El punto que dejó cojo el recurso de LaLiga
LaLiga ha intentado vender la derrota como un asunto casi procesal, una especie de tropiezo técnico sin impacto real en sus argumentos. Su tesis pública viene a ser esta: el Supremo no ha entrado a cuestionar de lleno su filosofía de fondo, sino la utilidad práctica del recurso y su encaje técnico. El problema para la patronal es que, aunque eso fuera parcialmente cierto, el daño político y jurídico sigue ahí.
Porque la llamada “falta de efecto útil” no significa que el tribunal se haya encogido de hombros o que todo siga igual con otra música. Significa que, aunque LaLiga hubiese tenido razón en uno de los debates —el del conflicto de intereses—, el resultado del litigio no cambiaba porque seguía en pie otra razón autónoma y suficiente para declarar nula la exclusión: que la recusación la resolvió quien no debía resolverla.
En derecho, a veces los casos se caen por la puerta de atrás. Aquí ocurrió algo peor para la patronal: la puerta de atrás era también la principal. Eso deja muy tocada la defensa de Tebas, porque el Supremo no necesitó desmontar todos los ladrillos para confirmar que el muro ya estaba vencido.
Las tres reuniones que encendieron el pleito
Las resoluciones previas describen con bastante precisión el mapa del conflicto. En la reunión del 1 de marzo de 2022, la decisión del presidente de LaLiga impidió que Barça y Madrid participaran en la deliberación y votación de varios puntos del orden del día. En la del 12 de abril de 2022, se repitió el esquema. En la del 19 de mayo de 2022, también. El Juzgado de Primera Instancia declaró que esas decisiones vulneraban el derecho de asociación de ambos clubes, en su vertiente de derecho a participar en los órganos de LaLiga, y que además chocaban con el marco legal aplicable a la gestión de los derechos audiovisuales.
Aquí conviene detenerse un momento porque, entre tanto ruido de bufete y tanto titular de brocha gorda, se pierde la sustancia. No se discutía un simple desacuerdo de pasillo ni una mala cara entre despachos. Se discutía quién podía intervenir en decisiones ligadas a la explotación del principal activo económico de la competición, el que reparte poder, sostiene presupuestos y marca jerarquías.
El fútbol moderno habla mucho de sentimiento y de escudos, claro. Luego llega la televisión, se sienta al fondo de la mesa y recuerda quién manda de verdad. Ahí estaba el corazón del pleito. No en la retórica. En la caja.
Por qué la Superliga no bastó como excusa
El origen del veto estaba en la participación de Real Madrid y Barcelona en la sociedad promotora del proyecto de la Superliga. LaLiga defendió que existía un conflicto de intereses y que excluir a ambos clubes era una forma de preservar la integridad de la comercialización audiovisual en beneficio del conjunto de los clubes y del fútbol español. Esa sigue siendo, en esencia, su posición.
El problema para LaLiga es que ya las resoluciones anteriores habían dejado bastante tocado ese argumento. La Audiencia Provincial sostuvo que, cuando se adoptaron las decisiones impugnadas, no existía el conflicto de interés que justificaba esa exclusión en los términos en que fue planteado. Y ahí está una de las grietas más visibles del caso: la conexión entre formar parte del proyecto de la Superliga y quedar automáticamente inhabilitado para participar en ese órgano no aparecía acreditada con la contundencia que LaLiga pretendía.
Había sospecha. Había enfrentamiento político. Había desconfianza mutua, bastante evidente además. Pero una cosa es la hostilidad y otra, muy distinta, la prueba jurídica suficiente. En los tribunales no basta con que algo suene verosímil en un plató o en una asamblea crispada. Hay que sostenerlo con una base robusta. Y aquí no alcanzó.
El problema no era solo el fondo
Lo más duro para Tebas no es únicamente que los jueces hayan visto endeble la excusa del conflicto. Lo más duro es que la arquitectura misma de la decisión se consideró viciada desde el origen. Los clubes demandantes argumentaron que no se había seguido un procedimiento adecuado para decidir si concurría o no ese conflicto, porque debía hacerlo un tercero imparcial y no el presidente que había formulado la recusación.
Tanto el juzgado como la Audiencia les dieron la razón, y el Supremo remacha que ese pilar quedó intacto al no ser desmontado eficazmente en casación. En román paladino: el caso no se cae solo porque la causa de abstención pareciera floja; se cae porque el árbitro se puso la camiseta, cogió el silbato y se validó a sí mismo.
Eso tiene una derivada institucional bastante fea para LaLiga. Porque no estamos ante una sentencia que bendiga la Superliga, ni ante una resolución que declare heroica la posición de Madrid y Barça, ni ante una reescritura total del modelo del fútbol europeo. Es algo más terrenal y, por eso mismo, más incómodo: una advertencia sobre los límites del poder interno en una asociación que maneja miles de millones.
Lo que significa para Tebas y para LaLiga
En términos prácticos, la sentencia es un revés serio para Javier Tebas porque golpea una de las zonas donde más ha querido proyectar control: la gobernanza económica y normativa de LaLiga. Tebas ha construido durante años una imagen de gestor duro, a veces eficaz, a veces abrasivo, casi siempre dispuesto a librar una guerra larga si cree que el rival amenaza su modelo. Aquí el Supremo no le niega carácter. Le niega razón en la forma de ejercer el poder dentro de su propia casa.
Y en fútbol español eso tiene un coste político evidente, porque Real Madrid y Barcelona llevaban tiempo denunciando que ciertas decisiones de la patronal no eran simples discrepancias, sino una manera de cerrarles la puerta desde dentro. Esta sentencia no les entrega el trofeo moral de todo el conflicto, pero sí les regala una foto judicial muy útil. Una imagen nítida, de esas que duran.
También es un golpe para LaLiga como institución porque reabre la vieja sospecha de que, en sus choques con los grandes disidentes, el problema no siempre es solo jurídico ni solo económico, sino también de método. Cuando una organización presume de músculo regulatorio, de control, de modernidad corporativa, de vigilancia interna, perder por haber actuado como juez y parte resulta especialmente dañino.
No es un error cualquiera. Es el tipo de error que deja poso, que erosiona el discurso de autoridad técnica. Porque una cosa es perder una interpretación jurídica fina, discutible, matizable. Otra cosa es perder porque el procedimiento básico no se sostuvo.
Lo que no significa esta sentencia
Conviene, eso sí, no vender humo. Esta sentencia no derriba por sí sola el edificio audiovisual de LaLiga, no convierte la Superliga en una realidad inmediata y no obliga a reescribir mañana el reparto televisivo del campeonato. Lo que hace es confirmar que determinadas decisiones de exclusión fueron nulas y que la vía elegida para apartar a Barça y Madrid no respetó las garantías exigibles.
Es mucho, desde luego. Pero no es todo. Y en este asunto, donde cada bando lleva años inflando cada resolución como si fuera el día del juicio final, conviene despresurizar un poco el relato. Ni se hunde el fútbol español esta tarde ni se abre pasado mañana una Champions paralela por obra de un fallo civil. La noticia es fuerte, pero no mágica.
Mucho más que un pleito interno
Lo relevante de fondo es otra cosa. Este litigio enseña hasta qué punto la guerra del fútbol ya no se juega solo en el césped ni en las asambleas multitudinarias, sino en órganos técnicos, artículos de decreto, recursos, autos y sentencias con numeración kilométrica. Ahí se disputa el modelo. Ahí se decide quién administra el negocio, quién fiscaliza a quién, quién reparte y quién calla.
La Superliga fue, en este caso, el detonante visible. El verdadero choque era más profundo: el enfrentamiento entre una patronal que defiende un esquema centralizado y unos clubes que, por tamaño y por ambición, se resisten a quedar atrapados en él cuando creen que les perjudica.
Por eso la sentencia importa más de lo que parece a simple vista. Porque no habla solo de tres reuniones en marzo, abril y mayo de 2022. Habla del modo en que se ejerce la autoridad en el fútbol profesional español. Habla de la frontera entre dirigir y arrasar. Habla de la tentación de convertir una presidencia fuerte en un poder sin contrapeso.
Y habla, también, de la fragilidad de los grandes discursos cuando no superan una prueba bastante antigua y bastante sencilla: si el procedimiento no es limpio, el fondo se te puede deshacer entre las manos. Ahí está la ironía del caso. LaLiga quiso blindar la integridad del sistema audiovisual; los tribunales le han respondido, en la práctica, que la integridad empieza por casa.
Donde de verdad queda tocada LaLiga
Después del recorrido judicial completo, el balance es nítido: los tribunales han entendido que el veto a Barça y Madrid no podía hacerse así, que la pertenencia a la sociedad promotora de la Superliga no bastaba por sí sola para justificar aquella abstención forzada y que, en todo caso, quien la decidió no podía ser el mismo que la promovía.
Hay derrotas que duelen por el resultado. Esta duele, sobre todo, por el razonamiento. Porque deja una advertencia de fondo sobre cómo se administra el poder en el fútbol español cuando el dinero televisivo entra en la habitación. El Barça y el Madrid ganan esta batalla porque el procedimiento jugó contra LaLiga y porque el conflicto de intereses, tal como se articuló, no se sostuvo. Tebas pierde porque quiso proteger una lógica de sistema con una herramienta jurídicamente defectuosa.
Y el resto del fútbol, ese que a veces contempla estas guerras como quien mira una tormenta desde la ventana, recibe una lección bastante simple: en los despachos también hay fuera de juego, aunque lleve toga y no silbato. Ahí queda la imagen. Seca. Bastante expresiva. Casi cruel.

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