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¿Por qué el islam choca con el progresismo occidental sobre derechos?

Islam y progresismo no son incompatibles en bloque, pero algunas interpretaciones religiosas chocan con derechos, igualdad y libertad individual.

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dos hombres del islam

Resumen

  • Islam y progresismo no son incompatibles en bloque, pero sí chocan en derechos
  • El conflicto aparece en igualdad, libertad sexual, apostasía y secularismo
  • Proteger a los musulmanes no obliga a blindar las ideas religiosas de la crítica

Decir que el islam es incompatible con el progresismo resulta demasiado rotundo para describir una religión practicada por comunidades enormemente distintas, desde Senegal hasta Indonesia, pasando por Bosnia, Francia o Estados Unidos. Pero negar el conflicto tampoco sirve. Existen choques profundos entre determinadas interpretaciones tradicionales del islam y algunos principios centrales del progresismo contemporáneo: igualdad entre hombres y mujeres, derechos LGTBI, libertad sexual, secularización del Estado y derecho a abandonar o criticar una religión.

Ahí está el núcleo. El problema no es que una persona musulmana no pueda ser progresista —las hay, y muchas—, sino que determinadas normas religiosas consideradas ortodoxas entran directamente en tensión con una concepción política que coloca la autonomía individual por encima de la autoridad de la tradición. Confundir esas dos cosas, el creyente y la doctrina, ha convertido el debate occidental sobre el islam en un pequeño campo de minas intelectual.

El choque existe, pero no donde suele contarse

Conviene empezar quitando ruido. Islam no significa islamismo, musulmán no significa fundamentalista y tampoco existe una especie de Vaticano islámico que determine una interpretación única para cerca de dos mil millones de creyentes. Hay sunníes y chiíes, escuelas jurídicas diferentes, musulmanes secularizados, conservadores, sufíes, reformistas, feministas islámicas, literalistas y personas cuya vinculación religiosa tiene más de tradición familiar que de programa político.

El progresismo tampoco es un bloque de hormigón. Un socialdemócrata danés, una feminista francesa, un militante de izquierdas español y un progresista estadounidense pueden compartir bastante y discrepar con entusiasmo sobre casi todo lo demás.

Sin embargo, cuando se baja de las etiquetas a principios concretos aparece la fricción. Buena parte del progresismo liberal occidental considera que el individuo debe poder elegir pareja, religión, forma de vestir, identidad y proyecto familiar mientras no vulnere derechos ajenos. Las interpretaciones religiosas conservadoras, islámicas o no, parten a menudo de otra lógica: existen conductas moralmente correctas o incorrectas con independencia de la voluntad individual.

Ese conflicto no nació con el islam. Europa lo conoce bien porque tardó siglos en separar la ley civil de los mandamientos religiosos. La novedad está en otro lugar: parte de la izquierda europea ha colocado durante las últimas décadas la defensa de las minorías religiosas dentro de su discurso antidiscriminatorio y, en ocasiones, termina mezclando la protección de las personas con cierta resistencia a criticar las ideas religiosas que esas personas puedan profesar.

Y ahí comienza la paradoja.

Sexo, género y familia abren la grieta más visible

Pocas cuestiones muestran mejor la distancia que los derechos de homosexuales y personas trans. Los datos globales disponibles muestran que decenas de Estados siguen criminalizando las relaciones sexuales consentidas entre personas del mismo sexo. En algunos, incluso, la legislación contempla la pena de muerte. Entre ellos aparecen varios países de mayoría musulmana como Irán, Arabia Saudí, Mauritania y Yemen.

Sería intelectualmente bastante cómodo concluir ahí que islam equivale a homofobia. También sería falso. La criminalización de la homosexualidad existe en sociedades cristianas y en sistemas jurídicos marcados por viejos códigos coloniales; Uganda, por ejemplo, ha aprobado también una legislación extremadamente represiva. Religión, colonialismo, autoritarismo y estructuras sociales conservadoras se mezclan con bastante menos limpieza de la que admite un eslogan.

Pero tampoco puede borrarse la dimensión religiosa cuando la propia norma se justifica mediante interpretaciones de la ley islámica. La dificultad para una parte del progresismo aparece precisamente aquí: denunciar la discriminación contra un ciudadano musulmán es coherente con los derechos humanos; relativizar la persecución de un homosexual porque ocurre dentro de un determinado contexto cultural, no.

La contradicción se ve incluso lejos de los Estados teocráticos. Una investigación de 2025 sobre musulmanes estadounidenses encontró que el 55 % consideraba que la homosexualidad debería ser desalentada por la sociedad, mientras un 41 % defendía su aceptación. Sus opiniones se acercaban más a las de los republicanos que a las de los demócratas en varias cuestiones relacionadas con sexualidad, familia e identidad de género.

Son cifras particularmente interesantes porque desmontan dos caricaturas al mismo tiempo. Los musulmanes no piensan todos igual y, a la vez, ciertas posiciones socialmente conservadoras tienen un peso considerable incluso entre quienes viven desde hace años dentro de democracias liberales.

La mujer, entre la tradición jurídica y la reforma

La igualdad entre hombres y mujeres abre una discusión todavía más compleja porque aquí aparece una palabra empleada a menudo como si resolviera por sí sola cualquier debate: sharía.

La sharía no equivale simplemente a un código penal medieval. El término engloba un ideal religioso y moral mucho más amplio, mientras que el fiqh, la jurisprudencia islámica elaborada históricamente por seres humanos, ha producido interpretaciones distintas y cambiantes. Esa diferencia resulta decisiva. Muchas normas discriminatorias en materia familiar están vinculadas a interpretaciones patriarcales consolidadas, pero también existen lecturas reformistas del derecho islámico capaces de defender una mayor igualdad.

Ahí se libra una auténtica batalla intelectual dentro del propio islam. Organizaciones de mujeres musulmanas llevan años cuestionando conceptos tradicionales como la autoridad masculina sobre la esposa, la desigualdad sucesoria, determinadas formas de poligamia o la asimetría en divorcio y tutela de los hijos. No están reclamando necesariamente abandonar su religión. Muchas sostienen justamente lo contrario: que la justicia y la igualdad pueden defenderse desde una reinterpretación de sus propias fuentes religiosas.

Ese movimiento importa porque impide reducir el asunto a una guerra infantil entre Occidente e islam. Dentro de las sociedades musulmanas hay conservadores y reformistas disputándose qué significa realmente ser fiel a la tradición. Y la discusión no ocurre en una biblioteca: condiciona matrimonios, divorcios, herencias, custodias y vidas enteras.

La libertad de conciencia pone el conflicto a prueba

Hay un principio particularmente incómodo para cualquier religión que aspire a ordenar políticamente una sociedad: la libertad de dejar de creer.

Una democracia liberal no reconoce únicamente el derecho a profesar una religión. Reconoce también el derecho a cambiarla, abandonarla o criticarla dentro de los límites generales de la ley, o a vivir sin ninguna. Parece obvio visto desde Madrid, París o Ámsterdam. No lo es en buena parte del planeta.

Las leyes contra la conversión siguen existiendo en decenas de países y adoptan formas distintas: restricciones al proselitismo, obstáculos al matrimonio interreligioso, normas sobre apostasía o condicionantes administrativos ligados a la identidad religiosa. No todas pertenecen a Estados musulmanes, conviene repetirlo, pero las restricciones religiosas continúan siendo especialmente graves en varios de ellos.

Egipto ofreció en 2026 un ejemplo nada teórico. Un tribunal condenó a cinco años de prisión a un cristiano por desprecio a la religión, mientras distintas organizaciones denunciaban también detenciones y presiones sobre creyentes minoritarios y no creyentes.

Aquí la incompatibilidad no depende de pañuelos, gastronomía halal ni debates identitarios. Es más elemental. Una sociedad progresista no puede reconocer a una religión el derecho a impedir que alguien la abandone. Da igual cuál sea esa religión.

La libertad religiosa significa poder entrar. También significa que la puerta de salida esté abierta.

La izquierda protege a los musulmanes; no tiene que blindar el islam

Buena parte del embrollo político occidental procede de haber confundido dos obligaciones democráticas distintas.

Un ciudadano musulmán tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro a no sufrir discriminación laboral, agresiones, insultos racistas o exclusión institucional por su fe. Su mezquita merece la misma protección jurídica que una iglesia o una sinagoga. Una mujer con hiyab no pierde sus derechos por llevarlo. Elemental.

Pero una idea religiosa no tiene derechos civiles. Los tienen las personas.

Criticar el cristianismo por su doctrina sexual no constituye odio contra los cristianos. Discutir la posición tradicional del judaísmo ortodoxo sobre el matrimonio tampoco supone perseguir a los judíos. Con el islam debería funcionar exactamente la misma regla: ningún ciudadano puede ser discriminado por ser musulmán y ninguna doctrina islámica debe quedar protegida frente a la crítica razonada.

Ese equilibrio parece sencillo hasta que llega la política. La extrema derecha europea explota a veces problemas reales para transformar al conjunto de los musulmanes en sospechosos colectivos; una parte de la izquierda responde negando o minimizando cualquier conflicto cultural por miedo a alimentar la xenofobia. Entre ambos extremos se abre un terreno bastante más incómodo, pero también más democrático: combatir la islamofobia sin convertir el islam en una doctrina intocable.

No debería resultar revolucionario. A veces lo parece.

España y la batalla política del niqab y el halal

El debate ha regresado con fuerza a España durante 2026 alrededor del niqab, el burka y los menús halal. Distintas iniciativas políticas han propuesto restricciones, mientras la Comisión Islámica de España sostiene que el burka prácticamente no existe en el país y que el uso del niqab es estadísticamente residual. La organización defiende también que las opciones halal en determinados servicios se encuadran dentro de la libertad religiosa reconocida por el ordenamiento español.

Es un ejemplo perfecto de cómo se mezclan debates diferentes. Puede discutirse el significado social de un velo integral, incluso considerarlo profundamente reaccionario, sin concluir automáticamente que prohibirlo sea constitucionalmente legítimo o políticamente útil. Puede criticarse una norma religiosa sobre alimentación sin necesidad de impedir que alguien la siga cuando hacerlo no perjudica a terceros.

La democracia liberal tiene esa manía: obliga a soportar decisiones personales que uno puede considerar absurdas, arcaicas o directamente desagradables.

Otra cuestión aparece cuando la práctica deja de ser libre. Que una mujer decida usar un velo por convicción religiosa pertenece al ámbito de su autonomía. Que sea coaccionada para llevarlo pertenece al ámbito de sus derechos. La prenda puede ser idéntica; jurídicamente, son dos mundos distintos.

El islam progresista existe y desmonta el eslogan fácil

El mayor problema de afirmar que islam y progresismo son intrínsecamente incompatibles es bastante sencillo: existen musulmanes progresistas que defienden precisamente aquello que supuestamente su religión les impediría defender.

Hay movimientos musulmanes que propugnan explícitamente la separación entre autoridad religiosa y Estado, la igualdad de género, la libertad de conciencia y la inclusión plena de personas LGTBI. Su planteamiento no consiste en abandonar el islam sino en reinterpretarlo desde principios de dignidad, justicia y libertad individual.

También existen feministas musulmanas, mezquitas inclusivas y teólogos reformistas que revisan interpretaciones tradicionales sobre sexualidad y género. En Europa y Norteamérica se han celebrado encuentros en los que activistas y académicos musulmanes han debatido públicamente sobre teología progresista y caminos hacia la inclusión LGTBI en comunidades de mayoría islámica.

Se puede considerar que esas reinterpretaciones fuerzan textos antiguos para hacerlos compatibles con sensibilidades modernas. Los reformistas responderán que toda tradición religiosa ha reinterpretado sus fuentes durante siglos y que precisamente esa plasticidad explica su supervivencia. El debate teológico queda abierto.

Políticamente, el dato relevante es otro: no existe una única forma social de ser musulmán. Ni siquiera dentro de un mismo país.

Eso tampoco elimina las tensiones. Un musulmán progresista partidario del matrimonio homosexual tendrá problemas doctrinales con una lectura literalista del islam del mismo modo que un católico progresista favorable al aborto o a la eutanasia discrepa abiertamente de la doctrina oficial de su Iglesia. Las religiones antiguas y las sociedades modernas llevan bastante tiempo viviendo en esa incómoda habitación compartida.

La frontera real pasa por los derechos, no por la fe

El islam no puede calificarse en bloque como incompatible con el progresismo porque una religión de semejante extensión y diversidad no funciona como una ideología política única. La existencia de musulmanes feministas, demócratas, secularistas o defensores de los derechos LGTBI basta para desmontar una incompatibilidad absoluta.

Pero el argumento contrario —que no existe ningún conflicto relevante— tampoco resiste los hechos.

Las interpretaciones islámicas que subordinan jurídicamente a la mujer, criminalizan las relaciones homosexuales, castigan la apostasía, restringen la libertad de expresión o pretenden situar la norma religiosa por encima de la ley democrática chocan frontalmente con el progresismo liberal. No por ser islámicas, sino porque esos mismos principios serían incompatibles con el progresismo si procedieran del cristianismo, del judaísmo o de cualquier otra tradición.

Ahí está probablemente la línea más limpia. Una democracia no necesita decidir qué religión es moderna y cuál pertenece al pasado. Necesita algo bastante menos espectacular: defender a las personas y someter las ideas al debate.

También las religiosas. Especialmente cuando quieren convertirse en ley.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.