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Salud

¿Por qué el frío nos da más hambre y cómo cambia nuestro apetito?

Con el frío, el organismo puede gastar más energía para mantener su temperatura, mientras la luz, el sueño y los hábitos también alteran el apetito.

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el frío nos da más hambre

Resumen

  • El frío puede elevar el gasto energético y aumentar el apetito
  • La luz, el sueño y las rutinas también influyen en cuánto comemos
  • No todo el mundo responde igual: el efecto del frío varía mucho

Cuando bajan las temperaturas, el cuerpo tiene que dedicar energía a una tarea silenciosa pero bastante seria: mantener estable su temperatura interna. Esa producción de calor, la termogénesis, puede elevar el gasto energético y contribuir a que algunas personas sientan más hambre. Pero el termómetro no trabaja solo. Las horas de luz, el sueño, las rutinas y hasta el tipo de comida que tenemos delante también cambian con la estación.

Así que sí, el frío puede aumentar el apetito, aunque no es una reacción automática ni idéntica para todo el mundo. Los estudios en humanos ofrecen resultados distintos: algunos detectan un aumento claro de la ingesta tras la exposición al frío y otros encuentran más gasto energético sin que aparezca necesariamente más hambre. La realidad, como suele ocurrir con el metabolismo, se parece menos a un interruptor y más a una mesa de mezclas.

El cuerpo gasta energía para no enfriarse

El organismo humano funciona dentro de un margen térmico muy estrecho. Cuando el ambiente se enfría, pone en marcha diferentes mecanismos para conservar y fabricar calor. Puede reducir el flujo sanguíneo hacia la piel, provocar temblores cuando la exposición es suficientemente intensa y activar procesos metabólicos que generan calor sin necesidad de tiritar.

Ahí aparece la termogénesis. Las investigaciones realizadas en condiciones controladas muestran que una exposición moderada al frío puede aumentar el gasto energético respecto a permanecer en un ambiente térmicamente neutro. También puede incrementarse la actividad del llamado tejido adiposo marrón, una grasa metabólicamente activa especializada precisamente en consumir energía para producir calor.

No significa, sin embargo, que salir sin abrigo convierta el invierno en una dieta adelgazante. El aumento del gasto suele ser relativamente modesto en las condiciones habituales de vida y el cuerpo dispone de una respuesta bastante lógica para compensarlo: pedir combustible. Un organismo que consume más energía puede intentar recuperarla mediante la comida.

Hay estudios que sí encuentran más comida después del frío

Una investigación controlada publicada en 2025 ofrece una pista especialmente interesante. Cuarenta y siete adultos pasaron periodos en cámaras donde podían comer libremente bajo dos condiciones ambientales: frío moderado, a 19 grados, y temperatura neutra, a 23,5 grados. Durante la estancia fría consumieron, de media, un 13 % más de energía, unas 411 kilocalorías adicionales. El aumento no se mantuvo al día siguiente.

El dato encaja bastante bien con esa sensación tan reconocible de llegar a casa en un día desapacible y mirar un plato de lentejas con una reverencia que rara vez inspira una ensalada fría. Pero conviene no convertir una respuesta fisiológica en una ley universal.

Otros experimentos han encontrado algo diferente. En algunos casos, la exposición leve al frío aumentó el metabolismo sin producir cambios apreciables en el hambre, la saciedad o la cantidad de comida ingerida. También se han observado modificaciones en la recompensa asociada a determinados alimentos sin que aumente necesariamente la ingesta total.

El frío, por tanto, puede mover la aguja del apetito. Pero no siempre la mueve igual.

No todo depende de la temperatura: también cambia la luz

Otoño e invierno traen otra transformación menos visible: los días se acortan. La exposición a la luz participa en la sincronización de nuestros ritmos circadianos, el reloj biológico que organiza el sueño, la vigilia y numerosos procesos metabólicos.

Las investigaciones sobre alimentación estacional apuntan precisamente a una combinación de temperatura, duración del día, actividad física, estado emocional y circunstancias sociales. En determinadas poblaciones se observa un mayor consumo energético durante algunas épocas frías y una reducción durante el verano, aunque estos patrones cambian mucho según el clima, la cultura y las costumbres.

Hay incluso trabajos que han detectado un aumento del consumo de calorías y carbohidratos en otoño, acompañado de comidas más grandes y una mayor sensación de hambre. Eso no demuestra que septiembre accione una especie de botón metabólico oculto, pero sí sugiere que la estacionalidad de nuestra alimentación existe incluso en sociedades con calefacción, iluminación artificial y supermercados abiertos todo el año.

Dormir peor también puede abrir el apetito

El cambio de horarios, las rutinas y la luz disponible pueden terminar afectando indirectamente al sueño. Y aquí la relación con el hambre está bastante documentada. Dormir poco o restringir las horas de descanso puede aumentar el hambre subjetiva y favorecer una ingesta energética superior.

Las hormonas relacionadas con el apetito, como la grelina y la leptina, también pueden verse alteradas por el descanso insuficiente, aunque los resultados hormonales no son completamente uniformes entre investigaciones.

Esto ayuda a entender por qué atribuir todo al frío sería demasiado cómodo. Una persona puede tener más apetito en noviembre no solo porque la calle esté a diez grados, sino porque duerme peor, cambia sus horarios, hace menos actividad al aire libre o empieza a rodearse de alimentos más densos en energía.

El cerebro también tiene su menú de invierno

Hay otro componente difícil de medir con un termómetro: lo que nos apetece comer.

Con frío resulta habitual buscar platos calientes y densos, desde sopas y legumbres hasta pasta, guisos o preparaciones al horno. Parte de esa inclinación puede responder a necesidades energéticas, pero también intervienen el aprendizaje y la cultura. Una fabada no tiene las mismas asociaciones emocionales que una rodaja de sandía. Ni pretende tenerlas.

La propia estación reorganiza el escenario. Pasamos más tiempo bajo techo, aparecen comidas familiares, celebraciones y productos tradicionalmente ligados al otoño y el invierno. Los factores sociales y las costumbres pueden explicar una parte importante de las diferencias observadas entre unas épocas del año y otras.

En determinadas personas existe además una relación entre los meses de menor luz y un mayor deseo de alimentos ricos en carbohidratos. Es un fenómeno especialmente estudiado en el trastorno afectivo estacional, donde el aumento del apetito, la somnolencia y la preferencia por ciertos alimentos pueden formar parte del cuadro. Eso no permite extrapolar el mismo mecanismo a toda la población, pero muestra hasta qué punto luz, estado de ánimo y alimentación pueden entrelazarse.

El calor suele empujar en la dirección contraria

La experiencia veraniega ofrece el espejo de este fenómeno. Con temperaturas elevadas, el cuerpo no necesita generar calor adicional; más bien intenta desprenderse de él. Las comidas muy abundantes pueden resultar menos atractivas y ganan terreno alimentos frescos, frutas, verduras y preparaciones con mucha agua.

Eso tampoco convierte al verano en un supresor universal del apetito. La respuesta individual vuelve a mandar. La actividad física, la hidratación, los horarios y el entorno pueden pesar tanto como los grados del termómetro.

Precisamente por esa variabilidad, los investigadores siguen estudiando cuánto del cambio estacional en la comida procede de una respuesta metabólica directa y cuánto pertenece al entorno. Los datos experimentales dibujan ambas cosas: el frío puede elevar el gasto energético e incluso aumentar la comida ingerida, pero no todos los estudios detectan ese segundo efecto.

Tener más hambre no significa necesitar comer mucho más

Aquí aparece una distinción importante. Sentir que apetece un plato más contundente no significa necesariamente que las necesidades energéticas hayan aumentado en la misma proporción.

En una vivienda climatizada, con ropa adecuada y unas pocas horas diarias realmente expuestas al frío, el esfuerzo térmico del organismo es muy distinto al de una persona que permanece durante mucho tiempo en bajas temperaturas. Edad, tamaño corporal, actividad física, composición corporal y adaptación al frío introducen todavía más diferencias.

Por eso tampoco tiene demasiado sentido interpretar la llegada del otoño como una autorización metabólica para duplicar las raciones. El organismo puede gastar algo más, pero el entorno alimentario actual permite recuperar esa energía —y bastante más— con una facilidad casi cómica. Un pequeño incremento de termogénesis cabe entero, y sobra sitio, dentro de un postre muy energético.

Conviene separar también hambre y apetito. El hambre responde en gran medida a mecanismos fisiológicos relacionados con la necesidad de energía; el apetito incorpora recompensa, recuerdos, emociones, olores, disponibilidad de comida y costumbres. En pleno invierno ambos pueden caminar juntos. O no.

El invierno cambia el cuerpo, pero también el escenario

La sensación de comer más cuando llega el frío tiene una base fisiológica plausible: producir calor cuesta energía. Algunos estudios muestran incluso un incremento medible de la ingesta en ambientes fríos. Pero atribuir todo el fenómeno a la termogénesis deja fuera media película.

Menos luz, cambios de sueño, rutinas distintas, alimentos estacionales y comidas reconfortantes completan el cuadro. Y la respuesta varía mucho entre personas; el cuerpo humano no lleva un calendario pegado a la nevera.

Quizá por eso el cambio se nota antes en el plato que en el laboratorio. Llega una tarde fría, oscurece pronto y un guiso parece de repente bastante más convincente que dos meses atrás. Hay biología detrás, sí. También costumbre, contexto y cerebro. El apetito, como casi todo lo humano, rara vez obedece a una sola causa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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