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¿Por qué ardió Tirana? 16 policías heridos y 13 detenidos
Molotov, heridos y detenidos en Tirana: la protesta contra Rama por el caso Balluku se desbordó, y Berisha marca la próxima marcha, con gas. La noche del 10 de febrero de 2026, el centro de Tirana se convirtió en un pasillo de humo, sirenas y vidrio vibrando.

Molotov, heridos y detenidos en Tirana: la protesta contra Rama por el caso Balluku se desbordó, y Berisha marca la próxima marcha, con gas.
La noche del 10 de febrero de 2026, el centro de Tirana se convirtió en un pasillo de humo, sirenas y vidrio vibrando. Miles de simpatizantes de la oposición salieron a exigir la dimisión del Gobierno y la protesta acabó en choque frontal: cócteles molotov, bengalas, fuegos artificiales, cargas puntuales y agua a presión. La policía informó de 16 manifestantes atendidos por quemaduras y otras lesiones y de 13 detenidos.
Mientras el asfalto aún estaba tibio por los incendios pequeños —contenedores, restos de pirotecnia, manchas negras—, el parte oficial se fue endureciendo. La Policía del Estado comunicó más tarde que 16 agentes fueron trasladados al hospital con quemaduras y lesiones físicas tras recibir impactos de molotov, pirotecnia y objetos contundentes. En paralelo, un diputado opositor acabó hospitalizado tras ser golpeado con una porra y un cámara de televisión resultó herido en medio del caos.
Una tarde que empezó como protesta y terminó como choque
El guion se reconocía a primera vista: concentración frente a la sede del Gobierno, consignas, banderas, un cordón de antidisturbios y esa electricidad previa que se nota en el aire cuando la multitud ya no está sólo para hacerse ver, sino para forzar una escena. Tirana vivió otra de esas noches en las que la política deja de sonar a debate y pasa a sonar a impacto: botellas contra vallas, estampidos secos, carreras cortas y una nube de gas que se queda pegada a la ropa. La protesta, convocada por la oposición, reunió a miles de personas y fue la tercera gran movilización de este tipo en los últimos meses.
Primero, el foco estuvo en los alrededores de la oficina del primer ministro: allí volaron los primeros molotov y aparecieron las primeras llamaradas en el perímetro de seguridad. Después, con la tensión ya desatada, el movimiento se desplazó hacia el edificio del Parlamento, donde el choque se volvió más directo, casi de “empujar y aguantar”, con policías protegiendo accesos y manifestantes intentando acercarse lo suficiente como para que la imagen —la imagen manda— fuese inequívoca. En esa transición, de un punto a otro, la ciudad se volvió una línea de fricción: calles cortadas, tráfico congelado, pasos improvisados, gente tosiendo, y los equipos de televisión midiendo cada segundo entre contar y salir corriendo.
Del humo al parte médico: cifras que se movieron con la noche
Los balances fueron cambiando a medida que avanzaban las horas, algo habitual cuando hay incidentes múltiples y traslados escalonados. La policía comunicó que 16 manifestantes recibieron atención hospitalaria por quemaduras y otras lesiones y que 13 personas fueron arrestadas. En el otro lado de la valla, el recuento de agentes heridos subió con el paso de la noche: el parte policial acabó situándolo en 16 policías trasladados al hospital por quemaduras y lesiones físicas tras ataques con molotov, pirotecnia y objetos contundentes.
Esa doble cifra —heridos entre quienes protestaban y heridos entre quienes contenían— retrata bien el tipo de disturbio: no es sólo una protesta “caliente”, es una protesta que se vuelve peligrosa para cualquiera que esté cerca, también para periodistas, técnicos y transeúntes atrapados por el cierre de calles. No hace falta un gran incendio para que haya lesiones serias: basta el fogonazo de un molotov que cae mal, el rebote inesperado, el humo que te cierra la garganta, o el golpe de una piedra que llega desde un ángulo ciego. Tirana, esa noche, fue eso: ángulos ciegos.
Sali Berisha y la calle: pulso, relato y advertencia
El líder opositor habló de “levantamiento pacífico” mientras el escenario, alrededor, era cualquier cosa menos pacífico. Berisha, rostro veterano de la política albanesa, se colocó en el centro del relato con dos movimientos clásicos: denunciar la represión y presentarse como intérprete de una indignación nacional que, según su discurso, ya no se puede contener con tecnicismos parlamentarios. La protesta no era sólo contra el Gobierno; era, en su marco, contra una forma de poder que acusa de corrupta y enquistada desde hace años.
El Gobierno, por su parte, sostiene que el límite se cruzó cuando aparecieron los molotov, la pirotecnia pesada y los ataques directos al cordón policial. En esa discusión —quién empezó, quién respondió, quién “provocó”— se juega buena parte del día siguiente. Porque las imágenes de un molotov volando son simples y demoledoras; y las de un agente con quemaduras, también. La política, aquí, va con cámara lenta y frame a frame.
El golpe a Bledion Nallbati y el paso por el hospital
Uno de los episodios que más elevó la temperatura política fue la hospitalización del diputado opositor Bledion Nallbati. Medios locales informaron de que fue golpeado con una porra por agentes antidisturbios durante los enfrentamientos y que terminó en el hospital, con Berisha desplazándose para verlo y denunciando un ataque “personal” e injustificado. En un clima ya inflamable, un diputado herido funciona como gasolina: convierte el choque callejero en un asunto institucional, en un “esto ya ha entrado dentro del Parlamento, aunque sea fuera del edificio”.
En esa misma lógica se sitúa el caso del profesional de televisión de News24 herido durante la protesta. La versión difundida por medios albaneses describe una escena de pánico: el cámara, atrapado por las llamas de un molotov, salta del vehículo para escapar del fuego. Berisha, desde el hospital, acusó a la policía de ser responsable del ataque y señaló directamente a un alto mando, Sokol Bizhga, en un discurso cargado de adjetivos y amenazas de rendición de cuentas. Cuando un periodista o un técnico cae en medio, la protesta deja de ser un choque “entre dos” y se convierte en un espacio donde cualquier cuerpo puede acabar pagando.
Albana Koçiu y la respuesta del Estado: “violencia bárbara”
La ministra del Interior, Albana Koçiu, reaccionó con una condena frontal. Habló de “violencia bárbara”, pidió responsabilidades y sostuvo que el objetivo de quienes violentaron la protesta fue golpear a los agentes. Añadió además un dato que, por sí solo, retrata la amplitud del descontrol: aseguró que también periodistas sufrieron lesiones en medio de la violencia. En su mensaje, la idea es clara y dura: el derecho a manifestarse existe, pero no ampara el uso de fuego y ataques a la policía.
La policía, en su comunicado más completo, describió una secuencia que mezcla orden público y lenguaje judicial: megafonía pidiendo apartarse de la violencia, continuidad de los ataques con molotov y pirotecnia, traslado de heridos y promesa de identificación de autores para llevarlos ante la justicia. Esa insistencia en “documentar” no es casual; es el puente hacia lo que viene después: detenciones selectivas, acusaciones concretas, vídeos revisados fotograma a fotograma, y una batalla de versiones donde cada bando intentará que su clip sea el que quede.
En el terreno, sin embargo, todo eso suena lejano. Lo inmediato es otra cosa: el agua golpeando en abanico, el gas que se mete por debajo de la mascarilla, el molotov que cae a pocos metros y te obliga a elegir entre avanzar o retroceder. Y esa elección, cuando la hace una multitud, se convierte en estampida corta, en empujón, en choque de cuerpos contra una valla metálica que hace de tambor. Tirana, en esas horas, no discute en abstracto: resbala, arde, tose.
El caso Belinda Balluku, la chispa que alimenta el incendio
El trasfondo que explica por qué esta protesta fue tan masiva y tan insistente está ligado al caso de Belinda Balluku, viceprimera ministra y ministra de Infraestructura y Energía, situada en el centro de acusaciones de corrupción. Según Reuters, la tensión política se disparó desde diciembre, cuando una unidad especial anticorrupción la imputó por presunta interferencia en licitaciones públicas de grandes proyectos y por favorecer a determinadas empresas, algo que ella niega. En la protesta, la consigna se escuchó con claridad: “Rama, vete a casa”, “este Gobierno corrupto debe dimitir”.
Aquí entra la mecánica albanesa que importa más de lo que parece: la inmunidad parlamentaria. Los fiscales anticorrupción han pedido al Parlamento que levante la inmunidad de Balluku para permitir medidas más severas, incluida la posibilidad de arresto, y ese paso depende de una votación política en una cámara donde el partido del primer ministro tiene mayoría. Reuters subraya el nudo: no está claro cuándo se votará ni si se votará. Ese “no está claro” es gasolina para la calle, porque convierte la protesta en presión, y la presión en calendario.
Qué es SPAK y por qué se ha vuelto el nombre más repetido
SPAK es, en términos sencillos, el engranaje anticorrupción que en Albania se presenta como la herramienta de choque contra los intocables: corrupción de alto nivel y crimen organizado. En este episodio, su papel es el detonante institucional: acusa, pide levantar inmunidad, empuja la pelota hacia el Parlamento y obliga a todo el mundo a posicionarse. Para la oposición, SPAK es el argumento: “si la Fiscalía pide, el Parlamento no puede tapar”. Para el Gobierno, el marco es otro: “que investiguen, pero sin convertir la calle en tribunal”. Y en medio queda una frase que se repite como un estribillo oscuro: la justicia como campo de batalla político, no como línea de meta.
No es una discusión menor. Albania busca avanzar hacia la integración europea y, en ese camino, la credibilidad del Estado de derecho se mide con lupa. Ese es el contexto que explica por qué una investigación concreta puede desencadenar noches como la del 10 de febrero: porque no se discute sólo una imputación, se discute quién manda, quién controla los contrapesos, quién decide cuándo una acusación se convierte en consecuencia. Tirana lo escenifica con humo; Bruselas lo mira con papeles.
Protestas en serie y un calendario que ya está marcado
Lo ocurrido no cayó del cielo. La protesta del 10 de febrero fue la tercera gran movilización en meses, con antecedentes recientes en los que ya hubo molotov, piedras y respuestas policiales con gas lacrimógeno y cañones de agua. La ciudad, por tanto, no entró en shock: entró en repetición, con un dispositivo preventivo importante y la sensación de que, en cuanto cae la noche, el margen se estrecha. En esta ocasión se desplegaron más de 1.300 agentes para asegurar la zona, según el recuento difundido por la policía.
Y Berisha ya puso fecha a la siguiente. Anunció otra protesta en 10 días, el 20 de febrero, y no lo hizo al azar: eligió una fecha simbólica en Albania, vinculada al derribo de la estatua del dictador Enver Hoxha en 1991, un hito del final del comunismo en el país. Es un gesto de manual político: convertir la próxima cita en algo más que una marcha, cargarla de memoria histórica, de “esto es continuidad de aquello”. La calle, cuando se alimenta de símbolos, se vuelve más difícil de desinflar.
En ese horizonte, la pregunta ya no es si habrá otra concentración —la habrá—, sino en qué condiciones llegará: si con más contención y control interno de la protesta, o con una escalada donde el molotov se vuelva rutina. Las autoridades prometen identificar a responsables; la oposición denuncia excesos policiales; los vídeos circularán, las acusaciones también. La ciudad, mientras tanto, seguirá viviendo con ese mapa invisible de días señalados en rojo: el rojo del calendario y el rojo literal de las llamas.
Febrero 20, Tirana y la política a la intemperie
La noche del 10 de febrero dejó una fotografía incómoda para todos: 16 agentes heridos con quemaduras y lesiones físicas, 16 manifestantes atendidos, 13 detenidos, un diputado hospitalizado y un profesional de televisión herido en pleno ejercicio de su trabajo. Son cifras y nombres que pesan más que cualquier eslogan porque se traducen en partes médicos, denuncias, investigaciones y, sobre todo, en un clima donde cada bando siente que el otro le está empujando a una esquina.
El caso Balluku sigue siendo el núcleo duro del choque: una investigación por presunta corrupción, una petición de levantar inmunidad, un Parlamento con mayoría gubernamental y una oposición que intenta convertir la calle en palanca. Reuters describe el riesgo en términos de estabilidad política tras años de dominio del primer ministro. AP añade el telón de fondo europeo: aspiraciones de integración, vigilancia internacional y la vieja herida de la corrupción como problema estructural. Entre ambas lecturas, Tirana queda como escenario y como termómetro: si el 20 de febrero llega con menos gasolina, se notará; si llega con la misma, el humo volverá a quedarse pegado a las fachadas.

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