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Pogacar, a dos carreras de conquistar las siete grandes vueltas

Cinco carreras ya están en su palmarés; dos rondas suizas separan al esloveno de un pleno excepcional.

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Pogacar agachado en una carrera

Tadej Pogacar ganó el Tour de Romandía de 2026 en su debut, con cuatro victorias de etapa y la clasificación general. El resultado no solo añadió un trofeo a su palmarés: lo dejó a dos pruebas de completar las siete grandes vueltas de una semana que suelen utilizarse para medir la versatilidad de los corredores. Ya había ganado París-Niza, Tirreno-Adriático, Volta a Catalunya y Critérium del Dauphiné; Romandía fue la quinta. Le faltaban la Itzulia y la Vuelta a Suiza. Ese es el alcance concreto del reto, no una afirmación literal de que exista una lista única con la que se pueda completar todo el ciclismo.

La distancia entre esa cuenta y una colección de victorias cualquiera está en la variedad. Son carreras de varios días, con montaña, etapas nerviosas, contrarreloj o finales que exigen leer el pelotón y conservar fuerzas. Ganar una de ellas puede depender de una jornada; aspirar a reunirlas todas exige dominar distintos recorridos y volver a hacerlo en temporadas diferentes. Por eso Romandía tuvo un significado que va más allá de su clasificación: acercó a Pogacar a un pleno poco habitual incluso entre los mejores vueltómanos.

Qué significa estar a dos victorias del pleno

La expresión se refiere a las siete rondas de una semana con mayor tradición y peso en el calendario: París-Niza, Tirreno-Adriático, Volta a Catalunya, Itzulia, Tour de Romandía, Critérium del Dauphiné y Vuelta a Suiza. No son las tres grandes vueltas —el Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España— ni los cinco Monumentos de un día. Son otra categoría: carreras por etapas de una semana que combinan la exigencia de la clasificación general con oportunidades para velocistas, escaladores y especialistas en recorridos quebrados.

La selección funciona como una medida de prestigio e historia, no como un título oficial que el ciclismo entregue al corredor capaz de ganar las siete. Tampoco quiere decir que quien consiga el pleno haya agotado todos los retos posibles del deporte. El titular resume una hazaña acotada: conquistar las siete pruebas de una semana que se consideran de referencia. La precisión importa, porque Pogacar ya posee un palmarés mucho más amplio y, aun así, esta cuenta concreta sigue abierta.

Antes de Romandía, el esloveno había ganado cuatro de esas carreras. La victoria suiza elevó el total a cinco y dejó dos nombres pendientes, ambos de ese país y su entorno: la Vuelta a Suiza y la Itzulia, disputada en el País Vasco. No se trata de que le falten dos triunfos más en cualquier carrera, sino de que debe ganar esas dos pruebas determinadas para completar el conjunto. La dificultad está en la especificidad del objetivo: el calendario ofrece una sola oportunidad anual para cada una y cada edición trae rivales, recorridos y condiciones distintos.

Romandía fue una victoria de etapa y una prueba de fondo

La ronda suiza llegó después de una primavera en la que Pogacar había concentrado sus esfuerzos en las clásicas. En su programa figuraban Strade Bianche, Milán-San Remo, el Tour de Flandes, París-Roubaix y Lieja-Bastoña-Lieja. En ese bloque, la referencia que deja el material disponible es de cuatro victorias y un segundo puesto en Roubaix. Pasar de carreteras con adoquines y muros cortos a una carrera con montaña seria planteaba una incógnita deportiva: si la preparación para las clásicas le habría restado frescura para disputar una general por etapas.

Romandía respondió con claridad, aunque no convirtió todas las jornadas en una exhibición sin resistencia. Pogacar ganó cuatro etapas y la clasificación general. La jornada final, entre Lucens y Leysin, tenía 178,2 kilómetros y terminaba en alto. Florian Lipowitz probó varios ataques en la subida y Primoz Roglic también estuvo entre los protagonistas, pero el esloveno se impuso en la etapa y selló el triunfo global. La general terminó con Pogacar en 20 horas, 5 minutos y 42 segundos; Lipowitz fue segundo, a 42 segundos, y Lenny Martínez acabó tercero, a 2 minutos y 44 segundos.

La diferencia sobre Lipowitz fue suficiente para asegurar la carrera, pero no convirtió la última etapa en una procesión. El alemán obligó al líder a responder y mostró que podía sostener la pelea por los puestos principales. Pogacar se mantuvo a su rueda, administró el esfuerzo y volvió a tener más velocidad al final. Ese tipo de victoria ayuda a entender su dominio: no siempre necesita descolgar a todos desde lejos. A veces controla los movimientos y reserva la aceleración para el momento decisivo, una forma de correr que puede parecer sencilla desde fuera y resulta difícil de ejecutar bajo presión.

La etapa reina, con final en Charmey, ya había anticipado el desenlace. Pogacar atacó en el último ascenso al Jaunpass y se marchó en solitario para ampliar su ventaja. Pablo Castrillo logró una destacada tercera plaza en esa jornada, un resultado relevante para el ciclismo español en una carrera cuyo foco principal estaba en el líder esloveno. La montaña sirvió como examen más directo de su estado: el corredor que había competido en las clásicas conservaba capacidad para atacar en una subida larga y sostener la diferencia hasta meta.

Un contador que también retrata la rivalidad con Vingegaard

Con cinco victorias en esas siete carreras, Pogacar alcanzó a Jonas Vingegaard en la cuenta descrita tras Romandía. El danés había reunido también cinco: París-Niza, Tirreno-Adriático, Volta a Catalunya, Critérium del Dauphiné e Itzulia. En su palmarés quedaban las dos pruebas suizas, las mismas que aún debía conquistar el esloveno. El empate no decide quién es mejor ni sustituye los resultados en las grandes vueltas, pero añade otra dimensión a una rivalidad que suele medirse sobre todo en el Tour de Francia.

Las trayectorias de ambos muestran que el éxito en las carreras por etapas no depende de una sola fórmula. Vingegaard suele construir sus victorias desde la regularidad y la montaña; Pogacar combina ese fondo con una capacidad poco común para ganar clásicas y resolver llegadas rápidas. Son perfiles distintos, aunque se solapen en los objetivos principales. El registro de las siete vueltas de una semana pone a competir su amplitud de palmarés, no solo su rendimiento en una carrera concreta ni el resultado de un duelo directo.

Primoz Roglic permite dimensionar lo complicado que resulta el pleno. Según el recuento de referencia, el esloveno había ganado seis de las siete grandes rondas semanales y solo le faltaba la Vuelta a Suiza. Su caso recuerda que acercarse a la colección no equivale a completarla: una caída, una lesión, un cambio de calendario o una edición en la que otro corredor llega más fuerte pueden dejar pendiente una prueba durante años. La regularidad necesaria se construye a lo largo del tiempo, no solo con una temporada sobresaliente.

La comparación, además, tiene límites. Las siete carreras no tienen recorridos idénticos ni se disputan en el mismo momento del año. Algunas favorecen a los escaladores; otras pueden resolverse con una contrarreloj, una etapa quebrada o una escapada que gane tiempo. El prestigio también procede de su historia y de la calidad de sus participantes, no de que todas sean intercambiables. El contador resulta útil precisamente porque reúne pruebas distintas: obliga a mirar más allá de la especialidad en la que cada corredor suele destacar.

El contraste entre las piedras y la alta montaña

El calendario primaveral de Pogacar hizo que Romandía se leyera como algo más que una victoria adicional. Las clásicas del norte, en especial el Tour de Flandes y París-Roubaix, exigen potencia sostenida, colocación y capacidad para absorber los golpes de los adoquines. La alta montaña pide otro equilibrio: regular el esfuerzo durante más tiempo y responder en ascensos prolongados. Que un corredor pueda competir en ambos mundos no significa que sean exigencias idénticas; lo llamativo es que Pogacar volvió a rendir en una carrera de montaña después de una campaña de un día tan exigente.

París-Roubaix ofreció, además, una medida clara de lo imprevisible que puede ser una clásica. En la edición de 2026, Wout van Aert venció a Pogacar al esprint en el velódromo, después de una jornada marcada por averías, pinchazos y ataques. El esloveno terminó segundo por segunda vez en sus dos participaciones, mientras Van Aert logró su segundo Monumento. Ese desenlace impide describir la primavera como una sucesión de victorias de Pogacar: también hubo rivales capaces de ganarle en una carrera de máxima exigencia.

La Roubaix de ese año se disputó sobre 258,3 kilómetros entre Compiègne y el velódromo André-Pétrieux, con 54,8 kilómetros de adoquines repartidos en tramos. Un pinchazo obligó a Pogacar a perseguir y, más tarde, no consiguió soltar a Van Aert en el Carrefour de l’Arbre. El belga conservó fuerzas para imponerse en el esprint final. El episodio recuerda que la versatilidad no elimina las variables externas: en el ciclismo, una avería o una caída puede modificar una carrera incluso cuando el favorito está en condiciones de ganar.

Romandía, pocos días después, mostró otra cara del mismo corredor. Allí pudo competir por la general, responder a los ataques de Lipowitz y rematar etapas, sin que el segundo puesto en Roubaix se convirtiera en una señal de desgaste. El contraste no demuestra que sea invulnerable ni permite atribuir cada resultado a una característica física aislada. Sí permite observar que su preparación fue compatible con demandas muy diferentes. Esa amplitud es parte de la razón por la que las siete vueltas semanales encajan bien como baremo de su ambición: ninguna de ellas se gana únicamente con una arrancada explosiva.

Una lista que se gana con calendario, adaptación y constancia

Conquistar las siete pruebas implica volver a cada una cuando el calendario y la forma lo permiten. Pogacar tenía la Vuelta a Suiza en el horizonte de aquella temporada como parte de su preparación hacia el Tour de Francia, mientras que la Itzulia resulta más difícil de acomodar en su programa primaveral. Abril suele concentrar sus objetivos de clásicas y Monumentos, justo en una parte del año en la que también se disputa la carrera vasca. La dificultad, por tanto, no es únicamente deportiva: también consiste en encontrar espacio para perseguir cada objetivo sin sacrificar el resto de la temporada.

La Vuelta a Suiza ofrecía una continuidad lógica después de Romandía y antes del gran objetivo francés, pero ganar una carrera como preparación no es automático. El recorrido, el nivel de los rivales y el estado físico de cada semana pueden cambiar el guion. Tampoco basta con llegar como favorito: una general se decide en el conjunto de las etapas, y una ventaja puede desaparecer en una subida, una contrarreloj o una jornada alterada por el viento. El calendario abre la posibilidad; la carretera determina si se convierte en victoria.

El otro pendiente, la Itzulia, añade un problema distinto. Su ubicación en el calendario coincide con el periodo en que Pogacar ha priorizado las clásicas de primavera, un bloque que ya incluye carreras con gran peso en su palmarés y en su imagen deportiva. Renunciar a una prueba para preparar otra es una decisión habitual en el ciclismo de alto nivel. La cuenta de las siete no mide solo talento: también registra qué objetivos puede encajar un corredor en una temporada, y cuáles quedan desplazados por la búsqueda de otros títulos.

Por eso la cifra de dos pendientes debe leerse con cuidado. No significa que el pleno esté asegurado ni que basten dos participaciones para alcanzarlo. Significa que, en el balance de Romandía, Pogacar había ganado cinco de las siete carreras del conjunto y necesitaba imponerse en las dos restantes. El reto es tangible, pero no tiene fecha de resolución fijada por el propio recuento. Cada edición abre una nueva oportunidad y, al mismo tiempo, devuelve al pelotón a la incertidumbre de la competición.

Romandía amplía el mapa, pero no cierra el debate

La victoria suiza también llegó en una temporada de resultados extraordinarios. El balance recogido tras Romandía atribuía a Pogacar nueve triunfos en once días de competición. No es una cifra que deba confundirse con una predicción de lo que ocurrirá después, pero sí describe la eficacia con la que había convertido sus apariciones en resultados. En una disciplina con rivales especializados y carreras que se deciden por detalles, ganar con esa frecuencia refuerza la impresión de que puede trasladar su rendimiento de un tipo de prueba a otro.

Su siguiente gran referencia era el Tour de Francia, donde buscaba entrar en el grupo de corredores con cinco victorias. Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain figuran entre quienes alcanzaron esa cifra. La persecución de ese objetivo pertenece a otra conversación histórica y no se resuelve con el pleno de vueltas de una semana: son logros diferentes, con formatos y exigencias distintas. La amplitud del palmarés de Pogacar hace que ambas discusiones convivan, pero no conviene fundirlas en una sola medida de grandeza.

También conviene separar los números del efecto que producen en los rivales. Cuando un corredor gana con frecuencia, sus adversarios deben responder a sus ataques y, además, convivir con el recuerdo de otras carreras en las que no lograron seguirle. Ese componente psicológico forma parte del deporte, aunque no pueda medirse con una clasificación. En Leysin, Lipowitz atacó para intentar cambiar el resultado; Pogacar respondió y ganó. La secuencia fue una muestra de superioridad en esa etapa, no una prueba de que cualquier desafío futuro tenga el mismo desenlace.

Tras Romandía, la imagen era la de un ciclista que no se limita a una especialidad y que ha convertido la variedad en una de sus señas de identidad. Ya había ganado cinco de las siete grandes vueltas de una semana y tenía pendientes dos carreras suizas con perfiles y calendarios propios. Completar ese conjunto sería una hazaña delimitada, pero excepcional: no porque agote todos los logros posibles del ciclismo, sino porque exige reunir victorias de prestigio en escenarios muy distintos. Romandía no cerró el mapa; añadió una de las piezas más difíciles y dejó a Pogacar ante dos fronteras todavía abiertas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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