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¿Qué poder tiene Mohamed VI y por qué Zarzuela frena a Juan Carlos I?

Juan Carlos I trató de recuperar su vieja diplomacia con Marruecos, mientras Mohamed VI conserva un poder muy superior al del rey Felipe VI.

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Mohamed VI con ropaje tradicional

Resumen

  • Juan Carlos I habría ofrecido mediar con Marruecos y Zarzuela frenó la vía
  • Mohamed VI conserva mucho más poder político que Felipe VI en España
  • El Majzén rodea al trono marroquí, pero no convierte al rey en una marioneta

Juan Carlos I habría intentado recuperar uno de los viejos instrumentos de su reinado: la diplomacia personal con Marruecos. El rey emérito trasladó su disposición a ejercer de intermediario con Mohamed VI aprovechando la relación acumulada durante décadas con la dinastía alauí. Zarzuela, según la información conocida, frenó la iniciativa. No existe confirmación oficial de la Casa del Rey, una precisión importante antes de convertir una conversación entre bastidores en doctrina de Estado.

El episodio, aun con esa cautela, ilumina algo bastante más interesante que una disputa familiar. Las coronas española y marroquí se parecen en las fotografías —uniformes, recepciones, palacios, tratamientos— pero políticamente pertenecen a mundos distintos. Felipe VI representa al Estado español, aunque no dirige su política exterior. Mohamed VI, en cambio, conserva un poder constitucional y efectivo extraordinariamente superior. No es una marioneta manejada desde alguna habitación oscura del palacio. Existe un entorno poderoso, el célebre Majzén, pero el centro de gravedad continúa siendo la Corona.

Juan Carlos I y Marruecos: cuando una llamada podía importar

Para entender por qué el emérito habría pensado que todavía podía ayudar hay que regresar a la relación entre Juan Carlos I y Hassan II. Los dos monarcas cultivaron durante años una familiaridad excepcional dentro de la diplomacia europea y norteafricana. Se trataban con una proximidad que permitía llamadas directas, mensajes discretos y conversaciones difíciles de imaginar entre dos ministerios de Exteriores.

Aquella proximidad, conviene decirlo, nunca convirtió a España y Marruecos en una pareja sin problemas. Ni mucho menos. El Sáhara Occidental, Ceuta, Melilla, la pesca, la inmigración o los equilibrios con Argelia siguieron produciendo fricciones. Las amistades regias tienen sus límites cuando aparece un mapa sobre la mesa. Hassan II defendía los intereses marroquíes y Juan Carlos I los españoles; el afecto podía suavizar el ruido, no borrar las fronteras.

La diferencia estaba en el canal. Entre ambos existía una especie de teléfono político de emergencia. Hassan II llegó a trasladar al monarca español que el futuro de Ceuta y Melilla quedaría para la siguiente generación. Y esa generación es precisamente la que hoy ocupa los dos tronos: Felipe VI y Mohamed VI.

El precedente de 2007 explica bien hasta dónde llegaba aquella amistad. Juan Carlos I y la reina Sofía visitaron Ceuta y Melilla los días 5 y 6 de noviembre. Marruecos respondió llamando a consultas a su embajador en Madrid y calificó el viaje como una provocación. La cordialidad entre las casas reales no impidió el choque. Lo amortiguó después, que no es exactamente lo mismo.

Felipe VI y Mohamed VI no heredaron la misma complicidad

Felipe VI y Mohamed VI se conocen desde jóvenes. Eso tampoco significa que sean amigos. La relación actual es mucho más fría, protocolaria y condicionada por la política que la que mantuvieron sus padres. El periodista José Apezarena ha asegurado estos días que no existe una buena relación personal entre ambos y que no cabe esperar una amistad comparable con la generación anterior.

Hay también una razón institucional que suele perderse cuando se habla de las dos coronas como si fueran equivalentes. El rey de España puede conversar, representar, facilitar contactos y ejercer una valiosa diplomacia de Estado, pero el Gobierno dirige la política exterior española. Felipe VI no puede decidir por su cuenta la estrategia hacia Rabat y, con mayor motivo, Juan Carlos I tampoco puede hacerlo después de su abdicación.

Ahí está probablemente la cuestión de fondo del supuesto freno de Zarzuela. Una mediación del emérito, aunque naciera con buena intención y aunque Mohamed VI atendiera el teléfono, abriría un canal paralelo difícil de encajar institucionalmente. Dos diplomacias para una misma crisis suelen terminar produciendo tres versiones de la misma conversación. Y eso, frente a Marruecos, es jugar con cerillas cerca de la gasolina.

Ceuta vuelve a poner a las dos coronas frente al espejo

La actualidad ha devuelto este viejo problema al primer plano. La posibilidad de que Felipe VI visite Ceuta ha reaparecido en el debate sobre las relaciones entre Madrid y Rabat. Juan Carlos I fue el último jefe del Estado que viajó a la ciudad, en 2007, y aquella visita provocó la retirada temporal del embajador marroquí.

Casi dos décadas después, Ceuta continúa siendo uno de esos lugares donde un gesto protocolario pesa políticamente más que varias páginas de un comunicado diplomático. Para España, una visita del rey es normal dentro del territorio nacional. Para Marruecos, que mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla, posee inevitablemente una lectura política.

De ahí que la supuesta iniciativa de Juan Carlos I tenga una lógica biográfica. Él conoce personalmente ese terreno, vivió el conflicto de 2007 y conserva relaciones históricas dentro de la monarquía alauí. Pero tener contactos no equivale a tener mandato. El emérito dispone de agenda; el Estado dispone de política exterior. Son cosas diferentes.

Mohamed VI no reina como Felipe VI: gobierna mucho más

Aquí aparece la cuestión verdaderamente decisiva. Hasta qué punto manda Mohamed VI tiene una respuesta bastante clara: manda mucho. Bastante más, desde luego, de lo que puede hacerlo un monarca parlamentario europeo.

La Constitución marroquí de 2011 introdujo reformas, reforzó formalmente al Gobierno y estableció que el jefe del Ejecutivo debe proceder del partido vencedor en las elecciones legislativas. Pero Marruecos sigue estando muy lejos del modelo de una monarquía parlamentaria como la española. El rey conserva resortes centrales del Estado, especialmente en los ámbitos considerados estratégicos.

Mohamed VI es jefe del Estado, comandante de los creyentes y jefe supremo de las Fuerzas Armadas Reales. Preside el Consejo de Ministros, donde se deciden las grandes orientaciones estratégicas; posee atribuciones determinantes sobre defensa, seguridad y nombramientos de alto nivel; puede disolver las cámaras en determinadas circunstancias y preside el Consejo Superior del Poder Judicial. A ello se suma una autoridad religiosa que no tiene equivalente en la monarquía española.

La comparación con España resulta casi engañosa. Felipe VI reina dentro de un sistema donde los actos de la Corona están sujetos al refrendo y donde el Gobierno dirige expresamente la política interior y exterior. Mohamed VI está situado mucho más cerca del lugar donde se fabrica la decisión política. Uno representa fundamentalmente el poder del Estado; el otro participa sustancialmente en él.

El Majzén existe, pero no es un gobierno fantasma contra el rey

Alrededor de Mohamed VI funciona una estructura que en Marruecos recibe desde hace siglos el nombre de Majzén, o Makhzen en la transcripción francesa habitual. La palabra es antigua; incluso está emparentada etimológicamente con nuestro “almacén”. Con el tiempo pasó a designar el aparato del sultán y hoy sirve para describir, de manera flexible, la constelación de poder que rodea a la monarquía.

Ahí aparecen el gabinete real, consejeros, altos funcionarios, responsables de seguridad, empresarios, tecnócratas y redes de influencia vinculadas al palacio. No es una organización clandestina con carné de socio ni una mesa secreta que se reúne a medianoche. Es una red de instituciones, lealtades e intereses cuyo centro histórico y político es la Corona.

El gabinete de Mohamed VI posee además una capacidad muy superior a la que tendría el gabinete privado de un monarca europeo. Consejeros reales intervienen en grandes cuestiones diplomáticas, económicas y estratégicas; preparan decisiones, negocian y supervisan su aplicación. Algunos mantienen durante años una influencia considerable incluso cuando cambian los gobiernos elegidos.

Eso explica por qué desde fuera puede producirse la impresión de que existe un “poder detrás del rey”. Existe poder alrededor del rey, sin duda. Pero la formulación correcta es otra: el Majzén no sustituye normalmente a Mohamed VI; prolonga su autoridad. Hay rivalidades internas, consejeros especialmente influyentes y equilibrios que ningún soberano controla de forma microscópica, como ocurre en cualquier sistema complejo. Presentar al monarca como un muñeco movido por un entorno oculto, sin embargo, no encaja con la arquitectura política del régimen.

Esta diferencia ayuda a comprender otro rasgo esencial de Marruecos. Los primeros ministros cambian, los partidos ganan o pierden elecciones y los ministros entran y salen. El palacio permanece. En cuestiones consideradas estratégicas —la integridad territorial, el Sáhara Occidental, la seguridad nacional, las Fuerzas Armadas o las grandes relaciones internacionales— la monarquía garantiza una línea de continuidad que atraviesa legislaturas.

La política hacia España debe leerse desde ahí. Madrid puede negociar con el Gobierno marroquí, con su Ministerio de Exteriores o con otros departamentos, pero las cuestiones realmente sensibles terminan inevitablemente cerca del palacio. El episodio de 2022 fue revelador: el cambio español sobre el Sáhara Occidental se articuló mediante una carta de Pedro Sánchez dirigida directamente a Mohamed VI. No al primer ministro marroquí. Al rey.

Dos monarquías vecinas, pero dos clases distintas de poder

España y Marruecos comparten comercio, empresas, seguridad, lucha antiterrorista, gestión migratoria, pesca, conexiones energéticas, una frontera terrestre y un Mundial de fútbol en 2030 junto a Portugal. El intercambio comercial bilateral mueve decenas de miles de millones de euros y España se ha consolidado como principal socio comercial de Marruecos. Eso coloca la relación bastante lejos del folclore de palacio.

También están Ceuta y Melilla, el Sáhara Occidental y la presión migratoria. Geografía pura: catorce kilómetros de Estrecho pueden ser muy pocos para la economía y muchísimo para la política.

Por eso la vieja diplomacia personal de Juan Carlos I resulta a la vez comprensible y anacrónica. Comprensible porque durante décadas funcionó como un recurso adicional. Anacrónica porque la España de Felipe VI separa con mucha mayor claridad la Corona y la acción del Gobierno. El emérito, después de abdicar en 2014, está todavía un escalón más lejos de cualquier competencia oficial.

Marruecos opera de otra manera. Mohamed VI puede utilizar a sus ministros, diplomáticos y consejeros, pero ninguno convierte al soberano en una figura ceremonial comparable con Felipe VI. Cuando Rabat adopta una posición realmente estratégica, resulta difícil imaginarla en oposición abierta al palacio real.

El teléfono de Juan Carlos ya no es política exterior

La relación entre las dos coronas ha pasado, en medio siglo, de una diplomacia construida sobre las personalidades de Hassan II y Juan Carlos I a otra mucho más institucional, fría y asimétrica. Felipe VI y Mohamed VI pueden compartir protocolo, apellido dinástico y fotografías de gala; no comparten la misma posición dentro del Estado.

Ese es el detalle que explica casi todo. Juan Carlos I conserva memoria, relaciones personales y probablemente puertas que todavía se abren cuando llama. Pero ya no tiene una función constitucional que le permita convertir esos contactos en política española. Zarzuela tiene razones institucionales para evitar una diplomacia paralela en uno de los asuntos exteriores más delicados que tiene España.

Y al otro lado del Estrecho tampoco espera un rey ornamental. Mohamed VI gobierna dentro de una red poderosa, el Majzén, cuyos engranajes son menos visibles que los de una democracia parlamentaria europea y cuya influencia es enorme. Pero el palacio no es el decorado del sistema marroquí: es una de sus piezas centrales.

Quizá ahí esté la paradoja de estas dos coronas vecinas. La española luce más en la ceremonia y decide menos; la marroquí se deja ver con menor frecuencia, pero conserva mucho más poder político. Las fotografías pueden parecerse. El régimen que hay detrás, en absoluto.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.