Ciencia
¿Qué sabemos del posible nuevo dinosaurio gigante hallado en Igea?
Los fósiles de Igea apuntan a un gran dinosaurio herbívoro desconocido y abren una ventana inédita al Cretácico de La Rioja bajo sus tierras.

Resumen
- Los fósiles de Igea podrían pertenecer a una especie aún desconocida
- El animal era un gran herbívoro de unos diez metros del Cretácico
- Las excavaciones seguirán en 2027 para aclarar su clasificación científica
Los fósiles recuperados en el yacimiento de Las Cerradas, en Igea, permiten trabajar con una posibilidad tan sugerente como todavía provisional: el gran dinosaurio herbívoro encontrado en esta localidad riojana podría pertenecer a una especie desconocida para la ciencia. No está confirmado, conviene subrayarlo, pero los huesos extraídos durante la campaña de julio ofrecen una imagen mucho más completa del animal.
Los investigadores disponen de vértebras que probablemente representan cerca de la mitad de su cola, partes de la pelvis, una escápula y varios huesos de las manos. El ejemplar vivió hace aproximadamente 120 millones de años, durante el Cretácico Inferior, cuando el paisaje de La Rioja tenía poco que ver con las laderas secas y los viñedos actuales: aquello era un extenso territorio de lagunas, canales someros y barro. Mucho barro.
Igea desentierra un enorme herbívoro del Cretácico
La campaña se desarrolló entre el 4 y el 12 de julio bajo la dirección del equipo Garras, con la colaboración de investigadores universitarios. Fueron nueve jornadas de trabajo marcadas por las altas temperaturas y por ese ritmo lento, casi de relojero, que exige una excavación paleontológica: cinceles pequeños, brochas, resinas, fotografías y cada fragmento registrado antes de moverlo unos centímetros.
El área abierta en Las Cerradas alcanzó los 36 metros cuadrados. Durante varios días, sin embargo, aparecieron pocos fósiles y llegó a temerse que el nivel con restos se hubiera agotado. El equipo amplió entonces la excavación hacia una zona inicialmente descartada. La roca empezó a devolver huesos de manera continua y alteró por completo el plan previsto. La paleontología tiene estas bromas: millones de años esperando y, cuando por fin alguien llega, obliga a excavar justo donde no estaba previsto.
Los huesos que empiezan a dibujar al animal
Las vértebras recuperadas en las campañas de 2025 y 2026 permiten reconstruir probablemente alrededor de la mitad de la cola, sobre todo su parte media y posterior. A ellas se suman piezas de la cintura pélvica, una escápula y huesos de la mano, entre ellos metacarpos y falanges, equivalentes, con las distancias anatómicas necesarias, a los huesos de nuestra palma y nuestros dedos.
No se trata únicamente de acumular piezas en una vitrina. Cuantas más regiones del esqueleto estén representadas, más posibilidades habrá de calcular sus proporciones, reconocer rasgos exclusivos y compararlo con otros dinosaurios emparentados. Las estimaciones previas sitúan al ejemplar cerca de los diez metros de longitud, aunque su tamaño exacto deberá revisarse cuando los restos sean restaurados y estudiados en conjunto.
El animal pertenece al grupo de los ornitópodos, una extensa familia de dinosaurios herbívoros que incluía formas capaces de caminar sobre las patas traseras o desplazarse a cuatro patas. Los investigadores lo identifican, de manera más concreta, como un ornitópodo estiracosterno, un linaje en el que se encuentran dinosaurios próximos al conocido Iguanodon.
Por qué podría tratarse de una especie nueva
La hipótesis no nace de una ocurrencia veraniega ni de la necesidad de poner un nombre vistoso en un cartel. El material presenta suficiente calidad y potencial anatómico para plantear que el ejemplar no encaje exactamente en ninguna especie descrita hasta ahora. Pero entre sospecharlo y demostrarlo queda todavía un camino largo, cubierto menos de polvo épico que de mediciones, comparaciones y revisiones académicas.
Los paleontólogos deberán contrastar cada hueso con otros ornitópodos del Cretácico Inferior europeo. Buscarán diferencias consistentes en las vértebras, la pelvis, la escápula o las extremidades; rasgos que no puedan explicarse por la edad del individuo, una lesión, la deformación geológica del fósil o simples variaciones dentro de una especie ya conocida. Ser distinto no basta. Tiene que serlo de una manera anatómicamente reconocible y científicamente defendible.
Solo después podría elaborarse una descripción formal, establecerse un ejemplar de referencia y proponerse un nombre científico en una publicación especializada. La taxonomía es poco amiga de las prisas, por fortuna. Un dinosaurio no se estrena como una colección de temporada; debe sobrevivir al examen de otros especialistas.
Una especie nueva ampliaría el conocimiento sobre la diversidad de grandes herbívoros que vivieron en la península ibérica hace entre 120 y 125 millones de años. También permitiría estudiar cómo se relacionaban los ornitópodos de la cuenca de Cameros con los encontrados en otros territorios europeos, en una época en la que la geografía continental estaba fragmentada y las faunas podían evolucionar con rasgos propios.
Las Cerradas conserva sedimentos de la Formación Enciso, depositados en un antiguo sistema lagunar. El territorio que ocupan La Rioja y zonas próximas de Burgos y Soria formaba entonces un mosaico de humedales de más de 400 kilómetros cuadrados. En sus orillas caminaban herbívoros de gran tamaño, merodeaban dinosaurios carnívoros y quedaban impresas huellas que, millones de años después, convertirían esta comarca en uno de los grandes archivos paleontológicos de la península.
Cocodrilos, peces y tiburones bajo la misma roca
La excavación no ha entregado únicamente huesos del gran ornitópodo. También han aparecido restos de cocodrilos, peces y vegetales, además de coprolitos, es decir, excrementos fosilizados, atribuidos a hibodóntidos, un grupo extinto de tiburones que podía vivir en aguas dulces.
Entre los peces identificados aparecen lepisosteiformes, un antiguo linaje caracterizado por sus escamas duras. Puede parecer material secundario frente al esqueleto de un dinosaurio gigante, pero científicamente tiene una importancia enorme. Estos fósiles permiten reconstruir el lugar donde vivía el animal: la vegetación de las orillas, la fauna de los canales, la composición del agua y las posibles cadenas alimentarias.
Un hueso cuenta quién estuvo allí; todo lo que lo rodea explica cómo era su mundo. El estudio de estos restos permite pasar de una colección de piezas aisladas a la imagen de un ecosistema completo, con depredadores, herbívoros, peces, plantas y animales adaptados a las zonas húmedas.
El investigador Manuel Pérez Puello analiza, además, polen y esporas fosilizados en los sedimentos mediante un estudio palinológico. Esas partículas microscópicas pueden revelar qué plantas crecían alrededor del antiguo lago. La escena empieza así a ganar textura: agua somera, vegetación húmeda, peces acorazados, cocodrilos y un herbívoro de varias toneladas avanzando por un terreno blando que aún no se llamaba La Rioja.
El precedente de Riojavenatrix lacustris
Igea ya conoce el proceso que transforma unos huesos dispersos en una especie nueva. En 2024 fue descrito Riojavenatrix lacustris, un dinosaurio carnívoro de la familia de los espinosáuridos cuyos restos habían sido recuperados en el municipio. Medía aproximadamente entre siete y ocho metros y presentaba una combinación anatómica que permitió diferenciarlo de otros depredadores conocidos.
Su nombre, que puede traducirse como cazadora lacustre de La Rioja, alude al paisaje de lagos donde vivió. Durante años, algunos de sus fósiles habían sido atribuidos a Baryonyx, un espinosáurido descubierto en Inglaterra. La revisión detallada de la pelvis, las patas traseras y las vértebras reveló que se trataba de otro animal.
La ciencia, a veces, no encuentra algo nuevo bajo la tierra, sino dentro de un cajón que llevaba tiempo esperando una segunda mirada. El caso de Riojavenatrix lacustris demuestra hasta qué punto una revisión anatómica puede modificar lo que se creía saber sobre un fósil.
Ese precedente obliga a tomar en serio la hipótesis de Las Cerradas, aunque no permite adelantar el resultado. Cada ejemplar debe sostenerse sobre sus propios caracteres anatómicos. Que Igea haya dado ya una especie desconocida no convierte automáticamente al nuevo herbívoro en otra; demuestra, eso sí, que el subsuelo local posee una riqueza paleontológica extraordinaria y todavía incompletamente estudiada.
La campaña de 2027 deberá completar el rompecabezas
La abundancia de restos obliga a regresar al yacimiento en 2027. Queda por seguir la cola, ampliar la superficie excavada y comprobar si aparecen partes especialmente útiles para identificar al animal, como más elementos del cráneo, dientes o huesos articulados. El hallazgo de alguna de estas piezas podría resultar decisivo para precisar su clasificación científica.
También habrá que restaurar el material ya extraído, retirando cuidadosamente la roca que aún lo envuelve y estabilizando las piezas más frágiles. La excavación sobre el terreno es solo la primera mitad del trabajo. Después llega el laboratorio, donde la paciencia pesa tanto como el conocimiento y cualquier movimiento brusco puede borrar una señal conservada durante millones de años.
Cada fósil se conserva en las colecciones del Centro de Interpretación Paleontológica de La Rioja, en Igea. Allí comienza una segunda excavación, menos visible que la realizada al aire libre: la del laboratorio. Bajo lupas y herramientas de precisión, los bloques de piedra irán dejando aparecer bordes, articulaciones y pequeñas marcas musculares. Un milímetro puede cambiar una clasificación.
No existe todavía un nombre para este dinosaurio ni certeza de que vaya a recibirlo. Lo que sí existe es un ejemplar cada vez mejor representado y un yacimiento que sigue ofreciendo piezas cuando parecía dispuesto a callarse. Las Cerradas ha pasado de ser una promesa a convertirse en uno de los enclaves más interesantes para comprender los grandes herbívoros del Cretácico Inferior ibérico.
Un gigante sin nombre vuelve a colocar a Igea en el mapa
El hallazgo importa porque añade huesos, pero sobre todo porque añade contexto. Permite observar a un gran ornitópodo dentro de su ecosistema y no como una silueta aislada: rodeado de lagunas, vegetación, peces, cocodrilos y tiburones de agua dulce. Una fotografía imposible, tomada con 120 millones de años de exposición.
Quizá el estudio confirme una nueva especie. Quizá termine situando al ejemplar dentro de un género ya conocido y obligue a moderar los titulares. Ambas posibilidades serían valiosas, aunque una resulte menos vistosa. La ciencia no consiste en conseguir siempre el dinosaurio más espectacular, sino en averiguar qué animal fue realmente.
En Igea, de momento, el gigante sigue sin apellido. Pero ya ha empezado a contar su historia, vértebra a vértebra, desde una roca que guardó silencio durante más de cien millones de años y que ahora devuelve, muy despacio, una parte desconocida de la prehistoria de La Rioja.

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