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El discurso de Netanyahu en la ONU, bajo examen

Testimonios desde Gaza contradicen una de las afirmaciones más llamativas del primer ministro israelí.

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Netanyahu mentió en la ONU

Benjamin Netanyahu aseguró ante la Asamblea General de Naciones Unidas que sus palabras se estaban transmitiendo a los teléfonos móviles de los gazatíes. Sin embargo, palestinos residentes en la ciudad de Gaza contactados por la agencia EFE negaron haber recibido o escuchado ese mensaje, y la agencia comprobó que los móviles de varias personas presentes no emitieron avisos ni reprodujeron el discurso. La afirmación del primer ministro no coincide con esos testimonios ni con la comprobación sobre el terreno.

Ese contraste permite describir una discrepancia verificable, pero no demuestra por sí solo qué sabía Netanyahu cuando habló ni qué mecanismo técnico se habría empleado. Llamarlo mentira deliberada exige acreditar la intención, algo distinto de constatar que una afirmación no está respaldada. El episodio importa, además, porque no fue una frase secundaria: formó parte de una puesta en escena destinada a presentar al dirigente israelí hablando directamente a la población de Gaza mientras pedía a Hamás que liberase a los rehenes. La evidencia disponible sostiene que la retransmisión a los móviles no quedó acreditada, no que se conozca con certeza la intención del orador.

La afirmación sobre los teléfonos y lo que pudo comprobarse

Durante su intervención, Netanyahu atribuyó a los servicios de inteligencia israelíes la difusión en directo de su discurso a los móviles de los habitantes de Gaza y de miembros de Hamás. Antes de la alocución, la oficina del primer ministro había anunciado otra iniciativa: colocar altavoces en camiones situados en el lado israelí de la frontera para hacer llegar el mensaje a la Franja. Son dos canales diferentes. Que se anuncie una emisión mediante megafonía no demuestra que los teléfonos de la población fueran intervenidos o recibieran una transmisión. La distinción entre altavoces fronterizos y teléfonos personales es esencial para evaluar lo que se dijo.

EFE habló con palestinos que vivían en la ciudad de Gaza mientras Netanyahu intervenía en Nueva York. Dijeron que no habían escuchado el discurso a través de sus teléfonos, y la agencia comprobó que los aparatos de las personas presentes no transmitieron ningún mensaje. Esa verificación tiene un alcance concreto: recoge testimonios y observaciones en un lugar y un momento determinados. No permite descartar técnicamente cualquier transmisión en toda la Franja, pero tampoco respalda la afirmación general del primer ministro. La comprobación periodística disponible contradice que el mensaje llegara de forma perceptible a los móviles consultados.

La cuestión de los camiones es más limitada. La oficina de Netanyahu comunicó que se habían dispuesto altavoces en vehículos al otro lado de la frontera, pero EFE no pudo verificar que la voz amplificada alcanzara la ciudad de Gaza. Por tanto, tampoco cabe presentar la llegada de esa megafonía a la población como un hecho confirmado. La diferencia entre anunciar un dispositivo y demostrar que funcionó puede parecer menor en una intervención política, pero es precisamente ahí donde se separan la intención comunicativa y el resultado comprobable. En este caso, ni la recepción por móvil ni la llegada del sonido de los altavoces quedaron verificadas de forma independiente.

Un discurso pensado para llegar más allá del hemiciclo

La referencia a los teléfonos convirtió una intervención diplomática en algo más que un mensaje dirigido a los delegados presentes. Netanyahu presentó su discurso como una comunicación directa con los habitantes de Gaza y con los dirigentes de Hamás, y vinculó esa supuesta difusión a una exigencia de rendición y liberación de los cautivos. La imagen buscada era poderosa: un primer ministro que atraviesa las fronteras de la guerra con su voz y se dirige a quienes están al otro lado. La afirmación ampliaba el alcance simbólico del discurso, aunque el alcance técnico no estuviera demostrado.

La escenografía también incluyó referencias a los rehenes y recursos visuales asociados al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, según el artículo original. En la sala de la Asamblea, además, decenas de delegaciones abandonaron el recinto antes o durante la intervención, que transcurrió ante un hemiciclo notablemente vacío. Esos elementos compusieron una escena de aislamiento y desafío, pero no prueban por sí mismos que las afirmaciones del dirigente fueran ciertas o falsas. La puesta en escena ayuda a entender el propósito político del discurso; no sustituye la verificación de sus datos.

También hay una diferencia entre hablar a una población y conseguir que esa población reciba un mensaje. La primera es una decisión retórica; la segunda depende de medios, cobertura y condiciones concretas que no se pueden dar por supuestas en una zona en guerra. Presentar como efectiva una emisión que no se ha podido comprobar transforma una posibilidad anunciada en un resultado afirmado. En una comunicación oficial, esa distancia no es un detalle técnico: afecta a la credibilidad de todo el relato. El episodio muestra cómo una operación anunciada puede adquirir, en el discurso, el aspecto de un hecho consumado.

El marco de Gaza: una guerra que seguía activa

La intervención no se limitó a los teléfonos. Netanyahu habló de los combatientes de Hamás que permanecían en Gaza y defendió la necesidad de continuar la ofensiva para derrotar al grupo. El artículo original señalaba que las operaciones israelíes y los combates seguían activos, de modo que el lenguaje de una victoria cercana convivía con una guerra todavía en curso. Describir a los adversarios como remanentes puede sugerir que el conflicto está en su fase final, pero esa palabra no constituye por sí sola una evaluación militar independiente. El curso de una guerra se mide por lo que ocurre sobre el terreno, no solo por el nombre que un dirigente da al enemigo.

La diferencia entre reducir capacidades y eliminar una amenaza también es relevante. Una fuerza puede sufrir pérdidas importantes y, aun así, conservar capacidad de combate, redes de mando o posibilidad de reorganización. A la inversa, que continúen los ataques no permite deducir automáticamente el tamaño o la fuerza de Hamás. Los datos disponibles en el material de referencia no detallan una evaluación independiente de esas capacidades; por eso, no permiten convertir las expresiones del discurso en un balance militar concluyente. La descripción de una fuerza como residual necesita pruebas que midan su capacidad, no solo una etiqueta política.

El coste humano hacía aún más delicada esa elección de palabras. La información de referencia recogía más de 65.000 muertos en Gaza, según cifras del Ministerio de Salud local que la ONU consideraba fiables en la información citada por uno de los competidores. Esa cifra no resuelve por sí sola las preguntas sobre responsabilidad, objetivos o situación militar, pero impide tratar la guerra como una operación menor o prácticamente terminada. Cuando el primer ministro prometía seguir combatiendo, el escenario descrito seguía siendo el de una campaña de gran escala y consecuencias devastadoras para la población. La retórica de un enemigo debilitado coexistía con una guerra de enorme impacto civil.

Los rehenes y las cifras que cambian según el recuento

Netanyahu pidió a los dirigentes de Hamás que depusieran las armas y liberaran a los cautivos, y mencionó a los 48 rehenes. Ese número también aparece en las críticas del Foro de las familias de rehenes, que reprochó al primer ministro haber leído solo algunos nombres y no haber reconocido a todos los cautivos. Otro recuento incluido en la información de referencia hablaba de 47 personas que seguían retenidas, entre ellas 25 declaradas muertas por el Ejército israelí, además de los restos de un soldado fallecido en Gaza en 2014. Las cifras pueden variar según la fecha y según se incluyan personas vivas, fallecidas o restos aún retenidos.

La diferencia entre 47 y 48 no debe resolverse escogiendo el número más conveniente. Los balances de rehenes pueden cambiar y las organizaciones pueden aplicar criterios distintos al contabilizar a las personas que siguen en Gaza. Lo importante, en este caso, es que el Foro familiar sostuvo que había 48 y acusó a Netanyahu de omitir a parte de ellos al leer los nombres. El episodio revela una tensión entre la representación pública del cautiverio y la exigencia de las familias de que cada persona sea reconocida. Un recuento necesita fecha y criterio para que la cifra tenga significado.

Las familias también cuestionaron que el primer ministro reclamara la liberación de los rehenes mientras defendía prolongar la ofensiva. En su comunicado, según la información publicada por la competencia, afirmaron que cada día adicional de guerra ponía en peligro a los cautivos vivos y amenazaba la recuperación de quienes habían muerto. Esa postura expresa una crítica política de los familiares, no una prueba autónoma sobre las decisiones de Netanyahu. Pero sí pone de relieve que la apelación a los rehenes no unía necesariamente a la sociedad israelí en torno a la estrategia del Gobierno. La invocación de los cautivos podía transmitir determinación fuera de Israel y, a la vez, alimentar reproches dentro del país.

Irán y los límites de la palabra devastado

El artículo original también cuestionaba la afirmación de Netanyahu de que los ataques habían devastado los programas nuclear y balístico iraníes. El término transmite la idea de una capacidad destruida de forma profunda, pero no es una medida técnica precisa. Según los datos recogidos en ese texto, las instalaciones clave sufrieron daños en los ataques de junio y la capacidad operativa quedó degradada, aunque Irán conservaba uranio enriquecido al 60%. La diferencia con el 90%, asociado en el texto al umbral de uso militar, no significa que el material disponible equivalga ya a un arma. Daño severo y eliminación completa son afirmaciones distintas.

La evaluación de un programa nuclear no se reduce a observar edificios dañados. También importa el material ya enriquecido, el conocimiento acumulado, la maquinaria y la posibilidad de reconstruir instalaciones. El artículo original señalaba que el Organismo Internacional de Energía Atómica mantenía preguntas sobre parte del inventario y reclamaba recuperar inspecciones. Si siguen existiendo incógnitas sobre el material y la supervisión, afirmar que el problema ha desaparecido va más allá de lo que esos elementos permiten concluir. La palabra devastado no resuelve las incertidumbres que los controles internacionales todavía deben aclarar.

El mismo matiz se aplica a la idea de que los ataques habrían cerrado el capítulo nuclear iraní. Una ofensiva puede retrasar un programa, dañar su infraestructura o aumentar sus costes sin borrar de manera permanente todos sus componentes. El texto de partida hablaba de un retroceso que podía medirse en meses, no en años, aunque esa estimación debía entenderse como una valoración y no como una medición definitiva. También señalaba que seguían sobre la mesa las inspecciones y las sanciones. Si la diplomacia continúa tratando el programa como un problema vigente, no resulta riguroso describirlo como una amenaza ya neutralizada.

La cifra sobre los hutíes y la falta de un denominador

Otra afirmación examinada en el artículo original era que Israel había eliminado a la mitad del liderazgo hutí. La información de referencia situaba un ataque en Saná el 28 de agosto, en el que murieron el primer ministro de la administración hutí y varios ministros, y mencionaba nuevos bombardeos en septiembre. Esos hechos describen golpes contra figuras de alto rango. No bastan, sin embargo, para confirmar una proporción del 50% sin saber qué cargos se incluyeron en el cálculo y cuántas personas formaban el grupo considerado. Una fracción necesita un total definido para poder comprobarse.

El liderazgo de un movimiento armado no siempre se limita a un gabinete o a una lista pública de dirigentes. Puede abarcar órganos políticos, mandos militares, responsables de seguridad, cuadros regionales y figuras con influencia informal. Si no se explica cuál de esas categorías se utiliza, dos recuentos pueden ofrecer resultados distintos sin que ninguno mida exactamente lo mismo. El artículo original advertía que no había verificación independiente de ese porcentaje y que faltaban una lista y una metodología. Sin saber a quién se cuenta, la afirmación de que ha caído la mitad de la cúpula no es una cifra reproducible.

La muerte de altos cargos puede provocar desorganización y obligar a rehacer cadenas de mando; no equivale necesariamente a desmantelar una organización. Los grupos con cuadros de reemplazo y presencia territorial pueden absorber pérdidas, aunque eso no reste importancia a los ataques ni permita afirmar que sus efectos sean nulos. La cuestión es más acotada: el golpe concreto puede estar documentado, mientras que la magnitud total anunciada sigue sin estarlo. Separar el hecho confirmado de la conclusión propagandística evita confundir impacto con derrota definitiva.

Por qué el discurso agrandó sus afirmaciones

La explicación política más plausible no es una certeza sobre las intenciones privadas de Netanyahu, sino la función que cumplían esas frases en el contexto de la intervención. El primer ministro acudía a la ONU con una guerra prolongada en Gaza, un creciente rechazo internacional y una sala de la que se marcharon decenas de delegaciones. Frente a esa imagen, presentar a Israel como fuerte, eficaz y capaz de dirigirse directamente a sus adversarios permitía disputar el relato de aislamiento. Las afirmaciones de contundencia servían para proyectar control en un escenario diplomático adverso.

El discurso también rechazó la creación de un Estado palestino y criticó a los países que habían reconocido a Palestina, entre ellos Francia, Reino Unido, Australia y Canadá, según la información de referencia. Netanyahu describió esos reconocimientos como una recompensa a quienes apoyaron el ataque del 7 de octubre. Sin embargo, el material de competencia indicaba que más de 150 países reconocían ya a Palestina. La cifra muestra que la tendencia no era una iniciativa aislada, aunque el reconocimiento diplomático no resuelva por sí solo el conflicto ni determine el resultado de una negociación. La respuesta del primer ministro buscó presentar una corriente diplomática amplia como una amenaza para Israel.

Ese marco ayuda a explicar por qué un discurso puede combinar datos comprobables, afirmaciones sin metodología pública y recursos de alto impacto. No demuestra que cada frase falsa fuese formulada con conocimiento de su falsedad. Para sostener que hubo engaño deliberado harían falta pruebas sobre lo que el orador sabía, además de la contradicción entre sus palabras y los hechos disponibles. En el caso de los móviles, la evidencia permite afirmar que los testimonios y la comprobación de EFE no corroboraron la retransmisión; no permite reconstruir por sí sola el proceso interno que llevó a Netanyahu a decirlo. La intención política puede analizarse, pero no debe presentarse como un hecho probado.

La credibilidad se juega en los detalles verificables

La intervención ante Naciones Unidas dejó una mezcla de hechos, interpretaciones y afirmaciones cuya solidez era desigual. Los daños en instalaciones iraníes, las muertes de altos cargos hutíes, la continuidad de la guerra en Gaza y la existencia de rehenes son cuestiones distintas de asegurar que un programa entero quedó devastado, que cayó exactamente la mitad de un liderazgo o que un discurso llegó a los teléfonos de la población. El problema no es solo el tono grandilocuente, sino presentar como comprobado aquello que la evidencia disponible no demuestra.

En el episodio que dio pie a la controversia, la conclusión más firme es también la más limitada: palestinos contactados en Gaza dijeron que no recibieron el discurso en sus móviles, y EFE observó que los teléfonos de las personas consultadas no emitían mensajes. La agencia tampoco pudo verificar que los altavoces fronterizos se escucharan en la ciudad. Eso no revela por sí solo qué ocurrió en cada rincón de la Franja, pero sí impide dar por confirmada la escena que Netanyahu describió. La retransmisión a los móviles quedó sin acreditar y chocó con testimonios directos desde Gaza.

Por eso, la palabra mentira requiere cuidado. En el uso corriente puede describir una afirmación falsa, pero en sentido estricto atribuye voluntad de engañar. El contraste público permite cuestionar la veracidad y señalar que el discurso no encaja con las comprobaciones periodísticas; demostrar la intención exige más. En una tribuna internacional, donde una frase puede moldear la percepción de una guerra y de sus consecuencias, esa diferencia no absuelve al dirigente: obliga a medir cada afirmación con el mismo rigor que se reclama a quienes la contradicen. La credibilidad no se impone con una voz más alta; depende de que las palabras resistan la comprobación.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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