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Qué ofrece EEUU en Abu Dabi para frenar la guerra de Ucrania

Rusia y Ucrania negocian en Abu Dabi con EE.UU.: Donbás, retirada y garantías. Los nombres y el pulso clave que decide mapa de la posguerra. Rusia y Ucrania han vuelto a hablar este sábado en Abu Dabi con Estados Unidos como árbitro impaciente y, a ratos, como arquitecto del guion.

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Rusia y Ucrania negocian en Abu Dabi con EE.UU.: Donbás, retirada y garantías. Los nombres y el pulso clave que decide mapa de la posguerra.

Rusia y Ucrania han vuelto a hablar este sábado en Abu Dabi con Estados Unidos como árbitro impaciente y, a ratos, como arquitecto del guion. El asunto ya no se disfraza: se discute territorio y se discute seguridad para el día después, cuando el ruido de la artillería baje y empiece el otro combate, el de que la paz no se rompa por la primera costura. Las delegaciones trabajan sobre borradores y “parámetros” que, en lenguaje diplomático, significa lo que suena: dónde se traza la línea y quién responde si esa línea vuelve a arder.

La reunión no llega de la nada. Viene encadenada a conversaciones previas, al empuje directo de Washington y a un contexto político muy concreto: Vladímir Putin dio el visto bueno tras reunirse de madrugada del viernes con los emisarios de la Casa Blanca, Steve Witkoff y Jared Kushner; Volodímir Zelenski había hecho lo propio tras verse el jueves con Donald Trump en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, con el mensaje repetido —casi como un mantra útil— de que la guerra debe terminar, pero no a cualquier precio.

Abu Dabi, la sala fría donde se negocia lo caliente

Abu Dabi tiene esa condición de escenario pulcro que a la vez protege y deshumaniza. Brilla, amortigua, aparta. Las conversaciones se celebran lejos del barro del frente, lejos del humo de las subestaciones castigadas, lejos de la cocina política de Kiev y de los pasillos del Kremlin. Allí, sin embargo, se trae a la mesa lo esencial: qué territorio controla quién y qué garantías sobreviven cuando los titulares pasen a otra cosa. No hay, por ahora, una gran ceremonia de paz. Hay una negociación que, por su formato y por el perfil de quienes se sientan, parece pensada para hablar en el idioma de los militares: líneas, corredores, zonas tampón, verificación, riesgos, tiempos.

Según lo que se ha ido filtrando desde fuentes rusas y ucranianas citadas por agencias, se están estudiando varios documentos sobre “territorio, garantías de seguridad y otros aspectos” de un eventual arreglo. Ese plural —varios textos, varias versiones— dice mucho: nadie llega con una sola hoja final, se llega con capas, con alternativas, con frases en las que una palabra puede valer un batallón.

Y el detalle que más llama la atención, porque no es casual, es que se hable de medidas de seguridad una vez concluida la guerra. Es la manera de reconocer que el gran fantasma no es solo cómo parar, sino cómo evitar que se repita. Ucrania, después de casi cuatro años de conflicto a gran escala, no quiere una pausa que se venda como victoria ajena. Rusia, por su parte, no quiere un final que perciba como una antesala de un rearmamento ucraniano con sello occidental.

Donbás, la piedra que no se aparta

En la mesa, el Donbás vuelve a ser el nudo. Y no un nudo pequeño. Fuentes rusas citadas por la agencia TASS han señalado que la retirada de las tropas ucranianas del Donbás es el principal escollo en estas negociaciones trilaterales. Dicho así, suena técnico; traducido, es un pulso sobre una región que es símbolo, industria, ruina y relato nacional para ambos lados.

Desde la perspectiva de Moscú, la exigencia es clara: salida del Ejército ucraniano de la zona que Rusia considera clave en su planteamiento de control territorial. Para Kiev, el planteamiento es casi el reverso: retirarse equivale a ceder, y ceder sin una red de seguridad robusta equivale a abrir la puerta a que, pasado un tiempo, la guerra regrese con otro nombre.

En torno a esa retirada se habla, además, de “parámetros de seguridad”. Es decir, no solo si las tropas se mueven, sino cómo se mueven, cuándo, bajo qué supervisión, con qué garantías de que la otra parte no aprovecha el repliegue. En negociaciones de este tipo, los mapas se convierten en relojes: cada fase tiene un tiempo; cada tiempo, una posibilidad de ruptura.

El debate no está aislado del terreno político. En estos días se ha repetido la idea —atribuida a avances en las conversaciones— de que el gran desacuerdo se habría ido estrechando hasta quedar, prácticamente, en un único asunto. Si eso es cierto o es parte del juego de presión pública, la fotografía encaja con lo que se sabe: cuando todo se reduce a “territorio”, en realidad se reduce a legitimidad, seguridad futura y capacidad de vender el acuerdo en casa sin que parezca una rendición.

Garantías: lo que Kiev pide y lo que Moscú rechaza

Aquí aparece la palabra que lo llena todo: garantías. Ucrania lleva meses insistiendo en que cualquier arreglo debe incluir un compromiso que no sea decorativo. En el texto que se maneja en las filtraciones, Kiev demanda garantías que obliguen a Estados Unidos y a sus aliados europeos a acudir en su defensa si Rusia vuelve a atacar, en una lógica comparable al artículo 5 de la OTAN, ese mecanismo de “uno para todos” que funciona más como disuasión que como botón de emergencia.

Rusia, en cambio, se opone de forma categórica al despliegue de tropas occidentales en territorio ucraniano una vez termine la guerra. Desde el Kremlin, esa presencia se interpreta como una expansión de facto de la infraestructura militar occidental, aunque no exista formalmente la adhesión a la Alianza Atlántica. Y Moscú, además, sigue sosteniendo que la seguridad rusa también debe formar parte del paquete, una fórmula amplia que suele significar lo mismo: que el final no pueda leerse como victoria estratégica de Occidente.

Zelenski, en su discurso vespertino, dejó una frase que revela el filo del momento: es necesario que no solo Ucrania quiera terminar la guerra y tener seguridad, sino que Rusia también tenga esa aspiración. No es ingenuidad; es una manera de poner el foco en el punto ciego de cualquier negociación: si una parte firma pensando en cómo romper mañana, el papel dura lo que dura un cambio de viento.

En este cruce hay un dilema que se repite como una mala canción: Ucrania quiere un paraguas potente, Rusia no quiere paraguas occidental cerca. Estados Unidos busca una fórmula que pueda presentarse como “garantía suficiente” sin comprometerse a algo que, políticamente, se perciba como promesa automática de guerra futura. Entre medias, Europa aparece como presencia necesaria y, a la vez, discutida: porque sin europeos el sistema de seguridad queda cojo, pero con europeos en el terreno Moscú se enroca.

Los nombres propios: quién habla por quién en Abu Dabi

La composición de las delegaciones cuenta una historia por sí sola. Rusia ha enviado un equipo encabezado por el almirante Ígor Kostiukov, número dos del Estado Mayor y jefe de la inteligencia militar. Y, según la versión difundida por el Kremlin, la delegación incluye solo a militares. El mensaje implícito es contundente: se negocia en clave de seguridad, no en clave de reconciliación política; se habla de control y de garantías, no de reconstrucción ni de justicia.

En el lado ucraniano, la delegación incluye figuras con peso real en la estructura de poder de Kiev: Kirilo Budánov, vinculado a la inteligencia militar; David Arajamia, líder del grupo parlamentario del partido de Zelenski; y Rustem Umérov, secretario del Consejo para la Seguridad Nacional de Ucrania. La presencia de un dirigente parlamentario junto a mandos de seguridad sugiere que Kiev está pensando tanto en el mapa como en el relato interno: lo que se acuerde necesitará sostén político y capacidad de explicarse sin que estalle por dentro.

Por la parte estadounidense, el núcleo señalado en las informaciones es doble: Steve Witkoff, enviado especial de Trump, y Jared Kushner, presentado como asesor o emisario en este proceso. En algunos relatos se menciona también a Josh Gruenbaum como asesor de la Casa Blanca presente en las conversaciones. El hecho de que Washington haya puesto nombres de peso —y muy cercanos al presidente— apunta a dos cosas a la vez: que quiere resultados y que quiere control directo del proceso, sin demasiados intermediarios.

El encadenado de reuniones también importa. Putin recibió a Witkoff y Kushner en Moscú, en un encuentro descrito como clave para dar luz verde al formato trilateral. Zelenski se vio con Trump en Davos el jueves. Todo ocurre en una secuencia breve, de pocas horas, como si la diplomacia se hubiera puesto a correr, con prisa y con cálculo.

Qué se discute en los papeles: territorio, zonas y dinero

En negociaciones así, lo que se firma —o lo que se roza— suele tener varias capas: una capa pública, con frases de intención; una capa técnica, con mapas y mecanismos; y una capa política, con concesiones que se maquillan. Lo que se ha filtrado apunta a un paquete donde territorio y garantías van atados, como dos piezas que no encajan si se separan.

Una de las informaciones más llamativas que han circulado, citada por TASS a partir de prensa italiana, habla de documentos que proponen que Kiev ceda territorio a cambio de un programa de apoyo financiero de gran volumen y garantías de seguridad. La cifra que se menciona —800.000 millones de dólares— es descomunal y, por eso mismo, conviene tratarla con cautela: en este punto, más que un número cerrado, parece un elemento de presión narrativa, una forma de colocar sobre la mesa el precio de la paz o el coste de la cesión. Pero el hecho de que aparezca en el debate revela algo importante: Estados Unidos estaría explorando un esquema donde el “sí” ucraniano a una solución territorial se compense con un blindaje material y militar que Kiev pueda presentar como victoria de supervivencia.

En paralelo, aparecen ideas como las zonas desmilitarizadas o mecanismos de control del alto el fuego, incluida la hipótesis de corredores, líneas de separación supervisadas y fórmulas de verificación. Se ha hablado, en términos generales, de posibles “zonas tampón” o “mecanismos de control”, un lenguaje que recuerda a conflictos donde el cese de hostilidades se convierte en un sistema casi ingenieril: sensores, observadores, reglas de contacto, sanciones por incumplimiento.

El gran choque es que cualquier mecanismo de control necesita, en algún punto, presencia internacional o tecnología con acceso. Y ahí vuelve el veto ruso a tropas occidentales, y la desconfianza ucraniana a aceptar un esquema que deje a Kiev sola frente a una Rusia con más profundidad estratégica.

También está el factor “reconocimiento”. Ucrania ha insistido en distintas ocasiones en que no reconocerá formalmente como ruso el territorio ocupado. Rusia, en su planteamiento más duro, busca un resultado que consolide control y legitimidad. Entre esas dos posiciones hay una zona gris donde suelen nacer los compromisos incómodos: control de facto sin reconocimiento de iure, aplazamiento de estatus, referendos futuros bajo condiciones pactadas… palabras que suenan limpias y que, en la práctica, arden.

La guerra mientras se negocia: invierno, presión y tiempo

Negociar no detiene el invierno. En los últimos días, las informaciones sobre la situación en Ucrania han vuelto a colocar el foco en la infraestructura energética y las dificultades de calefacción en ciudades castigadas por ataques. Se ha hablado de edificios sin calor en Kiev y de cortes programados. También han circulado referencias a problemas de suministro eléctrico que afectan a instalaciones sensibles, con menciones a la central de Chernóbil en el contexto de interrupciones de energía. En una guerra larga, estos detalles no son secundarios: condicionan el ánimo social, la política interna y la capacidad del Gobierno para sostener una postura dura sin pagar un coste inmediato en el día a día.

Ese telón de fondo empuja a todas las partes, aunque cada una lo use a su manera. Para Washington, el argumento es el de la urgencia estratégica: cerrar un conflicto que consume recursos, polariza alianzas y redefine equilibrios globales. Para Kiev, el argumento es el de la supervivencia con dignidad: parar la sangría sin hipotecar el futuro. Para Moscú, el cálculo mezcla control territorial, seguridad percibida y la narrativa de que Rusia no retrocede ante presión occidental.

Y está el tiempo político. Trump quiere resultados visibles; Zelenski necesita que cualquier acuerdo no parezca una capitulación; Putin busca un resultado que encaje con su relato interno y con su seguridad estratégica. Las negociaciones en Abu Dabi se mueven, por tanto, en una cuerda floja: si se estiran demasiado, se enfrían y se rompen; si se cierran demasiado rápido, corren el riesgo de ser frágiles o inasumibles.

En este tipo de procesos, el detalle de que la delegación rusa sea militar y que la ucraniana combine seguridad y política sugiere que se están discutiendo cosas que no se pueden dejar para “más adelante”. Lo que no se garantiza hoy, mañana se paga con sangre. Esa es la lógica cruda, sin adornos, que empuja a poner negro sobre blanco.

Un acuerdo posible, un acuerdo vendible, un acuerdo que aguante

Por ahora, Abu Dabi no es la paz. Es el laboratorio. Se habla de retirada en el Donbás, de garantías de seguridad, de la negativa rusa a tropas occidentales, de una demanda ucraniana de blindaje equivalente a una promesa de defensa real, de documentos que intentan casar cesiones con compensaciones. Se habla con nombres y cargos que revelan que nadie está jugando a ser figurante: Kostiukov desde la inteligencia militar rusa, Budánov desde la ucraniana, Arajamia como engranaje parlamentario, Umérov como pieza de seguridad nacional, Witkoff y Kushner como emisarios directos del presidente de Estados Unidos.

El gran interrogante, que nadie formula en voz alta con todas las letras, es si existe un punto donde las tres narrativas puedan convivir. Rusia quiere presentar el final como consolidación de objetivos territoriales y de seguridad. Ucrania necesita presentarlo como protección real y no como pausa humillante. Estados Unidos quiere presentarlo como éxito diplomático y como cierre de un conflicto que se ha vuelto un pozo geopolítico.

En esa intersección caben fórmulas imperfectas. Casi siempre lo son. Un cese de hostilidades que se acompañe de mecanismos de verificación; una línea de control que se gestione como frontera provisional; un paquete de garantías que no se llame artículo 5 pero que, en la práctica, eleve el coste de una nueva agresión; un apoyo financiero y militar que permita a Kiev sostenerse y reconstruir sin quedar expuesta. Todo eso suena plausible en el papel. Lo difícil es lo otro: que aguante cuando la primera provocación ocurra, cuando la primera violación menor se convierta en excusa, cuando el primer cambio político en cualquiera de las capitales reescriba prioridades.

Y, aun así, la escena de Abu Dabi tiene un valor propio: pone a las tres partes en una mesa trilateral con el territorio como palabra central y con la seguridad como condición imprescindible. No es poco, a estas alturas. Es, como mínimo, la admisión de que la guerra no se cierra solo con mapas; se cierra con un sistema que impida que esos mapas vuelvan a moverse a cañonazos.

La paz, medida en kilómetros y en garantías

Lo que sale —o no sale— de Abu Dabi se puede resumir sin grandilocuencia: una discusión sobre metros cuadrados y sobre miedo. El Donbás aparece como el obstáculo principal porque concentra el choque entre control y soberanía, entre victoria y supervivencia, entre la idea rusa de “retirada ucraniana” y la idea ucraniana de “seguridad irreversible”. Estados Unidos está intentando transformar ese choque en un acuerdo que se pueda sostener con papeles, mecanismos y, quizá, un paquete de apoyo tan grande que haga políticamente posible lo que militarmente es doloroso.

El problema, el de siempre, es que la paz no se firma una vez. Se firma cada día después, cuando las patrullas se miran sin disparar, cuando los drones no cruzan, cuando las ciudades pueden encender la luz sin pensar que el zumbido volverá. Abu Dabi, por ahora, es el lugar donde se intenta diseñar esa rutina frágil. Con Kostiukov, Budánov, Umérov, Arajamia, Witkoff, Kushner y el peso de Putin, Zelenski y Trump proyectado sobre la mesa, como una lámpara demasiado potente. Y con el Donbás, ahí, inmóvil, como una palabra que no se deja domesticar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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