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¿Por qué el velo pierde terreno entre las mujeres de Irán tras Amini?
Más mujeres iraníes salen con el cabello descubierto y ropa más libre, pero el hiyab obligatorio continúa vigente y puede acarrear sanciones.

Resumen
- Cada vez más iraníes salen sin velo cuatro años después de Mahsa Amini
- El hiyab obligatorio sigue vigente y las autoridades aún pueden sancionar
- La calle ha cambiado más deprisa que la ley y los ultras piden endurecerla
Cuatro años después de la muerte de Mahsa Amini, algo ha cambiado a simple vista en las calles de Irán. En Teherán y otras grandes ciudades, cada vez más mujeres caminan con el cabello descubierto, prescinden del tradicional abrigo largo y utilizan mangas cortas o prendas que hasta hace no demasiado tiempo podían provocar una intervención de las autoridades. No es una reforma legal ni el final del velo obligatorio. Es, más bien, una transformación social nacida de la desobediencia cotidiana.
El hiyab continúa siendo obligatorio según la legislación iraní y las autoridades conservan instrumentos para sancionar a quienes desafían las normas. Pero la distancia entre la ley escrita y lo que sucede en una avenida de Teherán se ha ensanchado. La presión sostenida de muchas mujeres desde 2022, unida a una aplicación menos sistemática de las restricciones en determinados lugares y momentos, ha dibujado una realidad que difícilmente habría resultado imaginable antes de la muerte de Amini.
Cuatro años después de Mahsa Amini, la calle es distinta
Mahsa Amini tenía 22 años cuando fue detenida en Teherán el 13 de septiembre de 2022 por la llamada Policía de la Moral, que consideró que llevaba de manera inadecuada el velo islámico. Murió tres días después bajo custodia. Su muerte desencadenó una oleada de protestas que sacudió el país y convirtió su nombre en símbolo de una contestación que desbordó rápidamente la discusión sobre la vestimenta.
Las movilizaciones se extendieron bajo el lema “Mujer, vida, libertad” y acabaron planteando una impugnación mucho más amplia del sistema político iraní. La represión dejó cientos de muertos y miles de detenidos. Las grandes protestas terminaron perdiendo fuerza en las calles, pero una parte de aquella movilización sobrevivió de una forma menos espectacular y, quizá por eso, más difícil de eliminar: mujeres que simplemente comenzaron a salir de casa sin cubrirse el cabello.
Y siguieron haciéndolo. Ese gesto repetido miles de veces ha ido modificando el paisaje urbano. En zonas comerciales de Teherán como Tajrish es posible encontrar mujeres sin velo comprando, paseando o reuniéndose en cafeterías; también aparecen cabellos teñidos, maquillaje, camisetas de manga corta y ropa más alejada del código de vestimenta que tradicionalmente han tratado de imponer las autoridades.
El velo sigue siendo obligatorio aunque muchas mujeres no lo lleven
Aquí está el matiz esencial: Irán no ha abolido el hiyab obligatorio. La mayor libertad que se observa en algunas calles no significa que el país haya eliminado legalmente las normas sobre vestimenta femenina ni que las mujeres puedan ignorarlas sin riesgo.
Las autoridades mantienen herramientas para perseguir su incumplimiento y se han documentado procesos judiciales, confiscaciones de vehículos, cierres de establecimientos y vigilancia tecnológica. Es decir, el retroceso de algunas formas de control presencial no equivale a la desaparición del sistema coercitivo.
La normativa destinada a endurecer todavía más los castigos relacionados con el velo quedó frenada antes de aplicarse plenamente. Esa marcha atrás, sin embargo, no derogó la obligación existente. Se ha creado así una situación peculiar: la norma permanece en los códigos mientras una parte creciente de la sociedad actúa en la vida diaria como si hubiera perdido capacidad para determinar cómo debe vestir.
No ocurre en todas partes. Ni siempre. Ni sin consecuencias.
La libertad de vestir avanza de forma desigual en Irán
La imagen de una mujer sin velo tomando un café en Teherán puede sugerir una liberalización mayor de la que realmente existe. La aplicación de las reglas cambia según la ciudad, el espacio público y la coyuntura. La libertad visible en la calle convive con restricciones que continúan teniendo efectos muy concretos.
El cumplimiento de las normas puede seguir siendo exigido con mayor intensidad en instituciones, centros de trabajo, universidades o determinados establecimientos. También se han empleado cámaras y otros sistemas de vigilancia para identificar incumplimientos, mientras algunos negocios han sufrido presiones o cierres por atender a mujeres que no llevaban velo.
En Teherán se han conocido durante los últimos meses cierres de cafeterías vinculados a la presencia de clientas sin hiyab. Al mismo tiempo, sectores del aparato institucional reclaman una vigilancia más estricta. Es una convivencia extraña entre tolerancia de hecho y prohibición legal: una especie de semáforo permanentemente en ámbar.
Los ultraconservadores presionan para recuperar el control
La nueva imagen de las calles ha provocado fuertes críticas dentro del sector más conservador del sistema iraní. El vicepresidente del Parlamento, Ali Nikzad, ha pedido una intervención más firme ante el abandono del velo y ha reclamado que se endurezca la respuesta frente a quienes incumplen las reglas de vestimenta.
La discusión va mucho más allá de una prenda. Desde la Revolución Islámica de 1979, la regulación de la apariencia femenina ha formado parte del entramado ideológico e institucional de la República Islámica. Que una mujer pueda pasear por Teherán con el cabello descubierto no representa únicamente un cambio estético: muestra hasta qué punto una norma considerada durante décadas irrenunciable encuentra dificultades para imponerse de manera uniforme.
Los sectores conservadores lo saben. También las mujeres que salen a la calle sin cubrirse. Ese pulso explica por qué la situación puede parecer contradictoria desde fuera: existe más libertad en la vestimenta, pero también sanciones; menos control directo en determinados espacios, pero mecanismos administrativos y tecnológicos capaces de mantener la presión.
La guerra ha alterado las prioridades de las autoridades
A esta transformación social se ha añadido en 2026 otro elemento: los conflictos militares que afectan a Irán y la necesidad del Gobierno de contener las tensiones internas. Responsables iraníes han reconocido que las condiciones de guerra dificultan dedicar recursos y capital político a una ofensiva generalizada para imponer el velo.
Gholam Ali Hadad Adel, miembro del Consejo de Discernimiento del Sistema, ha admitido públicamente que las circunstancias actuales impiden abordar la cuestión con la intensidad que reclaman los sectores más duros. La lógica es bastante terrenal: con presión exterior, dificultades económicas y malestar interno, una campaña masiva contra mujeres sin velo podría abrir otro foco de conflicto dentro del país.
Eso no significa necesariamente que el Estado iraní haya cambiado de criterio sobre la vestimenta femenina. Significa que sus prioridades se han desplazado. Y esa diferencia importa.
El temor está en lo que pueda ocurrir después
Entre algunas mujeres permanece precisamente esa duda: qué sucederá cuando disminuya la presión exterior y las autoridades recuperen margen para ocuparse de cuestiones internas. La posibilidad de una nueva ofensiva para imponer el velo no es puramente teórica, porque el hiyab obligatorio conserva respaldo legal y destacados sectores institucionales continúan defendiéndolo.
Pero reconstruir exactamente el escenario anterior a septiembre de 2022 parece cada vez más difícil. La diferencia no está únicamente en cuántas mujeres llevan o dejan de llevar una tela sobre el cabello. Está en que una generación ha comprobado durante cuatro años que es posible desafiar públicamente esa norma, aunque hacerlo todavía pueda tener consecuencias.
La ropa, aquí, cuenta una historia política.
Una transformación social que todavía no ha llegado a la ley
Las calles de Teherán muestran uno de los cambios sociales más visibles ocurridos en Irán desde la muerte de Mahsa Amini. Mujeres sin velo, brazos descubiertos y prendas antes muy poco habituales forman parte de escenas cada vez más corrientes. Y precisamente esa normalidad revela la dimensión del cambio.
Sería prematuro, sin embargo, hablar de una libertad plenamente consolidada. La legislación no ha acompañado a la calle. El velo obligatorio continúa existiendo, las sanciones siguen siendo posibles y permanecen otras normas que limitan los derechos y la autonomía de las mujeres iraníes.
Cuatro años después de Mahsa Amini, la transformación más profunda quizá sea esa distancia creciente entre lo que el Estado prescribe y lo que una parte de la sociedad está dispuesta a aceptar. El hiyab no ha desaparecido de los códigos iraníes. De muchas cabezas, en cambio, sí.












