Síguenos

Actualidad

El precio humano del avance ruso en Ucrania, en cifras

Las cifras dibujan una guerra de desgaste, pero dividir muertos por terreno conquistado puede llevar a engaño.

Publicado

el

muertos Rusia cada metro en Ucrania

El avance ruso en Ucrania se mide, en algunos sectores y periodos, en apenas decenas de metros al día. El coste humano, en cambio, se cuenta por cientos de miles: un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) estima que Rusia ha sufrido alrededor de 1,2 millones de bajas desde la invasión a gran escala, con hasta 325.000 militares muertos. La cifra no permite calcular cuántas vidas cuesta cada metro como si existiera una tarifa uniforme, pero sí deja a la vista una desproporción extraordinaria entre el terreno ganado y el desgaste acumulado.

El mismo análisis sitúa las bajas militares combinadas de Rusia y Ucrania en torno a 1,8 millones, con la posibilidad de acercarse a los dos millones en la primavera de 2026 si se mantiene el ritmo del conflicto. Son estimaciones, no un registro definitivo: incluyen categorías distintas y se elaboran con información incompleta. Aun así, su idea central es clara: la guerra avanza poco y consume mucho, mientras el frente se convierte en una prueba de resistencia humana, material y política.

Por qué no existe una cifra fiable de muertos por metro

La pregunta parece pedir una división sencilla: contar los fallecidos rusos y repartirlos entre los metros cuadrados conquistados. Pero esos dos datos no describen exactamente el mismo fenómeno. Los muertos estimados por el CSIS corresponden a un periodo prolongado, desde el comienzo de la invasión a gran escala en febrero de 2022, mientras que los ritmos de avance publicados se refieren a ofensivas concretas, en sectores determinados y durante ventanas temporales más breves. El numerador y el denominador no comparten una medida común.

También cambia el significado de cada término. El terreno puede pasar de manos, quedar bajo fuego sin control estable o ser disputado durante semanas; una línea dibujada en un mapa no siempre representa una posición consolidada. Y las bajas militares no equivalen a muertos: suman fallecidos, heridos y, según el método, desaparecidos o capturados. Dividir todas esas pérdidas por una distancia puede producir una cifra llamativa, pero no una medida precisa del coste de conquistar territorio.

La expresión de que cada metro se paga con vidas funciona como imagen de una guerra de desgaste, no como una contabilidad literal. No hay una tasa fija aplicable a todo el frente: un asalto fallido puede dejar muchas bajas sin modificar el mapa, mientras que una retirada o un cambio de posición puede alterar el control territorial sin reflejar de inmediato el coste humano acumulado. El dato sólido no es una equivalencia exacta, sino el contraste entre pérdidas enormes y progresos limitados.

Qué cuentan las estimaciones sobre las bajas rusas

El cálculo más difundido del CSIS atribuye a Rusia cerca de 1,2 millones de bajas desde febrero de 2022. Dentro de ese total, el centro de análisis estima hasta 325.000 muertos. Para Ucrania, plantea entre 500.000 y 600.000 bajas, de las que entre 100.000 y 140.000 serían fallecidos. Sumadas, las pérdidas militares de ambos bandos rondarían los 1,8 millones. Las cifras rusas son superiores en términos absolutos, aunque los rangos ucranianos también describen un coste enorme para un país con menos población.

Un balance de este tipo no debe leerse como si cada persona incluida hubiera muerto. Un herido puede regresar al servicio tras recuperarse; otro puede quedar incapacitado de forma permanente. Un desaparecido puede estar muerto, ser prisionero o no haber podido ser identificado. Cuando un informe agrupa esas situaciones bajo la categoría de bajas, ofrece una medida amplia del desgaste de las fuerzas armadas, pero no del número de funerales. Los muertos son solo una parte del total, aunque la más irreversible.

La dimensión histórica del informe también exige precisión. La valoración de que Rusia afronta sus mayores pérdidas militares desde 1945 se refiere a las bajas sufridas por una gran potencia en un conflicto posterior a la Segunda Guerra Mundial; no significa que el balance sea comparable, en términos absolutos, con las pérdidas de aquella guerra. Cada época registra de manera distinta y los conflictos no son intercambiables. La comparación sitúa la escala del golpe, pero no elimina las diferencias entre periodos, ejércitos y métodos de recuento.

El frente avanza a ritmos distintos según el sector

Los promedios que recoge el CSIS muestran hasta qué punto los progresos dependen del lugar y del periodo observado. Entre febrero de 2024 y enero de 2026, el avance ruso desde Avdiivka hacia Chasiv Yar se habría situado en unos 15 metros diarios. En la ofensiva hacia Kupiansk, iniciada en noviembre de 2024, el ritmo estimado fue de unos 23 metros al día; en el eje de Pokrovsk, de unos 70. Son medias de campañas concretas, no una velocidad constante para toda la línea de contacto.

La distancia ayuda a imaginar la lentitud: 15 metros equivalen aproximadamente al largo de un autobús, y 70 metros, a una pequeña manzana urbana. Pero la comparación cotidiana no debe ocultar lo que implica avanzar en una zona bajo vigilancia, fuego de artillería y amenaza de minas. Tampoco significa que cada día se tome terreno nuevo: la línea puede estancarse, retroceder o cambiar de forma irregular. Una media diaria resume un movimiento complejo, no una secuencia de conquistas iguales y continuas.

En términos territoriales, el informe calcula que Rusia amplió el área bajo su control en aproximadamente 3.604 kilómetros cuadrados durante los dos años considerados. En 2024 habría capturado cerca del 0,6% del territorio ucraniano y en 2025 otro 0,8%. Desde el inicio de la invasión a gran escala, las fuerzas rusas se habrían apoderado de unos 75.000 kilómetros cuadrados y controlarían alrededor de 120.000, aproximadamente el 20% de Ucrania, según las cifras del estudio. El mapa cambia, pero a un coste alto.

Qué significa hablar de bajas y por qué los recuentos discrepan

En una guerra, ninguno de los dos gobiernos publica un balance completo y actualizado de sus pérdidas militares. Hacerlo puede afectar a la moral, a la política interna y a la percepción de la capacidad de combate. Rusia no ha actualizado su cifra oficial de muertos desde septiembre de 2022, cuando su Ministerio de Defensa comunicó 5.937 fallecidos. Ese dato quedó muy atrás frente a las estimaciones posteriores, pero el silencio oficial no permite por sí solo establecer el total real. La falta de transparencia agranda el margen de incertidumbre.

Para aproximarse al número de muertos, investigadores y medios independientes rastrean esquelas, anuncios de familiares, registros locales, cementerios y memoriales. Mediazona y sus colaboradores habían documentado por fuentes abiertas más de 163.000 militares rusos fallecidos hasta enero de 2026. Ese recuento es una cifra mínima verificable: solo incorpora los casos que dejan rastros públicos y pueden comprobarse. Por eso no contradice necesariamente una estimación mayor; contar nombres confirmados y estimar el total son tareas diferentes.

El análisis citado calcula que los recuentos públicos de cementerios, memoriales y esquelas podrían cubrir entre el 45% y el 65% de las muertes reales. A partir de esa proporción, las estimaciones situarían el total de fallecidos rusos entre 243.000 y 352.000 hasta finales de 2025, un rango que incluye la cifra máxima de 325.000 atribuida al CSIS. No es un margen que autorice a escoger un número como definitivo: muestra hasta qué punto la opacidad obliga a trabajar con intervalos.

También pueden aparecer totales distintos porque los informes se publican en fechas diferentes y usan definiciones o periodos no idénticos. Un balance que llega hasta diciembre de 2025 no se puede comparar sin ajustes con otro que incorpora meses posteriores; tampoco es correcto equiparar muertos confirmados con bajas estimadas. La lectura responsable conserva esas diferencias a la vista. La incertidumbre afecta al número exacto, no borra la magnitud del desgaste que dibujan los distintos recuentos.

Cómo se mantiene una ofensiva pese a las pérdidas

Una cifra tan elevada plantea otra cuestión: cómo puede un ejército seguir atacando tras perder a tantos efectivos. La respuesta no está solo en el número de personas disponibles, sino en la capacidad de reclutar, entrenar, equipar y enviar reemplazos al frente. Rusia ha combinado movilización parcial, contratos con incentivos económicos y reclutamiento en distintas regiones; en diferentes fases de la guerra también ha recurrido a prisioneros y combatientes extranjeros. Reponer efectivos no equivale a recuperar la fuerza perdida.

Un soldado recién incorporado no sustituye automáticamente la experiencia de quien llevaba años combatiendo. Cambian el entrenamiento, la cohesión de la unidad y el conocimiento del terreno; también puede resentirse la coordinación entre infantería, vehículos, artillería y mandos. Por eso, conservar una cantidad elevada de personal no garantiza mantener la misma eficacia. La presión constante puede sostener una ofensiva y, al mismo tiempo, hacerla más dependiente de asaltos repetidos y de la disponibilidad de nuevos efectivos. La masa puede reemplazar cuerpos, pero no siempre experiencia.

El tamaño de Rusia y la distribución geográfica de las pérdidas también influyen en cómo se percibe el coste dentro del país. Si las bajas recaen de forma desigual sobre regiones alejadas de los grandes centros urbanos, su impacto político y mediático puede quedar disperso. Eso no significa que las familias o las comunidades sufran menos, ni que el coste desaparezca; significa que puede no concentrarse en un único lugar visible. La geografía reparte el impacto sin anularlo.

Ucrania afronta una presión distinta. Además de movilizar personal, necesita munición, defensa aérea, entrenamiento, drones y apoyo exterior para sostener la resistencia. Sus pérdidas estimadas son menores en términos absolutos que las rusas, pero no por eso resultan leves: el tamaño de la población y de las fuerzas disponibles cambia la proporción que representa cada baja. Una guerra de desgaste se libra también en la capacidad de cubrir turnos, mantener unidades operativas y cuidar a quienes regresan heridos. El balance humano pesa de manera diferente en cada país.

Drones, minas y artillería: por qué cuesta tanto ganar terreno

El campo de batalla combina trincheras, artillería y campos minados con tecnologías que permiten observar y atacar a distancia. Los drones localizan movimientos, transmiten imágenes y, en algunos casos, golpean directamente a tropas o vehículos. La vigilancia constante reduce las posibilidades de desplazarse sin ser detectado y obliga a las unidades a buscar protección, dispersarse o cambiar de ruta. Ver antes al adversario puede frenar su avance, pero no vuelve inocua la ofensiva.

Las minas y las defensas preparadas canalizan los movimientos hacia zonas donde el atacante puede quedar más expuesto. Si una columna no puede atravesar una ruta, debe buscar otra, abrir paso o insistir; cualquiera de esas opciones consume tiempo y material y puede aumentar el riesgo para quienes avanzan. La artillería y los drones añaden una amenaza que no depende de que el enemigo esté a pocos metros. Así se entiende que un pequeño cambio de línea pueda exigir operaciones largas y costosas. El terreno se convierte en una barrera activa.

La tecnología no ha borrado las formas más antiguas de combate. Las trincheras y la infantería siguen teniendo un papel central, pero ahora se mueven bajo una capa de cámaras, interferencias y ataques a distancia. Cada innovación provoca respuestas: se modifican las rutas, se ocultan equipos y se prueban nuevas tácticas, que a su vez pueden ser detectadas y contrarrestadas. El resultado no es una guerra limpia ni una carrera rápida, sino una adaptación constante en la que cada avance puede abrir un nuevo riesgo.

La guerra también se mide lejos de las trincheras

Las bajas militares no cuentan el daño causado a la población civil. La Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania verificó 2.514 civiles muertos y 12.142 heridos durante 2025, el año más mortífero para la población civil desde 2022. El número de fallecidos y heridos aumentó un 31% respecto a 2024, cuando se registraron 2.088 muertos y 9.138 heridos. Son casos verificados y, por tanto, un mínimo: algunas víctimas no pueden documentarse mientras continúan los combates o el acceso a ciertas zonas es limitado.

La ONU vinculó el aumento de víctimas a la intensificación de los ataques cerca del frente y al uso de armas de largo alcance, además de drones de corto alcance en zonas próximas a las líneas de combate. Para quienes viven allí, el peligro no se limita al momento de una explosión. Las calles pueden quedar vacías, las viviendas dañadas y los desplazamientos cotidianos expuestos a una amenaza difícil de anticipar. La incertidumbre se instala en la vida diaria, incluso cuando el frente no pasa por el centro de una ciudad.

Los ataques a infraestructuras energéticas añaden otra forma de desgaste. La electricidad sostiene hospitales, sistemas de agua y calefacción, y su interrupción puede complicar la vida cotidiana, sobre todo durante los periodos fríos. Reparar una instalación no siempre basta para devolver estabilidad: puede volver a ser atacada y requerir nuevas intervenciones. La guerra prolonga así sus efectos mucho más allá de la línea de contacto. El daño material se transforma en presión social cuando afecta a servicios de los que depende la población.

Las cifras también forman parte de la guerra

Rusia y Ucrania tienen motivos políticos y militares para presentar la evolución del conflicto de manera favorable, y la información sobre bajas es especialmente sensible. Reconocer pérdidas puede influir en la moral y alimentar preguntas sobre reclutamiento, objetivos y duración de la guerra. Al mismo tiempo, exagerarlas o atribuir cifras sin verificación puede servir para sugerir que un adversario está al borde del colapso. Los números son información y también una herramienta de comunicación.

Por eso importa distinguir entre una estimación que expone rangos y categorías y una afirmación que presenta un total enorme sin pruebas independientes. La existencia de una cifra de bajas combinadas cercana a los dos millones no significa que cada bando haya perdido dos millones de personas, ni que el total corresponda solo a muertos. La estimación del CSIS reparte ese balance entre Rusia y Ucrania y separa, con rangos, las muertes de las bajas totales. Confundir categorías cambia por completo el sentido del dato.

El relato oficial de avances y objetivos cumplidos puede convivir con pérdidas muy elevadas, porque un gobierno puede valorar el progreso en términos territoriales, políticos o estratégicos, no solo por la cantidad de terreno ocupado cada día. Pero cuando el avance es lento y el coste se acumula, la distancia entre el mapa y el balance humano se vuelve central para entender la guerra. Una ganancia territorial no mide por sí sola el éxito militar, del mismo modo que el número de bajas no explica, aislado, todos los objetivos de una ofensiva.

El precio del terreno no cabe en una división

Las estimaciones disponibles describen una guerra en la que Rusia ha sufrido cerca de 1,2 millones de bajas, con hasta 325.000 muertos, mientras sus avances recientes en algunos ejes se han medido en decenas de metros diarios. La comparación sirve para mostrar la dureza de la campaña, pero no para calcular una cantidad exacta de muertos por cada metro. El periodo de las pérdidas, el control real del terreno y la definición de bajas no coinciden en una sola unidad. La proporción es una imagen del desgaste, no una cuenta literal.

Lo que sí puede afirmarse es que el coste no se limita a quienes mueren en el frente. Incluye a los heridos, a las unidades que pierden experiencia, a las familias que reciben noticias tardías y a los civiles expuestos a ataques y cortes de servicios. También se acumula en la dificultad de reemplazar personal y mantener una ofensiva sin degradar la capacidad de combate. El desgaste se extiende mucho más allá del parte militar.

La guerra puede seguir produciendo cambios en el mapa, aunque sean lentos, y a la vez dejar un balance humano creciente. Esa es la paradoja que captan los datos del CSIS: un conflicto donde el terreno se disputa metro a metro, pero las consecuencias no pueden reducirse a la distancia ganada. Medirlas exige observar quién avanza, durante cuánto tiempo y a qué coste, sin confundir estimaciones con certezas. El mapa muestra el movimiento; las cifras, solo una parte de su precio.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído