Salud
El calor de 2025 deja miles de muertes en España: qué dicen los datos
Las cifras cambian según el periodo y el método; Barcelona y Madrid encabezan los registros de mortalidad urbana.

El calor extremo del verano de 2025 dejó miles de fallecimientos estimados en España, pero no existe una única cifra que pueda presentarse sin matices. Un estudio sobre ciudades europeas atribuye 3.893 muertes al calor en las principales ciudades españolas entre junio y agosto. Por su parte, el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III ofrecía una estimación nacional distinta: el artículo original situaba el balance en 2.635 muertes hasta el 25 de agosto, mientras que una actualización posterior, ya con septiembre iniciado, lo elevaba a 3.663.
La diferencia no significa necesariamente que una medición sea errónea. Cambian el periodo observado, el ámbito geográfico y el método estadístico: el estudio urbano estima fallecimientos en ciudades y analiza la influencia del cambio climático; MoMo calcula el exceso de mortalidad atribuible a la temperatura en el conjunto del país. Por eso, la respuesta más rigurosa es que el balance depende de qué se cuenta y hasta qué fecha, y que ninguna de estas cifras equivale a una lista cerrada de certificados de defunción por golpe de calor.
Tres cifras que describen fenómenos distintos
Los 3.893 fallecimientos del estudio europeo corresponden a ciudades españolas durante los meses de junio, julio y agosto. El análisis incluyó 854 ciudades de Europa, que representan aproximadamente el 30 % de la población europea. No es, por tanto, un recuento de cada municipio ni una suma directa de todas las defunciones ocurridas en España. La cifra ofrece una estimación urbana amplia, pero su cobertura territorial tiene límites que conviene tener presentes al compararla con registros nacionales.
MoMo responde a otra pregunta: estima cuántas muertes adicionales se asocian a las temperaturas a partir de la mortalidad observada y la esperada. El balance de 2.635 recogido en el artículo original era provisional y tenía fecha de corte del 25 de agosto; la cifra de 3.663 apareció en una actualización posterior, cuando septiembre acababa de comenzar. Al prolongarse el periodo de observación y revisarse los datos, una estimación acumulada puede cambiar. Ninguna de esas cifras debe sumarse a las 3.893 del estudio urbano: se solapan parcialmente y no miden exactamente lo mismo.
También hay que distinguir las muertes directamente certificadas por un golpe de calor de las atribuidas estadísticamente al exceso de temperatura. Las primeras son casos identificados clínicamente; las segundas incluyen fallecimientos en los que el calor pudo agravar enfermedades previas o precipitar una descompensación, aunque no aparezca como causa inmediata en el certificado. El titular sobre cuántas personas murieron depende, en buena medida, de si se cuentan solo los casos directos o también el efecto indirecto del calor.
Cómo se estima la mortalidad relacionada con el calor
MoMo, el sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria del Instituto de Salud Carlos III, compara las defunciones observadas con las que cabría esperar según patrones estadísticos. Cuando se detecta un exceso coincidente con temperaturas elevadas, el modelo estima qué parte puede atribuirse al calor. No necesita que el documento médico de cada persona mencione la temperatura: precisamente por eso puede captar parte del impacto que queda oculto tras causas como una enfermedad cardiovascular o respiratoria.
El resultado es una estimación, no un recuento individual de personas cuya muerte pueda probarse como consecuencia exclusiva del calor. La temperatura puede ser un factor que agrava una situación clínica frágil sin ser el único motivo del fallecimiento. Esa distinción no invalida el dato, pero sí marca su alcance: MoMo mide un exceso poblacional asociado a las temperaturas, mientras que los registros de golpes de calor recogen episodios directos reconocidos por los servicios sanitarios.
El estudio europeo aplica, además, un análisis para calcular cuántas muertes se relacionan con el calentamiento provocado por la actividad humana. Según sus resultados, alrededor del 72 % de las muertes por calor estimadas en las ciudades españolas se atribuyó al cambio climático. En el conjunto de las ciudades europeas, la proporción fue del 68 %. Esas cifras no quieren decir que el calentamiento global explique por sí solo cada fallecimiento: expresan una comparación estadística entre las temperaturas observadas y las que se habrían esperado sin ese calentamiento.
Agosto concentró el golpe más intenso
En el balance provisional recogido por el artículo original, la curva se disparó durante la primera mitad de agosto. Entre el 3 y el 18 de ese mes se estimaron 1.149 muertes atribuibles al calor, casi la mitad de las 2.635 contabilizadas hasta el 25 de agosto. El 17 de agosto fue el día con el valor diario más alto de aquel corte, con 125 fallecimientos estimados; el día anterior se habían calculado 113. Son datos ligados a una actualización concreta y no deben confundirse con el balance posterior de toda la estación.
La concentración temporal importa porque el riesgo no depende solo de la máxima de una tarde. También influye cuánto dura el episodio y si las noches permiten que el organismo se recupere. Cuando el calor se mantiene durante días y las viviendas no refrescan, el cuerpo acumula desgaste: cuesta dormir, aumenta la pérdida de líquidos y resulta más difícil regular la temperatura. Una ola prolongada puede ser más dañina que un día aislado muy caluroso, especialmente para quienes ya tienen una salud delicada.
La mortalidad tampoco sube y baja al mismo tiempo que el termómetro. Los efectos pueden aparecer con retraso, cuando una deshidratación o una enfermedad crónica agravada desembocan en una complicación. Por eso, el final de una ola no supone necesariamente que el impacto sanitario haya terminado ese mismo día. La relación entre temperatura y mortalidad se entiende mejor como una presión acumulada sobre personas y servicios, no como un contador que se detiene en cuanto refresca.
Un verano excepcionalmente cálido en España y Europa
La Agencia Estatal de Meteorología situó el verano de 2025 como el más cálido en España desde que comenzaron los registros en 1961. La temperatura media peninsular fue de 24,2 grados, 2,1 grados por encima de lo habitual y una décima superior al récord anterior, alcanzado en 2022. Ese contexto ayuda a entender la magnitud del episodio, aunque una media estacional no describe por sí sola las diferencias entre territorios ni la exposición de cada persona.
El estudio europeo calificó 2025 como el cuarto verano más cálido registrado en su ámbito de análisis y estimó que las temperaturas estivales europeas fueron entre 1,5 y 2,9 grados más altas de lo que habrían sido sin el cambio climático inducido por el ser humano. Para las ciudades españolas, el análisis atribuyó al calentamiento global un aumento de las temperaturas máximas de hasta 3,6 grados. Son comparaciones entre escenarios climáticos, no una diferencia idéntica observada en cada barrio o localidad.
En el recuento de muertes por calor en ciudades europeas, España quedó por detrás de Italia, con 6.710 fallecimientos estimados, y por delante de Alemania, con 2.445; Francia, con 2.062; Reino Unido, con 1.687; Rumanía, con 1.478, y Grecia, con 1.372. El estudio calculó 24.404 muertes en las grandes ciudades analizadas en toda Europa. La posición de un país en esa comparación no equivale a una tasa individual de riesgo: también influyen el tamaño de la población, la estructura por edades y qué ciudades entraron en la muestra.
Barcelona y Madrid, a la cabeza del recuento urbano
Barcelona registró 786 muertes estimadas por calor y Madrid, 423, según el estudio. También superaron el centenar Valencia, con 219; Zaragoza, con 191, y Sevilla, con 111. Estas cifras se refieren a fallecimientos atribuidos al calor en el análisis de ciudades y no a casos directos de golpe de calor confirmados por los hospitales. Tampoco permiten deducir que cada persona fallecida viviera en las mismas condiciones o tuviera la misma exposición.
Al centrarse en la parte atribuible al cambio climático, Barcelona aparece con 630 muertes estimadas, el 80 % de su balance por calor. Fue la tercera ciudad europea en esa categoría, por detrás de Milán, con 1.156, y Roma, con 835. Madrid registró 387 fallecimientos atribuibles al calentamiento global; el estudio estimó que, sin ese componente de calentamiento, el exceso asociado a las altas temperaturas habría sido mucho menor, con 36 muertes. Valencia sumó 173 y Zaragoza, 120 en esa misma estimación.
Las cifras absolutas no explican por sí solas por qué una ciudad aparece por encima de otra. La densidad urbana, el número de habitantes, la edad de la población y las características de las viviendas pueden influir en la exposición y en la vulnerabilidad. En las zonas con mucho asfalto y edificios que retienen el calor, las temperaturas pueden seguir siendo altas después de la puesta de sol. Ese efecto, conocido como isla de calor urbana, ayuda a entender por qué la ciudad no siempre ofrece alivio cuando termina el día.
Las personas mayores soportan la mayor parte del impacto
El estudio europeo señala que las personas de 65 años o más concentraron el 70 % de las muertes por calor y el 85 % de las atribuidas al cambio climático. La edad, sin embargo, no actúa aislada: pesan también las enfermedades previas, la autonomía, la calidad de la vivienda y la posibilidad de contar con ayuda. El calor puede afectar a cualquiera, pero el cuerpo de una persona mayor suele tener menos margen para compensar la pérdida de líquidos y los cambios de temperatura.
La cadena de efectos no siempre comienza con un golpe de calor evidente. Puede arrancar con una deshidratación que apenas se nota, alterar la presión arterial o agravar un problema renal, respiratorio o cardíaco. Algunos tratamientos también pueden influir en la respuesta del organismo, por lo que los cambios de medicación corresponden a profesionales sanitarios y no deben improvisarse a partir de una recomendación general. El peligro más frecuente puede ser una enfermedad previa que empeora durante varios días de calor, no un colapso súbito bajo el sol.
La vulnerabilidad también tiene una dimensión social. Vivir solo, tener dificultades para desplazarse o no poder mantener la vivienda a una temperatura soportable puede reducir las opciones de protección. La pobreza energética, la falta de sombra en el entorno y una casa que acumula calor durante la noche convierten una ola intensa en una carga más difícil de sobrellevar. Por eso, las diferencias de mortalidad no hablan solo del clima: también revelan quién dispone de más recursos para atravesarlo.
Por qué el calor puede pasar inadvertido en las estadísticas
La imagen más reconocible del calor mortal es la de una persona que sufre un golpe de calor al aire libre. Existe, pero no representa todo el impacto que recogen las estimaciones. Muchas muertes asociadas a las altas temperaturas ocurren tras el agravamiento de dolencias previas y quedan registradas bajo la causa clínica inmediata. Si el calor contribuyó a desencadenar esa descompensación, puede no figurar de manera explícita en el certificado de defunción.
Ese carácter indirecto explica por qué las estimaciones de sobremortalidad pueden ser mucho más elevadas que los casos de golpe de calor identificados. El modelo no afirma que cada muerte adicional tenga una causa única y demostrable; detecta un patrón estadístico compatible con un aumento del riesgo durante periodos calurosos. La cifra es útil para valorar el impacto colectivo, pero no permite reconstruir con certeza qué habría ocurrido con cada persona en ausencia de calor.
También explica por qué las diferencias entre fuentes generan confusión. Una noticia puede referirse a casos directos, otra al exceso de mortalidad calculado por MoMo y otra a muertes estimadas en una muestra de ciudades. Aunque todas empleen expresiones parecidas, no son contadores intercambiables. Antes de comparar dos balances hay que mirar el periodo, el territorio y la definición estadística que utiliza cada uno.
La adaptación no sustituye a la reducción del calentamiento
Los planes frente al calor combinan avisos, coordinación sanitaria y medidas locales para reducir la exposición. Su utilidad depende de que la información llegue a quienes corren más riesgo y de que existan espacios frescos accesibles, con horarios adecuados y sin barreras de transporte. Los centros de salud y los servicios sociales pueden detectar situaciones de aislamiento o fragilidad; las redes vecinales, por su parte, ayudan a que una persona vulnerable no pase inadvertida durante varios días de temperaturas extremas.
En el trabajo, la prevención depende de organizar las tareas según el riesgo térmico. Adaptar horarios, ofrecer pausas y sombra y evitar esfuerzos intensos en las horas más calurosas reduce la exposición de quienes trabajan al aire libre. No es una cuestión de resistencia individual: la humedad, la radiación solar y la intensidad del esfuerzo cambian el riesgo. Las medidas laborales deben aplicarse de acuerdo con la normativa y las condiciones concretas de cada actividad.
A más largo plazo, el diseño de las ciudades y las viviendas también cuenta. Más sombra, vegetación, espacios de refugio y edificios capaces de limitar la acumulación de calor pueden amortiguar los episodios. Pero la adaptación tiene un límite: protege frente a parte del impacto, no elimina la tendencia que lo hace más probable. Los investigadores advierten que las muertes seguirán aumentando si continúa el calentamiento global; prepararse para el calor y reducir las emisiones son tareas complementarias, no alternativas.
Una cifra que exige contexto, no una falsa precisión
El verano de 2025 dejó un impacto mortal de gran escala, pero la cifra que lo representa depende del método. El estudio europeo calculó 3.893 muertes por calor en las principales ciudades españolas entre junio y agosto; MoMo pasó de una estimación provisional de 2.635 hasta el 25 de agosto a 3.663 en una actualización posterior, con septiembre ya iniciado. Presentar cualquiera de esos datos como un registro definitivo y equivalente a los demás ocultaría diferencias esenciales.
Lo que sí muestran en común las mediciones es una presión excepcional sobre la salud, concentrada en episodios prolongados y con un peso desproporcionado entre las personas mayores. El récord de temperatura en España, los máximos urbanos y la elevada proporción atribuida al cambio climático describen un riesgo que no se reduce a los golpes de calor visibles. La estadística más útil es la que explica qué mide y a quién deja fuera: solo así las cifras pueden orientar políticas y ayudar a comprender por qué el calor, incluso cuando no aparece como causa inmediata, acaba dejando tantas vidas atrás.

Actualidad¿Qué se sabe hoy de los terremotos de Venezuela y cómo sigue el país?
Salud¿Por qué me duelen las piernas por dentro? Causas, síntomas y alertas
Naturaleza¿Dónde siguen activos los incendios en España este 28 de septiembre?
Economía¿Cómo funciona la nueva cuenta de Revolut al 3,51% TAE en España?
ActualidadSan Miguel 2026: fecha, día de la semana y santoral
Actualidad¿Cuánto cuesta el desfile de la Fiesta Nacional en Madrid en 2026?
Economía¿Cuándo llega Kaufland a España y qué ciudades tendrán compra online?
Actualidad¿Qué pasó con el terremoto de Colombia? Balance, víctimas y réplicas
Ocio¿Cuándo es Halloween 2026 en España y qué día se celebra este año?
ActualidadCalendario laboral 2026: ¿cuántos días festivos tendrás en España?
Salud¿Por qué mi sudor huele mal y antes no? Causas y cuándo preocuparse
Ocio¿Cómo queda la Liga Endesa? Fichajes, bajas y renovaciones 2026-27









