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Muere El Cabrero: ¿por qué nunca quiso ser domesticado?

José Domínguez Muñoz, El Cabrero, muere a los 81 años tras una vida de cante, campo y rebeldía flamenca.

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Muere El Cabrero

José Domínguez Muñoz, El Cabrero, ha muerto a los 81 años y con él se va una de las voces más ásperas, libres y reconocibles del flamenco andaluz de las últimas décadas. Su fallecimiento fue comunicado por su hijo, El Crespo Zapata, también cantaor, a través de redes sociales, donde trasladó el dolor de la familia y confirmó que la capilla ardiente quedaría instalada en el Teatro Municipal de Aznalcóllar, el pueblo sevillano donde nació y donde su figura nunca fue solo artística: era casi una manera de estar en el mundo.

La muerte de El Cabrero deja al flamenco sin una de sus personalidades más incómodas y, precisamente por eso, más necesarias. Cantaor, cabrero, libertario, hombre de campo y símbolo de rebeldía durante la Transición, José Domínguez convirtió el cante en una herramienta de dignidad popular, sin barniz de escaparate ni reverencia ante los salones nobles. No fue un artista de vitrina. Fue otra cosa: una voz de monte, de polvo, de jornal, de bronca antigua contra el abuso. Un cantaor capaz de llenar festivales sin abandonar del todo el oficio que le dio nombre.

El adiós a una voz de Aznalcóllar

El Cabrero nació en Aznalcóllar, Sevilla, en 1944, y su biografía parece escrita contra la domesticación. Desde niño trabajó como pastor de cabras, una ocupación que no abandonó ni siquiera cuando su nombre empezó a sonar con fuerza en los circuitos flamencos. Esa mezcla —el artista reclamado por los escenarios y el hombre que seguía atado a sus animales, a la sierra, al aire seco del campo— explica buena parte de su magnetismo. En tiempos en los que tantos fabrican autenticidad con dos fotografías bien encuadradas, él la traía pegada a las botas.

La despedida pública se organizó en Aznalcóllar, donde el Ayuntamiento abrió la capilla ardiente en el Teatro Municipal Pepe Fernández durante la tarde del miércoles, con horario previsto hasta las 22.00 horas. El pueblo velaba así a uno de sus hijos más ilustres, una figura que llevó el nombre de la localidad por escenarios españoles y extranjeros sin convertir nunca esa procedencia en postal amable. Aznalcóllar no fue decorado en su vida: fue raíz, carácter y cicatriz.

Las primeras informaciones sobre su fallecimiento sitúan la muerte en el ámbito de Sevilla y hablan de una salud deteriorada durante los últimos años. Algunas crónicas apuntan a una larga enfermedad tras un ictus sufrido años atrás, aunque el mensaje familiar difundido públicamente se centró en comunicar la pérdida y en organizar la despedida, sin convertir la intimidad médica en espectáculo. Y está bien. En una época voraz con los detalles, también conviene recordar que la muerte de un artista no obliga a desguazar su último cuarto de vida.

De cabrero a cantaor de culto

Antes de ser El Cabrero, José Domínguez fue, literalmente, cabrero. No como pose ni como reclamo folclórico. Su verdadera profesión estuvo en el campo. Luego llegó el cante, aunque en realidad había estado siempre ahí, como están ciertas cosas en las gargantas que no han pasado por conservatorio pero sí por hambre, intemperie y oído familiar. Comenzó cantando joven en su entorno, pasó por espectáculos ambulantes y dio un salto decisivo en los años setenta al incorporarse a La Cuadra de Sevilla, la compañía dirigida por Salvador Távora, un espacio donde el flamenco, el teatro y la conciencia social se cruzaban sin pedir permiso.

Aquella etapa fue fundamental. La España de la dictadura agonizante y de la Transición no necesitaba solo artistas elegantes; necesitaba también voces que dijeran lo que otros susurraban en las barras, en los tajos, en los patios interiores. El Cabrero encontró ahí su territorio natural. No cantaba para adornar el conflicto, cantaba desde el conflicto. Sus letras, muchas veces reivindicativas, conectaron con públicos que veían en él algo más que un intérprete flamenco: veían a un hombre que no parecía pedir perdón por existir.

En 1975 grabó su primer disco, Así canta El Cabrero, y a partir de ahí fue consolidando una carrera singular, difícil de meter en la misma caja que otros nombres del flamenco. No era solo una cuestión de repertorio, aunque dominaba palos duros y solemnes. Era la presencia. Esa figura seca, frontal, sin sonrisa de oficio, con el cante saliendo como una herramienta de hierro. Fandangos, soleares, seguiriyas, malagueñas, todo en él parecía tener una temperatura moral, como si cada palo trajera debajo una pregunta incómoda: quién manda, quién obedece, quién paga siempre los platos rotos.

La rebeldía como forma de cantar

El Cabrero fue asociado durante décadas al cante contestatario, pero la etiqueta se queda algo estrecha. “Contestatario” suena a carpeta universitaria, a póster envejecido, a consigna que se amarillea. Lo suyo tenía más cuerpo. Era una rebeldía menos decorativa: libertaria, campesina, áspera, a ratos blasfema, siempre celosa de la libertad individual. En el flamenco, donde la tradición puede funcionar como casa o como jaula, él eligió habitarla sin arrodillarse ante ella.

Su popularidad durante la Transición tuvo que ver con esa España que quería hablar después de años de mordaza. Otros artistas también llevaron al cante una lectura social, desde José Menese hasta Enrique Morente en distintas claves, pero El Cabrero ocupó un lugar propio. No parecía interpretar al pueblo: parecía venir de él sin intermediarios. Esa diferencia, pequeña en apariencia, es enorme. Una cosa es cantar sobre el campo; otra, traer el campo en la respiración.

Su figura se vinculó además a ambientes libertarios y a una visión crítica del poder. Eso no le hizo cómodo, claro. Tampoco lo pretendía. El Cabrero fue de esos artistas que complican los homenajes oficiales porque obligan a recordar lo que pensaban, no solo lo bien que cantaban. Es la paradoja habitual: cuando muere un rebelde, todos corren a barnizarlo de consenso. Con él resulta más difícil. Su legado no cabe en una corona de flores institucional sin que asome una espina.

El flamenco sin perfume de escaparate

Musicalmente, El Cabrero destacó por una voz potente, seca, de filo campero, y por una forma de cantar que huía del adorno gratuito. Había en su estilo una sobriedad casi mineral. No necesitaba llenar los silencios de filigranas porque el silencio, en su cante, también trabajaba. Sus fandangos fueron especialmente populares, pero reducírselo todo al fandango sería empobrecerlo. Cantó por soleá, por seguiriya, por malagueña, y se movió por los palos grandes con una autoridad que no venía de la academia sino de la convicción.

Durante décadas fue un reclamo en festivales flamencos. Algunas crónicas lo sitúan como uno de los nombres más solicitados en ese circuito, capaz de atraer a públicos muy diversos. Pero incluso en los escenarios más grandes conservó una cualidad rara: parecía no pertenecer del todo al espectáculo. Entraba, cantaba, se iba. Sin domesticarse. Sin dejar que el aplauso le limara los bordes.

También tuvo curiosidad artística. Grabó y exploró territorios menos previsibles, incluidos los tangos argentinos, y participó en giras y encuentros internacionales que ampliaron su proyección más allá del flamenco de consumo local. Su nombre aparece asociado incluso a circuitos donde coincidió con músicos de alcance internacional. Aquello no lo convirtió en un artista global al uso, de esos que cambian el acento para gustar fuera. El Cabrero salía al mundo sin quitarse Aznalcóllar de encima.

Una carrera hecha contra el molde

Su carrera tuvo algo de anomalía fértil. No respondía al prototipo de estrella disciplinada por la industria ni al del cantaor encerrado en una ortodoxia de museo. Estaba en medio, o mejor: estaba fuera. Su personaje público no parecía construido por nadie, quizá porque no era un personaje. La vida ya le había dado suficientes materiales: el campo, la pobreza, el orgullo, la rabia, el flamenco, la libertad como obsesión.

En 1986 obtuvo reconocimiento en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, donde ganó premios por soleá y malagueña, un dato que confirma lo que a veces se olvida cuando se habla solo de su rebeldía: El Cabrero no fue importante únicamente por lo que representaba, sino por cómo cantaba. La actitud sin cante se queda en gesto. En él había gesto, sí, pero debajo había oficio, oído, compás, una manera de sostener la frase que no se improvisa con una biografía pintoresca.

Su imagen, sin embargo, resultaba inseparable de su discurso. El cabrero que subía al escenario no era una operación estética. Era una declaración involuntaria: se puede estar en el arte sin renunciar al barro de donde se viene. No quiso pulirse hasta volverse aceptable, y por eso su figura envejeció mejor que muchas imposturas más lustrosas.

Por qué El Cabrero marcó la Transición

La Transición española tuvo banda sonora múltiple: canción de autor, rock urbano, copla que sobrevivía, flamenco que buscaba nuevos lenguajes. En ese mosaico, El Cabrero ocupó un sitio singular porque llevó al cante una tensión política y moral sin rebajarse a panfleto barato. Su voz conectaba con jornaleros, obreros, jóvenes libertarios, aficionados al flamenco serio y oyentes que quizá no sabían distinguir una seguiriya de una soleá, pero entendían perfectamente cuándo alguien cantaba con verdad.

Su éxito no se explica solo por la coyuntura política. Otros cantaron protesta y fueron quedando como estampas de época. El Cabrero permaneció porque su rebeldía no dependía del calendario electoral. Venía de más lejos: de la relación entre el individuo y el poder, entre el campesino y el señorito, entre la dignidad y la obediencia. Temas viejos, por desgracia bastante resistentes.

En una España que aprendía a votar, a discutir en voz alta y a soportar la libertad del vecino —tarea todavía incompleta, no nos engañemos—, El Cabrero representó una libertad sin modales de salón. No era el liberalismo perfumado de tribuna, sino una libertad áspera: la de quien no quiere amo, ni de derechas ni de izquierdas, ni cura, ni cacique, ni promotor artístico con tijeras en la mano. Su independencia fue estética, vital y política.

Esa condición explica que siga despertando respeto incluso entre quienes no comparten todas sus posiciones. Los artistas verdaderamente libres tienen esa incomodidad: no sirven como mascota de nadie. El Cabrero podía ser reivindicado por unos y molestar a los mismos que lo aplaudían en otro momento. Ahí está parte de su grandeza. Era difícil de empaquetar. Y en estos tiempos de etiquetas rápidas, eso casi parece un acto revolucionario.

Familia, últimos años y despedida pública

La noticia de su muerte llegó a través de su hijo, El Crespo Zapata, que comunicó el fallecimiento en nombre de la familia. El mensaje, breve y dolorido, asumía que la pérdida no pertenecía solo al ámbito privado. “Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”, trasladó. Esa frase resume bien el lugar de El Cabrero en la memoria popular: no era únicamente padre, marido, compañero o artista; para muchos fue una especie de referencia moral, una voz que acompañó décadas de vida, militancia, fiestas, duelos y carreteras de vuelta de festival.

Sus últimos años estuvieron marcados por problemas de salud que redujeron su actividad. Algunas informaciones recuerdan que su última actuación tuvo lugar en el Festival de Jerez, el 21 de febrero de 2020, después de una trayectoria larguísima, con más de medio siglo de presencia en escenarios y festivales. Hay artistas que se retiran con una rueda de prensa y un ramo de solemnidad. Otros se van apagando como se apagan ciertos braseros de campo: queda calor mucho después de la llama.

La instalación de la capilla ardiente en Aznalcóllar tiene una carga simbólica evidente. No se despedía solo a un cantaor famoso; se despedía al vecino elevado a mito sin dejar de ser vecino. El teatro municipal convertido en lugar de duelo reunía esas dos dimensiones: el escenario y el pueblo, el arte y la raíz. En El Cabrero, ambas cosas fueron siempre la misma conversación.

Una biografía de campo, cante y desobediencia

Hablar de El Cabrero obliga a mirar más allá del obituario. Su vida condensa una parte de la historia cultural andaluza reciente: la del artista popular que emerge desde abajo, sin pedir entrada en los clubes finos, y acaba siendo reconocido porque su voz ya no puede ignorarse. La suya fue una biografía levantada con materiales poco dóciles: campo, flamenco, conciencia social, individualismo feroz y una rara coherencia personal.

Esa coherencia, vista de cerca, también tuvo sombras y contradicciones, como cualquier vida de verdad. El riesgo de los homenajes es convertir al muerto en estatua demasiado lisa. El Cabrero no fue liso. Tuvo aristas. Fue temperamental, radical en sus convicciones, incómodo para muchos, venerado por otros. Pero precisamente ahí reside su interés. Las figuras culturales no perduran por ser impecables; perduran porque abren una grieta. Él abrió una en el flamenco y en la memoria de la Transición.

Su relación con el cante fue profundamente física. No cantaba como quien interpreta un repertorio ajeno, sino como quien descarga una experiencia acumulada. En sus mejores momentos, la voz parecía venir de antes de la palabra. Había tierra seca en la garganta, pero también inteligencia moral. No era un bruto iluminado por la intuición, caricatura tan frecuente cuando se habla de artistas populares. Era un creador con criterio, con una idea del mundo, con una forma de situarse ante el público.

El flamenco, conviene recordarlo, siempre ha tenido algo de archivo emocional de los desposeídos, aunque después lo hayan vestido de gala, subvención y mantel blanco. El Cabrero devolvía esa memoria a un lugar menos cómodo. Sus cantes hablaban de dignidad, injusticia, libertad, pobreza, poder. No hacía falta explicar demasiado. La audiencia entendía. A veces una voz ronca dice más que veinte discursos con atril.

El legado de un cantaor que no pidió permiso

La muerte de José Domínguez Muñoz deja una pregunta flotando sobre el flamenco actual: cuántas voces así quedan, cuántas pueden crecer sin ser absorbidas por la maquinaria de la imagen, cuántas resisten sin convertirse en marca. El Cabrero perteneció a una época en la que la autenticidad no se diseñaba en una estrategia de comunicación. Se tenía o no se tenía. Y él la tenía, incluso cuando molestaba.

Su legado musical queda en discos, grabaciones, actuaciones memorables y en la memoria de quienes lo escucharon en directo. Pero su herencia más profunda quizá esté en otra parte: en haber demostrado que el flamenco podía ser tradición y disidencia al mismo tiempo. No hace falta romper con la raíz para ser libre; a veces basta con no dejar que la raíz se convierta en cadena.

También deja una lección incómoda sobre la fama. El Cabrero fue conocido, respetado, celebrado, pero nunca pareció entregarse del todo al personaje público. No vendió mansedumbre. No cambió la intemperie por el terciopelo. Esa negativa a la domesticación explica que su muerte produzca algo más que tristeza cultural. Produce una sensación de pérdida cívica, como cuando desaparece alguien que recordaba, con su sola existencia, que la libertad no siempre habla fino.

Y queda Aznalcóllar. Queda el pueblo como origen y destino, la capilla ardiente, el teatro, la gente acercándose a despedir a un hombre que cantó desde un lugar muy concreto y acabó siendo escuchado mucho más lejos. El Cabrero fue local sin ser pequeño. Andaluz sin postal. Flamenco sin obediencia. Rebelde sin pedir perdón por la palabra.

La voz que seguirá levantando polvo

El Cabrero ha muerto, pero su figura no se irá en silencio. Sería impropio. Su cante seguirá apareciendo allí donde el flamenco no quiera ser solo brillo, allí donde alguien busque una voz con tierra debajo de las uñas, allí donde la palabra libertad no suene a eslogan sino a necesidad. José Domínguez Muñoz deja una obra y una actitud, dos cosas que no siempre coinciden en un artista y que en él caminaron juntas, a veces a trompicones, como caminan las vidas verdaderas.

Su despedida en Aznalcóllar cierra una biografía, no una influencia. El pastor que cantó contra el miedo, el cantaor que no quiso ser borrego, el hombre que hizo del flamenco una forma de insumisión, entra ahora en ese territorio donde las voces ya no dependen del cuerpo. Se apaga El Cabrero, sí. Pero queda el eco. Y no es un eco limpio ni domesticado: trae polvo, trae campo, trae una vieja desobediencia que todavía raspa.

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