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¿De qué murió Jason Collins, leyenda valiente de la NBA?

Jason Collins murió a los 47 años tras un cáncer cerebral. Su historia cambió para siempre el deporte profesional en EE.UU.

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De qué murió Jason Collins

Jason Collins murió a los 47 años tras una batalla de ocho meses contra un glioblastoma en fase 4, una forma agresiva de cáncer cerebral. La familia confirmó el fallecimiento mediante un comunicado difundido por la NBA, donde lo describió como esposo, hijo, hermano y tío querido, además de una figura que cambió vidas más allá de una cancha de baloncesto.

La noticia sacude al deporte estadounidense porque Collins no fue solo un pívot de 2,13 metros que jugó 13 temporadas en la NBA. Fue el primer jugador abiertamente gay en disputar partidos en la liga y una de esas figuras que, sin necesidad de levantar un trofeo como estrella de portada, movió una pared que parecía de hormigón. Hizo pública su homosexualidad en 2013, volvió a jugar en 2014 con los Brooklyn Nets y convirtió un gesto personal en un antes y un después para el deporte profesional masculino en Estados Unidos.

La enfermedad que acabó con Jason Collins

El diagnóstico que marcó los últimos meses de Jason Collins fue un glioblastoma en estadio 4, un tumor cerebral especialmente agresivo. En septiembre de 2025 se hizo público que estaba recibiendo tratamiento por un tumor en el cerebro y, meses después, él mismo explicó que se trataba de una de las formas más duras de cáncer cerebral. No era una dolencia menor ni una batalla de esas que el lenguaje deportivo suele maquillar con épica barata: era una enfermedad devastadora, de avance rápido, con tratamientos complejos y pronóstico severo.

Collins afrontó el proceso con medicación, radioterapia y quimioterapia. También buscó tratamientos experimentales en Singapur, una decisión que encaja con el modo en que había vivido otros momentos delicados: sin esconderse, sin teatralidad, pero con una determinación que no confundía esperanza con ingenuidad. En sus textos y entrevistas recientes había hablado de la enfermedad con una claridad seca, casi de vestuario: estas son las cartas, esto es lo que hay, toca jugar la posesión.

La familia agradeció el apoyo recibido durante los ocho meses de enfermedad y el trabajo de los médicos y enfermeros que lo atendieron. La NBA también reaccionó con un mensaje de pésame firmado por su comisionado, Adam Silver, que subrayó su papel como jugador, embajador social de la liga y referente para una comunidad deportiva más inclusiva. Collins murió el 12 de mayo de 2026, según la confirmación difundida en Estados Unidos; la información internacional se extendió durante la madrugada del 13 de mayo en Europa.

Quién era Jason Collins y por qué su nombre importa

Jason Collins nació el 2 de diciembre de 1978 en California y llegó a la NBA después de pasar por Stanford, una de esas universidades donde el deporte convive con el peso académico y cierta solemnidad de campus antiguo. Medía 2,13 metros, pesaba alrededor de 116 kilos y jugaba de pívot, una posición poco agradecida para quien no vive de mates espectaculares: bloqueo, contacto, defensa, faltas duras, rebote, sudor sin música de anuncio.

Fue elegido en el puesto 18 del draft de 2001 por Houston Rockets, aunque acabó iniciando su carrera profesional en los New Jersey Nets. Allí encontró su primer gran escenario. No como estrella ofensiva, porque jamás lo fue, sino como pieza de estructura en un equipo competitivo que alcanzó dos Finales de la NBA a comienzos de siglo. En aquellos Nets de Jason Kidd, Kenyon Martin y Richard Jefferson, Collins era cemento: no brillaba como el mármol, pero sostenía la escalera.

Jugó para New Jersey Nets, Memphis Grizzlies, Minnesota Timberwolves, Atlanta Hawks, Boston Celtics, Washington Wizards y Brooklyn Nets. En total, disputó 735 partidos de temporada regular, con medias de 3,6 puntos y 3,7 rebotes. Son números modestos, sí. Incluso fríos. Pero conviene no leer una carrera así solo desde la hoja estadística. La NBA también se construye con especialistas, veteranos de vestuario, defensores capaces de aguantar emparejamientos incómodos y jugadores que entienden que el partido no siempre pasa por meter 25 puntos.

El día que hizo historia fuera del marcador

El gran giro público de Jason Collins llegó en abril de 2013, cuando publicó en Sports Illustrated un texto en primera persona en el que revelaba que era gay. La frase inicial se volvió histórica por su sencillez y por el ruido que provocó: se presentaba como un pívot de la NBA, negro y gay. Tres datos. Tres golpes sobre una mesa que llevaba demasiado tiempo esperando a que alguien se atreviera a moverla.

En aquel momento, Collins era agente libre y quería seguir jugando. Ese detalle importa. No habló cuando todo estaba ya cerrado, blindado, convertido en memoria. Habló con la carrera todavía abierta, con el mercado observando, con los despachos midiendo riesgos y titulares. La valentía no estaba solo en decirlo; estaba en decirlo cuando aún podía costarle algo. Y en una liga hiperexpuesta, masculina hasta la caricatura, aquello tenía el sonido de una puerta oxidada abriéndose por fin.

Su regreso a la cancha llegó en febrero de 2014, cuando los Brooklyn Nets le ofrecieron un contrato de diez días. Con ese partido, Collins se convirtió en el primer hombre abiertamente gay en jugar en una de las cuatro grandes ligas profesionales de Norteamérica. La camiseta que usó entonces, el número 98, tampoco era un capricho: aludía a 1998, el año del asesinato de Matthew Shepard, joven gay cuya muerte se convirtió en símbolo de la violencia homófoba en Estados Unidos.

Una carrera de obrero fino en una liga de focos

Collins nunca fue un jugador de póster en la puerta de una habitación adolescente. Su valor estaba en otro sitio. Era un pívot de rotación, un defensor de contacto, un jugador de sistema. En su mejor temporada, la 2004-05 con New Jersey, promedió 6,4 puntos y 6,1 rebotes, cifras que retratan mejor su techo deportivo que su verdadera función. En baloncesto, como en tantas cosas, hay trabajos que no salen en la foto pero explican la foto.

Los entrenadores suelen apreciar a esos jugadores porque no obligan al equipo a cambiar de idioma cada vez que pisan la pista. Collins entendía cuándo bloquear, cuándo hacer una falta inteligente, cuándo cerrar el rebote y cuándo simplemente ocupar espacio. Dicho sin incienso: no era un poeta del aro. Era un tipo útil. Y en la NBA, donde cada temporada devora piernas, egos y contratos, ser útil durante 13 años ya dice bastante.

Su etapa más recordada desde el punto de vista competitivo fue la de los Nets, con aquellas Finales de 2002 y 2003 que pusieron a la franquicia en el centro de la conversación. Después llegaron cambios de equipo, roles más pequeños y una presencia cada vez más veterana. Boston, Atlanta, Washington, Brooklyn. Ciudades distintas, vestuarios distintos, la misma silueta alta ocupando zonas grises del juego. El baloncesto profesional también es eso: sobrevivir a la mudanza permanente.

El impacto social de una confesión sin decorado

La salida del armario de Collins fue recibida con apoyo de figuras del deporte, la política y la cultura popular. Hubo llamadas de alto nivel, mensajes públicos y una sensación bastante rara para la época: el deporte masculino estadounidense, tan dado a envolverse en discursos de dureza, estaba obligado a hablar de vulnerabilidad. Collins no pidió permiso. No montó un manifiesto de mármol. Contó su vida. Y eso, a veces, basta para que el suelo cambie de inclinación.

El gesto tuvo impacto porque desmontó una coartada vieja: la idea de que un deportista gay no podía convivir con la élite masculina sin alterar la supuesta química del vestuario. Collins había estado allí durante años. Había defendido, bloqueado, viajado, perdido, ganado, compartido ducha, lesiones, rutinas y presión. No era una hipótesis entrando por la puerta. Era un compañero de equipo diciendo: siempre estuve aquí.

Después de retirarse en 2014, Collins siguió vinculado a la NBA como embajador y a iniciativas de inclusión. Su figura quedó asociada a la representación LGBTQ+ en el deporte, aunque reducirlo solo a eso sería injusto. También fue un veterano respetado, un jugador formado en Stanford, un hermano gemelo de otro profesional, Jarron Collins, y una presencia pública que aprendió a usar el foco sin dejarse devorar por él.

Su familia, su marido y los últimos meses

Jason Collins estaba casado con Brunson Green, productor de cine, con quien mantenía una relación desde hacía años. Se casaron en 2025, poco antes de que la enfermedad ocupase el centro de su vida pública. En los comunicados tras su muerte aparecen también sus padres, Portia y Paul, y su hermano gemelo Jarron, que aceptó en su nombre un reconocimiento reciente porque Collins ya estaba demasiado enfermo para asistir.

Ese premio, el Bill Walton Global Champion Award, le fue concedido apenas una semana antes de su fallecimiento. La escena tiene algo de triste sincronía: el deporte despidiendo a un hombre que ya no podía estar en la sala para escuchar el aplauso. Jarron Collins lo definió como el hombre más valiente y fuerte que había conocido. No hace falta inflar mucho esa frase. En boca de un hermano gemelo, pesa distinto.

Los últimos meses de Collins estuvieron marcados por los tratamientos y por una exposición pública contenida. No convirtió su enfermedad en espectáculo. Tampoco la ocultó. Habló de ella con el mismo principio que había aplicado a su identidad: mostrarse tal como era. Hay una línea clara entre ambos momentos, 2013 y 2025. En los dos casos decidió contar una verdad personal incómoda para que otros pudieran respirar un poco mejor.

Qué legado deja Jason Collins

El legado de Jason Collins no cabe solo en el baloncesto, aunque nace allí. En la pista fue un pívot de larga carrera, un jugador de equipo, un profesional fiable. Fuera de ella fue un hombre que eligió la visibilidad cuando todavía no era cómoda. Esa combinación explica por qué su muerte ha provocado una reacción tan amplia: no se despide únicamente a un exjugador de la NBA, sino a alguien que modificó el vocabulario emocional del deporte.

Su caso abrió una conversación que después otros atletas continuaron en distintas ligas y países. No resolvió todos los prejuicios, claro. El deporte no cambia como cambia un marcador electrónico. Cambia más despacio, con roces, resistencias y gestos que al principio parecen excepciones. Collins fue una de esas excepciones que obligan a revisar la norma.

Hay una paradoja hermosa, y un poco amarga, en su historia. En una liga obsesionada con la grandeza estadística, Jason Collins será recordado sobre todo por una frase, una decisión y una presencia. No por un triple decisivo, no por un anillo, no por una noche de 40 puntos. Por decir quién era. Por volver a jugar después. Por demostrar que la normalidad, a veces, necesita un primer cuerpo que se plante en medio de la pista y aguante el ruido.

Un nombre que ya no pertenece solo a la NBA

Jason Collins murió de glioblastoma, un cáncer cerebral agresivo, a los 47 años. Esa es la respuesta médica, seca, necesaria. Pero la respuesta completa tiene más capas. Murió un exjugador de 13 temporadas, un pívot formado en Stanford, un finalista de la NBA con los Nets, un embajador de inclusión, un marido, un hermano, un hijo. Murió también una figura que ayudó a que muchos deportistas mirasen el vestuario con menos miedo.

Su carrera deportiva fue sólida; su gesto público, histórico. Y ahí queda la verdadera dimensión de Collins: no necesitó ser el mejor jugador de su generación para cambiar algo importante en su generación. A veces el deporte, tan amigo del músculo y del grito, avanza gracias a una frase dicha con calma. Una frase que no pide permiso. Una frase que abre sitio.

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