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¿Cuántos huyen ya en Mozambique por las inundaciones?

Mozambique desborda: 400.000 desplazados, 146 muertos y carreteras rotas. ACNUR y el PMA alertan del colapso de la ayuda humanitaria en Gaza.

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Mozambique desborda: 400.000 desplazados, 146 muertos y carreteras rotas. ACNUR y el PMA alertan del colapso de la ayuda humanitaria en Gaza.

Mozambique vive una emergencia de tamaño país: unas 400.000 personas han tenido que abandonar sus casas en las dos últimas semanas por las inundaciones provocadas por lluvias intensas, según advirtió este viernes el representante de ACNUR en el país, Xavier Creach, en una comparecencia telemática desde Xai-Xai, capital de la provincia de Gaza, la zona más golpeada por las crecidas. La cifra no es un dato frío: es el retrato de barrios enteros deshilachándose, de familias separadas, de escuelas convertidas en refugio, de un mapa que se reescribe con barro.

Ese desplazamiento masivo llega, además, sobre una herida que ya estaba abierta. Creach recordó que el éxodo por las inundaciones se suma al provocado por el conflicto en el norte, donde operan grupos armados de corte yihadista, y que el total de personas desplazadas en Mozambique asciende a unas 700.000. En paralelo, el balance oficial de daños mantiene el tono grave: el Instituto Nacional de Gestión de Desastres de Mozambique (INGD) cifra en al menos 146 los fallecidos y en casi 821.000 las personas afectadas por las inundaciones desde octubre, en plena temporada de lluvias, que empezó en octubre de 2025 y se espera que termine en marzo de 2026.

Gaza, el agua que no deja dormir

En Gaza el agua no es una postal ni un susto de tarde. Es una presencia física, espesa, insistente. Creach describió una escena que se repite cuando la crecida sube más rápido de lo que la gente puede reaccionar: personas esperando horas, incluso días, en los tejados de sus casas. Tejado como isla mínima, como frontera improvisada entre “aguanto” y “me hundo”, mientras abajo el salón deja de ser un salón y se convierte en corriente, y el patio se vuelve un charco sin fondo donde se pierden herramientas, sacos de grano, ropa, fotos.

Esa imagen del tejado, tan simple y tan brutal, explica por qué el desplazamiento no es un movimiento ordenado con maletas. Es un arranque. Se sale con lo puesto o con lo que cabe en una bolsa, a veces sin documentos, sin medicamentos, sin el teléfono cargado. Y cuando el teléfono se apaga, el mundo se hace más pequeño. Creach lo señaló con precisión: en cada gran inundación, muchas familias han perdido la señal de cobertura, además de sus casas, sus pertenencias y sus medios de vida. No es un detalle tecnológico; en una emergencia, la cobertura es contacto con familiares, coordinación, auxilio, noticias. Es una cuerda invisible, y cuando se rompe, el aislamiento se multiplica.

Hay un cansancio acumulado que también pesa. Creach recordó que para algunas personas esta es ya la tercera gran inundación en 15 años. Tres golpes grandes en una vida no son “mala suerte”: son un patrón que desgasta la capacidad de empezar de nuevo. Cada vez se reconstruye más deprisa, sí, pero con menos recursos y con menos paciencia. Y cada vez el coste de lo perdido duele distinto: no solo se pierde una pared o un colchón, se pierde la confianza en que la próxima estación traerá calma. Y, mientras tanto, las tierras de cultivo quedan gravemente dañadas, algo especialmente delicado en zonas donde la agricultura sostiene la mesa diaria y el ingreso familiar.

Del norte en conflicto al sur anegado: 700.000 desplazados

Mozambique no está gestionando un único incendio. Está viviendo dos crisis que se pisan, se roban oxígeno y obligan a escoger. Por un lado, la emergencia climática que empuja a cientos de miles a moverse hacia donde se pueda. Por otro, el desplazamiento previo por el conflicto en el norte, con presencia de grupos armados de corte yihadista, que ya venía tensando a comunidades, servicios y redes de ayuda. Cuando Creach habla de unas 700.000 personas desplazadas en total, está diciendo, en realidad, que hay un país con demasiada gente viviendo “de prestado”, fuera de su lugar, con rutinas rotas y futuro en pausa.

Ese solapamiento tiene efectos muy concretos. Los centros de acogida y los alojamientos temporales se llenan antes y más rápido. La presión sobre el agua potable, la higiene y la atención sanitaria crece. La escuela, cuando funciona, funciona con dificultades; cuando no, deja un hueco enorme, porque la escuela no es solo aprendizaje: es rutina, protección, estructura. Y hay un punto delicado, casi siempre invisible en los titulares: cuando el desplazamiento se prolonga, la gente empieza a vender lo poco que tiene para sobrevivir, se endeuda, se queda sin margen. Es un descenso lento, no siempre dramático en la foto del día, pero muy dramático en el balance de meses.

También cambia la conversación política y social dentro del país. Una crisis desplaza a la otra en la agenda, y la urgencia manda. Hoy el sur y el centro están bajo el agua, mañana vuelve a estallar la preocupación por el norte, pasado mañana se combinan ambas. En ese vaivén, la ayuda humanitaria se convierte en una manta demasiado corta. Y cada decisión sobre a dónde va un cargamento, a qué provincia se prioriza, a qué comunidad se llega primero, tiene una consecuencia real, medible, humana.

Carreteras rotas y ayuda por aire: el cuello logístico

La emergencia no se explica solo por el número de desplazados. Se explica por la dificultad de llegar a ellos. El director de preparación y respuesta ante emergencias del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Ross Smith, lo dejó claro en una conexión telemática desde Roma: el acceso se ha convertido en un muro. Más de 1.500 kilómetros de carreteras han quedado “completamente inutilizables”, y la operación se ha visto obligada a depender de aviones, helicópteros y vehículos anfibios de la ONU para alcanzar a los afectados. Dicho en llano: donde antes se llegaba por tierra, ahora se llega por aire o por agua, si se llega.

Ese giro logístico tiene dos efectos inmediatos. Primero, encarece y ralentiza todo: un convoy por carretera no es lo mismo que un helicóptero. Segundo, deja fuera a quienes están en el peor lugar: aldeas aisladas, barrios sin paso, comunidades a las que no llega ni el camión ni la ambulancia. En una inundación, el tiempo pesa. Un día extra sin alimentos o sin medicación no es un inconveniente; es un riesgo. Y cuando la infraestructura se rompe a gran escala, la respuesta depende de medios limitados, de ventanas de buen tiempo, de pistas improvisadas, de coordinación milimétrica… y de suerte, también.

Smith añadió otra tensión que no se puede maquillar: este desastre climático está obligando a destinar al sur y centro de Mozambique alimentos y recursos pensados para el norte, donde la violencia ya había creado necesidades graves. Lo dijo sin rodeos: “Actualmente estamos muy limitados en cuanto a recursos”, y ese traslado de capacidad está poniendo la operación del norte “bajo mucha presión”. Es una frase diplomática con un significado muy concreto: se puede atender una crisis sin atender bien la otra, o se puede intentar atender ambas y quedarse corto en las dos.

Menos fondos, más barro: la respuesta bajo presión

La restricción no es solo de carreteras. Es de dinero. Smith explicó que el PMA cuenta con un 40% menos de fondos disponibles respecto a hace un año, y que ese recorte está poniendo a prueba la capacidad de sostener una respuesta a gran escala en lugares como Mozambique. En emergencias, el dinero no es un concepto abstracto: es combustible, horas de vuelo, raciones, almacenes, personal, mantenimiento de equipos, capacidad de preposicionar alimentos antes de que el agua lo arrase todo. Cuando falta, las decisiones se vuelven más duras y más visibles.

Ese escenario empuja a priorizar, y priorizar en una crisis humanitaria tiene un coste moral y operativo. Se prioriza por densidad de población, por accesibilidad, por urgencia sanitaria, por riesgo de aislamiento prolongado. A veces se llega primero a quien está más cerca, no a quien lo necesita más, porque simplemente no hay forma de llegar antes. Y esa es la parte incómoda: no siempre gana la necesidad; a veces gana la geografía, a veces gana el estado del motor, a veces gana el cielo despejado.

146 muertos y 821.000 afectados: lo que se sabe hasta ahora

El balance oficial que maneja el INGD habla de al menos 146 personas fallecidas y de casi 821.000 afectadas por las inundaciones provocadas por fuertes lluvias desde octubre. Es un recuento amplio que intenta abarcar tanto el golpe directo —vidas perdidas, viviendas destruidas— como el impacto en cadena: comunidades incomunicadas, daños en infraestructuras, pérdida de cosechas, desplazamientos repetidos. En este tipo de crisis, las cifras se mueven, se revisan, se actualizan; lo estable es la tendencia: el impacto es masivo y extendido.

La temporada de lluvias en Mozambique, que comenzó en octubre de 2025 y se espera que termine en marzo de 2026, añade una capa de inquietud. No es un episodio cerrado, con un “antes” y un “después” nítidos. Es una etapa del año que, en su punto álgido, multiplica el riesgo de nuevas crecidas, nuevos cortes, nuevas evacuaciones. Y en un país donde muchas viviendas y caminos no están pensados para resistir semanas de agua persistente, cada lluvia extra se convierte en una amenaza de réplica.

Hay un elemento que en los partes oficiales suele aparecer de forma breve, pero que en la vida real ocupa horas: la pérdida de medios de vida. Creach insistió en ello al hablar de pertenencias y tierras de cultivo dañadas. Si el campo queda inutilizado, si se pierde la semilla, si se pudre la cosecha, la crisis deja de ser “solo” de refugio y comida inmediata. Se convierte en una crisis de meses, de deuda, de supervivencia prolongada. Y eso, para cualquier operación humanitaria, es un salto enorme: no se trata solo de atender el golpe, sino de sostener a comunidades enteras mientras vuelven a ponerse en pie.

Desplazarse no es solo moverse: salud, escuela y seguridad en un mismo saco

Cuando se habla de desplazados a veces se imagina un movimiento de gente y ya. Pero el desplazamiento arrastra problemas que llegan en racimo. El primero es el alojamiento: dónde duerme la gente, con qué protección, durante cuánto tiempo. El segundo es el agua: agua limpia para beber y cocinar, y agua suficiente para higiene básica. El tercero es la salud: en contextos de inundación, el riesgo de enfermedades asociadas al agua contaminada aumenta, igual que las infecciones cutáneas, los problemas respiratorios por humedad y hacinamiento, y la dificultad para mantener tratamientos crónicos cuando se pierde el acceso a centros sanitarios o se pierden medicamentos durante la evacuación.

El cuarto, a menudo subestimado, es la escuela. Cuando una escuela cierra, se inunda o se convierte en refugio, se interrumpe algo más que la enseñanza. Se interrumpe una estructura diaria. Y cuando el desplazamiento es masivo, esa interrupción puede durar semanas o meses. En ese tiempo, las familias improvisan, se reorganizan, priorizan sobrevivir. La educación queda en suspenso, y recuperar el ritmo después cuesta. Mucho.

Y está la seguridad. En cualquier desplazamiento grande, con alojamientos temporales y recursos escasos, aparecen tensiones: por espacio, por comida, por turnos, por acceso a servicios. No es una acusación; es una realidad humana. En ese contexto, las autoridades locales, las agencias de la ONU y las organizaciones sobre el terreno tienen que hacer equilibrio entre la urgencia de salvar vidas y la necesidad de mantener condiciones dignas, ordenadas, seguras. No siempre se consigue a la primera. Y cuando la infraestructura está rota y la financiación baja, ese equilibrio se vuelve más frágil.

Lo que viene hasta marzo: reconstruir con el cielo todavía abierto

Una inundación tiene una trampa: cuando el agua baja, parece que todo ha pasado, pero en realidad empieza otra fase. La fase de volver, si se puede volver; de limpiar, si se puede limpiar; de reconstruir, si hay con qué. La frase de Creach sobre quienes han sufrido tres grandes inundaciones en 15 años funciona aquí como advertencia: reconstruir una vez ya es duro, reconstruir tres veces es un desgaste que deja huella en la economía familiar y en la salud mental, aunque nadie lo enuncie con términos clínicos. Se habla de paredes y techos, pero también de agotamiento, de miedo a la próxima nube negra.

En el terreno, la dificultad de acceso descrita por el PMA sugiere que la recuperación será lenta y desigual. Donde las carreteras siguen cortadas, la llegada de materiales, alimentos y asistencia sanitaria se complica. Donde se depende de helicópteros y vehículos anfibios, el ritmo de apoyo no puede ser constante, porque esos medios no son infinitos y su operación depende de condiciones concretas. Y mientras tanto, la temporada de lluvias sigue su curso. Hasta marzo de 2026, el calendario mantiene la puerta abierta a nuevos episodios.

Esa combinación —agua presente, infraestructura dañada, recursos limitados— obliga a mirar la crisis en dos tiempos a la vez. En el tiempo inmediato, el de hoy: rescate, refugio, comida, atención básica. Y en el tiempo de las próximas semanas: restaurar vías, proteger cultivos, evitar que el desplazamiento temporal se convierta en desplazamiento prolongado. Lo complicado es que ambos tiempos compiten por lo mismo: personal, fondos, transporte, combustible, capacidad de almacenamiento. Y si una tormenta nueva entra con fuerza, el tablero se vuelve a mover, sin pedir permiso.

Volver a casa, si queda casa

La cifra de 400.000 desplazados por inundaciones en dos semanas pesa por sí sola, pero pesa todavía más al sumarse a un país que ya arrastraba desplazamientos por el conflicto del norte, hasta alcanzar unas 700.000 personas fuera de su lugar. En Gaza, en Xai-Xai y en tantas zonas anegadas, la crisis se mide en tejados ocupados durante horas, en teléfonos sin señal, en campos dañados, en carreteras que desaparecen bajo el agua. Y se mide, también, en logística y dinero: el PMA reconoce 1.500 kilómetros de carreteras inutilizables, una respuesta que depende de medios aéreos y anfibios, y una realidad incómoda, el 40% menos de fondos respecto a hace un año.

El balance del INGD, con 146 muertos y casi 821.000 afectados desde octubre, sitúa el desastre en una escala nacional. No hay un único punto rojo en el mapa, hay varios. Y mientras la temporada de lluvias continúe hasta marzo de 2026, la pregunta que atraviesa todo —sin necesidad de dramatismo, porque ya es bastante dramático— es si la gente podrá volver, reconstruir y quedarse. Porque desplazarse es sobrevivir, sí, pero nadie vive bien en una mudanza eterna. Y Mozambique, ahora mismo, pelea contra eso: contra el agua que expulsa, contra la violencia que empuja, y contra el reloj de una estación que todavía no ha terminado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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