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¿Por qué Mohamed VI gana más fuerza con Trump, Israel y el Sáhara?
Marruecos gana influencia con Trump, Israel y su estrategia en el Sáhara, mientras España observa con inquietud el nuevo equilibrio del Magreb.

Resumen
- Mohamed VI gana influencia con el respaldo de Trump sobre el Sáhara
- Israel refuerza la capacidad militar y tecnológica de Marruecos
- España observa el nuevo equilibrio por Ceuta, Melilla y la migración
Mohamed VI atraviesa uno de los momentos de mayor fortaleza internacional de sus más de dos décadas al frente de Marruecos. No porque Rabat se haya convertido de repente en una gran potencia, sino porque ha conseguido algo bastante más valioso en diplomacia: hacer coincidir sus intereses con los de actores mucho más poderosos. Estados Unidos, Francia, Reino Unido e Israel han acercado posiciones al reino alauí en cuestiones que hace apenas unos años parecían enquistadas, empezando por el Sáhara Occidental.
Donald Trump ocupa un lugar central en ese cambio. El presidente estadounidense reconoció durante su primer mandato la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y, ya de vuelta en la Casa Blanca, ha reafirmado esa posición. El gesto no es decorativo. Para Mohamed VI supone contar con el respaldo de la primera potencia mundial en el asunto que Rabat considera el eje de toda su política exterior.
Ahí está el núcleo de lo que está ocurriendo. Marruecos se siente más fuerte porque su posición sobre el Sáhara ha dejado de estar diplomáticamente aislada, porque Estados Unidos la respalda de manera inequívoca, porque varios países europeos han ido aproximándose a su propuesta de autonomía y porque su cooperación militar con Israel ha aumentado con rapidez.
Eso no significa, conviene decirlo desde el principio, que Rabat haya conseguido todo lo que pretende. Naciones Unidas no ha reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y el territorio continúa pendiente de una solución política definitiva. Tampoco las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla han adquirido reconocimiento internacional. Una cosa es disponer de más cartas y otra, bastante distinta, haber ganado la partida.
Mohamed VI llega a 2026 con un Marruecos mucho más influyente
El Marruecos de Mohamed VI lleva años construyendo influencia por varias vías a la vez. Diplomacia, inversiones africanas, infraestructuras, seguridad, cooperación migratoria y compras militares forman parte de una misma arquitectura. Nada especialmente romántico. La geopolítica rara vez funciona por simpatías.
Rabat ha expandido su presencia económica en África subsahariana mediante bancos, compañías de telecomunicaciones, aseguradoras, conexiones aéreas e inversiones. Casablanca se presenta como una puerta financiera hacia África occidental y Tanger Med se ha convertido en una de las grandes plataformas logísticas del Mediterráneo. A ello se suman proyectos estratégicos en la fachada atlántica.
El puerto de Dajla, en el territorio del Sáhara Occidental controlado por Marruecos, es quizá el ejemplo más visible. El proyecto, cuya entrada en funcionamiento está prevista para 2028, pretende conectar el reino con los mercados del África occidental y del Sahel y añadir capacidad industrial, energética y logística. El Sáhara deja así de ser únicamente una cuestión diplomática y empieza a adquirir una dimensión económica cada vez más tangible.
Estados Unidos ha mostrado interés creciente por ese escenario. Delegaciones estadounidenses han visitado Dajla durante 2026 y Washington ha acompañado iniciativas económicas vinculadas al territorio. Para Marruecos es justamente lo que buscaba: pasar de los comunicados diplomáticos a hechos sobre el terreno, inversiones e infraestructuras.
Trump y el Sáhara cambiaron el tablero para Marruecos
El gran salto llegó en diciembre de 2020. Donald Trump reconoció oficialmente la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. La decisión rompía con décadas de prudencia estadounidense y situaba a Washington mucho más cerca de la tesis defendida por Rabat.
A cambio, Marruecos normalizó sus relaciones con Israel dentro de la ola diplomática de los llamados Acuerdos de Abraham. Aquella operación fue una carambola geopolítica considerable: Estados Unidos obtenía otro país árabe dispuesto a establecer relaciones con Israel y Mohamed VI recibía el respaldo que llevaba años persiguiendo para su principal prioridad territorial.
En agosto de 2026, Trump volvió a reafirmar esa posición y defendió la propuesta marroquí de autonomía como base para resolver el conflicto. Para Rabat, la continuidad resulta incluso más importante que la declaración original. El reconocimiento de 2020 podía interpretarse entonces como una decisión personal del primer mandato de Trump; seis años después, la Casa Blanca vuelve a colocar el peso de Estados Unidos detrás de Mohamed VI.
Marruecos propone que el Sáhara Occidental disponga de autonomía política e institucional, pero permanezca bajo soberanía marroquí. El Frente Polisario rechaza ese marco y reivindica el derecho de los saharauis a decidir su futuro, incluida la posibilidad de independencia.
España también modificó su posición en 2022. Pedro Sánchez calificó el plan de autonomía marroquí como la base «más seria, creíble y realista» para intentar resolver el conflicto, aunque Madrid mantiene que la solución debe alcanzarse dentro del marco de Naciones Unidas y ser aceptable para las partes.
La ONU ha acercado posiciones, pero no ha entregado el Sáhara a Rabat
Aquí aparece uno de los matices que a menudo se evapora cuando entran en escena los grandes titulares. La situación del Sáhara Occidental sigue dependiendo de un proceso político que no ha quedado definitivamente resuelto.
La resolución 2797 del Consejo de Seguridad, aprobada el 31 de octubre de 2025, dio un impulso importante a la propuesta marroquí de autonomía y prolongó hasta el 31 de octubre de 2026 el mandato de la misión de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, la MINURSO.
Estados Unidos defendió que las negociaciones avanzasen tomando como referencia la propuesta de autonomía de Marruecos. Francia y Reino Unido también han reforzado la percepción de que la alternativa planteada por Rabat ha ganado terreno internacional.
Pero Naciones Unidas no ha reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. La resolución mantiene la búsqueda de una solución política mutuamente aceptable y vinculada al principio de autodeterminación. La MINURSO tampoco ha desaparecido.
La diferencia parece jurídica y pequeña. No lo es. Para Mohamed VI, convertir el plan de autonomía en el centro de gravedad de las negociaciones constituye una enorme victoria diplomática. Convertir esa ventaja en un reconocimiento internacional definitivo es otra historia.
Israel aporta algo que Marruecos no podía comprar solo: tecnología militar
El segundo pilar de esta nueva posición marroquí es Israel. Las relaciones existían desde mucho antes de 2020 de manera más discreta, pero la normalización permitió abrirlas de par en par.
Defensa, inteligencia, ciberseguridad, drones, sistemas antiaéreos y tecnología militar han pasado a formar parte de una cooperación que habría resultado políticamente mucho más difícil hace una década.
Marruecos se ha convertido, de hecho, en el mayor importador africano de grandes sistemas de armas durante el periodo 2021-2025. Sus importaciones aumentaron un 12% respecto al quinquenio anterior. Estados Unidos suministró alrededor del 60% de ese armamento; Israel, aproximadamente el 24%; Francia, cerca del 10%.
El dato cuenta algo más profundo que una mera carrera de compras. Durante años Argelia fue el gigante militar indiscutible del Magreb. Sigue disponiendo de unas Fuerzas Armadas enormes y de una capacidad militar considerable, pero Marruecos ha estrechado la distancia mediante tecnología occidental e israelí, modernización aérea, drones y sistemas de defensa.
La rivalidad entre Rabat y Argel continúa siendo uno de los grandes motores del rearme regional. Argelia respalda al Frente Polisario, mientras Marruecos considera el Sáhara una cuestión de integridad territorial prácticamente intocable.
La relación con Israel, pese al enorme coste político que tiene en buena parte de la opinión pública marroquí por la guerra de Gaza, sigue proporcionando a Rabat una ventaja tecnológica y estratégica. Al mismo tiempo, Mohamed VI mantiene formalmente su respaldo a una solución de dos Estados para israelíes y palestinos.
Ese difícil equilibrio volvió a verse en julio de 2026, cuando Marruecos acordó participar en la Fuerza Internacional de Estabilización para Gaza con oficiales, miembros de la Gendarmería y un hospital militar de campaña. Rabat intenta conservar sus vínculos con Israel sin abandonar su tradicional legitimidad política en la cuestión palestina. Una cuerda floja, pero hasta ahora la camina.
Ceuta y Melilla reaparecen cuando Marruecos se siente más fuerte
Todo este movimiento internacional importa especialmente a España porque la relación con Marruecos nunca se limita al Sáhara. Migración, comercio, seguridad, terrorismo, pesca, fronteras, Canarias, Ceuta y Melilla forman una madeja que Madrid y Rabat desenredan y vuelven a enredar desde hace décadas.
Marruecos considera Ceuta y Melilla territorios ocupados y reclama su incorporación. España rechaza esa pretensión: ambas ciudades forman parte del territorio español y no figuran en la lista de territorios no autónomos pendientes de descolonización de Naciones Unidas.
La novedad de 2026 no está tanto en la reivindicación —antigua de sobra— como en el contexto en el que reaparece. Marruecos llega a esta discusión después de haber fortalecido considerablemente su posición sobre el Sáhara, con Trump en la Casa Blanca, una cooperación militar estrecha con Israel y una red diplomática africana mucho mayor que la que tenía al comienzo del reinado de Mohamed VI.
También cuenta la política doméstica. Marruecos celebra elecciones legislativas el 23 de septiembre de 2026, y las apelaciones territoriales suelen funcionar bastante bien cuando se acerca una urna. Pasa en Marruecos y en medio planeta; el nacionalismo tiene una admirable facilidad para descubrir fronteras justo durante las campañas electorales.
No existe, sin embargo, ningún indicio de que Estados Unidos haya reconocido o vaya a reconocer una reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla. Vincular automáticamente el respaldo de Trump en el Sáhara con las ciudades españolas sería ir bastante más lejos de lo que permiten los hechos.
La crisis de Ceuta aumenta las sospechas, no las pruebas
La tensión resulta mayor después de la grave crisis migratoria sufrida este verano en Ceuta. Las acusaciones de que Marruecos pudo permitir o favorecer deliberadamente la presión sobre la frontera han circulado con fuerza en España.
Pero, a fecha de 6 de septiembre de 2026, el Gobierno español sostiene que no dispone de pruebas concluyentes que permitan atribuir al Estado marroquí la organización de esas entradas. Pedro Sánchez aseguró el 3 de septiembre que España actuaría si apareciesen evidencias sólidas, pero afirmó que los informes disponibles no permiten realizar esa acusación.
La distinción importa. Marruecos ya utilizó en otras ocasiones la cooperación fronteriza como elemento de presión política, y la crisis de mayo de 2021 dejó un precedente difícil de olvidar. Eso explica la desconfianza. Un precedente, sin embargo, no convierte automáticamente una sospecha en un hecho probado.
El resultado es una relación cargada de paradojas: España necesita cooperar con Marruecos precisamente en los ámbitos donde también teme depender demasiado de Marruecos. Control migratorio, terrorismo y comercio, pero también narcotráfico, energía y estabilidad del Estrecho. Vecinos por obligación geográfica, socios por interés y rivales en determinadas cuestiones. Nada nuevo bajo el sol mediterráneo.
España ante un vecino que juega ahora con más cartas
Mohamed VI no ha cambiado el mapa del norte de África, pero sí ha cambiado la posición desde la que Marruecos lo observa. El reino dispone hoy de más respaldo diplomático, capacidad militar e influencia económica que hace una década. Estados Unidos es el factor decisivo; Israel aporta tecnología y cooperación en defensa; Francia ha aproximado notablemente su política a Rabat y el plan marroquí para el Sáhara ocupa un lugar mucho más central en la diplomacia internacional.
La ventaja tiene límites. El Sáhara Occidental continúa sin una solución definitiva, Naciones Unidas no reconoce la soberanía marroquí sobre el territorio y el Frente Polisario mantiene su reivindicación de autodeterminación. Argelia tampoco ha desaparecido del tablero, ni mucho menos.
Para España, la cuestión fundamental es bastante sencilla de formular aunque sea incómoda de gestionar: Marruecos sigue siendo el mismo vecino imprescindible, pero llega a la mesa con una mano mejor.
Eso explica la seguridad con la que Rabat se mueve, la insistencia sobre el Sáhara, la reaparición periódica de Ceuta y Melilla y el interés con el que Madrid observa cada gesto de Washington. Mohamed VI ha aprendido una vieja regla de la política internacional: un país no necesita ser el más grande del tablero para ganar influencia. A veces basta con saber exactamente con quién sentarse.












