Síguenos

Economía

Merz busca un nuevo equilibrio con China entre comercio y presión

El viaje del canciller refleja la dependencia alemana de China y el intento de corregir una relación cada vez más desigual.

Publicado

el

Merz se lanza a China

Friedrich Merz viajó a Pekín con dos mensajes que parecen contradictorios, pero responden a una misma necesidad: Alemania quiere conservar sus vínculos con China y, a la vez, cambiar las condiciones de una relación que considera desequilibrada. El canciller pidió una cooperación económica más justa mientras defendía mantener abiertos los canales diplomáticos. No plantea una ruptura, sino un reajuste de una dependencia que Berlín ya no considera segura.

La urgencia tiene una explicación material. China fue en 2025 el principal socio comercial de Alemania, con intercambios cercanos a los 252.000 millones de euros, pero el déficit alemán rondó los 90.000 millones. A la presión de las importaciones se suman la competencia de las empresas chinas en sectores industriales y la dependencia de suministros estratégicos. Merz llegó acompañado por unos 30 directivos, entre ellos representantes de Volkswagen, Siemens y BASF: una señal de que la visita también buscaba defender intereses empresariales concretos.

Un viaje entre la cooperación y el reproche

En su primera visita oficial a China como canciller, Merz se reunió con el primer ministro Li Qiang y con el presidente Xi Jinping durante una agenda de dos días, el 25 y el 26 de febrero de 2026. En público, sostuvo que existe margen para profundizar los lazos entre ambas economías; al mismo tiempo, habló de problemas específicos que deben corregirse para que la cooperación sea más equilibrada. La fórmula resume la posición alemana: seguir comerciando, pero dejar de tratar las fricciones como un asunto secundario.

Las quejas de Berlín se concentran en el acceso desigual a los mercados, las ayudas estatales a productores chinos, la sobrecapacidad industrial y las restricciones a la exportación de materias primas críticas. Merz también pidió que las relaciones económicas fueran previsibles, en un momento en que los aranceles y las disputas comerciales complican las decisiones de las empresas. Su planteamiento no consiste solo en reclamar mejores condiciones para Alemania: busca evitar que la respuesta europea derive en una escalada de barreras y represalias. La amenaza de un conflicto comercial está implícita en el llamamiento a corregir los desequilibrios.

Pekín ofreció un marco distinto. Xi defendió la confianza estratégica, la comunicación entre los dos países y la cooperación ante un escenario internacional turbulento. Ese lenguaje proyecta a China como socio dispuesto a mantener el diálogo y, al mismo tiempo, cuestiona la estrategia europea de reducir riesgos económicos. La diferencia importa: Berlín quiere limitar vulnerabilidades sin abandonar el intercambio; Pekín rechaza que esa prudencia se convierta en una retirada de empresas y capital. Ambos gobiernos respaldan el diálogo, aunque no describen del mismo modo el problema que deben resolver.

La dependencia que Berlín quiere reducir sin romper

Durante décadas, la expansión comercial con China favoreció a la industria alemana. Sus fabricantes vendieron maquinaria, vehículos y productos químicos en un mercado en crecimiento, mientras incorporaban componentes y materias primas procedentes de Asia a sus cadenas de producción. La relación permitió acceder a clientes y abaratar suministros, pero también concentró riesgos. Ahora que China produce bienes de mayor valor añadido y compite con marcas alemanas, el vínculo ha dejado de parecer una asociación entre un vendedor europeo y un gran comprador. El antiguo mercado de expansión es también un competidor industrial directo.

El saldo comercial muestra parte de ese cambio. En 2025, el volumen de intercambio bilateral alcanzó aproximadamente 251.800 millones de euros, según las cifras oficiales citadas en la información de referencia. Las importaciones alemanas desde China superaron ampliamente sus exportaciones y el déficit se acercó a los 90.000 millones de euros, un máximo histórico. El dato no prueba por sí solo que todas las importaciones respondan a prácticas desleales: también refleja la escala productiva china, la demanda alemana y la presencia de componentes asiáticos en productos fabricados en Europa. Pero sí alimenta la preocupación política por una relación en la que las ventas y las oportunidades de acceso no parecen avanzar al mismo ritmo.

Por eso Berlín habla de reducción de riesgos, no de desacoplamiento. La primera estrategia busca diversificar proveedores, evitar que una sola fuente controle insumos decisivos y conservar alternativas en sectores sensibles. El desacoplamiento, en cambio, supondría deshacer vínculos económicos de forma mucho más amplia, con costes difíciles de asumir para una economía exportadora. Merz ha rechazado esa opción como un error: Alemania necesita a China, aunque quiera depender menos de ella. La paradoja es que reducir una dependencia profunda exige seguir relacionándose con quien la concentra.

La industria alemana llega bajo presión

El viaje también debe leerse a la luz de las dificultades económicas internas. Alemania arrastra un periodo prolongado de estancamiento y su modelo industrial afronta varios golpes simultáneos: energía más cara que antes de la crisis ligada a la guerra en Ucrania, competencia internacional más dura y decisiones de inversión que ya no favorecen automáticamente a Europa. La pérdida del acceso al gas ruso barato debilitó una ventaja de costes que había respaldado durante años a sectores intensivos en energía. A su vez, los incentivos estadounidenses de la Ley de Reducción de la Inflación atrajeron inversiones industriales hacia Estados Unidos, mientras Berlín tenía menos margen para igualarlos. La visita a Pekín forma parte de una búsqueda más amplia de oxígeno para la producción alemana.

La tensión no se limita a los despachos. Las grandes compañías alemanas mantienen una exposición considerable al mercado chino, tanto por sus ventas como por sus plantas, proveedores e inversiones. Para fabricantes como Volkswagen y Mercedes-Benz, distanciarse de China podría afectar a sus resultados y a la financiación de proyectos en otros mercados. Pero permanecer allí tampoco garantiza la posición de antes: las marcas locales han ganado terreno y la competencia se ha intensificado en áreas como el automóvil eléctrico y la tecnología industrial. Las empresas que presionaron para que Merz viajara necesitan acceso al mercado, aunque ya no puedan dar por sentado que dominarán en él.

El Gobierno alemán también afronta desacuerdos políticos sobre cómo repartir los costes de la recuperación y el rearme. El presupuesto para 2026 elevó el gasto militar a 108.200 millones de euros mediante mecanismos de financiación que han sido cuestionados, mientras las medidas de ajuste han alimentado disputas dentro de la coalición. En ese clima, conseguir resultados económicos y proteger el empleo industrial tiene una dimensión política: ayuda a responder al malestar de quienes sienten que el país pierde poder adquisitivo y oportunidades. El avance de Alternativa para Alemania (AfD) añade presión electoral, aunque no convierte la visita en una solución inmediata a los problemas internos. Un acuerdo comercial puede dar margen, pero no resolver por sí solo la crisis de competitividad ni las tensiones de la coalición.

El coche y la tecnología explican el cambio de época

La automoción condensa mejor que ningún otro sector la transformación de la relación. Las marcas alemanas construyeron una parte importante de su presencia global en China, donde vendieron millones de vehículos y desarrollaron alianzas industriales. Pero los fabricantes chinos han avanzado en electrificación, baterías, software y precios, y compiten ahora dentro y fuera de su mercado. Las exportaciones alemanas de automóviles a China cayeron alrededor de un tercio en 2025 respecto al año anterior, según la información empresarial citada por uno de los análisis de referencia. El desafío ya no es solo vender más coches en China, sino no perder terreno frente a sus fabricantes en todo el mundo.

La visita de Merz a la empresa de robótica Unitree, en las afueras de Pekín, dio una imagen concreta de ese desplazamiento. La robótica avanzada simboliza un campo en el que Alemania se asociaba tradicionalmente con ingeniería de precisión y liderazgo industrial, pero donde las empresas chinas han ganado visibilidad y capacidad. La escena sirve también para entender por qué la delegación empresarial tenía tanto peso: los directivos no acudieron solo a acompañar al canciller, sino a observar de cerca un competidor que ya marca el ritmo en tecnologías de interés estratégico. La competencia se juega cada vez más en la innovación y en la velocidad para llevarla a las fábricas.

La dependencia alcanza además a las baterías, la energía solar y los minerales críticos. China ocupa una posición central en varias cadenas de suministro vinculadas a la transición energética, y sus controles de exportación sobre materias primas estratégicas han mostrado hasta qué punto una decisión regulatoria puede afectar a la producción en otros países. Una pieza pequeña, difícil de sustituir y necesaria para un componente puede detener una línea entera. Por eso Alemania quiere diversificar el origen de ciertos suministros, aunque encontrar proveedores alternativos y construir capacidad propia lleva tiempo. La vulnerabilidad no reside únicamente en comprar mucho a China, sino en no disponer de sustitutos rápidos cuando el flujo se interrumpe.

Qué podía conseguir Merz en Pekín

La delegación empresarial buscaba preservar oportunidades comerciales y mejorar las condiciones para las compañías alemanas. Merz reclamó que China reduzca las distorsiones que Berlín atribuye a las subvenciones, facilite una competencia más equilibrada y garantice la continuidad de exportaciones de materias primas. También defendió que la inversión china en Alemania puede contribuir a equilibrar la relación, siempre que genere actividad dentro del país y opere conforme a las normas europeas. La propuesta alemana combina acceso a China con una invitación a que parte de la inversión y la producción se establezcan en Europa.

El resultado tangible más destacado fue el compromiso chino de adquirir hasta 120 aviones Airbus, un acuerdo relevante para el fabricante europeo y para su competencia con Boeing. También se anunciaron iniciativas de cooperación en ámbitos como el clima y la transición verde, junto con acuerdos de alcance más limitado sobre salud animal, comercio agrícola y deporte. Esos avances muestran que el contacto puede producir resultados, pero no equivalen a un cambio de las reglas que preocupan a la industria alemana. Los acuerdos comerciales visibles convivieron con la ausencia de concesiones estructurales sobre subsidios, acceso al mercado y sobrecapacidad.

La distancia entre el anuncio y la solución es importante. Un compromiso de compra puede beneficiar a una empresa y abrir espacio político para el diálogo, pero no corrige automáticamente el déficit comercial ni garantiza mejores condiciones para todos los exportadores. Tampoco elimina las dudas sobre la competencia con empresas respaldadas por el Estado chino o sobre las restricciones que afrontan firmas europeas. Las conversaciones bilaterales ofrecen un canal para discutir esos asuntos; el efecto dependerá de que se traduzcan en cambios verificables. La normalización diplomática no debe confundirse con una mejora ya consumada de las condiciones económicas.

Una relación europea bajo presión de Washington y Pekín

Merz no negocia en un vacío bilateral. Alemania forma parte de la Unión Europea, que es a la vez un mercado esencial para China y un bloque que intenta proteger sectores considerados estratégicos. Bruselas ha aplicado medidas comerciales sobre vehículos eléctricos fabricados en China y mantiene debates sobre cómo responder a las subvenciones y a la sobrecapacidad. Berlín, tradicionalmente partidario del libre comercio, teme que una escalada perjudique a sus propias empresas, pero también sabe que no puede ignorar las demandas de protección de su industria. El margen alemán consiste en defender el comercio sin aceptar que todas las condiciones actuales sean sostenibles.

Estados Unidos complica aún más el equilibrio. La política arancelaria de Donald Trump aumenta la incertidumbre para las empresas europeas y puede encarecer exportaciones o alterar decisiones de inversión. Al mismo tiempo, Washington presiona a sus aliados para que reduzcan dependencias de China en sectores sensibles. Berlín necesita la relación transatlántica en materia de seguridad, pero no puede limitarse a seguir una estrategia que choque con sus intereses económicos. Las visitas de otros dirigentes occidentales a Pekín, entre ellos los de Francia y Reino Unido, muestran que el intento de mantener interlocución con China no es exclusivo de Alemania. Las capitales europeas buscan evitar que la rivalidad entre las dos grandes potencias las obligue a elegir un solo lado.

La guerra de Ucrania añade una fractura que no se resuelve con acuerdos comerciales. Merz pidió a Xi que use la influencia de Pekín sobre Moscú para favorecer el fin del conflicto, mientras China ha defendido el diálogo y una salida negociada sin asumir la posición europea de responsabilizar directamente a Rusia. El canciller también expresó la oposición alemana a cualquier intento de alterar por la fuerza el statu quo en torno a Taiwán, un asunto que eleva el coste político de la relación. La cooperación económica convive con desacuerdos geopolíticos que limitan la confianza entre ambos gobiernos.

El reinicio dependerá de lo que cambie después de la visita

La palabra reset sugiere empezar de nuevo, pero la relación entre Alemania y China no puede borrarse y reconstruirse desde cero. Hay inversiones, contratos, empleos y cadenas de suministro que conectan a las dos economías. Lo que Merz intenta es fijar un marco menos complaciente: mantener los intercambios donde aportan beneficios, reducir vulnerabilidades concretas y reclamar reglas más equilibradas allí donde Alemania considera que compite en desventaja. El objetivo no es abandonar China, sino negociar desde una posición menos expuesta.

El viaje, por tanto, obtuvo un resultado político más claro que económico. Restableció el diálogo de alto nivel, puso las quejas alemanas sobre la mesa y permitió anunciar acuerdos, pero dejó abiertos los asuntos que más afectan a la estructura del comercio. El déficit continúa, las empresas chinas siguen avanzando en sectores donde Alemania fue líder y la dependencia de componentes y materias primas no desaparece por una visita oficial. La relación puede estabilizarse sin volverse más equilibrada. Ese es el límite de una diplomacia que abre canales, pero no puede sustituir la competencia ni la política industrial.

La prueba llegará en las decisiones posteriores: si las conversaciones producen mayor acceso para las empresas alemanas, más previsibilidad en los suministros y condiciones menos asimétricas, el viaje habrá sido el comienzo de una recalibración. Si los gestos quedan en declaraciones y acuerdos puntuales, Berlín tendrá que decidir cuánto riesgo acepta y qué sectores puede proteger sin dañar su propia economía exportadora. China seguirá siendo imprescindible para Alemania; precisamente por eso, el debate ya no consiste en si mantener la relación, sino en cómo evitar que la dependencia limite la capacidad de actuar de la mayor economía europea.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído