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Economía

¿Por qué Merz se lanza a China y pide un reset a Pekín?

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Merz se lanza a China

Alemania intenta recalibrar su relación con China entre advertencias por subsidios, sobrecapacidad y una carrera industrial que ya impacta en Europa.

Friedrich Merz llegó a Pekín el 25 de febrero de 2026 con una frase que suena cordial y, al mismo tiempo, lleva un subrayado en rojo: Alemania quiere reiniciar la relación con China, pero exige que el tablero deje de estar inclinado. En su primera visita al país como canciller, Merz se sentó con Xi Jinping y con el primer ministro Li Qiang para defender que las dos potencias —la segunda y la tercera economías del planeta— sigan cooperando, sin ocultar que Berlín ve “distorsiones” que ya no puede tolerar si pretende proteger su industria.

El mensaje, dicho en público y repetido en privado, mezcla invitación y advertencia: más inversión china en Alemania, más “comunicación abierta”, más negocio… y, a la vez, una reclamación directa sobre el yuan (que Berlín considera infravalorado), los subsidios y la sobrecapacidad exportadora que, según Alemania, está empujando a Europa a un terreno cada vez más proteccionista. Merz viajó acompañado por una delegación de unas 30 empresas, con nombres como Volkswagen, BMW y Mercedes-Benz, y el resultado inicial fue llamativamente discreto: cinco documentos de alcance limitado, centrados en clima, transición verde, salud animal, un protocolo sobre productos avícolas y cooperación deportiva en fútbol y tenis de mesa.

La escena que dejó imágenes fue sobria y casi quirúrgica: Merz y Li Qiang en una ceremonia de firma en el Gran Salón del Pueblo, y, después, el canciller en un acto empresarial con directivos alemanes y chinos del mundo tecnológico y del automóvil. Ahí soltó la frase que Pekín entiende a la primera: “Queremos inversión china en Alemania”. No es solo una invitación, es una idea de equilibrio: si China vende más en Europa, también debería plantar más actividad, empleo y capital dentro de Europa, bajo reglas europeas.

Pekín, el escenario del reinicio

El viaje no cae del cielo. Merz aterriza en China entre el 24 y el 27 de febrero, con la sensación de que el mundo se ha vuelto más áspero y más transaccional. En Berlín se habla de “dependencias unilaterales” en materias primas, tecnologías y cadenas de suministro, un vocabulario que hace pocos años se reservaba para estrategas y que ahora aparece en boca de ministros y directivos. La relación con China, durante décadas tratada como un motor que no convenía apagar, empieza a mirarse como un motor potente… con un escape que intoxica si no se controla.

En la Gran Sala del Pueblo, la coreografía fue la habitual: sonrisas, apretones de manos, foto de familia. Pero el contenido sube un grado. Merz le dijo a Xi Jinping que quiere profundizar los lazos económicos con el mayor socio comercial de Alemania “el año pasado”, y Xi aprovechó para colocar su marco preferido: cuanto más turbulento e interconectado es el mundo, más necesitan China y Alemania “fortalecer la comunicación estratégica” y “aumentar la confianza estratégica mutua”. Es un lenguaje sedoso, casi diplomacia en crema hidratante, que en Pekín se usa también para recordar que China no quiere que la definan como “rival sistémico”.

Detrás de esa suavidad hay cálculo. China intenta proyectarse como socio fiable en un entorno agitado por aranceles, vetos tecnológicos y bandazos geopolíticos. Alemania, por su parte, camina sobre una línea fina: necesita el mercado chino y, al mismo tiempo, ve cómo ese mercado cambia y cómo su propia industria siente el empuje de fabricantes chinos “imbatibles” por escala y precio. El “reset” que busca Merz no pretende reescribir la historia; pretende, más bien, bajar el volumen a los choques antes de que se conviertan en ruptura.

La novedad es que el propio Merz, en su reunión previa con Li Qiang, verbalizó que existen “preocupaciones muy concretas” sobre la cooperación bilateral y que el objetivo alemán es hacerla más justa. En esa frase cabe medio programa económico europeo: acceso al mercado, reglas iguales, controles de exportación, ayudas públicas, competencia de precios. Y cabe también una realidad incómoda para Berlín: China ya no es solo cliente; es rival en segmentos donde Alemania construyó su identidad industrial.

Que la visita arrancara sin “grandes” acuerdos es casi parte del mensaje. Los cinco documentos firmados, por sí mismos, dicen poco de coches, chips o acero, pero dicen mucho de cautela. Hablan de mantener esfuerzos frente al cambio climático y la “transición verde”, de cooperación en prevención de enfermedades animales, de un protocolo para productos de ave y de acuerdos de colaboración deportiva en fútbol y tenis de mesa. Son áreas periféricas comparadas con el tamaño de la relación bilateral. Y el contraste se subrayó en Pekín, donde se recordó que Canadá y el Reino Unido firmaron el mes anterior paquetes bastante más voluminosos —ocho y doce documentos— en visitas de Mark Carney y Keir Starmer.

También hubo un pulso de relatos. Medios estatales chinos insistieron en que la cooperación entre la UE y China puede funcionar como fuerza “estabilizadora” en un año marcado por políticas arancelarias de Estados Unidos, y llegaron a sugerir que el magnetismo del mercado chino pesa más que las etiquetas europeas de “de-risking”. En Berlín, esa palabra —reducir riesgos— se repite cada vez más: significa diversificar, tener plan B, no depender de una sola válvula. Suena razonable… y en Pekín suena a desconfianza.

La factura del desequilibrio: yuan, subsidios y excedentes

La palabra “reset” suena a borrón y cuenta nueva, pero la relación sino-alemana llega cargada de facturas. La más visible es el comercio. Alemania, gran potencia exportadora europea, convive con un déficit que antes habría parecido una anomalía temporal. En 2025, el saldo comercial alemán con China se situó cerca de 90.000 millones de euros en rojo, un dato que, en Berlín, ya no se discute como curiosidad estadística sino como problema político. El director ejecutivo del ‘think tank’ Merics en Berlín, Mikko Huotari, lo resumió con crudeza: el desequilibrio ha alcanzado “proporciones alarmantes”.

Ese déficit no aparece por magia. En el diagnóstico alemán se repiten tres piezas, como si fueran un acorde: tipo de cambio, subsidios y sobrecapacidad. Cuando Merz habla de un yuan infravalorado, no está abriendo un debate académico sobre divisas; está señalando que, si el precio de la moneda favorece sistemáticamente al exportador chino, el producto llega a Europa con una ventaja de salida difícil de neutralizar sin levantar barreras. Cuando menciona subsidios “distorsionadores”, apunta a una idea que en Alemania irrita especialmente: competir contra empresas respaldadas por un Estado que puede permitirse sostener pérdidas, bajar precios o financiar expansión en sectores estratégicos.

La tercera pieza —la sobrecapacidad— es el corazón del choque actual. China ha construido una potencia industrial capaz de producir a escala gigantesca. En tiempos de demanda interna fuerte, esa capacidad se absorbe dentro del país. Pero con la economía china más lenta y el consumo más contenido, parte de esa producción busca salida fuera, y Europa teme convertirse en el mercado donde se “descarga” el excedente. Para Alemania, que vive de vender bienes industriales de alto valor, el riesgo es doble: perder cuota en casa y ver cómo su propia exportación se topa con un mercado chino más cerrado, más competitivo y menos generoso con el extranjero.

El malestar no es solo gubernamental. Grupos empresariales alemanes han presionado para que el canciller lleve a Pekín una lista clara: sobrecapacidad, distorsión de la competencia y controles de exportación sobre materias estratégicas. Ese punto es importante porque marca una transición: durante años, parte de la gran empresa alemana prefería el tono bajo y la negociación discreta; ahora, incluso desde la patronal industrial, se pide hablar de frente, porque el coste de callar se percibe como más alto.

En Pekín, Merz intentó pintar una salida que suena razonable y a la vez es difícil: corregir distorsiones para evitar una espiral proteccionista. Es un argumento con amenaza implícita. Porque, en Bruselas, la presión para “defender” sectores estratégicos ha crecido, y no solo en países tradicionalmente más proteccionistas. Incluso Alemania, que durante años se sintió cómoda con el libre comercio, empieza a aceptar medidas de escudo cuando el golpe llega al empleo industrial.

El déficit alemán con China ya es un asunto político

Hay un punto en el que la economía deja de ser tecnocracia y se convierte en conversación cotidiana. Alemania siente que su modelo, basado en industria competitiva y exportación, está bajo estrés por dos lados. Por un lado, la competencia china, especialmente en sectores como el coche eléctrico, aprieta márgenes y desplaza productos. Por otro, aranceles estadounidenses y tensiones comerciales globales han añadido miles de millones en costes para compañías europeas, obligadas a recalcular cadenas de suministro y estrategias de mercado.

En ese contexto, Merz explicó antes de despegar que ambos países deben mitigar riesgos derivados de una integración cada vez más estrecha y de dependencias unilaterales, sobre todo en suministros, tecnologías y materias primas. Dicho así, suena a prudencia. Traducido a política industrial, implica diversificar proveedores, reducir exposición a cuellos de botella y aceptar que la globalización ya no funciona como autopista libre; ahora es una red de peajes y controles.

El asunto de las tierras raras resume el problema con una imagen muy concreta. China concentra más del 90% del procesado mundial de tierras raras y de los imanes asociados, piezas pequeñas, casi invisibles, pero esenciales para motores eléctricos, aerogeneradores, electrónica y un sinfín de sistemas industriales. El año pasado, Pekín endureció controles de exportación en este ámbito y el susto recorrió fábricas europeas como un escalofrío: la dependencia no es una teoría, es una caja que no llega a tiempo y para una línea de producción entera.

Automoción y tecnología: donde más duele la competencia

Si el comercio es el gran número, el automóvil es la gran herida. La automoción alemana vive un cambio de época: electrificación, software, baterías, cadenas de valor nuevas y, en paralelo, un competidor chino que ya no juega en segunda división. La visita de Merz con los máximos responsables de Volkswagen, BMW y Mercedes-Benz refleja que el Gobierno alemán no puede tratar la relación con China como asunto abstracto: es industria, empleo y futuro tecnológico.

En China, los fabricantes alemanes llevan años vendiendo y produciendo. Pero el mercado chino ha cambiado de textura. La demanda interna crece menos; el consumidor compra más marca nacional; los fabricantes locales han avanzado en tecnología, diseño y precio. Y la competencia se ha vuelto “sufocante” en el entorno empresarial para describir la presión que llega desde fabricantes chinos de vehículos eléctricos. A eso se suma que las propias marcas alemanas necesitan acceso a componentes, baterías y minerales que China domina, lo que convierte el vínculo en dependencia y oportunidad al mismo tiempo, una mezcla inestable.

En Europa, el temblor se nota en la cadena industrial completa, desde proveedores de primer nivel hasta plantas de montaje. Cuando en Stuttgart o Wolfsburg se ajusta un plan de inversiones, la onda se siente también en España: Mercedes-Benz en Vitoria, Volkswagen Navarra en Landaben (Pamplona) o el ecosistema de SEAT/Cupra en Martorell viven conectados a decisiones sobre tecnología, plataformas eléctricas y márgenes. La competencia china no afecta solo al coche que se vende; afecta al ritmo de innovación, al coste de la batería, al software que manda más que el motor, y a la capacidad de vender con beneficio en un mercado europeo cada vez más sensible al precio.

El jefe de Mercedes-Benz en China, Oliver Thoene, puso voz a ese cambio al describir “presión de precios” y la entrada de nuevos competidores “en casi cada segmento”, con un desplazamiento fuerte de lo que antes era la estructura del mercado. Esa frase podría servir para el coche… y para otras áreas industriales. Porque el patrón se repite: China escala, baja precios, introduce producto y, con el tiempo, ocupa el centro del mercado.

En su viaje, Merz buscaba también algo menos visible: señales de acceso real. Alemania quiere vender más, invertir con seguridad jurídica, competir en igualdad. Pero muchas empresas europeas se quejan de obstáculos, de reglas que cambian, de un entorno que favorece al actor doméstico. La diplomacia no puede firmar una “apertura” de golpe, pero sí puede probar el terreno, medir el tono, detectar hasta dónde China está dispuesta a ceder.

Mercedes, Siemens Energy y la foto industrial del viaje

La agenda incluía visitas a instalaciones que son casi símbolos. Una planta de Mercedes-Benz centrada en vehículos eléctricos y una instalación de Siemens Energy. Dos nombres que condensan la Alemania industrial: automoción y energía, movilidad y transición, hardware pesado y tecnología aplicada. En Pekín, enseñar esas paradas sirve para dos cosas: recordar que Alemania sigue siendo un actor industrial de primera línea y, al mismo tiempo, subrayar que esa industria está en plena transición y necesita estabilidad en suministros y mercados.

En ese paisaje, el hecho de que los acuerdos firmados sean menores tiene una lectura práctica. Los grandes pactos industriales, los de volumen real, suelen venir acompañados de compromisos, licencias, garantías, y ahora mismo el clima no está para prometer demasiado. Merz dejó caer que la segunda mitad del viaje, más centrada en negocios, podría traer más acuerdos, pero el arranque ya marcó la línea: cooperación, sí; cheque en blanco, no.

La Unión Europea busca defensas sin romper el puente

La visita de Merz también tiene dimensión europea, aunque no se anuncie con trompetas. Lo que Alemania sugiera o consiga con China puede “marcar el escenario” de la relación entre la Unión Europea y Pekín durante 2026. En Bruselas, las tensiones comerciales con China han subido por una razón simple: industrias enteras dicen sentirse asfixiadas por importaciones baratas y por una competencia que, según el diagnóstico europeo, no siempre juega con las mismas reglas.

La UE ya ha tomado medidas en ámbitos sensibles y eso se nota en varios frentes. Ha elevado aranceles a vehículos eléctricos fabricados en China que se envían a Europa, y también se mueve para proteger a siderúrgicas que llevan años alertando de presión asiática: reducción de cuotas de importación y aumento de aranceles, con el objetivo declarado de evitar que el acero europeo se hunda. El problema es que cada barrera alimenta una contramedida, y el equilibrio es delicado: Europa quiere proteger sin romper, contener sin incendiar.

Para España, ese pulso es más que una discusión de Bruselas. El mercado español ha visto crecer la presencia de marcas chinas en el automóvil, especialmente en eléctricos e híbridos enchufables, y los precios importan: un cambio arancelario se traduce en catálogo, financiación y decisión de compra. Al mismo tiempo, España es un país industrial en automoción, con plantas y proveedores integrados en cadenas europeas donde Alemania manda mucho; si la industria alemana pierde margen frente a China, el ajuste puede llegar en forma de inversiones aplazadas, ritmos de producción revisados o presión sobre proveedores.

Merz intenta colocarse en una posición que, en teoría, suena conciliadora: se habla de comercio justo y transparente como requisito para una relación sólida, y se insiste en que las reglas acordadas deben cumplirse. Pero el propio canciller admite el nudo: hay que discutir cómo “remediar” situaciones donde la sobrecapacidad sistémica, restricciones a la exportación y restricciones de acceso distorsionan la competencia e impiden “explotar todo el potencial” de la asociación. Traducido: Alemania quiere que China afloje en los puntos que Europa considera más dañinos, o Europa endurecerá su defensa.

En Pekín, Li Qiang pidió a ambos lados que trabajen para salvaguardar el multilateralismo y el libre comercio, y llegó a hablar de construir un sistema de gobernanza global “más justo y equitativo”. El guiño tiene destinatario: la guerra comercial de Donald Trump y un Estados Unidos dispuesto a usar aranceles como herramienta de presión. Para Alemania, la ecuación se complica porque el viaje a Pekín va seguido, en cuestión de días, por una visita a Washington. Dos capitales, dos lógicas, y una Europa que intenta no quedar atrapada en el tirón de ambos lados.

Lo que queda tras el apretón de manos

El “reset” de Merz con China, visto a la luz fría, no es un giro romántico ni un volantazo. Es un intento de ajustar el ángulo de una relación enorme y, a la vez, cada vez más incómoda. China continúa siendo un mercado inmenso y tecnológicamente sofisticado; Alemania sigue necesitando vender, invertir y cooperar. Pero el tono ha cambiado: se habla de riesgos, de dependencias, de distorsiones, de acceso restringido. Palabras que antes sonaban a informe interno y ahora se dicen frente a cámaras, en Pekín.

La prudencia se ve en lo firmado y en lo no firmado. Cinco documentos limitados, con contenido útil pero periférico, y un mensaje de fondo: los grandes asuntos —moneda, subsidios, sobrecapacidad, controles de exportación, acceso al mercado— quedan abiertos. Pekín responde con su guion de confianza estratégica y multilateralismo, y con editoriales que critican etiquetas como “de-risking” o “rival sistémico” por enturbiar la política alemana. Alemania responde con la presencia de sus grandes empresas y con una invitación directa a que China invierta más en territorio alemán, como forma de equilibrar y de “anclar” parte del vínculo en actividad dentro de Europa.

La fotografía final es clara: Berlín no quiere romper con Pekín, pero tampoco quiere seguir como si nada. Y esa tensión —cooperar y contener a la vez— será el hilo conductor de 2026. Si China decide mover algo en el terreno que a Alemania le obsesiona, el “reset” puede convertirse en una recalibración real. Si no, el ruido en Bruselas, en los parlamentos nacionales y en las fábricas europeas seguirá subiendo, empujando a la UE hacia más barreras, más investigación comercial y más defensa industrial. Para Alemania, que vive de exportar, eso sería una medicina con efectos secundarios. Para China, que necesita mercados abiertos para su excedente industrial, sería una puerta que se estrecha, poco a poco, pero se estrecha.


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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y medios internacionales de referencia, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Reuters, Reuters, Financial Times, Deutsche Welle.

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