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¿Dónde se complica Madrid por nieve y viento este miércoles?
Nieve y viento ponen a Madrid en alerta: M-601 cerrada, cadenas en la sierra, M-40 en amarillo y parques clausurados por rachas muy fuertes.

Nieve y viento ponen a Madrid en alerta: M-601 cerrada, cadenas en la sierra, M-40 en amarillo y parques clausurados por rachas muy fuertes.
Madrid ha entrado este miércoles 28 de enero de 2026 en ese modo invernal que transforma la ciudad sin necesidad de exageraciones: avisos amarillos por nieve en la Sierra, extendidos a primera hora al área Metropolitana y del Henares, viento con rachas capaces de mover ramas y alterar la conducción en segundos y un parte de carreteras que, a media mañana, ya trae nombres propios en rojo… y uno en negro. En la práctica, el punto más delicado está en la Sierra de Guadarrama y los accesos a los puertos: la M-601 aparece cerrada en el tramo Navacerrada–Puerto de Navacerrada, un corte sin matices, de los que no admiten interpretación.
La imagen se completa con una idea clave: la nieve no se está quedando “solo arriba”. El dispositivo de avisos sitúa el riesgo también sobre zonas más bajas en una franja concreta de la mañana y la propia gestión del tráfico ha llegado a incluir tramos de la M-40 en nivel amarillo por nevada. Suena extraño hasta que se mira el cielo de Madrid y se entiende que este episodio tiene agenda propia y no respeta del todo las fronteras habituales.
El temporal llega por capas, no por sorpresa
Lo de hoy no es una postal aislada, sino una suma de capas. Por un lado, la sucesión de frentes atlánticos que ha ido dejando lluvia, bajadas térmicas y nieve en la mitad norte; por otro, el episodio más relevante de este tramo de semana, asociado a la borrasca Kristin, después del paso previo de Joseph. En Madrid, traducido a la calle, eso significa cielos cerrados, momentos de precipitación débil que de repente se vuelven copo y una sensación térmica que se desploma cuando el viento entra del oeste y del suroeste con decisión.
En términos oficiales, el aviso amarillo por nieve en la Comunidad de Madrid se ha concentrado en la Sierra durante una ventana amplia del día —de madrugada a la tarde— y se ha extendido a Metropolitana y Henares en una franja de mañana muy concreta, justo cuando coinciden el tráfico de entrada, los horarios escolares, las prisas y el asfalto aún sin “templarse”. No hace falta que cuaje un palmo: con un par de grados menos y la calzada húmeda, el riesgo aparece.
El viento es la otra mitad del problema, aunque no deje huella blanca. En la Sierra de Madrid se manejan rachas máximas cercanas a los 80 km/h en buena parte del día y, en el conjunto de la región, valores elevados también fuera de la sierra, en torno a los 70 km/h. No es el viento de escenas espectaculares; es el viento real, el que empuja un coche en un viaducto, suelta una rama grande o convierte un parque en un lugar incómodo y potencialmente peligroso.
Y luego está la cota de nieve. Se ha venido manejando un rango alrededor de los 600-700 metros en puntos de la mitad norte, una cifra casi provocadora para Madrid, que se mueve cerca de esa altura. El margen entre “llueve” y “nieva” se estrecha. Aun así, donde se espera una nevada más clara y con acumulación es por encima de los 1.000 metros, con estimaciones de hasta 15 centímetros en 24 horas en la sierra bajo aviso amarillo.
Carreteras: el parte que ha puesto a Madrid en amarillo, rojo y negro
La gestión del tráfico insiste estos días en una idea simple y muy concreta: antes de desplazarse conviene comprobar el estado de las vías y, si empieza a nevar, el carril izquierdo debe quedar libre para los servicios de conservación y las quitanieves. No es una consigna teórica; cuando ese carril se ocupa, la nieve dura más, el atasco se endurece y el riesgo se multiplica.
En el parte de carreteras afectadas por hielo y nieve generado a primera hora, Madrid aparece con un listado que mezcla grandes ejes y carreteras serranas que solo entran en conversación cuando el tiempo se pone serio. En nivel negro, con corte total, figura la M-601 entre Navacerrada y el Puerto de Navacerrada, un cierre que responde a la combinación de calzada cubierta y condiciones que no admiten medias tintas. En nivel rojo aparecen varias vías de la sierra norte y el entorno serrano, con la lógica de “o se circula con equipamiento y restricciones, o mejor no”: la M-137 (Montejo de la Sierra–La Hiruela), la M-139 en el entorno de Montejo, la M-611 (Miraflores de la Sierra–Los Grifos), la M-629 (Canencia–El Hoyuelo, con el kilometraje en sentido decreciente en el parte) y la M-637 (Lozoya–La Granja). En rojo también figura la M-600 (La Mata–Valdemorillo), ya fuera del cliché de “solo la sierra”, lo que explica que el episodio no se limite a un par de puertos.
En nivel amarillo, con restricciones más suaves pero relevantes, el parte incluye dos tramos de la M-40 y la M-607 (Madrid–El Berrocal/El Retamar), con limitación temporal de velocidad y restricciones a vehículos pesados. Que el anillo aparezca en amarillo es un aviso dentro del aviso: la situación de vialidad ha cruzado un umbral que obliga a formalizarlo, aunque aún permita circular bajo condiciones marcadas.
La M-604, en el Puerto de Cotos, aparece en verde, pero con una indicación que en días así no es decorativa: prohibición de adelantar para pesados. Verde no es barra libre; es “se puede, pero con cabeza”. En la sierra, donde el sol llega tarde a las sombras, ese verde puede convivir con placas de hielo en cuanto se abandona el tramo más transitado.
La M-601 y el efecto llamada: cuando la nieve se vuelve atasco
El cierre de la M-601 hacia el Puerto de Navacerrada tiene historia. Navacerrada funciona como imán: basta con que se intuyan copos para que haya quien suba a “ver nieve”. Esa mezcla —turismo improvisado, condiciones de montaña, conductores sin cadenas y retenciones en subida— suele acabar igual: coches cruzados, circulación parada y una carretera que deja de ser carretera para convertirse en una fila inmóvil en pendiente. El parte lo resume sin adornos: negro y cerrado.
En paralelo, la conversación pública en Madrid se ha llenado de avisos directos sobre ese corredor. El problema no es solo el que entra; es el que se queda, bloquea y obliga a movilizar recursos para rescatar imprudencias. La nieve, cuando se pisa mal, tiene la mala costumbre de devorar horas.
La sierra y la cota: lo que cuaja arriba, lo que resbala abajo
En la Sierra de Madrid, el episodio se entiende mejor mirando la altitud como si fuera un interruptor. Por encima de 1.000 metros, la previsión apunta a acumulaciones que ya son nieve de verdad, con cifras que, en aviso amarillo, pueden alcanzar esos 15 centímetros en 24 horas. No es Filomena —conviene no mezclar fantasmas—, pero sí suficiente para complicar puertos, carreteras secundarias y cualquier tramo donde el viento haga de escoba y amontone nieve donde antes parecía limpio.
En cotas más bajas, incluida la capital, el riesgo cambia de textura. La nieve puede aparecer de forma intermitente, a ratos como copo suelto, a ratos como aguanieve, y lo que deja no siempre es blanco: deja barro frío, deja calzada con brillo, deja ese “no parece peligroso” que es justo lo que vuelve peligroso a un día así. Que la M-40 entre en amarillo no es un capricho; responde a un umbral real de vialidad.
Hay además un detalle colateral que pesa más este año: la alternativa ferroviaria clásica para subir a zonas altas, la línea de Cercanías C-9 (Cercedilla–Puerto de Navacerrada–Cotos), está marcada por interrupciones por obras, de modo que ese plan B habitual no funciona como comodín. En episodios de meteorología complicada, este tipo de cambios logísticos empujan más coches a la carretera y el efecto se nota luego en los accesos.
La sierra, además, es un mosaico. No se comporta igual el entorno de Navacerrada que la zona de Montejo de la Sierra o los valles de Lozoya. Por eso en el parte aparecen carreteras como la M-137 y la M-139 en rojo, y otras como la M-637 hacia La Granja con restricciones fuertes. En la práctica, todo se decide en dos gestos pequeños: si el vehículo va equipado y si se acepta ir a ritmo de nieve, sin prisas ni apuros. Cuando no se acepta, el monte se encarga de recordarlo.
Viento y ciudad: parques cerrados, ramas sueltas y un Madrid distinto
La nieve protagoniza la foto, pero el viento cambia la coreografía urbana. El Ayuntamiento de Madrid ha activado el protocolo que implica el cierre de El Retiro y otros parques históricos cuando hay riesgo para el arbolado, y en este episodio se ha aplicado con una lista amplia que retrata bien la prevención: además de El Retiro, se incluyen el parque del Capricho, la Rosaleda del parque del Oeste, Juan Carlos I, Juan Pablo II, la Quinta de Fuente del Berro, la Quinta de los Molinos, la Quinta Torre Arias y el parque Lineal del Manzanares. Para la ciudad se manejaban rachas en torno a los 56 km/h, suficientes para que un árbol viejo o una rama cargada se conviertan en problema.
No es una decisión estética; es gestión del riesgo. Madrid cuenta con parques de arbolado histórico y zonas de paso muy transitadas. Cuando sopla fuerte, la caída de ramas deja de ser una posibilidad teórica y pasa a ser una estadística. Estos cierres suelen levantarse después de revisiones técnicas y actuaciones puntuales, porque el viento no solo tira: también fisura, abre y deja elementos medio colgando.
El viento también se nota al volante, incluso sin nieve
En carretera, el viento entra como un factor invisible pero determinante. En un turismo ligero, una racha lateral en un tramo abierto puede desplazar el coche lo justo para exigir una corrección brusca; en motos, el episodio cambia directamente las reglas. En autopistas y circunvalaciones, el riesgo se concentra en viaductos y zonas expuestas. Por eso los datos de 80 km/h en la sierra y los valores elevados en el resto de comarcas no son solo meteorología: son movilidad, incidentes y llamadas al 112 por caídas de elementos.
Hay un matiz adicional: el viento suele coincidir con la sensación de frío más intensa. El cuerpo se tensa, las manos se enfrían y se conduce de forma más rígida. Parece menor hasta que deja de serlo, porque en asfalto frío y mojado esa rigidez reduce margen para corregir un pequeño deslizamiento. Hoy, nieve, viento y temperatura actúan en bloque.
El parte que se mueve: lo que puede pasar entre la mañana y la noche
Lo más relevante de un día como este no es memorizar una lista, sino asumir que el parte es dinámico. A primera hora ya figuraba el cierre de la M-601 y el rojo en varias carreteras de la sierra, con restricciones claras: en rojo, obligación de cadenas o neumáticos de invierno y limitaciones severas; en amarillo, limitaciones temporales de velocidad y restricciones a ciertos vehículos. Es un estado con hora y fecha, no un resumen genérico.
Las ventanas horarias de los avisos marcan el ritmo. La nieve en la sierra se encuadra hasta la tarde; la franja de Metropolitana y Henares se concentra en la mañana; el viento, en cambio, tiene recorrido más largo y gana protagonismo con el paso de las horas. En Madrid, eso suele traducirse en una secuencia clara: por la mañana manda la calzada y el tráfico; después, la atención se desplaza a parques, arbolado y incidencias puntuales que aparecen como manchas en el mapa.
En un plano más amplio, el temporal está afectando a otras comunidades y a vías de alta capacidad en distintos puntos del país, y esa presión general también influye: recursos desplegados, partes que se actualizan, restricciones que se activan o se levantan según evolucionen la precipitación y la temperatura. Madrid no es una isla; es un nodo más, con la Sierra como punto débil y la ciudad como escenario donde dos grados arriba o abajo cambian el guion.
Y hay un detalle que siempre vuelve: cuando nieva en la sierra y sopla viento, la tentación de “subir un momento” suele ser el origen de los problemas más tontos y más caros. Por eso el cierre de Navacerrada no es solo un dato; es un mensaje operativo. Hay días en los que la montaña no está para visitas rápidas. Y Madrid, este miércoles, parece uno de ellos.

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