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Ciencia

Incendios forestales: el 80% no significa que sean intencionados

La causa de un incendio y las condiciones que lo vuelven incontrolable son dos piezas distintas del problema.

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bombero forestal con mano tesa hacia la camara

La mayoría de los incendios forestales en España tiene origen humano, pero eso no significa que ocho de cada diez sean obra de incendiarios. En los datos de 2023 recogidos por la información de referencia, el 68% se atribuyó a negligencias, el 19% a fuegos intencionados y el 13% a rayos u otras causas naturales. Provocado, en el sentido de causado por una actividad humana, no equivale siempre a intencionado.

La diferencia importa porque cambia la explicación y también la respuesta. Una quema agrícola que se descontrola, una chispa accidental y un fuego iniciado deliberadamente pueden acabar en el mismo frente, pero no nacen del mismo comportamiento. El calor, la sequedad y el viento tampoco suelen encender el primer foco: hacen que una ignición encuentre un paisaje mucho más dispuesto a arder.

Qué significa realmente que un incendio sea provocado

La cifra de más del 80% se ha difundido para describir fuegos vinculados a la actividad humana, ya sea por una acción deliberada o por una negligencia. Es una categoría amplia: incluye incendios intencionados, pero también accidentes y prácticas que se realizan sin intención de causar un fuego. Por eso no debe traducirse automáticamente como que la mayoría de los siniestros los causan personas que buscan quemar el monte.

La confusión aparece cuando se mezclan dos preguntas distintas: quién o qué originó el fuego y con qué intención se produjo. En 2023, según la distribución ofrecida en la información de referencia, las negligencias representaron el 68% y los incendios intencionados, el 19%. Las causas naturales, entre ellas los rayos, sumaron el 13%. En esa fotografía, el peso principal corresponde a descuidos, no a acciones deliberadas.

Los porcentajes tampoco describen una ley invariable para todos los años y territorios. La información de Ecologistas en Acción citada en los datos de referencia señalaba que, en los últimos años considerados entonces, los rayos originaban de media el 5% de los incendios. Otra serie, referida al decenio 2006-2015, situaba por encima de la mitad la proporción de fuegos intencionados en el conjunto de los siniestros y la elevaba al 68% en el noroeste peninsular. Son periodos y ámbitos distintos, de modo que sus cifras no se pueden intercambiar como si midieran lo mismo.

También influye qué se cuenta. El número de incendios no equivale a la superficie quemada ni mide por sí solo la gravedad de cada episodio. Un siniestro pequeño puede figurar como un incendio y quedar controlado pronto; otro, bajo condiciones extremas, puede extenderse por una gran superficie. Por eso, una proporción de causas ayuda a entender de dónde parten los fuegos, pero no basta para explicar por qué algunos se convierten en catástrofes.

Negligencia e intencionalidad no describen lo mismo

Una actividad humana puede iniciar un fuego sin que nadie haya querido provocarlo. Las quemas agrícolas o ganaderas, por ejemplo, pueden escapar al control; también pueden hacerlo una barbacoa, un trabajo con maquinaria o una tarea que produzca chispas. El riesgo depende de cómo, cuándo y dónde se realizan, y de las condiciones del entorno. La ausencia de intención no elimina la responsabilidad de una conducta imprudente.

Los fuegos deliberados, por su parte, tampoco responden necesariamente a la imagen del pirómano que actúa por una fascinación patológica por las llamas. Los datos de la información de referencia sobre el decenio 2006-2015 atribuían a los incendios provocados por pirómanos apenas el 3,7% del total de siniestros. Entre los motivos descritos para otros fuegos intencionados figuraban quemas para eliminar vegetación o ampliar pastos, además de conflictos sociales en el medio rural. Intencionalidad es una categoría sobre el origen deliberado, no un diagnóstico sobre quien inicia el fuego.

Esta distinción evita que el debate se reduzca a buscar culpables individuales mientras se ignoran prácticas repetidas que elevan el riesgo. Una quema fuera de control puede surgir de una costumbre conocida en el territorio, de una tarea mal planificada o de una decisión temeraria en un día peligroso. Cada caso exige investigar el origen y las circunstancias, pero la prevención también requiere reconocer que algunos accidentes son previsibles.

La investigación de la causa cumple una función más amplia que la judicial. Permite distinguir entre un rayo, un accidente y una acción deliberada, y orientar las medidas para evitar que se repitan. La información de referencia reclama coordinación entre quienes investigan y quienes trabajan en la extinción. Sin esclarecer cómo empezó el fuego, la prevención corre el riesgo de actuar sobre una explicación equivocada.

El clima no enciende la mecha, pero cambia el incendio

Decir que el calor no suele ser la causa inmediata de una ignición no significa que el clima tenga un papel menor. Una llama o una chispa pueden iniciar un fuego, pero la temperatura, la falta de lluvia, la humedad y el viento determinan en gran medida cómo responde la vegetación y a qué velocidad se propaga el incendio. La causa del primer foco y las condiciones que multiplican sus efectos son partes diferentes de una misma historia.

Las olas de calor intensas o prolongadas secan la vegetación. Esa pérdida de humedad puede acelerarse incluso sin una sequía hidrológica larga: el calor extremo reseca plantas y matorrales, una situación descrita como sequía térmica o sequía flash. Cuando el combustible vegetal está seco, una ignición encuentra menos obstáculos para avanzar. El viento puede avivar las llamas y desplazar brasas, llevando el fuego a lugares donde todavía no había prendido.

La regla conocida como 30-30-30, mencionada en el artículo original, resume un escenario de especial peligro: temperaturas superiores a 30 grados, humedad inferior al 30% y viento por encima de 30 kilómetros por hora. No es una frontera universal que determine por sí sola si habrá un gran incendio, pero ilustra cómo varios factores coincidentes pueden transformar un foco en una emergencia difícil de controlar. El riesgo no depende de un único número, sino de la combinación de condiciones meteorológicas y combustible disponible.

La relación entre clima y fuego también funciona en sentido inverso. Los incendios liberan gases de efecto invernadero y pueden contribuir al calentamiento que favorece condiciones más propicias para nuevos episodios. La información de referencia recoge un estudio publicado en Nature en 2024 según el cual el número y la intensidad de los incendios forestales extremos del planeta se duplicaron en las dos décadas analizadas, y seis de los años más extremos se produjeron desde 2017. El fuego no es solo una consecuencia posible del cambio climático: también puede alimentar ese proceso.

Por eso resulta engañoso elegir entre dos explicaciones excluyentes: o son las personas o es el clima. Las acciones humanas explican gran parte de las igniciones, mientras que el calentamiento y las condiciones meteorológicas pueden aumentar la probabilidad de que el fuego se propague y alcance una intensidad extrema. Ninguna de las dos dimensiones anula la otra. Reducir los focos y prepararse para incendios más severos son tareas simultáneas.

Un monte con más continuidad ofrece menos frenos

La propagación no depende solo del tiempo atmosférico. También importa qué encuentra el fuego a su paso. Allí donde antiguos cultivos y pastos han sido sustituidos por vegetación continua, las llamas pueden avanzar con menos interrupciones. El abandono de actividades agrarias y ganaderas y la falta de gestión forestal aparecen en la información de referencia como factores que han favorecido la acumulación de vegetación en distintas zonas.

El paisaje que antes alternaba parcelas cultivadas, pastos y masas arboladas podía funcionar como un mosaico con diferencias de combustible y de estructura. Cuando esos usos desaparecen, algunas áreas se vuelven más homogéneas y conectadas. Eso no quiere decir que todo monte con vegetación abundante vaya a arder ni que la actividad rural elimine por completo el riesgo. Significa que la continuidad del combustible puede facilitar el avance del fuego y complicar las tareas de extinción.

En el noroeste peninsular, donde se concentran zonas afectadas por despoblación y abandono de usos tradicionales, la información de referencia recoge una proporción de fuegos intencionados superior a la media nacional en la serie 2006-2015: el 68%. Ese dato regional no debe confundirse con el porcentaje de todos los incendios atribuibles a negligencias e intenciones en España, ni trasladarse a otros periodos. Sí muestra que las causas y el contexto territorial pueden variar mucho de una zona a otra.

Gestionar el paisaje no consiste en despejar todo el monte. Los especialistas citados en la información de referencia plantean recuperar paisajes en mosaico y priorizar las áreas donde la continuidad de la vegetación puede aumentar la exposición de las poblaciones. Entre las herramientas mencionadas figuran el pastoreo, la recuperación de cultivos, las quemas prescritas y trabajos forestales como podas o clareos. El objetivo es reducir la posibilidad de que un fuego encuentre una autopista continua de vegetación, no eliminar por completo el fuego del territorio.

La escala del problema obliga a reconocer límites. La investigadora Cristina Santín, citada en los materiales de referencia, advierte de que no es posible gestionar todas las zonas del mismo modo ni alcanzar un riesgo cero. La prioridad puede variar según la cercanía a núcleos habitados, el valor ecológico y la capacidad de intervenir. Esa selección no equivale a abandonar el resto del monte: implica admitir que los recursos no permiten tratar cada hectárea como si tuviera el mismo riesgo y las mismas necesidades.

Por qué algunos incendios se vuelven extremos

Un incendio extremo no es simplemente un fuego más grande. Puede generar tanta energía que crea condiciones propias en su entorno y dificulta las maniobras de extinción. Los llamados fuegos de sexta generación, descritos en la información inicial, son especialmente complejos porque desarrollan un microclima que puede impulsar su comportamiento. En esos episodios, el incendio deja de responder de forma sencilla a las condiciones que lo rodean.

El calor y la sequedad favorecen la inflamabilidad de la vegetación; el viento puede acelerar el frente, y la continuidad del combustible ofrece recorrido. Cuando esos elementos coinciden, el fuego puede propagarse con rapidez y obligar a los equipos a enfrentarse a cambios bruscos. La dificultad no reside únicamente en disponer de más medios, sino en que las condiciones pueden superar lo que resulta seguro para quienes trabajan en primera línea.

Los incendios extremos también ponen en evidencia la diferencia entre apagar y prevenir. La extinción es imprescindible cuando hay vidas, viviendas y ecosistemas en peligro, pero no puede sustituir la gestión previa del territorio. La información de referencia recoge la preocupación de profesionales forestales por la falta de medios y por una gestión que consideran pendiente, pese a que España es un referente europeo en extinción. Una respuesta eficaz necesita capacidad de apagar y trabajo sostenido antes de que aparezca el humo.

La evolución del fuego puede afectar además a urbanizaciones y viviendas situadas junto al monte. En esa interfaz urbano-forestal, la vegetación próxima, los jardines, las cubiertas y las vías de acceso influyen en la vulnerabilidad de las casas y en la posibilidad de actuar durante una emergencia. El artículo original destacaba la importancia de mantener franjas perimetrales, contar con hidrantes operativos y disponer de planes vecinales conocidos. La protección de una población empieza mucho antes de que llegue el frente.

Prevenir exige actuar antes de la temporada de incendios

Las medidas preventivas pierden eficacia si se concentran solo en los meses de mayor peligro. El mantenimiento del monte, la gestión de parcelas y la planificación de quemas necesitan calendario, recursos y continuidad. Algunas actuaciones, como las quemas prescritas, requieren personal formado y condiciones adecuadas; no son una invitación a quemar por cuenta propia ni un sustituto de las restricciones que puedan aplicarse en jornadas de riesgo.

También hace falta ajustar las actividades cotidianas a las condiciones del momento. Una tarea que produce chispas puede tener un riesgo muy distinto en una jornada húmeda y en otra de calor intenso y viento. La prevención, por tanto, no se limita a prohibir o permitir una actividad de forma abstracta: requiere información comprensible, vigilancia en los días críticos y capacidad para detener trabajos cuando la situación lo exige. La norma solo protege si puede cumplirse y hacerse cumplir sobre el terreno.

La actividad rural forma parte de la solución, siempre que se integre en una planificación que reconozca tanto su utilidad como sus riesgos. El pastoreo puede contribuir a reducir matorral; los cultivos pueden interrumpir la continuidad forestal, y el aprovechamiento de biomasa puede retirar parte del material disponible. Pero esas prácticas necesitan coordinación y continuidad, no apariciones puntuales después de un gran incendio. La gestión funciona mejor cuando forma parte de la vida económica del territorio.

El primer ataque a un incendio y la detección temprana también cuentan. El artículo original mencionaba el uso de drones, cámaras térmicas, sensores, imágenes satelitales y modelos de propagación para localizar focos y organizar recursos. Son herramientas de apoyo: no reemplazan la prevención ni garantizan por sí solas una respuesta eficaz. Su valor depende de que la información llegue a los equipos adecuados y active una intervención rápida y segura.

La investigación de las causas debe formar parte de esa misma política. Si un foco se repite en un lugar o aparece vinculado a una actividad concreta, conocer su origen permite adaptar controles y mensajes preventivos. Si se trata de una acción deliberada, una investigación rigurosa es necesaria para determinar responsabilidades. La tecnología ayuda a detectar y coordinar, pero el conocimiento de cada territorio sigue siendo decisivo.

Una cifra útil solo si se explica con cuidado

Afirmar que más del 80% de los incendios tiene origen humano sirve para señalar que muchas igniciones pueden prevenirse, pero se vuelve engañoso si se presenta como una medida de la intencionalidad. La distribución de 2023 incluida en la información de referencia muestra la diferencia: predominan las negligencias, mientras que los fuegos deliberados representan una proporción menor. Las series de otros años o regiones pueden ofrecer un reparto distinto, por lo que siempre conviene mirar el periodo y el territorio al que se refiere cada dato.

Ese matiz no absuelve a quien actúa con imprudencia ni resta importancia a los incendios deliberados. Permite dirigir mejor la respuesta: reducir las conductas de riesgo, investigar los focos, adaptar la gestión del paisaje y preparar a las comunidades expuestas. Culpar únicamente al clima puede llevar a la resignación; atribuirlo todo a incendiarios oculta el peso de las negligencias y de las condiciones que hacen más destructivo cada episodio.

El clima no prende por sí solo la cerilla, pero puede secar la vegetación y convertir una chispa en un incendio fuera de control. La actividad humana origina una parte sustancial de los fuegos; el abandono de usos rurales y la acumulación de combustible pueden facilitar su avance; y las olas de calor elevan el peligro. La prevención más sólida empieza por mantener separadas esas causas para poder actuar sobre todas ellas.

La próxima temporada no se decide únicamente cuando los equipos se despliegan frente a las llamas. También se decide en el estado de los montes, en las prácticas de quienes trabajan o visitan el territorio, en la preparación de las poblaciones y en la continuidad de la gestión pública. El fuego puede ser inevitable en un paisaje mediterráneo, pero no todos los incendios tienen que encontrar las mismas condiciones para crecer. Entre una chispa y una catástrofe hay decisiones que se toman mucho antes del verano.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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