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Los bebes sueñan: así es como calibran su cerebro al dormir

Los recién nacidos entran en sueño activo (REM) con una frecuencia altísima, mucho más que los adultos. Ese estado llega con los ojos moviéndose bajo los párpados, respiración irregular y pequeñas sacudidas musculares.

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los bebes sueñan​

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Reportaje sobre el REM infantil y las sacudidas que calibran el cerebro, con claves de seguridad y ritmos del sueño para entender sus noches.

Los recién nacidos entran en sueño activo (REM) con una frecuencia altísima, mucho más que los adultos. Ese estado llega con los ojos moviéndose bajo los párpados, respiración irregular y pequeñas sacudidas musculares. El dato clave: hay actividad neuronal intensa, imprescindible para madurar sentidos y motricidad. ¿Es eso “soñar” como lo entendemos los mayores, con escenas y argumentos? A esas edades, no. Lo más preciso es hablar de experiencias sensoriales rudimentarias —lo que muchos expertos describen como un proto-sueño— que el cerebro utiliza para organizarse. La imagen romántica de un recién nacido viviendo historias en su cabeza no encaja con lo que se observa de forma consistente en laboratorios del sueño.

Con el paso de las semanas, el porcentaje de sueño activo sigue siendo alto —en torno a 50% del tiempo dormido— y la conducta es llamativa: muecas, chupeteos, sobresaltos breves, sonrisas fugaces. Es normal. Es útil. Lejos de ser minipelículas oníricas, esas descargas son señales de calibración que “enseñan” al sistema nervioso a mapear el propio cuerpo y a afinar circuitos. Más adelante, cuando la memoria y el lenguaje echen a andar, los niños empezarán a contar sueños con estructura y personajes. Pero en el primer tramo de la vida, el sueño funciona, sobre todo, como taller de conexiones.

Los bebes sueñan​: por qué fascina lo que pasa cuando duermen

La escena es conocida: siesta en la minicuna, la habitación en silencio y, de pronto, la comisura de la boca se levanta, un pie tiembla, el tórax hace un amago de hipo. Quien mira piensa “está soñando”. La tentación de proyectar lo adulto sobre lo infantil es fortísima. Sin embargo, el estado del cerebro en esos meses apunta a otro lugar. La vigilia es todo novedad; el sueño, lejos de ser un apagón, es una obra en marcha con prisa. En días y semanas se multiplican sinapsis, se podan conexiones ineficientes y se estabilizan patrones útiles. El sueño activo, predominante en los bebés, es el andamio silencioso de ese crecimiento.

La distinción importa. En el habla común, “soñar” equivale a recordar una historia nocturna. En neurociencia, soñar exige una experiencia consciente y cierto acceso a la memoria para narrarla. Un recién nacido no dispone de esas herramientas. Lo que sí tiene es una tormenta de actividad que, más que tejer relatos, construye infraestructura cerebral. Eso explica que la noche de un bebé sea inquieta para los ojos de quien cuida y, a la vez, esencial para el desarrollo.

Qué está ocurriendo en el cerebro dormido

Desde el nacimiento se distinguen, de forma clara, varios estados de sueño. El más llamativo, el sueño activo (REM), se reconoce por los movimientos oculares rápidos, la variabilidad de la respiración, la supresión del tono muscular y esas sacudidas cortas que recorren manos y pies. En adultos el REM ocupa alrededor de una cuarta parte del descanso; en bebés, aproximadamente la mitad. La diferencia no es anecdótica: responde a una necesidad de plasticidad. En eso coinciden pioneros del estudio del sueño y grupos que, en las últimas décadas, han puesto el foco en la infancia.

Existe también un sueño tranquilo (NREM), con respiración regular y ondas cerebrales más lentas, y un estado intermedio que es característico de los primeros meses. La alternancia de estos estados no ocurre igual que en los mayores. En un recién nacido, los ciclos duran menos —alrededor de una hora— y el REM aparece pronto tras quedarse dormido. Es habitual que el bebé pase de la inmovilidad a una fase de movimientos y, después, a otra vez calma sin un patrón lineal. Para quien observa desde fuera, puede recordar a un “sueño movido”; para el cerebro, es entrenamiento.

Sueño activo: un taller de conexiones

Durante el REM infantil se registran las llamadas myoclonic twitches, sacudidas cortas y segmentarias que parecen caóticas y, sin embargo, siguen secuencias. Investigadores como Mark S. Blumberg han descrito cómo esas contracciones envían información de vuelta al cerebro, alimentando circuitos sensoriomotores en plena maduración. Es como si el sistema nervioso pulsara teclas y escuchara el eco para dibujar el mapa del propio cuerpo. En esa fase se observan, además, gestos de succión, movimientos oculares en ráfaga y expresiones faciales que cambian en segundos. Todo apunta a un proceso de auto-calibración: el organismo se conoce a sí mismo dormido porque, despierto, todavía no gobierna sus movimientos con precisión.

Esa “actividad sin relato” no invalida que exista una vivencia interna. De hecho, muchos especialistas sostienen que el REM combina estímulos endógenos con trazas de experiencias recientes. Pero el contenido, si lo hay, sería fragmentario, pre-verbal, sensorial. Nada que ver con una narrativa que pueda recordarse por la mañana. Por eso, cuando alguien interpreta una patada como “está soñando que corre”, los datos empujan a otra lectura: está entrenando correr.

Sueño tranquilo y estado intermedio

El sueño tranquilo, con respiración acompasada y menos sobresaltos, parece favorecer procesos de estabilización: lo que el cerebro ha “practicado” en el REM se asienta aquí. En los primeros meses aparece, además, un estado intermedio que comparte rasgos de ambos y que los manuales clínicos puntúan de manera específica en lactantes. Este mosaico explica los despertares frecuentes y las transiciones abruptas que desesperan a muchos hogares. No son un fallo. Son fisiología.

En ese contexto, muecas, sonrisas fugaces o pequeños quejidos, tan típicos de las siestas, tienen una base neurológica clara. Los sobresaltos, incluidos los del reflejo de Moro, forman parte del repertorio normal. No implican pesadillas ni sufrimiento. Suceden sin despertar real, duran segundos y, salvo que el bebé busque consuelo, no requieren intervención. La línea que separa estas descargas de un malestar auténtico suele ser nítida: cuando hay llanto sostenido, búsqueda del pecho o del contacto y señales de vigilia, el bebé está pidiendo ayuda. Si no, el consejo general es observar en calma.

Cuándo aparecen los relatos oníricos infantiles

Si por “soñar” se entiende tener escenas que después se pueden contar, la evidencia sugiere que esa capacidad emerge más tarde. Los estudios que despiertan a niños en diferentes fases del sueño y les piden que narren lo que estaban “viendo” muestran un patrón con regularidad: cuanto menores son, menos relatos ofrecen y más simples son; a medida que se aproximan a la etapa escolar, las narraciones ganan en frecuencia y complejidad. Nombres propios como David Foulkes, Tore Nielsen o J. Allan Hobson han sido referencia en ese terreno.

La explicación encaja con la biología. Para levantar un sueño con argumento hacen falta redes que integren memoria episódica, imágenes internas, lenguaje y emoción. En los primeros meses esas redes están en obras. Por eso, aunque el bebé entre en REM muchas veces cada día, hablar de sueños conscientes en sentido adulto resulta, como mínimo, prematuro. Lo razonable es pensar en sensaciones: texturas, sombras, el eco de un sonido, la posición de un brazo. Material en bruto con el que se construyen esquemas. Cuando el lenguaje despega y la memoria se organiza, los niños sí cuentan sueños con personajes, persecuciones, caídas, escenas en el parque o en la escuela. Antes, no.

Ese cambio trae de la mano un fenómeno que preocupa en muchos hogares: las pesadillas. Son propias de fases REM y consisten en sueños con contenido perturbador que sí se recuerdan al despertar. Se diferencian de los terrores nocturnos, episodios de sueño profundo en los que el niño puede sentarse, llorar, sudar, tener los ojos abiertos y no reconocer a quien lo consuela; al día siguiente, no hay recuerdo. Los terrores, aparatosos, suelen asustar más a los adultos que a los propios niños y no son característicos de la primera infancia. En bebés, lo habitual son las descargas del sueño activo, sin relato ni angustia consciente.

Ritmos, ciclos y maduración del sueño

El recién nacido no trae un reloj circadiano ajustado. Su “programación” venía marcada por señales del embarazo y tarda en sincronizarse con la alternancia luz–oscuridad del exterior. De ahí que el sueño se reparta en tramos a lo largo de las 24 horas y que los ciclos sean cortos —rondan los 50–60 minutos—. Con el tiempo, esos ciclos se alargan, el sueño activo pierde peso relativo y el descanso se nocturnaliza. La piel fina de la pauta diaria, la luz natural por la mañana, la penumbra vespertina y una rutina predecible actúan como entrenadores del reloj.

Interviene, además, una pieza biológica interesante: la melatonina. El organismo del lactante empieza a producirla con un patrón nocturno a las pocas semanas, y ese pico favorece el sueño. En el caso de la lactancia materna, se ha observado que la leche nocturna contiene más melatonina y otras señales cronobiológicas —mientras que la diurna aporta un perfil diferente—, lo que ha dado pie a la llamada crononutrición. Más allá del término, la idea es sencilla: el bebé recibe pistas químicas sobre la hora del día. Resulta útil saberlo, pero conviene evitar dogmas. Si etiquetar la leche extraída según la hora facilita la logística y reduce el estrés, perfecto; si no, alimentar bien y mantener una rutina amable pesa más que cualquier ajuste fino.

Los prematuros son un caso particular. Como parte del desarrollo que habría ocurrido dentro del útero sucede ya en el exterior, muestran un porcentaje todavía mayor de sueño activo y transiciones entre estados más abruptas. Las sacudidas y microdespertares pueden ser más visibles. Aun así, la convergencia hacia patrones similares a los de los bebés a término se produce con el crecimiento. La consigna no cambia: seguridad, contacto sensible y seguimiento pediátrico.

Otro aspecto práctico tiene que ver con el ambiente. La exposición a luz natural por la mañana favorece el anclaje circadiano; las luces intensas a última hora, incluidas pantallas brillantes, lo dificultan. La temperatura de la habitación —templada, sin excesos— y la ropa adecuada para evitar el sobrecalentamiento son variables subestimadas. No se trata de crear un laboratorio, basta con una casa con ritmos razonables que hagan predecible el final del día: baño, alimento, canción o cuento, penumbra. No hay recetas mágicas, sí principios sólidos.

Seguridad y pautas que no se negocian

Hablar de sueño en bebés obliga a recordar el marco que evita riesgos. La Asociación Española de Pediatría y las sociedades de referencia insisten en un paquete sencillo y, a la vez, determinante. Dormir boca arriba para cada sueño. Colchón firme y plano, sábanas ajustadas, sin almohadas, cojines ni protectores acolchados. Cuna o minicuna libre de objetos blandos y peluches. Nada de dispositivos inclinados para dormir. Evitar el sobrecalentamiento: capas de ropa acordes a la estación, cabeza descubierta en interiores. Entorno libre de humo. Compartir habitación, no cama, en los primeros meses. Estas medidas, repetidas hasta la saciedad por su impacto preventivo, son compatibles con cualquier filosofía de crianza.

El colecho tiene aristas. La recomendación de no compartir cama en los primeros meses responde a un principio de prudencia basado en el riesgo acumulado. A partir de ahí, cada familia toma decisiones informadas. Si se opta por dormir cerca, hay reglas que reducen peligros: superficie firme, sin huecos ni almohadas, evitar sofás, jamás si hay consumo de alcohol, tabaco o somníferos por parte de quien duerme con el bebé. Pero la regla de oro es clara: la opción más segura es compartir habitación y no colchón.

Al otro lado de la seguridad está el ruido de mitos que se repiten con facilidad. “Si le doy más biberón por la noche, dormirá del tirón.” El sueño no funciona a demanda calórica, sino por maduración cerebral y señales circadianas; la alimentación puede influir en el número de despertares pero no reescribe los ciclos. “Si se despierta mucho, es que duerme mal.” En bebés, despertarse es lo esperable. “Si sonríe dormido, sueña con su madre.” Bonito, sí, pero esas sonrisas son expresiones reflejas del sueño activo. A veces basta con conocer la fisiología para desactivar preocupaciones.

Con los sobresaltos sucede algo similar. Los adultos, acostumbrados a medir la noche por la inmovilidad, se inquietan ante las sacudidas y ruiditos. Sin embargo, esas señales son el trabajo del sueño. Si no hay llanto sostenido ni signos de vigilia, lo aconsejable es no intervenir. En cambio, si el bebé se activa de verdad, busca y se calma con contacto, responde a esa necesidad. No hay incompatibilidad entre responder y respetar el propio sueño. La regularidad —no la rigidez— ayuda: un mismo orden de acontecimientos al final del día, una luz que baja, un tono de voz que acompaña.

Hay un capítulo que merece atención: la postura. Dormir boca abajo aumenta riesgos; el “tummy time” —tiempo boca abajo en vigilia, con supervisión— es estupendo para la motricidad, pero el descanso es siempre boca arriba. Si el bebé ya tiene movilidad suficiente para girarse y lo hace durante la noche, se le acuesta boca arriba y se le deja en la posición en la que quede, siempre que el entorno sea seguro y esté libre de objetos sueltos. Esa transición llega cuando llega; forzarla con cojines o sistemas de sujeción no está indicado.

Por último, un apunte sobre dispositivos y apps. Abundan los monitores que prometen medirlo todo. Algunos pueden aportar cierta tranquilidad; ninguno sustituye a las medidas básicas. El exceso de datos no siempre mejora el descanso y, en ocasiones, añade ansiedad. Para problemas concretos (apneas, reflujo, patología), el camino es el circuito sanitario.

Dormir para construir: lectura final

La pregunta que flota en cualquier conversación sobre “los bebes sueñan” tiene respuesta si se distingue función de relato. Desde el nacimiento, los bebés entran en sueño activo muchas veces y durante periodos largos. Ese estado, que en adultos coexiste con el soñar clásico, en la infancia cumple sobre todo una misión de desarrollo: afina la vista y el oído, coordina músculos, regula la respuesta emocional, prepara al cerebro para lo que vendrá cuando esté despierto. Lo que desde fuera parecen minipelículas son, en realidad, pruebas de sistema. Las historias llegarán más tarde, de la mano del lenguaje y la memoria.

Quedan imágenes potentes. Ojos que bailan bajo los párpados como ensayo de la mirada futura. Manos que tiran de un hilo invisible y envían mensajes a la corteza para dibujar sus límites. Respiraciones que aceleran y frenan mientras el tronco encefálico aprende la partitura. Sonrisas que se encienden y se apagan sin que nadie las provoque. Cada uno de esos signos —que en adultos asociaríamos a soñar algo concreto— funciona aquí como herramienta. Por eso, cuando alguien comenta “mira, se está riendo, estará soñando algo bonito”, la lectura más fiel es otra: su sistema nervioso trabaja.

También ayuda nombrar lo que no sucede. En los primeros meses, lo que asusta a veces no son pesadillas sino terrores nocturnos más adelante o, sencillamente, descargas del sueño activo que el bebé ni recuerda. La cronobiología no “arregla” la noche con trucos, pero sí ofrece pistas: luz de día, penumbra vespertina, rutinas amables, un espacio seguro, pecho o biberón sin cronómetros rígidos. Y, si hay lactancia, saber que la leche tiene ritmos propios es un añadido interesante, no una imposición. El objetivo no es fabricar un dormilón perfecto, sino acompañar un proceso que, por definición, es cambiante.

Para cerrar el círculo conceptual, conviene recordar tres hechos medibles. Uno: en la primera etapa de la vida, el REM ronda el 50% del sueño total y los ciclos son cortos. Dos: los twitches o sacudidas del sueño activo no son aleatorios; siguen patrones que refuerzan la coordinación sensoriomotora. Tres: los relatos oníricos que se pueden contar aparecen cuando maduran redes de memoria y lenguaje. A partir de ahí se entienden mejor las noches que llegan por “trozos”, los despertares frecuentes, las siestas inquietas. No es que duerman mal; duermen como lo que son: cerebros en construcción.

El enfoque práctico se deriva solo. Priorizar seguridad —boca arriba, cuna despejada, habitación compartida, nada de tabaco—, asumir que la variabilidad es la norma, leer las señales reales de necesidad y desactivar mitos. Si en la minicuna el bebé se sobresalta y a los dos segundos vuelve a su respiración profunda, ese gesto cuenta una historia distinta a la que proyectamos: no está reviviendo una pesadilla, está afinando el sistema que algún día le permitirá correr, señalar, hablar, recordar. Y sí, más adelante soñará con escenas reconocibles, contadas al despertar. Pero ahora mismo, mientras los ojos le bailan bajo los párpados, está haciendo algo quizá más importante que cualquier sueño: construir el cerebro que necesitará para la vigilia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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