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LaLiga jornada 33, caos descenso: 11 equipos en 10 puntos

La salvación arde en LaLiga: Sevilla, Girona y Mallorca se meten en el lío mientras Barça y Villarreal miran desde otra guerra.
La Liga ha entrado en esa zona desagradable del calendario en la que ya no valen las sensaciones bonitas, ni los “merecimos más”, ni esa literatura de vestuario que suena a abrigo mojado. La pelea por la permanencia se ha convertido en una trampa estrecha: once equipos separados por diez puntos, desde el Levante, con 32, hasta Osasuna, con 42, cuando aún quedan cinco partidos para casi todos, quince puntos por delante y una cantidad considerable de nervios por perder. La jornada 33, mezclada con el calendario comprimido de la 32, ha dejado una conclusión limpia y bastante cruel: nadie del vagón medio-bajo puede dormir tranquilo. Ni siquiera los que hace un mes miraban hacia arriba con cierta coquetería.
El foco cae sobre Sevilla, Girona y Mallorca porque los tres han elegido el peor momento para complicarse la vida. El Sevilla se ha metido en una zona de aire espeso tras caer ante el Levante en la jornada 33 y volver a perder en El Sadar ante Osasuna en la 32; el Girona, derrotado por el Betis y luego por el Valencia, ha pasado de mirar la tabla con una prudencia razonable a sentir el aliento de los de abajo; y el Mallorca, incapaz de pasar del empate ante el Valencia y superado después por el Alavés, se queda en esa frontera tan peligrosa en la que un punto parece poco, pero una derrota parece una mudanza al sótano. La salvación se ha encarecido. O, quizá peor, se ha ensuciado.
La permanencia ya no es una línea: es un charco
Lo normal, a estas alturas, sería hablar de una frontera clara entre los que sufren y los que miran de reojo. Esta temporada no. La tabla se ha convertido en una habitación llena de puertas falsas. Osasuna, con 42 puntos, parece tener un colchón razonable, pero aparece todavía dentro de ese bloque de once equipos porque la aritmética no perdona y porque la Liga, cuando entra en mayo, se vuelve un animal raro. Athletic, Rayo, Valencia, Elche, Espanyol, Girona, Alavés, Mallorca, Sevilla y Levante completan una escalera en la que cada peldaño cruje. Por abajo, el Oviedo ya no está en el mismo grupo: está peor, aislado con 28 puntos, mirando a cuatro del Levante y a seis del Sevilla, aunque con el calendario todavía abierto. No descendido. Sí malherido. Mucho.
El dato que define el asunto no es solo la distancia. Es la textura de esa distancia. Diez puntos parecen muchos en septiembre, pocos en febrero y una pesadilla en abril. En cinco partidos, un equipo puede pasar de creerse salvado a despertarse en promoción emocional de Segunda, aunque aquí no haya promoción: en Primera se cae directamente. Y eso cambia el tono. El empate deja de ser una moneda aceptable cuando los demás ganan. La derrota no es una mala tarde, es una puerta que se abre bajo los pies. El calendario ya no se mira por jornadas, sino por rivales directos, campos incómodos, bajas, diferencia de goles, ansiedad ambiental y esa cosa tan poco científica pero tan real que es el miedo.
El Levante, pese a estar en descenso con 32 puntos y un partido menos antes de visitar al Espanyol, ha recuperado una idea básica: sigue vivo. El 2-0 al Sevilla fue algo más que una victoria, fue un golpe en la mesa de formica de los bares antiguos, seco, sin floritura. Iván Romero marcó en el 37 y repitió en el 92, dos goles que cambiaron la temperatura de la parte baja y dejaron al Sevilla con cara de quien ha oído un ruido en casa a medianoche. El Levante sigue penúltimo, sí, pero ya no está enterrado. Y eso, en este tramo de temporada, equivale a tener una cerilla en una habitación sin luz.
Sevilla, Girona y Mallorca: tres maneras de meterse en el lío
El Sevilla es el caso que más escuece por historia, por plantilla, por ruido y por lo mucho que pesa el escudo cuando la tabla se estrecha. Tiene 34 puntos, solo dos más que el Levante, aunque con un partido más disputado antes del Espanyol-Levante. El problema no es únicamente contable. Es de ánimo, de lenguaje corporal, de esa forma en que un equipo empieza a jugar los partidos con la clasificación sentada en el hombro. Perder 2-0 en Valencia ante el Levante ya era un golpe serio; caer después 2-1 contra Osasuna en El Sadar agranda la sensación de deriva. No es que el Sevilla esté en descenso. Es que el descenso lo mira ya sin prismáticos.
Girona vive otro tipo de vértigo. Su caída no tiene el dramatismo histórico del Sevilla, pero sí una incomodidad evidente: está con 38 puntos, empatado con Espanyol y Elche, por encima del barro más profundo pero todavía dentro de la zona de contagio. La derrota ante el Betis en Montilivi, 2-3, dolió por el marcador y por el mensaje. El Girona marcó pronto, agitó el partido, pero acabó perdiendo ante un Betis que encontró caminos donde el conjunto catalán necesitaba cerrar puertas. Después llegó el 2-1 en Mestalla ante el Valencia, otro golpe con aroma de final de curso mal estudiado. No es una catástrofe. Todavía. Pero cuando un equipo empieza a sumar derrotas justo en el momento en que el campeonato pide calma, la tabla se vuelve un espejo antipático.
El Mallorca se mueve en una cornisa aún más fina: 35 puntos, uno por encima del Sevilla y tres sobre el Levante, con el Oviedo más lejos pero no lo bastante como para decorar el discurso con tranquilidad. El empate ante el Valencia en Son Moix pudo parecer un punto útil en el momento, esa pieza pequeña que uno guarda en el bolsillo por si luego hace falta. Pero la derrota posterior ante el Alavés lo cambió todo. El Mallorca no está desplomado, pero sí atrapado en una dinámica incómoda, sin margen para regalar partidos ni para refugiarse en el tópico del “dependemos de nosotros”. Todos dependen de sí mismos hasta que una tarde no ganan, otro sí, y la frase se cae como una persiana rota.
El Espanyol-Levante huele a partido bisagra
El partido pendiente entre Espanyol y Levante, fijado para el lunes 27 de abril a las 21:00 en el RCDE Stadium, no es un simple cierre de jornada. Es una bisagra. De esas que chirrían y cambian el plano de la casa. El Espanyol llega con 38 puntos y un partido menos que varios rivales directos; el Levante, con 32, puede reducir distancias de manera brutal si gana. Para los pericos, la victoria sería casi una zancada hacia la calma: 41 puntos, una cifra que no garantiza nada de manera matemática pero sí cambia el color del mes. Para el Levante, ganar sería meter al Sevilla, al Mallorca y al Alavés en una conversación mucho más desagradable.
El empate tendría ese sabor ambiguo tan propio de los partidos de permanencia. Al Espanyol le serviría para avanzar, aunque sin cerrar la puerta; al Levante le mantendría vivo, pero quizá con la sensación de haber dejado escapar una ocasión magnífica. La derrota granota, en cambio, sería pesada como una losa. No definitiva, porque quedarían puntos suficientes, pero sí moralmente dura. El fútbol de abril y mayo tiene una cosa muy poco elegante: no solo castiga en la clasificación, también castiga en la cabeza.
Este duelo también afecta al modo en que se leen los números del resto. El Sevilla, por ejemplo, mirará ese partido con la incomodidad de quien no juega pero puede perder igualmente. El Mallorca también. El Alavés, con 36 puntos después de ganar al Mallorca, ha conseguido aire fresco, pero tampoco puede permitirse demasiada soberbia. Valencia, Rayo y Elche parecen algo más estables, aunque no inmunes. Y Osasuna, pese a esos 42 puntos que suelen sonar a tierra firme, aparece todavía dentro del bloque amplio porque el calendario conserva suficientes dientes.
Oviedo, el último vagón y la urgencia sin maquillaje
El Oviedo está en el lugar más duro de todos: colista con 28 puntos. El empate ante el Villarreal en la jornada 33 pudo parecer una señal de vida, sobre todo porque igualar ante un rival de zona Champions siempre tiene algo de orgullo bien puesto. Ilyas Chaira respondió al gol de Nicolas Pépé y el Tartiere empujó como empujan los estadios cuando todavía no aceptan la condena. Pero la derrota posterior contra el Elche, 1-2, volvió a dejar al equipo asturiano con un pie en el abismo. No hay forma suave de escribirlo. Cuatro puntos respecto al Levante, seis respecto al Sevilla, siete respecto al Mallorca. Demasiada distancia para vivir tranquilo, suficiente calendario para no bajar los brazos. Esa es la tortura.
El problema del Oviedo no es solo ganar. Es ganar y esperar. Ganar y que otros fallen. Ganar dos veces seguidas, quizá tres, en una Liga donde cada partido de abajo parece jugado con botas de plomo. El equipo necesita puntos, pero también necesita un incendio ajeno. Y aunque el fútbol español tiene una larga tradición de finales absurdos, remontadas imprevistas y equipos que resucitan cuando ya les estaban escogiendo epitafio, la realidad es áspera: el Oviedo se ha quedado sin margen para partidos correctos. Necesita partidos ganados. Lo demás es decoración.
El Elche, en cambio, ha hecho justo lo que pide la supervivencia: aprovechar el momento. Ganó al Atlético en una noche grande y luego remató con una victoria en Oviedo que vale más que tres puntos por el contexto. Tiene 38, una cifra que lo coloca en el bloque medio de la angustia, pero con un margen mucho más amable que el de quienes están ya en la garganta del descenso. No está salvado. Eso sería exagerar. Pero ha cambiado el olor de su temporada. De sótano cerrado a ventana entreabierta.
Arriba se juega otra Liga, casi de mármol
Mientras abajo se pelea con uñas, barro y calculadora, arriba el Barcelona tiene el título en sus manos. La clasificación lo explica sin necesidad de mucha poesía: 85 puntos, 11 más que el Real Madrid, cuando quedan 15 por disputarse. No está todo firmado, porque la matemática tiene esa manía liberal de exigir pruebas, pero la Liga se ha puesto claramente azulgrana. El equipo de Hansi Flick ha ganado incluso cuando no necesitaba brillar, y esa es una señal de campeón bastante más fiable que los fuegos artificiales. Ganar partidos cerrados, sostener ventajas, no regalar vida al perseguidor. La vieja receta.
El Real Madrid, con 74 puntos, aparece en esa posición incómoda de quien todavía puede discutir el título en teoría, pero necesita una cadena de acontecimientos que ya no depende solo de su fútbol. El empate ante el Betis en la jornada 32 y la distancia acumulada han dejado al Barcelona en una situación de control casi absoluto. La Liga no está proclamada, pero sí inclinada. Muy inclinada. Como una mesa vieja en una terraza de barrio: la copa todavía no cae, aunque todos la miran porque saben hacia dónde va.
El Villarreal, por su parte, ha convertido su temporada en una obra de solvencia. Está tercero con 65 puntos, por delante del Atlético y con una ventaja enorme sobre el Betis, quinto. Su billete de Champions ya tiene cuerpo de realidad matemática, con una temporada sostenida sobre algo más sólido que una racha. No ha sido una explosión casual. Ha sido una construcción: regularidad, oficio, pegada y esa capacidad tan de equipo adulto de no meterse en líos innecesarios.
Cinco partidos, quince puntos y una trampa psicológica
Quedan cinco partidos para la mayoría. Quince puntos. La frase parece sencilla, incluso escolar, pero dentro lleva un campo de minas. En la parte baja, quince puntos pueden ser un mundo o nada, según el calendario y la primera derrota. Para el Sevilla, cada jornada será un juicio. Para el Mallorca, una defensa del borde. Para el Levante, una persecución contra el reloj. Para el Oviedo, casi una misión de supervivencia extrema. Girona, Espanyol, Elche, Alavés, Valencia, Rayo, Athletic y Osasuna juegan con más margen, sí, pero con una obligación común: no encadenar dos golpes seguidos. En mayo, dos golpes seguidos no son una mala racha. Son una mudanza de barrio.
La pelea por la permanencia tiene, además, una particularidad poco amable: los equipos no compiten solo contra rivales, compiten contra versiones deformadas de sí mismos. El central despeja donde antes controlaba. El delantero chuta medio segundo antes. El entrenador tarda más en cambiar porque el empate parece oro hasta que se convierte en hojalata. La grada suma y pesa. El silencio tras un gol encajado tiene algo físico, como una manta húmeda. Esto también decide descensos, aunque no salga en las estadísticas avanzadas.
Y luego está el calendario cruzado. La jornada 33 ya dejó heridas evidentes, pero la 32, colocada después por ajustes del calendario, está terminando de mover la fotografía. De ahí que el Espanyol-Levante pese tanto. No solo porque jueguen dos implicados, sino porque obliga al resto a reinterpretar su situación antes de la siguiente curva. El fútbol moderno habla de modelos, presiones, bloques medios, transiciones y datos de rendimiento. Todo muy bien. Pero en estas semanas hay una estadística primitiva que manda sobre todas: puntos. Los tienes o no los tienes. Y si no los tienes, el discurso se vuelve humo.
Un final con barro en las botas
La Liga llega al tramo final con el título casi en manos del Barcelona, el Villarreal instalado en una zona de Champions que roza el certificado y el Oviedo mirando una pendiente durísima. Pero el verdadero drama, el que cambia conversaciones de bar, titulares locales y noches de sueño, está entre Osasuna y Levante: once equipos, diez puntos, cinco jornadas y demasiadas cuentas abiertas. Sevilla, Girona y Mallorca han salido especialmente tocados de esta secuencia porque no han perdido solo partidos o puntos; han perdido tranquilidad, que en abril vale casi tanto como un delantero en racha.
El descenso no avisa con trompetas. Primero reduce el margen, luego mancha la confianza y finalmente convierte cada saque de banda en una pequeña cuestión de Estado. El Levante ha vuelto a creer, el Sevilla ha empezado a mirar hacia abajo con demasiada frecuencia, el Mallorca siente el suelo blando, el Girona necesita cortar la hemorragia y el Espanyol tiene ante el Levante una noche de esas que no llenan vitrinas pero sí salvan temporadas. La Liga por arriba puede estar ya bastante escrita. Por abajo, en cambio, queda tinta, barro y alguna página arrancada.

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