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¿Por qué la televisión toca fondo tras décadas de liderazgo?

El consumo de TV tradicional cae a 161 minutos en 2025; la tele del salón se reparte entre TDT, streaming y juego: datos, claves y contexto.
El consumo de televisión tradicional en España ha marcado en 2025 un nuevo mínimo: 161 minutos por persona y día, por debajo del umbral simbólico de las tres horas. La cifra resume un cambio de época que ya es estable y medible. Respecto a 2024, el descenso ronda los 10 minutos diarios por persona. El dato procede del seguimiento continuo de Kantar y el balance anual elaborado por Barlovento Comunicación, que distingue con claridad entre la televisión lineal de siempre y los “otros usos” del televisor. La pantalla del salón sigue encendida, sí, pero se reparte entre TDT, IPTV, aplicaciones de streaming, vídeos de Internet, videojuegos y, cada vez, más audio y podcasts visualizados en Smart TV.
Ese reparto explica el segundo gran dato del año: el uso total del televisor (televisión tradicional más usos híbridos) se sitúa en 215 minutos por persona y día, con 53 minutos ya fuera de la emisión lineal. En términos prácticos: el mando decide menos parrilla y más catálogo, menos zapping y más elección previa. Es un consumo troceado, personal, intermitente, donde las citas de gran formato —informativos líderes, entretenimiento familiar, eventos deportivos y musicales— mantienen la relevancia social de la televisión abierta, mientras el resto del tiempo migra a plataformas y contenidos bajo demanda.
Radiografía 2025: minutos, curvas horarias y contexto
El año dibuja una pendiente suave pero constante. De los 171 minutos de 2024 se pasa a 161 minutos en 2025 para la televisión tradicional, una caída en torno al 5,8%. La medida por espectador —quien efectivamente enciende la tele cada día— baja a 283 minutos, lo que sugiere un núcleo de audiencia muy intensiva conviviendo con una base más volátil y espaciada. En paralelo, los 53 minutos de consumo “híbrido” suponen el máximo de la serie y amortiguan la pérdida del “total televisor”, que apenas retrocede. La pantalla no pierde tiempo; lo pierde el modelo lineal.
La evolución mensual deja señales nítidas. Noviembre cerró en torno a 167 minutos de consumo lineal por persona y día, con 8 minutos de diferido —aproximadamente el 5% del total— y con un prime time robusto gracias a grandes formatos. En agosto, con menos oferta de cita y hábitos estivales, el consumo lineal tocó uno de los niveles más bajos del curso, en torno a 138 minutos por persona. Ni siquiera diciembre —con festividades y eventos— ha revertido la tendencia de fondo, aunque haya engordado puntualmente las curvas nocturnas.
La comparación histórica ayuda a dimensionar el cambio. 2012 fue el techo con 246 minutos diarios por persona; 2020, empujado por la pandemia, escaló otra vez hasta 240. Desde entonces, la bajada no ha dejado de consolidarse. En 2025 se supera una frontera psicológica —tres horas— que durante años pareció inamovible. Aun así, la cobertura mensual de la televisión tradicional se mantiene altísima, rozando el 100%: prácticamente todo el país contacta con la TDT al menos un minuto al mes. La costumbre no desaparece; se vuelve más selectiva.
El mapa horario se fragmenta. La sobremesa conserva inercia, el access y el prime time siguen ordenando la conversación, pero el consumo “por debajo de radar” —esas pequeñas sesiones de tarde y tarde-noche— se traspasa a los servicios OTT y al vídeo de Internet. Y aparece un comportamiento silencioso: sesiones de 15-20 minutos que sustituyen el zapping por la lista personalizada de cada plataforma o por la recomendación de un creador en YouTube.
Quién ve la tele lineal hoy: edad, hábitos y cobertura
El perfil de edad es el gran divisor. La audiencia media de la televisión tradicional en 2025 se fija en torno a 58 años. Es la confirmación de algo ya visible desde hace varias temporadas: las franjas jóvenes abandonan la parrilla como hábito diario, aunque regresan para eventos o marcas-programa con alto componente social. En números gruesos, la televisión lineal reúne cada día a más de 26 millones de espectadores únicos, algo más de la mitad de la población, mientras que un segmento significativo —varios millones de personas— pasa semanas sin encender la TDT, pero sí emplea el televisor para jugar, ver plataformas o consumir vídeo online.
Ese “doble uso” del aparato queda reflejado en los 53 minutos híbridos por persona y día, con un usuario medio claramente más joven que el de la TDT. Donde la televisión lineal se muestra más resistente es en el entretenimiento familiar de emisión semanal, en los informativos de referencia y en los directos. Los mayores de 65 años sostienen la fidelidad diaria; los grupos de 25-44 concentran el grueso del consumo no lineal. Entre medias, una clase media de espectadores que decide cada vez más por contenidos y menos por canales.
También cambia la forma de “asistir” a la tele. La convivencia de pantallas —móvil, tableta, ordenador— durante la emisión lineal ya no es una anécdota. El espectador consulta estadísticas deportivas en el móvil mientras ve un partido en abierto, sigue la conversación del programa en redes o recupera al vuelo una escena omitida vía VOD. La televisión de 2025 se entiende como ecosistema y la métrica tradicional, basada en la emisión, captura solo una parte del fenómeno.
Cadenas: liderazgos y mínimos en un tablero más tenso
En un curso con menos minutos para repartir, el ranking de cadenas cuenta tanto como su estabilidad. Antena 3 firma su cuarto liderazgo anual consecutivo con alrededor del 12,8% de cuota, gracias a una mezcla de informativos muy competitivos, entretenimiento reconocible y una franja de tarde/prime time que fideliza sin sobresaltos. La 1 remonta y se acerca al 11%, el mejor resultado en más de una década, apoyada en grandes citas, derechos deportivos y la reactivación de formatos bandera. Telecinco cierra en torno al 9,5%, su mínimo anual, tras un curso de reajustes en parrilla que no siempre han cristalizado en un prime time sostenido.
Este reparto tiene tres implicaciones. Primera: en tiempos de menor consumo, la consistencia diaria pesa más que el golpe de efecto aislado. Programas de mecánica clara, informativos creíbles y marcas longevas funcionan como anclas en un mercado más impaciente. Segunda: el peso agregado de las temáticas de pago —en torno al 11,4%— crece por la mezcla de especialización y continuidad: el espectador llega a ellas con la decisión ya tomada, no para zapear. Tercera: la volatilidad de los fines de semana y de los meses valle (agosto es el ejemplo canónico) penaliza a quien no tenga un plan B de catálogo o una franja alternativa que amortigüe.
La competencia por el prime time continúa siendo culturalmente central, pero la batalla comercial se traslada a bloques más cortos y a la afinidad. Un informativo que lidera cada día, un concurso transversal o un evento deportivo consistentemente competitivo valen más que antes. Cuando hay menos minutos totales, cada minuto con cobertura y afinidad —ese GRP que de verdad impacta— sube de precio en términos relativos.
Los eventos siguen moviendo agujas. Un partido de la selección, Eurovisión, una gala de gran seguimiento, incluso un fenómeno puntual de entretenimiento, concentran picos que el ecosistema digital no replica con la misma capacidad de convocatoria simultánea. Ahí la televisión lineal conserva una ventaja que en 2025 ha sido evidente: sabe convertir una fecha en acontecimiento social. Fuera de esas islas, el archipiélago es otro.
La vida híbrida del televisor: plataformas, diferido y sesiones cortas
El gran ganador del año no es una cadena, sino un comportamiento: usar la tele para otra cosa. Esos 53 minutos diarios de “otros usos” engloban Netflix, Prime Video, Disney+, Movistar+, HBO Max/Max, YouTube y el tiempo de videojuego o radio/sonido a través de la TDT y las apps. Algunos balances sitúan el tiempo de OTTs en torno a 74 minutos por persona y día si incluimos consumo en dispositivos no televisores (móvil, tableta, ordenador), con una edad media del usuario inferior a la de la TDT y una pauta más flexible: se ve cuando conviene, no cuando emiten.
El visionado en diferido suma silenciosamente. Promedia 7-8 minutos al día por persona, alrededor del 5% del total televisivo mensual. No es una cultura de DVR a la anglosajona, pero sí un colchón que alarga la vida útil de los programas, corrige medias semanales y da aire comercial en targets premium. Programas serializados, docuseries y entretenimiento de seguimiento encuentran en el diferido una segunda oportunidad que, a menudo, cambia el orden del ranking semanal.
Lo más interesante del híbrido es que no compite “todo contra todo”. Coexisten sesiones de 5-10 minutos para clips, tutoriales o música en YouTube; capítulos de 40-50 minutos en plataformas; directos de creadores y deporte en OTT con horarios propios. El resultado es un mosaico de microaudiencias que también influye en cómo se programa la TDT: los programadores ajustan duraciones, cuidan accesos, protegen el prime y diseñan envolventes transmedia para no perder la conversación cuando el espectador salta a la app.
El televisor conectado se ha convertido en la puerta principal al audiovisual del hogar. En términos industriales, eso implica tratar a la TDT y a la app como dos ventanas complementarias de un mismo contenido: antes, durante y después de la emisión. Las cadenas que mejor han defendido su cuota en 2025 lo han hecho combinando marca-programa sólida en abierto con segunda vida bien articulada en VOD propio o de terceros.
Publicidad y medición en transición: dinero, moneda y transparencia
Menos minutos lineales no significa menor valor por impacto. Al contrario: en los momentos de mayor concentración —informativos líderes, entretenimiento transversal, partidos— el CPM se sostiene porque la cobertura y la afinidad siguen siendo excepcionales. El mercado, sin embargo, acusa un descenso de inversión en entorno televisivo que ronda el 5%, hasta aproximadamente 1.750 millones de euros en 2025, presionado por la dispersión del consumo, la exigencia de mediciones cross-media y la competencia del vídeo digital transaccionado en programática.
En la práctica, los planes de medios reordenan su lógica. Menos bloques largos y genéricos, más patrocinios que “visten” el contenido, más integraciones editoriales cuidadas, más acuerdos AVOD y FAST que permiten sumar puntos brutos con una narrativa coherente entre emisión y catálogo. La televisión addressable gana presencia en IPTV y HbbTV, con segmentaciones por contexto, geografía o intereses, aunque el cuello de botella no es tecnológico sino de escala, precio y transparencia. Cuando un anunciante puede seguir el rastro de su inversión y controlar frecuencia entre pantallas, compra con más convicción.
La medición es el otro gran frente de 2025. Kantar ha consolidado la separación entre televisión tradicional y uso total del televisor; Barlovento la usa para aterrizar el relato del año. La industria, sin embargo, reclama una moneda común para sumar exposición en TDT, IPTV, OTT con anuncios y vídeo digital, con criterios de deduplicación aceptados por todos. Sin esa contabilidad compartida, el dinero se fuga por los bordes hacia soluciones que prometen trazabilidad, aunque sacrifiquen cobertura masiva. 2026 debería cristalizar proyectos de medición unificada que llevan tiempo en pruebas con panel+big data.
En paralelo, las políticas de privacidad europeas dibujan un marco exigente para la explotación publicitaria en entornos conectados. Las cadenas y plataformas reordenan sus first-party data, inician alianzas de datos y ajustan su discurso comercial: menos impresiones a granel y más contexto y calidad. En este juego, la televisión lineal conserva un arma que el mercado sigue valorando: la seguridad de marca y la garantía de entornos editoriales controlados.
Una pantalla, dos realidades en 2025
Lo nuclear de 2025 cabe en una frase: España ya vive con dos televisiones en la misma pantalla. La tradicional —la de las cadenas generalistas, las temáticas en TDT y el ritual del prime time— y la híbrida —la de las apps, el vídeo social, el diferido y el juego—. La suma sostiene 3 horas y 35 minutos de ocio diario en el televisor, pero la distribución interna ha cambiado el tablero. 161 minutos de televisión lineal y 53 de usos híbridos por persona y día han reescrito la rutina del salón.
Para las cadenas, la vía es doble. Proteger lo irremplazable —información de referencia, grandes directos, entretenimiento de cita— y diseñar rutas de segunda vida que no diluyan la marca. Construir marcas-programa reconocibles, con contenido que aguanta en emisión y funciona en VOD, y medirlo en una moneda aceptada que sume la exposición total sin trampas. Para los anunciantes, la ecuación es simple de enunciar y difícil de ejecutar: invertir donde están los minutos y donde el contexto asegura que el impacto cuente. Eso hoy significa planificar la TDT con bisturí y el vídeo conectado con criterio.
Para el público, el cambio ya es natural. Se enciende la tele y se elige. A veces es un informativo; otras, un capítulo pendiente; otras, una partida rápida o un directo de un creador. No hay una “gran sustitución”, sino mil pequeñas sustituciones que, sumadas, han adelgazado la curva diaria de la televisión lineal por debajo de tres horas. El dato frío —161 minutos— ha quedado fijado como mínimo histórico y como aviso de futuro. El año que viene habrá respiros por grandes citas deportivas y fenómenos impredecibles, pero el sentido de la marcha ya está trazado.
En ese camino, los grupos que mejor se han adaptado en 2025 comparten un rasgo: entienden el televisor como un ecosistema y trabajan el contenido de punta a punta, antes, durante y después de la emisión. Los que solo miden su éxito en la franja de prime se quedan cortos. La competencia por el tiempo ya no se libra solo entre canales, sino entre formatos, marcas y experiencias. Y ahí el mando —ese viejo mando— sigue en manos del mismo de siempre: el espectador que, día a día, decide. Con tres horas y pico por delante. Con dos televisiones a su alcance. Con una pregunta que ya tiene respuesta en 2025: la televisión tradicional cae porque el hábito de ver en directo ya no explica, por sí solo, cómo vemos la pantalla del salón.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Barlovento Comunicación, Europa Press, CNMC, El País.

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