Ciencia
¿Por qué la corriente en chorro agrava las olas de calor en Europa?
Europa sufre olas de calor más largas e intensas, y la corriente en chorro explica cómo el aire abrasador puede quedar atrapado durante días.

Resumen
- Europa se calienta más rápido y sufre olas de calor cada vez más persistentes
- La doble corriente en chorro puede bloquear borrascas y retener aire abrasador
- España combina calor global, suelos secos y entradas de aire africano
Europa soporta olas de calor cada vez más frecuentes, intensas y persistentes porque actúan dos fuerzas al mismo tiempo: el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero, que eleva la temperatura de partida, y ciertos cambios en la circulación atmosférica que permiten que el aire abrasador permanezca bloqueado durante más días. Entre esos mecanismos destaca la creciente persistencia de una configuración conocida como doble corriente en chorro.
No significa que la corriente en chorro fabrique el calor ni que pueda explicar por sí sola cada episodio extremo. Su papel se parece más al de una barrera que frena el movimiento habitual del tiempo: desvía borrascas, favorece anticiclones estacionarios y deja algunas regiones bajo una campana de aire cálido. Con el planeta más caliente, esa campana ya no encierra el calor de hace cuatro décadas, sino uno bastante más feroz.
La nueva embestida térmica que atraviesa buena parte del continente a finales de junio de 2026 ha devuelto el fenómeno al primer plano. También ha rescatado una investigación que circula de nuevo como si acabara de publicarse. Conviene poner fecha a la ciencia, porque internet tiene cierta afición a estrenar varias veces la misma noticia: el estudio central sobre el doble chorro euroasiático apareció en 2022 y analizó datos de 1979 a 2020. Sus conclusiones, eso sí, han sido reforzadas y matizadas por trabajos posteriores.
Europa se calienta más deprisa y no por una sola causa
Europa es el continente que registra el calentamiento más rápido. Durante los últimos 30 años, su temperatura terrestre ha aumentado alrededor de 0,56 °C por década, más del doble que la media mundial. El calentamiento acumulado respecto a la época preindustrial ronda los 2,5 °C, aunque el ritmo no es uniforme: el Ártico europeo, zonas orientales y partes del centro del continente avanzan a mayor velocidad.
Comparar continentes exige cierta cautela. Europa tiene una proporción elevada de tierra firme, y la tierra se calienta más deprisa que los océanos porque almacena menos energía, dispone de menos agua para evaporar y pierde calor de otra manera. Un suelo seco bajo el sol de julio puede comportarse como una sartén; el Atlántico, en cambio, es un depósito enorme que absorbe parte de esa energía y la reparte en profundidad.
Hay otros ingredientes. La pérdida de nieve reduce la superficie blanca que reflejaba la radiación solar. Los mares europeos también acumulan calor, sobre todo el Mediterráneo y las aguas árticas. A ello se añaden modificaciones en las nubes, en los vientos dominantes y en la cantidad de aerosoles presentes en la atmósfera.
La reducción de la contaminación industrial desde los años ochenta ha mejorado el aire que respiran millones de europeos, una victoria sanitaria indiscutible. Pero aquellos aerosoles reflejaban parte de la luz y favorecían determinadas nubes; al disminuir, llega más radiación al suelo. Algunos estudios calculan que este aclaramiento atmosférico habría añadido cerca de medio grado al calentamiento estival de zonas del centro y oeste europeo. El aire limpio no es culpable del cambio climático, desde luego. La física simplemente deja una nota al pie incómoda.
La corriente en chorro, el río invisible que ordena el tiempo
La corriente en chorro es una franja estrecha de vientos muy intensos situada en las capas altas de la troposfera, aproximadamente entre ocho y doce kilómetros de altitud. Se mueve generalmente de oeste a este y serpentea alrededor del hemisferio como un río rápido, aunque bastante menos dócil que cualquiera dibujado en un mapa.
Su posición influye en el recorrido de las borrascas, las masas de aire frío, las dorsales cálidas y los frentes. Cuando el chorro discurre relativamente recto y vigoroso, los sistemas meteorológicos suelen avanzar. Si desarrolla grandes ondulaciones o queda atrapado en una configuración persistente, el tiempo puede estancarse: lluvia durante días en un lugar, sequedad en otro, frío tardío aquí y calor sofocante unos cientos de kilómetros más allá.
Estas ondulaciones reciben el nombre de ondas de Rossby. Son naturales y siempre han existido. El problema aparece cuando una cresta anticiclónica permanece casi inmóvil sobre una región. El aire desciende, se comprime y se calienta; las nubes escasean, el sol golpea durante muchas horas y los suelos pierden humedad. Así se construye una ola de calor duradera, jornada a jornada, como una pared que va ganando ladrillos.
El doble chorro deja el calor encajonado
En determinadas situaciones, la corriente principal se divide sobre Eurasia en dos ramales: uno septentrional y otro más al sur. Entre ambos queda una zona de vientos relativamente débiles donde las dorsales y los anticiclones pueden mantenerse durante más tiempo. Esa es la llamada doble corriente en chorro.
Sobre Europa occidental, la configuración resulta especialmente relevante porque puede empujar hacia el norte las borrascas atlánticas que normalmente refrescarían el continente. El aire marítimo pierde la partida, el anticiclón se instala y las masas cálidas procedentes del sur o generadas sobre el propio territorio permanecen atrapadas.
La corriente en chorro no funciona, pese a algunas explicaciones apresuradas, como un secador gigantesco que apunta hacia Francia, España o Alemania. Lo decisivo es que organiza y prolonga el patrón atmosférico que permite acumular calor. Un episodio de dos días puede convertirse así en una semana larga de temperaturas extremas, noches sofocantes y suelos cada vez más secos.
Qué encontró el estudio y qué no demuestra
La investigación publicada en 2022 estudió los meses de julio y agosto durante un periodo de 42 años. Consideró persistentes las olas de calor que superaban durante al menos seis días consecutivos el umbral local correspondiente al 10 % de las temperaturas máximas más elevadas.
Los resultados situaron a Europa como un punto crítico: la frecuencia y la intensidad acumulada de sus olas de calor habían aumentado entre tres y cuatro veces más deprisa que en el resto de las latitudes medias del hemisferio norte. El patrón era particularmente acusado en el oeste del continente.
Los estados de doble chorro podían explicar hasta un 35 % de la variabilidad térmica y alrededor del 30 % de la tendencia acelerada de las olas de calor en el conjunto europeo. En Europa occidental, el aumento de su persistencia explicaba casi todo el exceso de crecimiento respecto a la tendencia media observada en otras zonas de latitud comparable.
Ese “casi todo” necesita una aclaración. No significa que la doble corriente cause el 100 % del calor registrado ni que las emisiones humanas queden relegadas a un papel secundario. La estimación se refiere a la parte adicional del aumento europeo que no quedaba explicada por el calentamiento común a las latitudes medias, y depende de varios supuestos estadísticos. La distinción parece pequeña, pero separa un resultado científico serio de un titular pasado por la batidora.
Tampoco está completamente resuelta la relación de causa y efecto. El doble chorro puede facilitar la formación de un bloqueo anticiclónico; a la vez, un bloqueo establecido puede dividir la corriente en dos ramales. El huevo y la gallina, esta vez a diez kilómetros de altura.
Investigaciones posteriores sí han confirmado que los cambios de circulación desempeñan un papel importante. En Europa occidental se han vuelto más frecuentes los flujos del sur que transportan aire cálido, y los modelos climáticos no siempre reproducen esa evolución con suficiente intensidad. De ahí que algunas proyecciones hayan subestimado la rapidez con la que crecían los extremos de temperatura observados.
El calentamiento global pone el suelo y la atmósfera mueve las piezas
El motor de fondo continúa siendo el calentamiento global causado por la actividad humana. Cada configuración meteorológica actúa sobre una atmósfera más cálida, unos mares con mayor energía acumulada y unos suelos que pueden llegar al verano secos después de inviernos o primaveras escasos en lluvia.
Un anticiclón parecido al de hace 50 años produce actualmente temperaturas superiores. No porque haya aprendido nuevos trucos, sino porque el tablero entero ha cambiado. La circulación determina dónde se concentra el episodio, cuánto dura y qué masa de aire llega; el calentamiento climático eleva el punto de partida y amplifica el resultado.
La humedad del suelo desempeña un papel especialmente importante en el Mediterráneo y en el este de Europa. Cuando el terreno conserva agua, parte de la energía solar se utiliza en evaporarla. Cuando está seco, casi toda esa energía calienta directamente la superficie y el aire. Se crea entonces un círculo de retroalimentación: más calor seca el suelo, y un suelo más seco genera todavía más calor.
También importa la temperatura del mar. Un Mediterráneo anormalmente cálido puede limitar el alivio nocturno en las costas y aumentar la humedad, con noches en las que el cuerpo encuentra más dificultades para desprenderse del calor acumulado. El termómetro quizá baje unos grados, pero la sensación pegajosa permanece; persianas cerradas, paredes calientes, asfalto que devuelve durante la madrugada lo recibido por la tarde.
Los bloqueos atmosféricos añaden duración a esa combinación. Y la duración, más que una máxima aislada, suele marcar la gravedad sanitaria. Varias noches consecutivas sin descanso térmico elevan el riesgo para ancianos, enfermos crónicos, trabajadores expuestos y personas que viven en viviendas mal ventiladas. El calor extremo no entra en una ciudad como una tormenta espectacular. Se queda. Esa es su forma de violencia.
España ante un patrón que no siempre se repite igual
La península ibérica se encuentra en una zona de transición entre la circulación atlántica, las altas presiones subtropicales y las masas de aire del norte de África. Por eso una ondulación del chorro puede abrir la puerta al aire fresco del Atlántico o, con un desplazamiento de pocos cientos de kilómetros, impulsar una dorsal cálida desde el Sáhara y el interior peninsular.
El doble chorro puede favorecer episodios persistentes en España, pero no todas las olas de calor obedecen a esa configuración. A veces domina una entrada de aire africano; otras, una dorsal subtropical que se refuerza sobre el oeste europeo; también puede producirse un calentamiento intenso sobre suelos ibéricos muy secos, sin necesidad de importar todo el aire desde el desierto.
Conviene desterrar, de paso, la idea de que cada temperatura extrema procede directamente del Sáhara. Las masas africanas son importantes en numerosos episodios, pero el aire puede recalentarse durante su recorrido y, sobre todo, permanecer varios días sobre la Península bajo altas presiones. El calor autóctono existe: mesetas secas, valles cerrados y ciudades cubiertas de hormigón saben producirlo con eficacia.
Los modelos meteorológicos pueden detectar con varios días de margen la posición probable del chorro, las dorsales y los bloqueos. Más difícil es anticipar con meses o años de antelación cómo evolucionará la frecuencia de estas configuraciones. La atmósfera conserva una enorme variabilidad natural, y los modelos todavía muestran limitaciones al reproducir algunos cambios regionales.
Esta incertidumbre no invalida el diagnóstico. Obliga a expresarlo bien. Está sólidamente demostrado que el calentamiento humano hace las olas de calor más frecuentes e intensas; existe evidencia consistente de que los cambios de circulación han acelerado los extremos en Europa occidental; permanece abierto el grado exacto en que el cambio climático está volviendo más persistente el doble chorro.
Un continente con el termostato desplazado
La singularidad europea no responde a una explicación única, limpia y cómoda. Gases de efecto invernadero, continentes que se calientan más que los océanos, pérdida de nieve, mares muy cálidos, menor presencia de aerosoles, suelos secos y cambios en la circulación se superponen. Un mecanismo empuja, otro retiene, otro amplifica.
La corriente en chorro ocupa un lugar central porque puede convertir una masa cálida en una situación estacionaria. Cuando se divide y mantiene sus dos ramales sobre Eurasia, favorece el bloqueo que deja a Europa occidental apartada del alivio atlántico. El calor no solo llega: encuentra una habitación cerrada.
Ese es el núcleo de la investigación. Europa parte de una temperatura cada vez más alta y, en determinadas configuraciones, la atmósfera prolonga el castigo. No hace falta atribuir cada récord a una única ondulación del cielo. Basta observar cómo el calentamiento de fondo y los patrones persistentes se alimentan entre sí. El resultado ya no pertenece a un futuro hipotético; aparece en los mapas meteorológicos, en las noches tropicales y en unos veranos que han dejado de parecerse a los que gran parte del continente consideraba normales.

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