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¿Por qué dos de cada diez jóvenes han dormido alguna vez en la calle?

La precariedad y el precio de la vivienda empujan a miles de jóvenes a sofás, coches, albergues y, en demasiados casos, a la calle en España.

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jóven duerme en la calle

La combinación de ingresos insuficientes, empleos inestables y una vivienda inaccesible ha dejado de ser únicamente un obstáculo para emanciparse. Para una parte de la juventud española se ha convertido en algo bastante más crudo: pasar una noche en un coche, refugiarse en un trastero, depender del sofá de un amigo o terminar directamente a la intemperie.

El 18,9 % de los jóvenes adultos de la generación Z asegura haber dormido alguna vez en la calle o en un espacio público abierto debido a dificultades económicas. Es casi el doble del 10,1 % registrado entre el conjunto de la población. El dato no significa que dos de cada diez jóvenes vivan actualmente en la calle, sino que han sufrido al menos una experiencia de sinhogarismo a lo largo de su vida. El matiz importa; la gravedad, por desgracia, permanece intacta.

La cifra procede de la investigación Radiografía social del sinhogarismo en España, elaborada por Hogar Sí a partir de una encuesta de 40dB a 1.500 personas mayores de edad. El trabajo de campo se realizó por internet entre el 18 y el 26 de junio de 2025 en toda España, salvo Ceuta y Melilla, y sus resultados centrados en la generación Z han sido difundidos con motivo del Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio.

La calle es solo la parte visible del sinhogarismo juvenil

Dormir bajo un soportal es la imagen más reconocible del sinhogarismo juvenil, pero no la única. Antes de llegar a la acera suele haber una sucesión de alojamientos provisionales, puertas prestadas y noches improvisadas. Una especie de caída a cámara lenta que las estadísticas tradicionales no siempre captan.

El estudio señala que el 35,4 % de los jóvenes de entre 18 y 27 años ha tenido que alojarse temporalmente en casa de familiares o amigos por motivos económicos. Otro 18,4 % ha pasado la noche en espacios que no fueron concebidos para vivir, como coches o trasteros, mientras que el 18 % ha recurrido a alojamientos de emergencia, entre ellos los albergues.

Los porcentajes no deben sumarse, porque una misma persona puede haber atravesado varias situaciones. Alguien puede dormir unas semanas en casa de un conocido, pasar después al coche y terminar solicitando una plaza de emergencia. Esa itinerancia es precisamente uno de los rasgos de la exclusión residencial oculta: no siempre se ve desde la calle, pero la vivienda estable ya ha desaparecido.

Un sofá prestado también habla de falta de hogar

Quedarse en casa de amigos suele presentarse como una solución informal, casi amable. Lo es durante unos días. Cuando se alarga, la convivencia depende de favores, horarios ajenos y la sensación de estar ocupando un lugar que no pertenece a quien duerme allí. No hay contrato, intimidad ni certeza sobre la noche siguiente.

Esta realidad explica que el sinhogarismo resulte especialmente cercano para la generación Z. El 73,8 % afirma haber visto a una persona sin hogar durante el último mes, el 46,7 % dice haberla ayudado directamente y el 42,8 % ha mantenido una conversación con alguien en esa situación. Para estos jóvenes, la pobreza extrema no es una silueta remota al otro lado de la ciudad. A veces tiene la edad de un compañero de estudios.

También colaboran en mayor proporción con organizaciones dedicadas a las personas sin hogar: lo hace el 36,7 % de la generación Z, frente al 27,5 % del resto de las generaciones. El 83,1 % se declara dispuesto a participar como voluntario, el 80,7 % donaría dinero de forma puntual y el 76,3 % se haría socio de una entidad. Incluso un 74,4 % afirma que invertiría parte de sus ahorros en iniciativas de impacto social relacionadas con esta causa. Ahorros, eso sí, cuando los haya.

Un alquiler que se come prácticamente todo el sueldo

El informe no establece que el precio de la vivienda sea la causa directa de cada una de las experiencias declaradas. Sí dibuja un paisaje que encaja con otros indicadores: independizarse en España se ha convertido en una operación económica reservada a quienes cuentan con un salario suficiente, una pareja con ingresos, patrimonio familiar o alguna combinación afortunada de las tres cosas.

El Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España sitúa la tasa de emancipación juvenil en apenas el 14,5 %, su mínimo histórico. La edad media para abandonar el hogar familiar alcanza los 30,2 años, cuando estadísticamente ya se empieza a abandonar la categoría de joven. Una paradoja muy española: la juventud termina antes de que resulte posible pagar una casa.

El alquiler medio se encuentra en 1.176 euros mensuales, equivalente al 98,7 % del salario medio de una persona joven. Y ahí todavía no han entrado la comida, la electricidad, el transporte, el teléfono o esa extravagancia contemporánea llamada ahorrar. Trabajar, por sí solo, ha dejado de garantizar una vivienda independiente.

Entre los jóvenes empleados que viven de alquiler, el riesgo de pobreza pasa del 25,9 % antes de pagar la vivienda al 43 % después de abonarla. Casi la mitad de los hogares jóvenes arrendatarios está sobreendeudada, es decir, destina más del 30 % de sus ingresos al alojamiento. Ese umbral, considerado durante años una frontera prudente, parece hoy una pieza de museo.

Cuando se pierde un empleo, termina un contrato temporal o aparece un gasto imprevisto, el margen es mínimo. Primero se retrasa un recibo. Después se solicita ayuda a la familia. Más tarde llega la habitación de un conocido, el coche o el albergue. El sinhogarismo rara vez irrumpe con fanfarrias; entra por las pequeñas grietas de una economía doméstica exhausta.

La aporofobia también forma parte del paisaje

El estudio pone el foco en la aporofobia, el rechazo o desprecio hacia las personas pobres. Puede manifestarse mediante insultos, humillaciones, expulsiones de espacios públicos, agresiones o mensajes vejatorios en redes sociales. No es únicamente una mala opinión expresada con escasa educación: cuando existe hostigamiento o violencia, puede convertirse en un delito de odio.

El 50,8 % de los jóvenes asegura haber presenciado comportamientos de este tipo contra personas sin hogar, casi el doble del 26,4 % registrado entre la población general. La diferencia puede responder a una mayor exposición, especialmente en internet, pero también a una sensibilidad más afinada para identificar conductas que otras generaciones quizá han normalizado. El clásico «solo era una broma» suele envejecer peor que quien la pronuncia.

Los jóvenes ven más odio y también intervienen más

Uno de cada cuatro jóvenes, el 25,3 %, trataría de detener un incidente de odio contra una persona sin hogar, frente al 15,4 % del resto de las generaciones. Otro 44,3 % avisaría a la Policía, aunque esta respuesta es todavía más habitual entre los grupos de mayor edad.

La disposición a actuar no elimina el miedo, pero rompe con una imagen bastante cómoda: la de una juventud supuestamente indiferente, encerrada en sus pantallas y ajena a lo colectivo. Los datos muestran lo contrario. La proximidad al problema aumenta la implicación, quizá porque la distancia entre tener una habitación y perderla parece cada vez más corta.

La tristeza es el sentimiento más habitual frente al sinhogarismo en todas las edades. Entre los jóvenes, sin embargo, aparecen con mayor intensidad el miedo, citado por el 12,1 %, y la culpa, mencionada por el 13,9 %. Ambos porcentajes duplican aproximadamente los registrados en el conjunto de la población.

El miedo puede tener una lectura sencilla: muchos jóvenes reconocen que la precariedad residencial no afecta únicamente a un perfil ajeno. La culpa resulta más incómoda. Aparece ante la conciencia de participar en una sociedad que tolera que alguien duerma junto a un cajero mientras, unos metros más allá, quedan viviendas vacías o habitaciones cuyo alquiler supera medio salario.

La generación Z también concede menos peso que el resto de la población a los problemas de salud mental como causa del sinhogarismo. Los menciona el 42,4 %, más de diez puntos por debajo de la media general. Su percepción parece inclinarse con mayor claridad hacia los factores económicos y estructurales: falta de ingresos, desempleo y dificultades de acceso a la vivienda.

Lo que la encuesta revela y lo que no puede contar

Los resultados son contundentes, aunque conviene leerlos con precisión. Se trata de una encuesta online a 1.500 adultos, no de un censo de personas jóvenes que duermen en la calle. El porcentaje de la generación Z procede de una submuestra incluida en ese total y recoge experiencias declaradas por los participantes. No permite afirmar cuántos jóvenes se encuentran esta noche a la intemperie ni en qué municipios.

Su valor reside en iluminar episodios que las estadísticas administrativas apenas detectan. Los registros oficiales suelen contar a quienes utilizan albergues, comedores o centros asistenciales, pero dejan en penumbra a quienes duermen en un coche, alternan sofás, ocupan una habitación insegura o evitan los servicios sociales.

El Instituto Nacional de Estadística calculó que durante 2024 se alojaron diariamente una media de 34.145 personas adultas en centros de atención para personas sin hogar, un 57,5 % más que en 2022. Es una medición distinta y no puede compararse de manera directa con la encuesta de Hogar Sí. Una registra la actividad de los centros; la otra pregunta por experiencias vividas. Juntas muestran algo difícil de maquillar: el fenómeno es mayor de lo que reflejan las escenas visibles.

El propio lenguaje condiciona la percepción. «Persona sin hogar» suele evocar a quien lleva años durmiendo en la calle, cuando el sinhogarismo también puede ser temporal, intermitente o permanecer escondido bajo una apariencia de normalidad. Tener empleo, estudiar o conservar una red de amigos no inmuniza frente a la pérdida de vivienda.

Una juventud sin margen ni colchón

La estadística del 18,9 % no describe una rareza generacional ni una extravagancia pasajera. Retrata a jóvenes que han comenzado su vida adulta en un mercado residencial donde un alquiler puede absorber un sueldo entero, mientras la temporalidad, los bajos ingresos y el coste cotidiano apenas dejan espacio para un tropiezo.

Hogar Sí defiende modelos basados en proporcionar primero una vivienda estable y después los apoyos sociales, sanitarios o laborales necesarios. Es el enfoque conocido como Housing First, la vivienda primero. No plantea entregar unas llaves y desaparecer, sino dejar de tratar el hogar como un premio al final de una carrera de obstáculos. Sin un lugar seguro donde dormir, rehacer una vida resulta bastante parecido a intentar secar el suelo sin cerrar el grifo.

Durante décadas se explicó el sinhogarismo como una suma de malas decisiones individuales. Los datos juveniles rompen ese relato. Cuando casi una quinta parte de una generación afirma haber pasado una noche en la calle por falta de dinero, el problema no cabe en una biografía ni se resuelve con el viejo sermón de esforzarse un poco más. La intemperie se ha acercado demasiado a la vida corriente. Y eso ya no habla solo de quienes han dormido fuera, sino de la sociedad que les dejó sin puerta.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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