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¿Quiere Israel a Reza Pahlevi en el poder en Irán?

Israel mueve ficha, Reza Pahlevi gana foco y Teherán entra en una sucesión tensa que puede alterar el equilibrio de Oriente Medio sin freno.
Israel sí ha contribuido a colocar a Reza Pahlevi en el centro del tablero iraní, pero de ahí a sostener que su vuelta al poder está decidida media un abismo. Lo que se ve con nitidez es otra cosa: el exilio iraní ha encontrado en el hijo del último sha una cara reconocible, un apellido con memoria, una figura capaz de ocupar titulares en medio del caos abierto tras la muerte de Ali Jameneí y la pugna por la sucesión dentro de la República Islámica. Pahlevi interesa, pesa en la conversación internacional y encaja bien en una parte de la estrategia israelí, pero su posible papel real en Irán sigue siendo un asunto completamente abierto, lleno de grietas, resistencias y cálculos cruzados.
La noticia, en realidad, no es una restauración monárquica en marcha, sino el intento de varios actores de influir en el vacío que se abre en Teherán. Ahí aparece Israel, ahí asoma también Estados Unidos, ahí reaparece una oposición iraní dispersa y, en el centro de todo, Reza Pahlevi, que lleva meses moviéndose como una figura de transición más que como un simple heredero dinástico. El problema para él es evidente: fuera de Irán se le escucha mucho más de lo que se le sigue dentro, y eso, en un país atravesado por el nacionalismo, el recuerdo de 1979 y el rechazo a cualquier tutela exterior, no es un detalle menor. Es quizá el nudo de toda esta historia.
El regreso de un apellido que nunca desapareció del todo
Reza Pahlevi es el hijo de Mohamed Reza Pahlevi, el último sha de Irán, derrocado durante la revolución islámica de 1979. Salió del país antes del colapso definitivo de la monarquía y ha vivido desde entonces en el exilio, sobre todo en Estados Unidos, donde construyó su perfil político como opositor al régimen nacido tras la caída de su padre. Durante años fue una presencia casi ritual en la diáspora iraní: aparecía en medios, lanzaba mensajes, pedía apoyo internacional, pero su impacto práctico sobre la política interna iraní era muy limitado. Era un símbolo, sí, pero más bien un símbolo congelado, uno de esos nombres que sobreviven en el archivo de la historia mientras el presente sigue su camino.
Eso ha cambiado. La erosión del régimen iraní, las protestas acumuladas de los últimos años, la represión interna, el deterioro económico y el salto militar de la crisis regional han devuelto a Pahlevi una centralidad que no tenía desde hace mucho. Su nombre ya no circula solo en ambientes nostálgicos de la antigua monarquía o entre sectores exiliados que idealizan el Irán preislámico de los ayatolás. Ahora aparece en conversaciones diplomáticas, análisis estratégicos y debates sobre la transición. No porque exista consenso sobre él, ni mucho menos, sino porque en momentos de derrumbe parcial del orden político suelen volver figuras con apellido, red, agenda internacional y cierta capacidad para presentarse como alternativa.
Su baza más fuerte es justamente esa mezcla de memoria, visibilidad y utilidad exterior. Para una parte del exilio, Pahlevi representa la promesa de un Irán secular, menos ideologizado, más próximo a Occidente y alejado del aparato clerical que ha gobernado el país durante más de cuatro décadas. Para otra parte, en cambio, su apellido arrastra demasiadas sombras: la represión de la monarquía, la desigualdad social previa a la revolución, la dependencia respecto a Washington y la imagen de una dinastía caída que nunca ha terminado de reconectar con la complejidad del Irán contemporáneo. Ese contraste lo acompaña siempre. Para unos es una posibilidad; para otros, una reliquia con buena agenda internacional.
Conviene añadir algo importante. Pahlevi lleva tiempo intentando reformular su propio papel. Ya no se presenta solo como el heredero de una corona desaparecida, sino como un dirigente dispuesto a pilotar una transición y dejar que la ciudadanía decida después la forma de Estado. Esa matización no es cosmética. Le permite ampliar su campo, al menos sobre el papel, más allá del monarquismo duro y hablar el lenguaje de la apertura política, de la consulta popular y de la reconstrucción institucional. Pero incluso así, el peso del apellido sigue siendo enorme. En Irán nadie escucha “Pahlevi” como si fuera un nombre neutro.
Por qué Israel ha puesto el foco sobre Reza Pahlevi
Israel no ha escondido su interés por Reza Pahlevi. La señal más clara llegó con su visita pública a Israel en 2023, un gesto cargado de simbolismo porque se trataba del viaje más visible de una figura iraní de ese perfil al país desde la revolución de 1979. Aquel desplazamiento no fue una anécdota diplomática ni una simple operación de imagen. Pahlevi se reunió con dirigentes israelíes, participó en actos oficiales y dejó una idea muy concreta sobre la mesa: un eventual Irán posayatolás debería normalizar relaciones con Israel y con los países árabes de la región. En términos estratégicos, la escena era potentísima. Israel quería mostrar que existe un Irán alternativo con el que podría entenderse. Pahlevi, por su parte, quería exhibirse como interlocutor viable ante una potencia clave en el conflicto regional.
Desde entonces, esa relación no ha hecho más que volverse más explícita. Israel ve en Pahlevi un activo político por varias razones. La primera es obvia: se opone frontalmente a la República Islámica y rechaza el sistema construido por los ayatolás. La segunda es todavía más relevante: está dispuesto a romper con el eje ideológico antiisraelí que ha definido la política regional de Teherán desde 1979. Y la tercera tiene que ver con la narrativa. En medio de una guerra, de operaciones encubiertas y de un pulso que ya no se libra solo en laboratorios nucleares o bases militares, sino también en el terreno del relato, Pahlevi ofrece una cara presentable, reconocible y relativamente fácil de vender en Occidente.
Ahora bien, que Israel lo vea útil no significa que pueda imponerlo, ni que el conjunto del establishment israelí lo contemple como una pieza suficiente para rehacer Irán. Ahí está el matiz decisivo. Israel puede amplificar, facilitar, legitimar o favorecer una figura, pero no controla la textura interna de la sociedad iraní, ni el comportamiento de las élites religiosas, ni la capacidad de coerción de la Guardia Revolucionaria, ni el modo en que reacciona una población exhausta, desconfiada y herida. El deseo geopolítico y la viabilidad política rara vez coinciden del todo. Menos aún en Irán.
La foto con Netanyahu y el coste político de esa cercanía
La aproximación entre Pahlevi e Israel tiene un valor estratégico y un precio político. La reunión con Benjamin Netanyahu y otros altos cargos israelíes reforzó su perfil internacional, pero al mismo tiempo le colgó una etiqueta complicada de sacudirse dentro de Irán. Para un sector muy amplio de la sociedad iraní, incluso para personas profundamente contrarias al régimen, aparecer demasiado cerca de Israel puede convertir a cualquier opositor en sospechoso de dependencia exterior. No hace falta simpatizar con los ayatolás para desconfiar de una figura que parece empujada desde fuera.
Ese recelo no nace de la nada. Irán tiene una memoria histórica muy áspera con la intervención extranjera. Ahí está el golpe de 1953 contra Mohammad Mosaddeq, con participación británica y estadounidense; ahí está la relación privilegiada entre Washington y el sha; ahí está la larga tradición de injerencias que alimentó, en parte, el propio discurso revolucionario de 1979. El nacionalismo iraní no es patrimonio del régimen. También vive en sectores laicos, opositores, estudiantes, antiguos reformistas, republicanos y parte de la diáspora. Y ese nacionalismo puede aceptar una presión internacional contra la teocracia, pero no siempre acepta que el futuro del país parezca diseñarse desde fuera.
Por eso, la cercanía con Israel le abre puertas y se las cierra al mismo tiempo. Le abre las de la relevancia exterior, la de ciertas cancillerías, la de plataformas mediáticas influyentes. Pero puede cerrarle otras dentro de Irán, donde cada gesto se lee con lupa y donde la percepción de legitimidad importa tanto como la capacidad de derribar al adversario. La gran debilidad de Pahlevi no es solo la falta de estructura dentro del país; es la sospecha de que su fuerza principal no nace dentro, sino fuera. Y en un proceso de transición eso pesa muchísimo.
Qué poder real tiene Pahlevi dentro de Irán
La pregunta central no es si Reza Pahlevi interesa, sino cuánto pesa de verdad sobre el terreno. Y ahí la respuesta se vuelve menos espectacular. Su visibilidad internacional es alta; su enraizamiento interno es mucho más discutible. Tiene apoyos en la diáspora, presencia mediática, una red de simpatizantes y capacidad para ocupar el espacio simbólico del “día después”, pero eso no equivale a tener una maquinaria política dentro de Irán, ni cuadros territoriales, ni una cadena de mando, ni una implantación clara en los centros de poder. No manda en la calle, no manda en las mezquitas, no manda en los aparatos del Estado y no manda, desde luego, en la fuerza que más cuenta cuando el régimen tiembla: la Guardia Revolucionaria.
Esa carencia es fundamental. Las transiciones no se resuelven solo con legitimidad moral ni con reconocimiento exterior. Se resuelven también con capacidad de control, alianzas internas, redes sociales y políticas, acceso a instituciones y manejo del factor coercitivo. En Irán, además, la situación es todavía más complicada porque la arquitectura del régimen está diseñada para resistir sacudidas. Aunque la muerte de Ali Jameneí haya abierto una crisis monumental, el sistema no ha desaparecido, ni mucho menos. Sigue existiendo el entramado clerical, siguen activos los mandos militares, sigue operando la burocracia del Estado y sigue en pie un ecosistema ideológico que, pese al desgaste, no se ha evaporado.
Por eso muchos análisis serios han enfriado la idea de una sustitución rápida del régimen por una figura exiliada. Una cosa es que el sistema esté herido; otra, que esté listo para ser reemplazado por alguien que lleva décadas fuera. El caso iraní no se parece a una simple caída de gobierno ni a una elección abierta en condiciones normales. Aquí hablamos de una estructura revolucionaria, autoritaria y militarizada, con resortes de continuidad muy potentes. Pahlevi puede presentarse como solución, pero todavía está lejos de demostrar que puede convertir esa narrativa en poder efectivo.
También influye un factor generacional. Gran parte de la población iraní más joven no vivió el sha. Su relación con la monarquía es indirecta, heredada, a veces idealizada desde fuera y a veces demonizada por la propaganda oficial. Para ese segmento, la prioridad no siempre pasa por restaurar un símbolo del pasado, sino por salir del presente: libertades, fin de la represión, empleo, alivio económico, apertura social. Si Pahlevi quiere ocupar ese espacio, necesita ser algo más que un apellido histórico con buenos contactos. Necesita demostrar que puede representar una ruptura creíble y no un simple retroceso con envoltorio moderno.
Una oposición dividida y un régimen que aún conserva resortes
Hablar de “la oposición iraní” como un bloque homogéneo es un error. Lo que existe es un mosaico fracturado donde conviven monárquicos, republicanos laicos, reformistas desengañados, activistas feministas, organizaciones étnicas, intelectuales del exilio, antiguos presos políticos y sectores mucho más radicales. Algunos aceptan a Pahlevi como figura útil, otros lo toleran por falta de alternativas visibles y otros lo rechazan de plano. Esa fragmentación es una de las grandes ventajas del régimen, incluso en crisis. Cuando enfrente no hay una oposición unificada, el poder gana tiempo.
En paralelo, dentro de la República Islámica se libra otra batalla. La sucesión tras la muerte de Jameneí no solo enfrenta nombres; enfrenta modelos de continuidad. El órgano encargado de elegir al nuevo líder supremo, la Asamblea de Expertos, ha quedado en el centro del huracán mientras aumenta la presión militar externa y se multiplican las maniobras internas. Entre los nombres que más suenan aparece Mojtaba Jameneí, hijo del líder fallecido, visto por sectores duros como una opción de continuidad cerrada, muy conectada con los aparatos más férreos del régimen. Ese dato es esencial, porque dibuja un contraste muy claro: mientras una parte del exilio y algunos actores externos sitúan a Pahlevi como rostro de transición, dentro del sistema gana fuerza la idea de blindar la línea dura.
Entender ese choque ayuda a medir el límite del escenario monárquico. Pahlevi no compite en una pista vacía. Compite contra un régimen golpeado, sí, pero todavía vivo; contra la posibilidad de una sucesión interna que mantenga el núcleo del poder; contra una oposición que no actúa como un frente unido; y contra el temor de buena parte de la población a que una caída abrupta desemboque en desorden, guerra civil o una nueva forma de tutela externa. Irán no es un tablero limpio. Es un campo minado. Y en un campo minado los símbolos sirven, pero no bastan.
Estados Unidos, la CIA y la tentación de diseñar el día después
Toda esta historia se deforma cuando se presenta como si Israel actuara solo. No es así. Estados Unidos sigue siendo el actor indispensable en cualquier hipótesis de reorganización regional y en cualquier intento de influir sobre el futuro de Irán. En los últimos días, además, el propio Donald Trump ha dejado frases que han echado más gasolina al debate al sugerir que Washington debe tener un papel en la elección del próximo liderazgo iraní. No es una declaración menor. Significa que el lenguaje del cambio de régimen ha vuelto a la conversación pública sin demasiados rodeos.
Eso no implica, sin embargo, que Washington tenga una apuesta cerrada por Reza Pahlevi. Más bien al contrario. Dentro de Estados Unidos conviven el impulso maximalista y el escepticismo más frío. Hay sectores que ven en Pahlevi una figura aprovechable, una cara conocida, una opción limpia para vender externamente. Pero también hay mucha cautela respecto a su capacidad real para ordenar Irán, construir legitimidad interna y evitar una explosión mayor. El recuerdo de Irak pesa muchísimo. La invasión de 2003 se justificó con grandes promesas de rediseño regional y terminó demostrando hasta qué punto es fácil derribar un poder y dificilísimo construir otro que no se descomponga entre violencia, fragmentación y tutelas cruzadas.
De ahí que las referencias a la CIA y al grado de infiltración occidental en Irán deban manejarse con mucha prudencia. Está claro que la penetración de inteligencia en el sistema iraní ha sido profunda, porque de otro modo sería difícil explicar determinados golpes, filtraciones y vulnerabilidades. Pero una cosa es reconocer que los servicios de inteligencia extranjeros han conseguido abrir grietas muy serias y otra convertir esa realidad en una teoría cerrada según la cual el futuro político iraní ya está decidido desde fuera. No hay pruebas públicas de un plan acabado para sentar a Pahlevi en el poder. Lo que sí hay es una competencia feroz por influir en el vacío.
Ese matiz importa mucho. Un país no se reconstruye como un laboratorio. Y menos un país como Irán, con casi 90 millones de habitantes, con una identidad histórica fortísima, una estructura estatal compleja, una elite clerical en retroceso pero no barrida, una maquinaria militar formidable y una sociedad cansada de ser terreno de juego ajeno. Washington puede presionar, condicionar, sancionar, golpear o negociar; Israel puede intensificar la asfixia y promocionar figuras alternativas; el exilio puede intentar ocupar el momento. Pero el problema sigue ahí, intacto: ¿quién manda de verdad cuando se abre la puerta de Teherán?
Lo que se está decidiendo en Teherán
Mientras fuera se discute sobre Pahlevi, dentro de Irán se dirime algo aún más decisivo: quién hereda el mando del Estado revolucionario. La muerte de Ali Jameneí ha desencadenado la mayor crisis sucesoria del sistema desde 1989, cuando el propio Jameneí sustituyó a Ruholá Jomeini. Esta vez, además, el contexto es infinitamente más inestable: ataques israelíes, participación estadounidense, presión sobre instalaciones estratégicas, daños en infraestructuras, fracturas en la cúpula y miedo a que la guerra se prolongue. No es una transición de despacho, es una sucesión bajo fuego.
En ese marco, la Asamblea de Expertos se ha convertido en el organismo más observado del país. Formalmente es la encargada de elegir al nuevo líder supremo. En la práctica, la decisión depende también del equilibrio entre clérigos, mandos de seguridad, Guardia Revolucionaria y redes de poder que operan entre bastidores. El nombre de Mojtaba Jameneí ha ganado mucha fuerza porque simboliza la continuidad dura, la conexión con el aparato y la voluntad de evitar que el vacío se convierta en una oportunidad para la oposición. Si finalmente se impone, la idea de una restauración monárquica quedaría aún más lejos, no solo por decisión institucional, sino por consolidación del bloque que controla la coerción.
Ahí aparece otro contraste útil para entender la posición de Pahlevi. Su mayor fortaleza está en el plano de la representación; la del régimen, incluso herido, sigue estando en el plano del control. Él ofrece un horizonte político. El sistema conserva resortes materiales. Él puede hablar de transición. La República Islámica todavía puede imponer continuidad. Y cuando un Estado autoritario entra en crisis, el desenlace depende muchas veces de esa diferencia brutal entre quien encarna una posibilidad y quien todavía tiene el aparato.
Todo esto explica por qué la hipótesis de “devolver el trono” suena tan limpia en ciertos titulares y tan poco nítida cuando se examina en serio. No hay un pasillo despejado hacia una monarquía restaurada. Hay una lucha por la sucesión, una guerra regional en marcha, una oposición fragmentada, intereses extranjeros muy activos y una sociedad iraní que no puede reducirse a la nostalgia del sha ni a la obediencia al régimen. Quien quiera entender lo que está ocurriendo tiene que mirar a la vez esas dos capas: la del símbolo y la del poder real. Y no confundir una con la otra.
Reza Pahlevi, en el escaparate; Irán, todavía en disputa
Reza Pahlevi ha vuelto al centro de la escena porque el sistema iraní atraviesa su momento más delicado en décadas y porque Israel ha contribuido de forma clara a elevar su perfil político. Eso es verdad. También lo es que no existe ninguna evidencia sólida de una restauración decidida, ni mucho menos inevitable. Lo que existe es una confluencia de intereses: el de un exiliado que quiere dejar de ser símbolo y convertirse en alternativa; el de Israel, que busca debilitar al régimen y proyectar un Irán distinto; el de Estados Unidos, que tantea escenarios sin comprometerse del todo; y el de una parte del exilio, que ve en el apellido Pahlevi una oportunidad que hacía tiempo no parecía tan cercana.
Pero Irán no es una mesa vacía sobre la que otros colocan piezas a placer. Sigue siendo un país con memorias incompatibles, con élites enfrentadas, con instituciones tocadas pero no extinguidas y con una población que ha pagado un precio altísimo por la represión, la mala gestión y el aislamiento. En ese contexto, la gran cuestión no es si Pahlevi gusta más en Jerusalén o en ciertos despachos occidentales, sino si puede convertirse en una opción con alguna raíz real dentro del país. Y, por el momento, esa respuesta está lejos de ser afirmativa.
Israel puede quererlo visible. Puede quererlo fuerte. Puede quererlo útil. Incluso puede verlo como la cara más vendible de un eventual Irán posayatolás. Pero querer no es mandar, y mandar no es gobernar. Entre una foto internacional y el control efectivo de Teherán media un territorio inmenso, áspero, imprevisible. Ese territorio se llama Irán. Y ahí, en ese terreno lleno de historia, miedo, cálculo y violencia, todavía no hay nadie que pueda decir con seriedad que el futuro ya está escrito.

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