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Los salvoconductos de Irán en Ormuz complican el pulso de Trump

El tránsito selectivo convierte una ruta energética vital en una pieza de presión entre Teherán y Washington.

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Hormuz se atasca

El estrecho de Ormuz no está abierto con normalidad ni cerrado por completo. Irán permite o condiciona el paso de algunos buques, mientras mantiene bajo amenaza a los que considera vinculados con países hostiles. Esa apertura selectiva, descrita a menudo como un sistema de salvoconductos, convierte la navegación en una decisión política y no solo en una cuestión de seguridad marítima. Teherán no necesita bloquear cada barco para influir en el tránsito: le basta con elevar el riesgo y negociar quién puede cruzar.

Donald Trump sostuvo en una entrevista con Fox News que la vía permanece abierta para quienes quieran transitarla, con una excepción: Irán. La afirmación contrasta con la realidad de un tráfico muy reducido y con las exigencias iraníes de coordinar los cruces. La disputa, por tanto, no se limita a decidir si el estrecho está abierto o cerrado. Washington y Teherán discuten quién tiene autoridad para fijar las condiciones, mientras los países dependientes de los cargamentos buscan proteger sus buques sin esperar a que se resuelva el pulso entre ambos.

Una ruta abierta sobre el mapa, pero bajo condiciones

La diferencia entre permitir el paso y garantizar la libertad de navegación es el centro de la crisis. Un barco puede tener una ruta físicamente despejada y, aun así, afrontar amenazas, advertencias, inspecciones o incertidumbre sobre su seguridad. En el estrecho, la reducción del tránsito hace que cada cruce adquiera un valor mayor del que tendría en circunstancias normales: es una señal de que algunos cargamentos han conseguido avanzar, no una prueba de que el tráfico haya vuelto a la normalidad. La navegación se ha vuelto selectiva y sujeta a riesgos que no afectan por igual a todos los buques.

El representante iraní ante la organización marítima de la ONU, Ali Mousavi, sostuvo que Ormuz seguía abierto salvo para los barcos relacionados con países enemigos y que los buques de países no hostiles debían coordinarse con las autoridades iraníes para cruzar con seguridad. Esa descripción transforma la idea de apertura: el paso deja de ser una garantía general y pasa a depender de una clasificación política que Teherán se atribuye. No equivale a una reapertura internacional sin condiciones, aunque tampoco describe un cierre absoluto impuesto a todas las embarcaciones.

Por eso, hablar de salvoconductos sirve como imagen para explicar el mecanismo, pero no debe confundirse automáticamente con la existencia de documentos oficiales estandarizados o de un sistema formal publicado. La información disponible describe permisos, advertencias y coordinación, no un procedimiento universal con reglas transparentes para todas las navieras. En medio de una guerra, esa falta de claridad también tiene consecuencias: los operadores no solo evalúan el trayecto, sino quién controla el paso, qué relación se atribuye al buque y qué respuesta podría provocar su navegación. La incertidumbre funciona como una barrera incluso cuando no hay un cierre total.

Por qué el estrecho pesa mucho más que su tamaño

Ormuz es un corredor marítimo estrecho, pero su importancia no se mide por la superficie que ocupa. Antes de la guerra, por allí circulaba alrededor del 20% del petróleo y del gas consumidos en el mundo, una proporción que explica por qué cualquier interrupción repercute más allá del Golfo. La ruta conecta a productores de energía de la región con mercados que dependen de esos cargamentos, en especial en Asia. Un cuello de botella geográfico puede tener efectos globales cuando concentra una parte tan relevante del suministro.

La guerra abierta desde el 28 de febrero, tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y la respuesta iraní, elevó el peligro para los buques. El artículo de referencia cifra la caída del tráfico de petroleros en torno al 95% respecto del nivel anterior al conflicto. Ese descenso ayuda a entender por qué la afirmación de que el estrecho permanece abierto no basta para tranquilizar a navieras, gobiernos ni mercados: una ruta puede seguir siendo transitable en teoría y estar casi paralizada en la práctica. El volumen real de cruces importa más que la descripción política de la vía.

Para Irán, la posición geográfica ofrece capacidad de presión sin necesidad de controlar cada milla de mar. El país puede aumentar el coste del tránsito, introducir dudas sobre la seguridad y obligar a otros gobiernos a abrir canales diplomáticos. Para Washington, en cambio, permitir que Teherán decida quién pasa supondría aceptar una autoridad que Estados Unidos rechaza. El estrecho es al mismo tiempo una arteria energética y un escenario de disputa por legitimidad: ambos gobiernos buscan presentar su propia versión del control como la válida.

El mensaje de Trump y la disputa por el relato

Trump describió el estrecho como abierto para quienes deseen atravesarlo, con la salvedad de los buques iraníes. También aseguró que la crisis había beneficiado al negocio petrolero estadounidense, al convertir a Estados Unidos en una fuente alternativa para quienes compraban crudo a países afectados por el conflicto. Mencionó la construcción de oleoductos y las posibilidades de Texas y Alaska. Su argumento enlaza la seguridad del paso con la capacidad estadounidense de sustituir parte del suministro, aunque una fuente alternativa no resuelve por sí sola la interrupción de una ruta internacional.

La formulación de Trump presenta a Washington como quien puede determinar qué barcos circulan, mientras reserva a Irán la condición de excepción. Teherán sostiene lo contrario: que solo Irán y Omán tienen competencia para decidir quién puede navegar por el estrecho y bajo qué términos. Esa contradicción no es un detalle retórico. Si los gobiernos aceptaran la versión estadounidense, las restricciones iraníes serían una interferencia que debe revertirse; si aceptaran la iraní, la coordinación previa pasaría a ser una condición de acceso. El desacuerdo sobre el tránsito encubre una pugna sobre quién puede dictar las reglas.

La escena también muestra los límites de una declaración presidencial como indicador del tráfico. Que un mandatario diga que una ruta está abierta no significa que los capitanes, aseguradoras y compañías navieras consideren seguro enviar un buque. Y que Irán permita algunos cruces no supone que haya renunciado a usar el estrecho como herramienta de presión. La distancia entre el mensaje oficial y la operación cotidiana se mide en barcos que siguen esperando, primas de riesgo y decisiones de navegación que pueden cambiar con rapidez. La libertad de paso solo existe de forma efectiva cuando puede ejercerse con seguridad y previsibilidad.

Por qué otros gobiernos negocian directamente

Corea del Sur buscó garantías para sus buques mediante una conversación entre su ministro de Exteriores, Cho Hyun, y su homólogo iraní, Abbas Araqchi, el 23 de marzo. Seúl tenía más de dos docenas de barcos y más de un centenar de tripulantes atrapados o condicionados en el Golfo, según los datos recogidos en el artículo original. Su dependencia también ayuda a explicar la llamada: alrededor del 70% de su crudo y el 20% de su gas natural licuado proceden de Oriente Medio. Para un país expuesto a esos suministros, hablar con Teherán es una gestión de riesgo inmediato, no necesariamente un respaldo a sus posiciones.

Omán ocupa una posición particular porque comparte el entorno geográfico del estrecho y mantiene canales diplomáticos con Irán. Su ministro de Exteriores, Badr Albusaidi, confirmó que Mascate trabajaba con Teherán para garantizar el paso seguro de los buques. En una crisis donde la confianza entre Washington y la república islámica es escasa, ese papel de interlocutor puede servir para mantener conversaciones prácticas sin que cada contacto se convierta en una declaración de alineamiento. La diplomacia omaní busca reducir el peligro de la navegación, aunque no pueda por sí sola devolver el tráfico a niveles normales.

India apareció en el registro de los cruces concretos: dos buques con destino al país, Pine Gas y Jag Vasant, atravesaron el estrecho el 23 de marzo. Transportaban en conjunto más de 92.000 toneladas de gas licuado de petróleo, con cargas procedentes de Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Ese tránsito no demuestra que se haya restablecido una vía segura para todos, pero sí que algunos cargamentos pueden avanzar en medio de la interrupción general. Un paso conseguido es una excepción relevante, no una garantía para la siguiente embarcación.

El patrón que emerge es el de gobiernos que combinan condenas, llamadas diplomáticas y medidas para proteger sus intereses energéticos. Corea del Sur pidió seguridad y también expresó preocupación por los ataques contra infraestructuras civiles en países del Golfo. Omán intenta facilitar el tránsito y la comunicación. India recibió cargamentos que lograron cruzar. Ninguno de esos movimientos elimina el choque entre Washington y Teherán; más bien muestra que los países afectados no esperan a que ese enfrentamiento produzca una solución común. La diplomacia paralela se convierte en una respuesta pragmática cuando el coste de esperar es alto.

La presión de Teherán no equivale a control absoluto

La estrategia iraní parece diseñada para evitar las desventajas de un cierre total y conservar, al mismo tiempo, capacidad de presión. Si todos los barcos quedaran bloqueados, más países tendrían motivos inmediatos para unirse contra Teherán. Si algunos pueden pasar mediante coordinación y otros afrontan amenazas, los gobiernos deben valorar caso por caso cómo proteger sus cargamentos. Esa selectividad complica la formación de una respuesta internacional uniforme. Irán puede convertir el acceso en una herramienta de negociación sin demostrar que controle cada movimiento marítimo.

El analista Matthew Wright, de Kpler, describió el movimiento como una estrategia de expansión. La idea no apunta a una ampliación territorial, sino a la capacidad de Irán para influir en decisiones ajenas: qué naviera asume el riesgo, qué gobierno llama a Teherán y qué carga energética consigue llegar a destino. La influencia puede crecer incluso sin un dominio completo del estrecho, porque basta con que los operadores crean que el paso depende de decisiones iraníes. El poder de condicionar una ruta no es lo mismo que poseer un control incontestado sobre ella.

Ese matiz también limita las conclusiones que pueden extraerse de cada barco que cruza. Un tránsito aislado no prueba que exista un acuerdo estable, del mismo modo que una jornada sin cruces no confirma por sí sola un cierre permanente. Las embarcaciones pueden depender de circunstancias distintas, de sus vínculos comerciales o de una coordinación que no se haya hecho pública. En un escenario cambiante, la imagen de un portero que decide quién entra resume la presión política, pero no sustituye a la información detallada sobre cada operación. La opacidad es parte del problema y obliga a distinguir entre hechos observables y relatos de las partes.

El tráfico reducido golpea más allá del petróleo

El impacto de la crisis no se limita al precio del crudo. Cuando disminuyen los cruces, se encarecen o se vuelven menos previsibles el transporte, la cobertura de riesgo y el suministro de gas y combustibles refinados. Esos costes pueden trasladarse a la aviación, la industria, la agricultura intensiva y el movimiento de mercancías. Para Europa, incluida España, la exposición no depende únicamente de comprar energía directamente en el Golfo: los precios internacionales y los costes logísticos pueden repercutir aunque el origen físico de cada cargamento sea otro. Una interrupción local puede llegar a los consumidores a través de los mercados globales.

La región asiática está especialmente expuesta a la energía que atraviesa Ormuz. El artículo original señala que cerca del 80% del gas natural licuado que pasa por el estrecho tiene como destino Asia. Esa concentración ayuda a entender por qué países como Japón, Corea del Sur, India y Singapur priorizan el suministro y buscan opciones diplomáticas o logísticas. No se trata necesariamente de tomar partido por Irán, sino de impedir que la tensión bloquee recursos de los que dependen sus economías. La dependencia energética convierte la geografía del Golfo en una preocupación doméstica para gobiernos muy alejados.

Los mercados también han mostrado hasta qué punto reaccionan a las señales políticas. El martes 24 de marzo, el Brent subió hasta los 102,83 dólares por barril y el WTI alcanzó los 90,62 dólares, después de una caída el día anterior asociada al anuncio de Trump de una pausa de cinco días en los ataques previstos contra infraestructuras eléctricas iraníes. Las cotizaciones reflejan expectativas, no una predicción segura de lo que ocurrirá. Una pausa puede aliviar la tensión durante unas horas sin despejar el riesgo de fondo, especialmente cuando Irán niega los contactos que Washington presenta como avances.

El seguro marítimo es otra pieza menos visible, pero decisiva. Una ruta puede estar abierta físicamente y resultar impracticable si la naviera no encuentra cobertura para el riesgo de guerra o si el coste de asegurar el casco y la carga se vuelve excesivo. Chubb anunció el 20 de marzo una facilidad aseguradora para respaldar buques que atraviesen Ormuz, dentro de un plan de reaseguro marítimo impulsado por la agencia estadounidense de financiación del desarrollo. La seguridad comercial depende tanto de la protección financiera como de la ausencia de ataques.

La dimensión humana completa el cuadro. La Organización Marítima Internacional reclamó un corredor seguro para evacuar a unos 20.000 marinos en cerca de 2.000 barcos comerciales atrapados al oeste del estrecho. Su secretario general, Arsenio Dominguez, pidió a los Estados de pabellón que evitaran que más buques avanzaran hacia la zona de mayor peligro. Las cifras describen una situación que no puede reducirse a los movimientos del petróleo: hay tripulaciones que permanecen a bordo mientras se decide si es posible navegar. En el embudo de Ormuz también quedan inmóviles personas, no solo cargamentos.

La respuesta internacional no es una sola

La crisis ha dejado al descubierto diferencias entre los países que quieren proteger el tráfico por medios coercitivos y los que temen que una nueva escalada agrave el bloqueo. Baréin, con apoyo de aliados árabes del Golfo y de Estados Unidos, impulsó en la ONU un proyecto de resolución que contemplaba autorizar todos los medios necesarios para proteger el comercio marítimo en torno a Ormuz. Francia presentó un texto alternativo más prudente, sin señalar directamente a Irán y con énfasis en la desescalada y en medidas defensivas ajustadas al derecho internacional. La discusión no es solo qué hacer, sino hasta dónde puede llegar la fuerza sin empeorar el conflicto.

Estados Unidos desplegó 2.500 marines y fuerzas navales adicionales en la región, aunque el papel final de ese refuerzo no estaba plenamente definido en la información disponible. El movimiento demuestra que Washington conserva capacidad militar y que no ha renunciado a presionar a Teherán. Pero el despliegue no elimina las dificultades prácticas de escoltar barcos, disuadir ataques y restablecer la confianza de las navieras. La superioridad militar no garantiza por sí sola la normalización de una ruta comercial.

La falta de una línea común da margen a Irán para sostener que el problema debe resolverse mediante acuerdos con los países de la región, mientras Estados Unidos defiende que el estrecho debe permanecer abierto sin condiciones iraníes. Entre esas posiciones, cada capital calcula sus propios riesgos. Algunas pueden apoyar declaraciones contra Teherán y, al mismo tiempo, negociar garantías para sus barcos. Esa combinación, que puede parecer contradictoria, refleja la prioridad de evitar daños económicos y humanos. La unidad política se resquebraja cuando los costes inmediatos no recaen por igual sobre todos.

El pulso que seguirá después de cada cruce

Trump mantiene la capacidad de desplegar fuerzas, imponer presión y alterar el cálculo de sus aliados. Irán, por su parte, ha mostrado que puede convertir la incertidumbre sobre el paso en una fuente de influencia diplomática y económica. Ninguno de esos elementos equivale a una victoria definitiva. La continuidad de algunos cruces no devuelve la normalidad, y la amenaza iraní no significa que Teherán pueda controlar sin límites el tráfico internacional. El equilibrio se encuentra en una zona gris donde conviven capacidad militar, riesgo comercial y negociación política.

La diferencia entre lo que Washington presenta como una vía abierta y lo que Teherán describe como un tránsito sujeto a coordinación resume el enfrentamiento. En la versión de Trump, el paso está disponible para todos salvo para Irán; en la iraní, las autoridades locales tienen derecho a fijar quién cruza y en qué condiciones. Los movimientos de Corea del Sur, Omán e India muestran que los gobiernos ya actúan dentro de esa discrepancia, intentando asegurar cargamentos sin esperar a que las dos potencias resuelvan el desacuerdo. La realidad marítima se decide en negociaciones y operaciones concretas, no solo en declaraciones.

El desenlace dependerá de si esos contactos parciales pueden reducir la amenaza y hacer más previsible la navegación, o si cada nuevo episodio devuelve al estrecho al borde del bloqueo. La pregunta de fondo no es únicamente quién dice tener el control, sino qué condiciones permitirán que los buques vuelvan a circular sin permisos políticos cambiantes ni un riesgo que disuada a las tripulaciones y a las aseguradoras. Mientras el acceso dependa de cálculos enfrentados, Ormuz seguirá siendo una frontera estratégica incluso cuando permanezca abierto sobre el mapa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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