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Irán ataca bases de EEUU e Israel en plena escalada

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Un ejemplar de Kheibar Shekan
Un ejemplar de Kheibar Shekan

Irán lanza una nueva oleada de ataques sobre Erbil, Baréin y el área de Tel Aviv y agrava un conflicto regional cada vez más abierto y tenso.

Irán ha abierto una nueva oleada de ataques contra objetivos ligados a Estados Unidos e Israel y ha señalado tres puntos que dicen mucho del momento que vive la región: Erbil, en el Kurdistán iraquí; Baréin, donde se encuentra la Quinta Flota de la Marina estadounidense; y el área de Tel Aviv, con Be’er Ya’akov citada por la propia Guardia Revolucionaria como uno de los blancos de esta fase. El anuncio lo hizo el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que encuadró la ofensiva en la 37ª oleada de su operación “True Promise 4” y aseguró haber empleado misiles Qadr, Kheibar Shekan y Khorramshahr. Lo relevante, de entrada, es esto: Teherán ha querido enseñar simultáneamente capacidad de alcance, volumen y voluntad de seguir escalando, aunque por ahora no existe un balance independiente completo sobre daños y víctimas de esta última tanda de lanzamientos.

La noticia llega, además, en un punto de máxima temperatura militar. La guerra abierta tras la ofensiva lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero ha ido desbordando fronteras y ya no se limita a un intercambio entre dos capitales enemigas. Israel golpea en Teherán, Irán responde sobre Israel y sobre instalaciones estadounidenses en distintos países de la zona, y el resto del tablero —Irak, el Golfo, el tráfico aéreo, la seguridad energética— se mueve como una vajilla sobre una mesa que tiembla. Eso explica por qué un ataque anunciado a la vez sobre Erbil, Baréin y el entorno de Tel Aviv pesa más que un simple parte militar: confirma que la guerra se ha ensanchado y que cada frente nuevo arrastra a otro.

Un ataque sobre tres nodos clave del mapa militar

La elección de objetivos no parece casual ni decorativa. Erbil condensa la fragilidad iraquí y el valor táctico del norte del país, donde hay presencia militar extranjera, bases sensibles y una red de actores armados que llevan años empujando a Irak hacia el borde de conflictos ajenos. Baréin es otra cosa: ahí no solo hay una instalación estadounidense, sino uno de los emblemas del poder naval de Washington en la región, la Quinta Flota, una pieza crítica para el control marítimo del Golfo y de sus corredores estratégicos. Y el área metropolitana de Tel Aviv, con Be’er Ya’akov en el foco del comunicado iraní, toca la fibra más visible del conflicto porque mezcla infraestructura, alarma civil, impacto simbólico y desgaste psicológico sobre el corazón de Israel.

En otras palabras, Teherán no ha descrito un ataque único sino una escena repartida en tres teatros. Esa simultaneidad importa mucho. Obliga a repartir atención, defensa antimisiles, información y mando en lugares muy distintos y, de paso, construye el relato que Irán quiere vender: no golpeamos un solo frente; golpeamos la arquitectura regional que sostiene a nuestros enemigos. En una guerra en la que la propaganda también vuela a velocidad de misil, esa puesta en escena cuenta casi tanto como los impactos físicos. La propia Guardia habló de una nueva oleada dentro de una campaña escalonada, y esa forma de presentar la acción encaja con una estrategia de saturación y persistencia más que con la idea de un castigo puntual y breve.

Erbil, el frente iraquí que nunca termina de apagarse

Erbil vuelve a aparecer porque el norte de Irak se ha ido convirtiendo en una zona donde confluyen demasiadas líneas de tensión al mismo tiempo. Por un lado, la presencia de Estados Unidos y de infraestructura conectada a operaciones militares. Por otro, la actividad de milicias proiraníes y grupos armados que han usado el territorio iraquí como espacio de presión contra Washington y sus aliados. Y, por encima de todo, un Estado iraquí que intenta no ser arrastrado de lleno, pero al que cada nueva andanada le rompe un poco más el equilibrio. Informes recientes ya situaban a Erbil y a la base de Harir dentro del patrón de ataques con drones y misiles de los primeros días de la guerra, aunque con impacto limitado y sin víctimas reportadas entonces. No era, por tanto, un escenario dormido. Era una herida a medio cerrar.

Esa presión se ha notado también fuera de las bases. Irak ha ido prorrogando el cierre de su espacio aéreo por razones de seguridad, una decisión que no se toma por rutina burocrática, sino porque el país se ha convertido en un corredor demasiado expuesto a errores, interceptaciones y ataques cruzados. A la vez, el Gobierno iraquí ha condenado ataques recientes contra misiones diplomáticas y contra instalaciones en Bagdad y en el Kurdistán iraquí, después de que se reportaran cohetes sobre la embajada estadounidense en Bagdad y drones abatidos sobre Erbil. Todo eso dibuja un paisaje en el que el anuncio iraní sobre una nueva ofensiva en Erbil no suena a extravagancia, sino a continuidad dura de un frente que no ha dejado de estar vivo.

Un Kurdistán iraquí cada vez más expuesto

Hay otro detalle que ayuda a leer mejor el peso de Erbil en esta escalada: la ciudad no solo es un espacio militar, también es un lugar donde se cruzan intereses diplomáticos, regionales y económicos. Este mismo martes, Emiratos Árabes Unidos condenó un ataque con dron contra su consulado en la ciudad, un episodio con daños materiales pero sin heridos que varios gobiernos árabes interpretaron como una señal de que la espiral ya está tocando espacios diplomáticos de forma cada vez más directa. Cuando una ciudad reúne consulados, instalaciones militares, aeropuerto internacional y presencia de distintos actores armados, deja de ser una periferia y se convierte en una bisagra. Y las bisagras, en las guerras anchas, suelen crujir antes que las puertas.

Por eso el nombre de Erbil pesa más de lo que parece a simple vista. En el discurso iraní, atacar ese punto sirve para presionar a Washington sin tocar suelo estadounidense y para recordar que el teatro iraquí sigue disponible. En el plano real, sin embargo, cada ataque o amenaza sobre la ciudad expone algo más incómodo: la dificultad de Irak para mantenerse como un terreno de soberanía efectiva cuando los actores externos y las milicias locales se mueven con agendas propias. Ese desajuste es una de las claves silenciosas de esta guerra. No hace tanto ruido como una explosión en Tel Aviv, pero explica por qué el conflicto encuentra siempre nuevas rendijas por las que extenderse.

Baréin, donde tocar a la Quinta Flota es tocar a Washington

De los tres puntos mencionados por la Guardia Revolucionaria, Baréin es seguramente el más cargado de simbolismo estratégico. El pequeño reino del Golfo acoge la Quinta Flota de Estados Unidos, un mando clave para la presencia naval estadounidense en la región. Hablar de la Quinta Flota es hablar del control del Golfo Pérsico, del estrecho de Ormuz, de la protección de rutas marítimas y del músculo disuasorio que Washington proyecta sobre una de las zonas más sensibles del planeta. No hace falta que un ataque destruya por completo una base para que el mensaje político sea tremendo; basta con que obligue a activar alarmas, a interrumpir operaciones o a demostrar que el enclave no es intocable. Eso es justamente lo que persigue cualquier acción sobre Juffair o sobre instalaciones asociadas al dispositivo naval estadounidense en Baréin.

Y no se trata de una amenaza abstracta. Ya el 28 de febrero, Baréin confirmó un ataque dentro de su territorio y señaló que un centro de servicios de la Quinta Flota había sido alcanzado. Un testigo de Reuters vio una columna de humo cerca de la costa mientras sonaban sirenas, una imagen que rompió de golpe la sensación de blindaje que suelen transmitir las monarquías del Golfo. Después, otras evaluaciones y partes oficiales han ido apuntando a daños en infraestructuras de apoyo, terminales de comunicaciones y almacenes, aunque la base siguió operativa. Ese antecedente vuelve mucho más seria la nueva referencia iraní a Baréin: no parte de cero, llega sobre un lugar ya herido y ya probado.

Baréin, además, ha puesto cifras al desgaste. Su mando militar aseguró este martes haber interceptado y destruido 105 misiles balísticos y 176 drones lanzados por Irán desde el inicio de la escalada. Son números enormes para un país pequeño. Sirven para dos cosas a la vez: para exhibir capacidad defensiva y para admitir, aunque sea de manera indirecta, la intensidad del asedio. El dato no es menor porque traduce en volumen lo que a veces se percibe solo como humo televisado: la presión sobre el Golfo no son uno o dos misiles perdidos en el cielo, sino una campaña sostenida, repetida, agotadora, con episodios que ya han alterado escuelas, tráfico aéreo, vida civil y sensación de seguridad. Baréin se ha convertido en un termómetro del conflicto, y el mercurio no deja de subir.

Tel Aviv y Be’er Ya’akov, el centro donde la guerra se siente en casa

El tercer vértice del ataque anunciado por Irán se sitúa en el área de Tel Aviv, con Be’er Ya’akov mencionada expresamente por la Guardia Revolucionaria. Aquí el objetivo va más allá de la lectura estrictamente militar. Golpear el centro de Israel, o siquiera obligar a activar sirenas y defensas en esa zona, supone trasladar la guerra al espacio donde se concentra buena parte de la vida urbana, la actividad económica, la infraestructura sensible y el nervio político del país. Israel lleva días enfrentándose a nuevas andanadas. El Ejército israelí informó de salvas iraníes dirigidas contra distintas zonas del país, incluida Tel Aviv, y ya el 3 de marzo reportó impactos y operaciones de búsqueda y rescate en el distrito metropolitano tras lanzamientos iraníes. No estamos ante un episodio aislado. Estamos ante la repetición de una amenaza que Israel no ha logrado borrar del todo con su potente paraguas antimisiles.

La mención de Be’er Ya’akov refuerza esa lógica. No es solo “Tel Aviv” en abstracto, esa fórmula gigante y mediática que suele engullir toda el área central israelí. Es una localización concreta del centro del país, integrada en la gran mancha urbana que hace que cualquier alarma en esa franja tenga un eco enorme. Cada lanzamiento hacia esa zona moviliza interceptores, interrumpe desplazamientos, vacía calles, activa refugios y desgasta a una población que vuelve a medir el día por el sonido de la sirena. Militarmente, el impacto puede ser pequeño o incluso nulo si los misiles son interceptados. Pero políticamente el efecto existe igual: demostrar que el centro israelí sigue bajo amenaza. En guerras así, la percepción y la rutina rota forman parte del campo de batalla.

La lógica del golpe no es solo destruir, también saturar

Ahí aparece una de las claves de esta fase. Cuando Irán presume de lanzar oleadas sucesivas contra el centro de Israel, no siempre está hablando de destrucción masiva y verificable en cada tanda. A veces habla, más bien, de una forma de agotamiento. Obligar al adversario a mantener activos sus sistemas de defensa, a consumir interceptores caros, a dispersar la atención y a sostener una tensión civil casi permanente. Por eso la palabra oleada importa tanto. Y por eso cada parte intenta narrarla en su favor. Israel subraya intercepciones y capacidad de respuesta. Irán destaca el mero hecho de seguir lanzando y de seguir obligando a reaccionar. La escena final, casi siempre, es la misma: cielos encendidos, fragmentos cayendo, mensajes oficiales cruzados y una población pendiente del móvil, de la radio y del refugio más cercano.

En esa dinámica, el área de Tel Aviv tiene un valor incomparable. Es el lugar donde un misil, un fragmento o una falsa alarma alteran mucho más que la operación de una base. Alteran una centralidad política y urbana que Israel necesita vender como resistente y funcional incluso en guerra. Que Teherán siga poniendo esa zona en sus comunicados no es casual. Es una forma de discutirle a Israel el control del relato de invulnerabilidad. Aunque los daños de esta última oleada no estén todavía cerrados por fuentes independientes, la sola activación de defensas y alertas ya revela que la amenaza sigue siendo operativa. Y eso, en pleno segundo tramo del conflicto, vale mucho.

Qadr, Kheibar Shekan y Khorramshahr, la firma del arsenal iraní

La Guardia Revolucionaria no se limitó a decir que había atacado; también quiso dejar claro con qué. Nombró a los misiles Qadr, Kheibar Shekan y Khorramshahr, tres familias que en la narrativa iraní funcionan casi como marcas de prestigio militar. Esa enumeración cumple varias funciones. Hacia fuera, lanza una advertencia sobre el tipo de arsenal que Teherán afirma seguir conservando y desplegando pese a los bombardeos de Estados Unidos e Israel. Hacia dentro, refuerza la idea de que el país no está respondiendo con medios improvisados, sino con sistemas que el régimen presenta como parte de su columna vertebral estratégica. Según el comunicado difundido por medios iraníes, todos los proyectiles de esta fase llevaban múltiples cabezas, y la variante Qadr portaba una carga de una tonelada. Son datos que conviene atribuir claramente a la parte iraní, porque forman parte tanto del mensaje militar como del mensaje propagandístico.

Ese uso tan explícito del catálogo de misiles también dice algo sobre el momento. Cuando una potencia regional entra en una guerra larga o semilarga, deja de ocultar parte de su repertorio y empieza a escenificarlo. Eso es exactamente lo que hace Irán al convertir cada comunicado en una vitrina de nombres propios: Qadr, Kheibar Shekan, Khorramshahr, antes Emad, Fattah y otros sistemas mencionados en oleadas previas. No se trata solo de impactar blancos; se trata de sugerir profundidad de inventario, continuidad de producción y capacidad de seguir enviando proyectiles pese a la campaña enemiga. En el fondo, la pregunta que late detrás es simple: ¿cuánto tiempo puede sostener Irán este ritmo? Y la respuesta que Teherán intenta fabricar públicamente es igual de simple: más del que sus rivales desearían.

Lo que está claro y lo que sigue bajo niebla

Con todo, en una guerra tan cargada de desinformación, conviene separar con cuidado tres niveles. El primero es el anuncio iraní, que sí está claro: la Guardia Revolucionaria ha dicho que ha atacado Erbil, la Quinta Flota en Baréin y Be’er Ya’akov en el área de Tel Aviv. El segundo es el contexto verificable, también sólido: esos tres escenarios ya venían registrando ataques, alertas o incidentes en los últimos días; Baréin confirmó a finales de febrero un golpe contra una instalación asociada a la Quinta Flota; Israel ha reportado nuevas salvas iraníes; Irak ha prorrogado cierres y sigue tratando de contener el desborde. El tercer nivel, el más delicado, es el de los daños exactos de esta última oleada, que todavía no dispone de una fotografía independiente cerrada y completa. Ahí la prudencia no es un adorno, es una obligación mínima.

Tampoco está del todo definida la respuesta inmediata de la otra parte a este episodio concreto, aunque el clima general apunta a más presión y no a menos. Benjamin Netanyahu ha insistido en que Israel no ha terminado su ofensiva, mientras desde el lado estadounidense se ha hablado de jornadas de ataques especialmente intensas sobre Irán. Al mismo tiempo, el ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, ha asegurado que su país está preparado para seguir golpeando a Israel y a las bases estadounidenses “todo el tiempo que haga falta”, y ha vuelto a dar por descartado el regreso a negociaciones con Washington en este momento. Es decir, nadie está hablando el lenguaje de la desescalada. Cada capital sigue hablando el idioma de la siguiente andanada.

El mapa del conflicto ya no cabe en una frontera

Eso es, probablemente, lo más importante que deja este nuevo episodio. Irán no ha querido limitar su mensaje a Israel ni a un único enclave estadounidense. Ha dibujado una línea que va de Erbil a Baréin y salta después al centro de Israel, como si quisiera subrayar que la guerra regional tiene varios escenarios activos a la vez y que todos pueden encenderse en la misma noche. Esa es la verdadera novedad de fondo. No solo que vuelen misiles, sino que los misiles se repartan sobre una geografía cada vez más ancha: Irak, el Golfo, el cielo de Israel, las rutas aéreas, las bases extranjeras, las misiones diplomáticas. Cuando el mapa de la guerra empieza a parecer un archipiélago de alertas, el margen para el error se vuelve minúsculo.

Y en ese marco, el ataque anunciado contra Erbil, Baréin y el área de Tel Aviv funciona como una fotografía bastante nítida del momento actual. Erbil resume la vulnerabilidad iraquí y el riesgo de arrastre. Baréin representa el nervio naval de Estados Unidos en el Golfo. Tel Aviv, o más exactamente su gran entorno urbano central, concentra el golpe político, mediático y psicológico sobre Israel. Tres lugares distintos, una sola idea: la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos ya no se mide solo por quién bombardea primero, sino por cuántos frentes puede mantener abiertos a la vez. Y ahí, justo ahí, es donde la noticia deja de ser un simple parte de madrugada para convertirse en un salto más dentro de una escalada que no encuentra freno visible.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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