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Lluvia, frío y ruinas: por qué el invierno amenaza Gaza
Una tormenta basta para convertir el barro, las ruinas y la falta de abrigo en una amenaza directa para miles de familias.

En Gaza, una tormenta de invierno no cae sobre una población protegida por viviendas intactas y servicios que funcionen. Llega a campamentos levantados sobre terrenos bajos, tiendas que dejan pasar el agua y edificios dañados que todavía sirven de refugio. El frío y la lluvia convierten así una emergencia prolongada en un peligro inmediato: mojarse, no tener dónde secarse y pasar la noche expuesto puede ser mortal, sobre todo para bebés, niños pequeños y personas mayores.
El temporal Byron, que golpeó la Franja los días 11 y 12 de diciembre, hizo visible esa combinación. Hubo tiendas inundadas, derrumbes y muertes atribuidas al frío, mientras los equipos de emergencia recibían miles de avisos y trataban de responder con maquinaria y combustible limitados. La tormenta no originó la crisis: encontró a cientos de miles de personas desplazadas sin refugio adecuado y con infraestructuras esenciales destruidas o fuera de servicio.
Una tormenta sobre una emergencia que ya existía
La lluvia es un fenómeno natural; el alcance de sus consecuencias depende de lo que encuentra a su paso. En Gaza, años de ofensiva, desplazamiento y destrucción han dejado a muchas familias sin una vivienda segura. Algunas duermen en tiendas improvisadas, otras se resguardan en edificios dañados y muchas se han visto obligadas a trasladarse repetidamente. Cuando llega el agua, no hay una frontera clara entre el mal tiempo y la crisis humanitaria: las dos cosas se superponen.
El jefe de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos, UNRWA, describió la emergencia invernal como provocada por el hombre en sus consecuencias. La idea no niega que la lluvia y el viento sean peligros meteorológicos. Señala que el desplazamiento masivo, la destrucción de viviendas y la falta de refugios adecuados han dejado a la población mucho más expuesta. La tormenta actúa como detonante de vulnerabilidades acumuladas, no como explicación única de las muertes y los daños.
La escala de los efectos aparece en los recuentos del periodo. Según datos del Shelter Cluster citados por UNRWA, entre el 10 y el 17 de diciembre las lluvias y el viento provocaron el colapso de 17 edificios y causaron daños totales o parciales en más de 42.000 tiendas y refugios improvisados. Al menos 235.000 personas resultaron afectadas. Son cifras referidas a una ventana concreta y a categorías distintas: no equivalen al total de desplazados ni describen por sí solas todas las necesidades del enclave.
Cuando la tienda deja de ser un refugio
Una tienda puede ofrecer una separación mínima del viento, pero no reemplaza una vivienda. Si la lona está desgastada o tiene costuras abiertas, el agua se filtra y empapa ropa de cama, colchones y mantas. El suelo se convierte en barro; el agua acumulada dificulta cocinar, dormir y mantener secas las pocas pertenencias que una familia ha podido conservar. Bajo una lluvia persistente, el refugio puede pasar de proteger del clima a concentrar sus riesgos.
El problema no se limita a la calidad de la lona. Muchos asentamientos carecen de drenaje suficiente y están instalados en terrenos bajos, donde el agua tarda en retirarse. Las zanjas se obstruyen con residuos o no existen, y las redes de saneamiento dañadas agravan la exposición a aguas sucias. Cuando la lluvia arrastra basura o rebosa fosas, el charco deja de ser solo una molestia: puede mezclar el agua de la tormenta con contaminación y aumentar los riesgos para la salud.
Las familias también se enfrentan a una elección que no debería existir: permanecer en una tienda que se inunda o buscar cobijo en un edificio golpeado por los bombardeos. La lluvia y el viento pueden agravar el deterioro de paredes y techos que ya estaban debilitados. El colapso de una estructura utilizada como refugio puede atrapar a quienes no tenían otra alternativa. Ni la lona precaria ni las ruinas ofrecen la seguridad de una vivienda en condiciones, aunque en la práctica sean los únicos lugares disponibles.
El frío golpea con más fuerza a los bebés y a quienes ya están debilitados
La hipotermia no necesita una temperatura extrema cuando una persona pasa horas con la ropa mojada, sobre un colchón húmedo y expuesta al viento. Los bebés son especialmente vulnerables porque regulan peor su temperatura corporal y dependen por completo de que el entorno les proporcione abrigo seco. En el artículo original de esta emergencia se informó de la muerte de Rahaf Abu Jazar, una niña de ocho meses, en Jan Yunis, tras quedar expuesta al frío en la tienda de su familia. Su caso muestra cómo una filtración puede convertirse en una amenaza vital cuando no hay un lugar seco al que trasladarse.
En días posteriores, el Ministerio de Salud de Gaza informó de la muerte de otro bebé, Arkan Firas Musleh, de dos meses, atribuida al frío. El recuento citado entonces lo describía como el tercer niño fallecido por esa causa desde comienzos de diciembre. Las cifras pueden variar según el momento del informe y la verificación de cada caso, pero el patrón es claro: la exposición afecta de forma desproporcionada a los más pequeños, en especial cuando coincide con enfermedad, desnutrición o falta de ropa seca.
La lluvia también puede agravar problemas que no se manifiestan de inmediato. El agua contaminada y el saneamiento deficiente elevan el riesgo de diarreas; el hacinamiento y la exposición al frío favorecen las infecciones respiratorias. En tiendas cerradas, el uso de fuegos improvisados para calentarse puede llenar el espacio de humo. Las familias que ya cuentan con poca comida tienen menos margen para recuperarse de una infección. La emergencia sanitaria no se reduce a evitar que alguien pase frío durante una noche: depende de poder mantener abrigo, higiene, agua segura y atención médica en los días siguientes.
Las cifras revelan la distancia entre la necesidad y la respuesta
Antes del temporal, las agencias humanitarias ya advertían de una enorme brecha de refugio. El artículo original citaba una estimación del Shelter Cluster de unas 300.000 tiendas necesarias para cubrir la demanda mínima, frente a menos de 50.000 que habían entrado por distintos canales y unas 40.000 distribuidas. La comparación permite entender por qué los daños de una tormenta repercuten tan rápido: cuando la cobertura inicial es insuficiente, cada tienda destruida deja a una familia con menos alternativas.
Las necesidades no se calculan únicamente contando lonas. Hace falta que el refugio resista lluvia y viento, que el suelo pueda mantenerse seco y que haya espacio suficiente para las personas desplazadas. Una tienda entregada no resuelve por sí sola la falta de drenaje ni sustituye una vivienda dañada. Del mismo modo, una manta puede conservar el calor, pero pierde buena parte de su utilidad si se empapa. La respuesta tiene que combinar abrigo, protección frente al agua y condiciones básicas de saneamiento.
La Organización Internacional para las Migraciones situó en 795.000 el número de personas desplazadas con alto riesgo de inundación en zonas bajas o cubiertas de escombros, según los datos recogidos en el artículo original. Esa cifra expresa exposición, no significa que todas esas personas hayan sufrido daños durante el mismo episodio. En otro análisis de la emergencia, la ONU señaló que alrededor de 230 asentamientos de desplazados, con al menos 187.000 personas, presentaban problemas como refugios deteriorados, mal drenaje y condiciones sanitarias inseguras. Los datos describen capas diferentes de una crisis que no cabe en un único recuento.
Por qué el agua no se retira con rapidez
La acumulación de agua responde también al deterioro de los servicios urbanos. El artículo original describía redes de drenaje dañadas, calles sin colectores funcionales y equipos municipales con maquinaria averiada o sin repuestos. Si las bombas no pueden trabajar y los canales están obstruidos, el agua queda atrapada en los campamentos y en las zonas bajas. La lluvia se vuelve más peligrosa cuando falla la infraestructura que debería conducirla fuera de los lugares habitados.
Una evaluación citada por uno de los materiales de referencia señalaba que las seis plantas de tratamiento de aguas residuales estaban fuera de servicio y que el 70% de las estaciones de bombeo de alcantarillado no funcionaban. También estimaba que se descargaban al entorno más de 150.000 metros cúbicos diarios de aguas residuales sin tratar. Esas condiciones hacen más grave la posibilidad de que una inundación mezcle agua de lluvia y aguas contaminadas. El anegamiento no solo amenaza con mojar las camas: puede deteriorar aún más un entorno sanitario ya muy precario.
Los equipos de Defensa Civil afrontaban, además, limitaciones de combustible y vehículos. El artículo original informó de más de 2.500 llamadas de auxilio desde el inicio de la tormenta. Un volumen así pone a prueba incluso a un servicio con recursos completos; con maquinaria dañada, resulta más difícil achicar agua, retirar escombros y llegar a todos los campamentos. La diferencia entre una emergencia localizada y una catástrofe extensa también depende de la capacidad de respuesta disponible.
La ayuda necesaria no consiste solo en mantas
Durante el temporal, las agencias y organizaciones humanitarias repartieron mantas, lonas, ropa de abrigo, colchones, kits de higiene y otros artículos de invierno. También se informó de trabajos para elevar suelos, despejar drenajes y trasladar a familias desde áreas especialmente expuestas. Esas medidas pueden aliviar el riesgo inmediato, pero no todas sirven para el mismo problema. Una manta ayuda a conservar el calor; una bomba de achique evita que el agua siga ocupando el refugio.
Entre los materiales señalados como necesarios figuran madera y tablas para levantar las camas y los suelos, contrachapado para dar más estabilidad a las estructuras, sacos terreros para desviar el agua y bombas para vaciar zonas inundadas. También hacen falta combustible y accesos practicables para que los equipos y los suministros lleguen hasta los asentamientos. El artículo original subrayaba que estos insumos voluminosos escaseaban o sufrían restricciones de entrada. Sin herramientas para apartar el agua, el reparto de artículos de abrigo solo cubre una parte del problema.
La entrada de suministros está rodeada de acusaciones contrapuestas. Israel sostiene que facilita la ayuda y cumple las condiciones acordadas; agencias humanitarias y organizaciones locales han denunciado que no llega el volumen necesario o que faltan materiales críticos. También hay desacuerdo sobre los recuentos y sobre qué bienes se consideran prioritarios. La población desplazada no puede resolver esa disputa, pero vive sus consecuencias: un envío insuficiente o tardío puede marcar la diferencia entre dormir en seco o pasar otra noche sobre el barro.
El alto el fuego no ha reparado los daños de la guerra
La tregua que entró en vigor el 10 de octubre redujo la intensidad de los combates abiertos, pero no devolvió las viviendas ni restauró las redes de agua, saneamiento y drenaje. Los informes citados en la información de referencia seguían registrando ataques y otras violaciones del alto el fuego. El artículo original recogía un balance de 414 palestinos muertos desde el comienzo de la tregua, cifra atribuida a los informes disponibles en ese momento. Una pausa en los combates no equivale a una recuperación material ni a una protección completa de la población.
La destrucción acumulada ayuda a explicar por qué las consecuencias del invierno son tan graves. Una evaluación citada por la competencia encontró que cerca del 60% de más de 178.000 unidades habitacionales examinadas estaban gravemente dañadas, destruidas o no eran habitables. En esas circunstancias, la lluvia puede hacer inseguro un edificio que todavía parecía utilizable. La falta de viviendas en condiciones empuja a las familias hacia refugios que también están expuestos al derrumbe.
La reconstrucción depende de acuerdos políticos y de la llegada de materiales, pero el invierno no espera a que se resuelvan. Mientras continúan las discusiones sobre las siguientes fases del alto el fuego y las responsabilidades por el acceso humanitario, las familias afrontan el frío con lo que tienen a mano. El debate diplomático puede ocupar titulares, pero la vulnerabilidad se mide en condiciones concretas: techo, suelo seco, agua limpia y una estructura que no ceda. Sin esas bases, una tregua deja intacta buena parte del peligro cotidiano.
Una crisis que se repite cada invierno
Los materiales de referencia describen una tercera temporada invernal consecutiva en la que la población desplazada afronta lluvias y frío sin refugios suficientes. Esa repetición importa: una tienda deteriorada no se vuelve más segura porque la familia haya pasado ya otro invierno bajo ella. La exposición acumulada desgasta lonas, colchones y pertenencias, y cada nuevo desplazamiento obliga a improvisar de nuevo. Lo que debería ser una solución temporal se ha prolongado hasta convertirse en una forma de vida precaria.
Las evaluaciones de asentamientos identifican problemas que se refuerzan mutuamente: hacinamiento, terrenos bajos, refugios dañados, saneamiento inseguro y drenaje insuficiente. No todos los lugares presentan exactamente las mismas condiciones, y no todas las familias afrontan el mismo riesgo. Las tiendas próximas a zonas costeras pueden quedar expuestas al viento y al agua, mientras que en otras áreas el peligro principal procede de edificios dañados o de calles anegadas. La crisis no se manifiesta de una sola manera, aunque comparta una misma raíz: la ausencia de un lugar seguro donde vivir.
También por eso los números de distintos organismos no siempre coinciden. Un recuento puede medir personas afectadas por una tormenta durante una semana; otro, hogares desplazados en riesgo de inundación o unidades habitacionales inhabitables. Las cifras se refieren a poblaciones y periodos diferentes, y no deben sumarse como si describieran un único grupo. Leídas con ese cuidado, sin embargo, dibujan el mismo cuadro: millones de necesidades acumuladas y una respuesta que no alcanza a cubrirlas.
La lluvia expone lo que la guerra dejó sin resolver
El temporal Byron no creó la falta de vivienda, el deterioro del saneamiento ni la escasez de refugios. Los hizo más visibles y más urgentes. Una tienda que gotea, una pared agrietada y un canal obstruido pueden parecer problemas separados, pero durante una tormenta forman una misma cadena: el agua entra, el suelo se empapa, el frío cala y las personas sin alternativa quedan expuestas. Por eso el invierno se convierte en una trampa cuando el refugio, la infraestructura y la ayuda fallan al mismo tiempo.
Las muertes y los daños informados durante esas jornadas no pueden explicarse solo por el mal tiempo. En condiciones normales, una lluvia no debería convertir una tienda en una amenaza mortal ni obligar a elegir entre una lona inundada y un edificio con riesgo de derrumbe. La diferencia está en la destrucción previa, el desplazamiento y la falta de medios para prevenir o responder a la emergencia. El frío es el golpe inmediato; la ausencia de protección es lo que deja a tantas personas indefensas frente a él.
Mientras no haya refugios seguros, drenaje funcional y entrada suficiente de los materiales necesarios, cada nuevo frente de lluvia volverá a poner a prueba una población exhausta. Las mantas y las tiendas son imprescindibles, pero deben acompañarse de bombas, combustible, saneamiento y espacios que no amenacen con inundarse o desplomarse. En Gaza, la tormenta pasa; la vulnerabilidad permanece mientras las familias sigan sin un lugar seco, estable y seguro al que volver.

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