Economía
Indra dispara su beneficio: ¿qué hará con Escribano en 2026?

Indra bate récords en 2025: 436 millones de beneficio, cartera disparada y caja firme; objetivo 7.000 millones en 2026 con Escribano en foco.
Indra cerró 2025 con una foto de esas que cambian el tono de una compañía: 436 millones de euros de beneficio neto, un salto del 57% respecto al año anterior, y unos ingresos de 5.457 millones, alrededor de un 13% más. El mercado lo leyó como un “aquí pasa algo” y, en la mañana del 26 de febrero de 2026, la acción se llegó a mover con una subida cercana al 15% y niveles en torno a 59,5 euros. No fue solo euforia de un día: también es la confirmación de que el ciclo de Defensa ha puesto a Indra en otra conversación, más grande, más áspera, más vigilada.
En paralelo, la empresa mantiene vivo el asunto que más preguntas silenciosas provoca en despachos y consejos: la potencial integración con Escribano Mechanical & Engineering (EM&E). El consejero delegado, José Vicente de los Mozos, lo resumió sin adornos: “seguimos trabajando en esa operación”. La frase suena corta, pero por debajo hay protocolo, conflicto de interés reconocido, comisión ‘ad hoc’ y una estructura accionarial donde el Estado pesa, y mucho: SEPI controla el 28% e EM&E el 14,3%, segundo mayor accionista. Y ahí, en ese cruce de números, industria y gobierno corporativo, se juega gran parte del 2026.
Resultados 2025: récord de beneficio y márgenes al alza
La cifra que abre el telediario económico es el beneficio, sí, pero el cuadro completo importa más. Indra no solo ganó 436 millones; también mejoró la forma en la que gana. El EBITDA creció hasta 636 millones (en torno a un 17% más) y el EBIT alcanzó 517 millones, con un margen EBIT del 9,5% en el conjunto del año. En un negocio de contratos largos, entregas exigentes y costes industriales que a veces muerden, que el margen suba medio punto no es un detalle: es un síntoma de disciplina, de mezcla de proyectos, de capacidad para convertir pedidos en resultados sin que se deshilache la cuenta.
En caja también hubo mensaje. La generación de caja libre, el famoso “dinero de verdad” que queda después de inversiones y necesidades operativas, se situó en 364 millones frente a 328 millones del año anterior. No es un salto estratosférico, pero sí consistente con el relato de “más rentable y más ejecutiva” que ha defendido la dirección. Y, de fondo, un matiz relevante para entender el balance: la deuda neta cerró diciembre de 2025 en 583 millones, lejos de la caja neta positiva de 86 millones de diciembre de 2024; la compañía lo asocia al impacto del pago ligado a Hispasat y Hisdesat, operaciones que pesan en caja antes de aportar EBITDA. Dicho en castellano llano: en 2025 se pagó industria y perímetro, y eso se nota en el endeudamiento.
Hay más letra pequeña, y no conviene ignorarla. Indra reconoció impactos que distorsionan comparaciones limpias, como el efecto de Tess Defence y el saneamiento excepcional de un proyecto en ATM (gestión del tráfico aéreo) en Europa Central. De hecho, la empresa calcula que, sin esos impactos, el margen EBITDA de 2025 habría sido superior al reportado, y el margen EBIT habría rondado el 10%. No es una excusa; es una forma de subrayar que el “core” mejora incluso si se apartan las anomalías del ejercicio.
El cuarto trimestre y la calidad del crecimiento
El último trimestre fue la parte más llamativa del año, casi el tramo final de una novela donde todo acelera. Los ingresos del cuarto trimestre crecieron alrededor de un 28% interanual y el margen EBIT del periodo subió hasta el 10,8%. Este dato, más que el crecimiento puro, es el que suele interesar a quien mira la calidad del negocio: no basta con vender más, hay que vender mejor, y hacerlo sin que el coste de ejecutar contratos se coma el margen. Además, el EBIT del cuarto trimestre aumentó en términos absolutos con fuerza, y el EBITDA trimestral también avanzó con un ritmo notable, señal de que el “tirón” no fue solo contable.
En ese tramo final también se ve la mezcla de la casa: Defensa empujó con mucha más potencia que el resto, Movilidad aportó dinamismo y Minsait siguió en modo tractor, sin fuegos artificiales pero con volumen constante. No es raro que algunas firmas de análisis hayan descrito el trimestre como “muy por encima de previsiones” y, sobre todo, hayan puesto el foco en la guía de 2026 como el elemento que convierte un buen año en un cambio de escala.
Defensa acelera y Minsait no se mueve del centro
El crecimiento de Indra en 2025 tiene un nombre en mayúsculas: Defensa. La división elevó ingresos un 36% hasta 1.407 millones de euros. Dentro, el empuje no se limita a una línea; hay varios motores encendidos a la vez. En vehículos terrestres, el perímetro de Tess Defence y programas asociados han sido determinantes, y la propia Indra ha señalado aportaciones concretas como los radares en Vietnam. En paralelo, aparecen piezas de mayor simbolismo europeo: Eurofighter y el ámbito espacial con proyectos como Galileo, además de la contribución de Deimos. Incluso el apartado de armamento y munición asoma con referencias como Meteor, que retrata el tipo de ecosistema industrial en el que Indra quiere estar, más integrado, menos “solo tecnología”.
Ahora bien, mientras Defensa acelera, Minsait sigue sosteniendo el tamaño real del grupo. En 2025 alcanzó 3.129 millones de euros de ingresos, con un crecimiento del 5%. Es el bloque que mantiene la base, el que da estabilidad cuando un gran contrato de Defensa entra o sale del perímetro. Dentro de Minsait, la compañía destacó líneas civiles con desempeño sólido: Administraciones públicas y Sanidad subiendo alrededor de un 12%, Servicios Financieros en torno a un 4%, y Energía e Industria cerca de un 2%. Puede sonar menos épico que los blindados, pero es el negocio que llena la despensa todos los meses.
En las otras dos patas, Indra también creció con dígitos de doble filo: ATM (gestión del tráfico aéreo) avanzó un 12% hasta 523 millones, y Movilidad subió un 10% hasta 398 millones. En ATM, la empresa menciona contratos concretos como radios en Estados Unidos y Canadá ligados a iTEC y radares en Reino Unido. Es un recordatorio de que Indra no depende solo del presupuesto de Defensa español: tiene contratos en América, Europa y otros mercados, y eso diversifica, aunque el momento actual lo monopolice la narrativa militar.
Un apunte que a veces se pierde entre titulares: el tipo de cambio restó aproximadamente 74 millones de euros a los ingresos de 2025 por la depreciación del dólar frente al euro y su efecto en divisas de países como Brasil, Argentina y México. Es un recordatorio práctico, casi antipático, de que el crecimiento también se pelea con la moneda. Aun así, la compañía habló de crecimiento orgánico del 9%, con Defensa en 17% orgánico, ATM en torno al 9%, Movilidad alrededor del 8% y Minsait cerca del 6%. No todo es “comprar y consolidar”; hay actividad real debajo.
En el relato de 2025 también aparece un cambio de organigrama con vocación industrial. La empresa ha puesto nombres propios a esa ambición: IndraMind como plataforma soberana de inteligencia artificial de uso dual, además de estructuras como Indra Land Vehicles, Indra Space e Indra Weapons & Ammunitions. No es una cuestión estética. Es una manera de decir que la compañía quiere controlar más tramos de la cadena, desde tecnología y sistemas hasta fabricación, con un pie en lo civil y otro en lo militar.
2026 en grande: 7.000 millones, EBIT 700 y más industria
Indra no se quedó en el “hemos ganado más”. Dio una guía con dientes. Para 2026, se marca superar los 7.000 millones de euros de ingresos en moneda local, alcanzar un EBIT por encima de 700 millones y generar más de 375 millones de flujo de caja libre. A eso le añade un matiz casi de orgullo: esos objetivos están al menos un 17% por encima de lo que contemplaba el plan estratégico 2024-2026. En términos de mensaje, es una forma de decir que el plan se les ha quedado pequeño. Según la propia compañía, el plan se ha cumplido con un año de antelación.
Las frases escogidas por los dos máximos ejecutivos completan el marco. Ángel Escribano, presidente ejecutivo, habló de fortaleza industrial y de una empresa “preparada” para liderar grandes programas de Defensa en España y Europa, con capacidades “tecnológicas, industriales y de talento”. De los Mozos insistió en la idea de una compañía “más sólida, más rentable” y con capacidad de ejecución para mirar 2026 con expectativas “realmente excepcionales”. Son palabras grandes, sí, y por eso mismo obligan a hechos grandes: entregas a tiempo, ampliación real de capacidad y control de costes cuando la industria aprieta.
La parte más tangible de ese salto se mide en ladrillo, maquinaria y personal. Indra ha anunciado que invertirá 400 millones entre 2025 y 2027 en capex para ampliar su huella industrial. Y, de cara a 2026, prevé contar con cinco nuevas plantas en España. Suena a titular, pero es sobre todo logística: dónde se fabrica, con qué proveedores, con qué turnos y con qué homologaciones. En defensa, la capacidad industrial no se improvisa; se construye con paciencia, contratos, certificaciones y una cadena de suministro que no falle. La empresa lo sabe y por eso ha hablado de “red con mayor escala y más especialización por centro”.
En ese mapa industrial aparece una pieza con nombre propio: la compra a Duro Felguera de la planta de El Tallerón, con la intención de convertirla en centro de referencia para la producción de plataformas terrestres militares. La planta ya está vinculada a trabajos ligados a Tess Defence y al programa del VCR 8×8 Dragón. Cuando Indra habla de “campeón nacional” no está hablando solo de tecnología de despacho; está hablando de naves, utillaje y metal.
Además, 2025 no fue un año de recorte en innovación. La inversión en I+D+i alcanzó 472 millones de euros. En una empresa que combina software, electrónica, integración de sistemas y, cada vez más, fabricación, esa cifra es una apuesta por diferenciarse en un mercado donde no basta con montar componentes: hay que diseñar, certificar, proteger propiedad intelectual y sostener talento técnico en un contexto de competencia feroz.
Dividendo, deuda y bolsa: el termómetro del mercado
La reacción bursátil del 26 de febrero fue inmediata y ruidosa: Indra encabezó subidas en el parqué con una escalada cercana al 15%. Estas jornadas tienen algo de escena: pantalla verde, titulares rápidos, llamadas de analistas, y el típico comentario de “esto ya no es lo de antes”. Pero la bolsa es un termómetro, no un veredicto. Lo que sí señala es que el mercado premió dos cosas a la vez: resultados récord y una guía 2026 que suena más ambiciosa de lo esperado.
El dividendo también fue parte del mensaje. Indra anunció un pago de 0,30 euros por acción, más de un 20% por encima del abonado con cargo a 2024, y con fecha prevista de abono el 9 de julio de 2026. En términos corporativos, subir dividendo después de un año de inversión y expansión es un gesto de confianza en la caja y en la continuidad del ciclo. No es “reparto por repartir”, sino una señal hacia el accionista de que el crecimiento no se traga toda la liquidez.
La estructura accionarial añade capas a cualquier decisión relevante. El Estado, a través de SEPI, mantiene ese 28% que convierte a Indra en una compañía muy sensible a los equilibrios públicos: no solo por contratos, también por gobernanza. Y, al mismo tiempo, el 14,3% de EM&E como segundo accionista convierte la operación Escribano en algo más que una adquisición industrial: es una operación con implicaciones de poder, de compatibilidad de intereses y de escrutinio permanente. En este tablero, cada paso se mira con lupa.
En el ruido reciente también ha aparecido un actor típico de la bolsa moderna: el fondo activista Third Point, nuevo accionista. Su llegada no es una anécdota; suele implicar presión para que las operaciones se ejecuten con claridad, sin demoras eternas y con foco en valor para el accionista. En este contexto, se ha conocido que Third Point trasladó al Gobierno su malestar por el freno a la integración con EM&E, advirtiendo de que esa parálisis puede erosionar valor. No es una opinión “neutral”, claro: un activista suele preferir movimientos rápidos. Pero su presencia añade tensión a un proceso que ya era delicado por sí mismo.
Escribano y el protocolo: integración con lupa corporativa
La potencial integración con Escribano Mechanical & Engineering es, en cierto modo, la pieza que completa el dibujo industrial de Indra en Defensa. EM&E está asociada a capacidades en torretas para tanques y vehículos blindados y a un perímetro industrial que encaja con la apuesta de Indra por fabricar más y depender menos de terceros. El problema no está en el encaje técnico; está en el encaje institucional. Indra reconoció un conflicto de interés por la presencia de los hermanos Ángel Escribano (presidente ejecutivo de Indra) y Javier Escribano (consejero dominical de Indra y presidente de EM&E), ambos copropietarios de la empresa objeto de la posible operación. Eso obliga a blindajes muy concretos, no solo para cumplir la norma, sino para sostener credibilidad.
Ese blindaje existe en forma de protocolo hecho público tras una petición de la CNMV. Según ese documento, aprobado por el consejo el 30 de julio, De los Mozos asume la responsabilidad ordinaria de análisis, estructuración y ejecución de la operación como primer ejecutivo. Además, se crea una comisión ‘ad hoc’ para supervisar el proceso. El protocolo establece que Ángel y Javier Escribano deberán ausentarse de reuniones del consejo donde se aborde la operación, abstenerse de participar y votar en asuntos vinculados, y no tener acceso ni a la documentación relativa ni a asesores designados por Indra. Es una separación formal que busca evitar que el conflicto contamine decisiones.
Hay un punto especialmente sensible: la comisión ‘ad hoc’ emite un informe y el consejero delegado debe procurar, “en la medida de lo posible”, obtener un informe favorable, pero el texto deja claro que ese informe es necesario y no vinculante. Traducido sin rodeos: el consejo podría aprobar la operación incluso sin el respaldo de la comisión. En gobierno corporativo, esa no vinculancia es el tipo de detalle que un mercado nervioso subraya con fosforito. No porque signifique irregularidad por sí mismo, sino porque eleva el listón de la explicación pública: si el consejo decide avanzar sin informe favorable, tendrá que justificarlo con una solidez quirúrgica.
El protocolo también contempla que, cuando el consejo lo determine, se convoque una junta general de accionistas para someter la operación a aprobación. Y ahí aparece otra rareza del caso: EM&E, como accionista con derecho de voto, podría participar en esa junta. El diseño prevé que la junta sea presidida por la vicepresidenta de la compañía, precisamente para evitar que el presidente ejecutivo, afectado por el conflicto, dirija un momento crítico. Son mecanismos de contención, necesarios, pero que no borran el trasfondo: la operación se mueve en un terreno donde lo industrial y lo reputacional van pegados como dos placas.
En el plano estrictamente empresarial, la operación lleva meses en un carril complejo. A principios de 2026 se extendió la idea de que el Gobierno había enfriado la integración por el conflicto de interés. Desde dentro, el mensaje oficial se mantiene en términos de trabajo y análisis, sin calendario público. De los Mozos ha evitado detalles y, en la presentación de resultados, se limitó a esa frase seca, casi de taller: “seguimos trabajando”. En una operación de este tipo, el silencio suele indicar que se negocia fórmula, perímetro, precio, gobernanza y, sobre todo, apoyo accionarial suficiente para que la operación no nazca herida.
En esa misma zona se asoman otros actores de la industria terrestre española. Tess Defence —donde están Indra, Santa Bárbara Sistemas, SAPA y EM&E— es clave porque concentra programas de gran volumen para el Ejército, como el VCR 8×8 Dragón y el Vehículo de Apoyo Cadenas (VAC), dos contratos valorados cada uno en torno a 2.000 millones de euros. Si Indra integra EM&E, la geometría de ese ecosistema cambia. No solo por sinergias; también por equilibrios con socios y competidores. Es terreno donde los movimientos se discuten con guante fino.
Y, como telón de fondo, está la pregunta que nadie formula con un micrófono abierto pero que todo el mundo calcula: cómo afecta la operación a la percepción de independencia del consejo, cómo se fijan condiciones de mercado y qué mecanismos de valoración se aplican para evitar que el precio sea discutible. En empresas con participación pública y con contratos sensibles, el listón de transparencia no es “alto”: es innegociable.
El pulso de Indra tras el año del salto
Indra llega a 2026 con una mezcla que impresiona y, a la vez, obliga. Impresiona por la cartera, que se disparó hasta 16.083 millones de euros, más que duplicando la de 2024, y por una ratio cartera/ventas en torno a 2,95 veces, que sugiere visibilidad de ingresos a futuro como pocas veces se había visto en la compañía. También por la contratación neta, que escaló hasta 12.778 millones y creció cerca de un 139%, aunque con un matiz decisivo: sin el efecto de grandes adjudicaciones ligadas a los Programas Especiales de Modernización (PEM) y la consolidación de Tess Defence, el crecimiento habría sido alrededor del 10%. Es decir, hay tracción real, pero el gran salto viene de contratos públicos masivos y del nuevo perímetro.
Los PEM, de hecho, son una parte central del relato. Indra ha explicado que una porción muy relevante de la cartera de 2025 corresponde a estos programas, con varios miles de millones asociados, y que el Gobierno ha adjudicado a Indra programas de modernización de gran volumen. Dentro de ese paquete, destaca el contrato de artillería móvil terrestre sobre cadena y ruedas adjudicado junto a EM&E, un proyecto que ha generado ruido industrial porque Santa Bárbara ha buscado impugnar o recurrir aspectos vinculados a ayudas y adjudicaciones. Ángel Escribano ha afirmado que Indra “no tiene ningún miedo” ante ese recurso contencioso-administrativo. Es un frente abierto que mezcla industria y derecho administrativo, y que habrá que seguir porque afecta a plazos, ejecución y clima competitivo.
En Europa, además, no todo es lineal. Indra participa en el FCAS, el futuro sistema aéreo de combate europeo, junto a Airbus, con un contrato en torno a 700 millones de euros para la parte española. Es un programa estratégico, pero no exento de tensiones políticas e industriales: se ha hablado de disputas entre Alemania y Francia sobre la configuración final del proyecto, incluso sobre si habrá uno o dos aviones de combate. Indra sostiene que liderará la parte española. En un sector donde los programas duran décadas, estos “momentos de indefinición” son normales… y también peligrosos, porque afectan a calendarios y a expectativas.
El balance final de este momento es sencillo de enunciar y difícil de ejecutar: Indra ha demostrado en 2025 que puede crecer fuerte y mejorar márgenes, y ha puesto para 2026 un listón alto con más de 7.000 millones de ingresos, más de 700 millones de EBIT y más de 375 millones de caja libre. Pero el año que viene no se decide en una presentación a analistas; se decide en fábricas nuevas, en cadena de suministro, en entregas de programas complejos y en una operación —la de EM&E— que, si avanza, tendrá que hacerlo con un nivel de control y explicación poco común. Todo el mundo mira lo mismo, aunque lo llame de maneras distintas: capacidad industrial, gobierno corporativo y ejecución. Si esas tres palabras aguantan juntas, el salto de 2025 habrá sido algo más que un año brillante.

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