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¿Por qué Hungría corta gas a Ucrania? Orbán complace a Putin

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Orban cuestiona utilidad de la UE

Hungría ha anunciado este 25 de marzo que reducirá gradualmente el gas enviado a Ucrania mientras no se reanude el tránsito de petróleo ruso por el oleoducto Druzhba. No ha ejecutado un corte total: el gas seguía cruzando la frontera este miércoles. La decisión de Viktor Orbán es, por ahora, una amenaza escalonada con un objetivo preciso. Budapest quiere que Kiev facilite el restablecimiento de una ruta que abastece a las refinerías húngaras y eslovacas, aunque Ucrania sostiene que permanece interrumpida por daños causados por un ataque ruso.

El conflicto enfrenta dos necesidades energéticas distintas. Ucrania importa gas de Hungría para sostener un sistema castigado por la guerra; Hungría depende del crudo ruso que llega a través de territorio ucraniano. Orbán presenta su medida como respuesta a un supuesto bloqueo deliberado de ese petróleo. Kiev niega esa interpretación y señala las dificultades de reparar una infraestructura atacada. La disputa ya ha alcanzado a Bruselas: Hungría vincula el futuro de Druzhba con su veto a un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Ucrania, mientras la UE intenta evitar que la avería condicione su política de apoyo al país invadido.

La amenaza sobre el gas tiene efectos antes de cerrar la válvula

El alcance inmediato del anuncio exige una distinción. Orbán ha planteado una reducción progresiva, no la suspensión instantánea de todas las entregas. Esa diferencia importa para medir el impacto material, pero no rebaja la gravedad política del movimiento. Al supeditar el gas al restablecimiento del petróleo, Budapest introduce incertidumbre en una ruta de suministro que Ucrania utiliza de forma habitual. Una restricción puede empezar siendo pequeña y convertirse en un problema mayor si se prolonga o coincide con nuevas dificultades en otras vías de importación.

En marzo, Ucrania había contratado 180 millones de metros cúbicos de gas procedente de Hungría, alrededor del 28% de sus importaciones previstas para el mes. En 2025, Hungría llegó a ser su principal proveedor, con cuotas próximas al 45% en algunos periodos. Son cifras suficientes para entender por qué Kiev sigue de cerca la amenaza, aunque no significan que vaya a quedarse sin gas de inmediato. Existen otras rutas y posibilidades de compra, pero sustituir un volumen relevante en un mercado tensionado puede encarecer el abastecimiento y complicar la gestión de las reservas.

La presión llega, además, a un país que debe reparar repetidamente instalaciones energéticas dañadas por ataques rusos. Perder flexibilidad en las importaciones pesa más cuando una central, una subestación o una conducción pueden fallar de un día para otro. El problema no se mide solo en metros cúbicos: también cuenta la capacidad de reaccionar ante una avería sin tener que buscar suministro alternativo a contrarreloj. Hungría conoce esa vulnerabilidad y ha escogido una palanca que puede graduar mientras observa la respuesta de Kiev y de sus socios europeos.

Orbán sostiene que el gas que deje de enviarse a Ucrania servirá para reforzar la seguridad energética húngara. El argumento tiene una dimensión interna evidente. Combustible, suministros y precios son asuntos sensibles para los hogares, y presentarse como quien protege las reservas nacionales da al primer ministro una posición reconocible ante su electorado. Al mismo tiempo, la medida convierte una relación comercial entre vecinos en una represalia política. No resuelve por sí sola la interrupción de Druzhba, pero aumenta el coste que Ucrania puede afrontar mientras esa ruta permanezca cerrada.

Druzhba, la tubería que sostiene el conflicto

El origen de la disputa está en Druzhba, el oleoducto construido durante la etapa soviética que atraviesa Ucrania y conecta el crudo ruso con refinerías de Europa central. Su nombre significa amistad en ruso, una ironía histórica difícil de pasar por alto en plena guerra. Tras la invasión de 2022, la Unión Europea redujo de forma drástica sus compras de energía a Rusia, pero Hungría y Eslovaquia conservaron excepciones para seguir recibiendo petróleo por tubería. A comienzos de 2026, eran los dos países de la UE que mantenían ese suministro de manera estable a través de Ucrania.

Para Hungría, la continuidad del flujo afecta a MOL, su principal compañía energética. Para Eslovaquia, afecta a Slovnaft, su gran refinería. Ambos gobiernos defienden que necesitan tiempo y alternativas viables antes de prescindir de esa ruta. La interrupción revela hasta qué punto la adaptación sigue incompleta: mientras buena parte de Europa ha cambiado de proveedores, las instalaciones de estos dos países continúan ligadas a un corredor que cruza una zona en guerra. El mapa de tuberías no se modifica con la misma rapidez que una decisión política.

El tránsito de petróleo está interrumpido desde finales de enero. Ucrania atribuye el daño a un ataque ruso con drones que afectó a la infraestructura, incluida la estación de bombeo de Brody. Budapest y Bratislava no aceptan que la explicación técnica baste para justificar la demora. Sostienen que Kiev podría avanzar más deprisa y que está utilizando el suministro como instrumento de presión. Son versiones enfrentadas sobre las causas y la respuesta a una avería; presentarlas como si fueran hechos equivalentes a una inspección de la instalación ocultaría precisamente lo que está en disputa.

La reparación tampoco se desarrolla en condiciones ordinarias. Intervenir en una infraestructura energética durante una guerra exige evaluar daños, disponer de equipos y trabajar con garantías de seguridad en un territorio expuesto a nuevos ataques. En marzo, la empresa estatal ucraniana Naftogaz aceptó apoyo técnico y financiero de la UE para acelerar los trabajos. Su consejero delegado, Serhiy Koretskyi, se mostró dispuesto a colaborar con especialistas europeos sobre el terreno. Ese paso no fija por sí solo una fecha de reapertura, pero incorpora supervisión técnica a un conflicto dominado hasta ahora por acusaciones políticas.

Los daños y la voluntad de reabrir la ruta

Orbán, su ministro de Exteriores, Péter Szijjártó, y el primer ministro eslovaco, Robert Fico, consideran que Ucrania está retrasando el restablecimiento del suministro. Kiev mantiene que trabaja en la reparación, aunque esta puede requerir varias semanas. La diferencia no reside únicamente en cuánto tardará en volver a circular el crudo. Los gobiernos húngaro y eslovaco atribuyen intención política al retraso; el ucraniano insiste en que existe una instalación dañada por Rusia y en que su seguridad condiciona cualquier trabajo. Sin una evaluación técnica compartida, cada jornada sin petróleo alimenta la desconfianza.

También existe un conflicto moral que no cabe en un parte de averías. Volodímir Zelenski ha expresado su incomodidad ante la exigencia de mantener el tránsito de petróleo ruso por Ucrania mientras su país sufre ataques. Desde la perspectiva húngara y eslovaca, la ruta abastece refinerías esenciales y las excepciones europeas siguen vigentes. Desde Kiev, resulta difícil tratar ese flujo como un asunto comercial ajeno a la guerra. Ambas realidades coinciden sobre el mismo tramo de oleoducto, y ninguna desaparece porque la discusión se presente únicamente como una cuestión de mantenimiento.

Druzhba, además, no ha servido exclusivamente para mover crudo ruso. A comienzos de marzo se conoció que MOL había recibido unas 35.000 toneladas de petróleo ucraniano por esa ruta a petición de Kiev, después de un incendio cerca de la línea. El episodio muestra que la infraestructura puede atender intereses distintos según las circunstancias. También complica una lectura en la que Ucrania solo quisiera impedir todo tránsito. Los daños, las necesidades de abastecimiento y la guerra se superponen en una red que, incluso cuando funciona, exige acuerdos entre países enfrentados por cuestiones mucho más amplias.

La campaña húngara y el veto en Bruselas

La disputa estalla a pocas semanas de las elecciones húngaras del 12 de abril, en las que Orbán busca la reelección. Su Gobierno presenta el suministro energético como una cuestión de soberanía y sostiene que los húngaros no deben asumir el coste de la guerra. Ese mensaje convierte una avería lejana en un asunto próximo: petróleo para las refinerías, gas almacenado en casa y temor a las subidas de precios. No demuestra por sí solo que la decisión sobre Ucrania responda exclusivamente a cálculos electorales, pero ayuda a explicar por qué Budapest ha optado por hacer pública una represalia tan visible.

Orbán lleva años diferenciándose de la mayoría de sus socios de la UE por su relación con Moscú y por sus críticas a parte del apoyo europeo a Kiev. La dependencia energética rusa le proporciona un argumento para defender excepciones, negociar con Bruselas y presentarse como protector de los intereses nacionales. Sus críticos ven en esa conducta una complacencia hacia Vladímir Putin; el Gobierno húngaro la justifica como pragmatismo. La crisis de Druzhba ofrece un nuevo escenario para esa confrontación, aunque el efecto inmediato de sus decisiones recae sobre Ucrania y sobre la capacidad de actuación de la UE.

Hungría ha bloqueado un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Ucrania y ha relacionado ese veto con la interrupción del petróleo. También mantiene reservas ante otras decisiones europeas vinculadas a Rusia. El salto de escala es considerable: un conflicto sobre el funcionamiento de un oleoducto acaba condicionando una ayuda financiera de alcance continental. Ursula von der Leyen, Antonio Costa y Friedrich Merz figuran entre los dirigentes que presionan para separar la asistencia a Kiev del contencioso energético. Budapest, en cambio, utiliza la capacidad de veto como parte de la misma negociación.

La elección del gas como represalia explica la lógica de la maniobra. Hungría actúa sobre un suministro que controla para intentar influir en una ruta petrolera situada en territorio ucraniano. No puede reparar Brody ni ordenar que el crudo vuelva a fluir, pero sí puede modificar gradualmente sus envíos de gas. Esa asimetría da fuerza a la amenaza y dificulta una respuesta equivalente de Kiev. La discusión deja así de limitarse a quién tiene razón sobre los trabajos en Druzhba: pasa a incluir qué recursos está dispuesto a emplear cada Gobierno para imponer su versión.

El enfrentamiento ya había desbordado el petróleo antes del anuncio de este miércoles. Orbán había amenazado con restringir exportaciones eléctricas a Ucrania y Eslovaquia había intervenido en el mercado de carburantes. Gas, electricidad, diésel y ayuda financiera aparecen ahora conectados por una misma disputa. Cada medida añade presión, pero también hace más difícil aislar el problema original y resolverlo como una avería. Para Bruselas, esa acumulación supone un riesgo político: un desacuerdo entre vecinos puede terminar alterando decisiones que afectan a todos los Estados miembros.

Eslovaquia comparte el interés, aunque aprieta por otras vías

Hungría no está sola en su preocupación por Druzhba. El Gobierno de Robert Fico también quiere restablecer cuanto antes el crudo destinado a Eslovaquia y acusa a Kiev de demorar la solución. La dependencia de Slovnaft explica buena parte de su posición. Aunque ambos países comparten interés material y una relación más acomodaticia con Moscú que la de otros socios europeos, sus instrumentos de presión no son idénticos. Budapest puede amenazar con reducir gas a Ucrania; Bratislava ha concentrado algunas de sus medidas en los carburantes y en su mercado interno.

En las últimas semanas, Eslovaquia ha adoptado medidas extraordinarias sobre el diésel, entre ellas límites a las ventas, intentos de frenar exportaciones y condiciones más caras para el repostaje de vehículos con matrícula extranjera. La Comisión Europea ha advertido de que algunas decisiones chocan con las normas comunitarias. El objetivo declarado por Bratislava es proteger el abastecimiento nacional, pero el resultado es otro foco de fricción dentro del mercado único. El problema deja de estar confinado a una estación de bombeo ucraniana cuando afecta a conductores, distribuidores y reglas compartidas por toda la UE.

La coincidencia entre Orbán y Fico aumenta el coste político de la crisis para Bruselas. Dos gobiernos sostienen que su suministro está en juego y reclaman una respuesta rápida de Kiev, mientras Ucrania insiste en que debe reparar daños causados por ataques rusos. No forman un bloque idéntico en todos los asuntos europeos, pero aquí sus intereses convergen. Esa convergencia dificulta presentar el conflicto como una simple anomalía húngara y obliga a atender la pregunta de fondo: cuánto tiempo pueden seguir dependiendo dos Estados miembros de una ruta cuya seguridad no controlan.

Una posible salida pasa por ampliar las alternativas de abastecimiento. La República Checa se ha mostrado dispuesta a estudiar la inversión necesaria para invertir el flujo y enviar petróleo hacia Eslovaquia a través de una red conectada al sistema TAL. Es una opción técnica que requiere trabajo e inversión, no un sustituto disponible de un día para otro. Su importancia reside en otra parte: señala que la continuidad de Druzhba ya no puede darse por descontada. Cada alternativa operativa reduciría la capacidad de una avería, o de una disputa política, para paralizar decisiones mucho más amplias.

El coste para Ucrania de buscar gas por otras rutas

Una reducción sostenida de los envíos húngaros obligaría a Ucrania a reorganizar sus compras de gas. El país no depende de una única frontera ni está ante una pérdida automática de todo su abastecimiento, pero cambiar de proveedor implica asegurar capacidad de transporte, negociar suministros y absorber posibles sobrecostes. La magnitud final dependerá de cuánto reduzca Hungría el flujo, durante cuánto tiempo y de qué disponibilidad haya en otras rutas. Por ahora, el anuncio abre una incertidumbre relevante sin permitir calcular una factura definitiva.

El momento importa tanto como el volumen. Ucrania afronta ataques continuados contra su sistema energético y necesita margen para responder a averías, picos de demanda y necesidades de almacenamiento. Una importación estable desde Hungría no resuelve por sí sola esas dificultades, pero contribuye a repartir riesgos. Si esa pieza se vuelve incierta por una decisión política, el país tendrá que dedicar recursos a compensarla. En una economía de guerra, asegurar un suministro alternativo no es un simple trámite comercial: compite con otras necesidades urgentes de financiación y reparación.

El recorte también enviaría una señal a otros vecinos y proveedores. Una ruta de gas puede transformarse en instrumento de presión incluso entre países conectados al espacio energético europeo. No equivale a los ataques rusos contra instalaciones ucranianas, ni debe confundirse una represalia comercial con un bombardeo. Pero ambos factores pueden coincidir sobre el mismo sistema debilitado. Esa acumulación explica por qué Kiev interpreta el anuncio de Budapest como algo más que una diferencia contractual y por qué Bruselas intenta evitar que la tensión se extienda a nuevas formas de suministro.

Para Hungría, la presión tampoco está libre de costes. Reducir ventas altera una relación de suministro y puede agravar sus diferencias con otros miembros de la UE, aunque Orbán considere prioritario restablecer el petróleo. Las dependencias energéticas funcionan en varias direcciones: permiten negociar, pero también exponen a quien las utiliza a respuestas políticas y a la búsqueda acelerada de alternativas. Si Ucrania consigue diversificar más sus compras, la capacidad húngara de influir mediante el gas será menor. Por eso el alcance del anuncio debe medirse no solo por lo que suceda esta semana, sino por los cambios que pueda desencadenar.

La dependencia rusa que Europa todavía no ha deshecho

Desde la invasión de 2022, la UE ha reducido con fuerza sus compras de energía rusa. La cuota del gas ruso en las importaciones comunitarias ha pasado de niveles cercanos al 45% al entorno del 12% en 2025, gracias, entre otros factores, a proveedores alternativos y a mayores compras de gas natural licuado. En petróleo, la caída también ha sido pronunciada: a finales de 2025, solo una fracción mínima del crudo consumido en la UE seguía llegando desde Rusia. Es un cambio profundo, aunque los promedios continentales no describen por completo la situación de cada país.

Hungría y Eslovaquia son el ejemplo más visible de esa diferencia. Una dependencia pequeña para la UE puede resultar decisiva para una refinería concreta. El dato agregado permite afirmar que Europa ha avanzado; la interrupción de Druzhba demuestra que todavía quedan puntos vulnerables. No se trata únicamente de encontrar otro vendedor de crudo. Importan las conexiones disponibles, la adaptación de las instalaciones y los costes de una transición que ambos gobiernos consideran sensibles. Cuanto más se prolongue esa situación, más oportunidades habrá de convertir una dificultad de abastecimiento en una disputa entre socios.

La Comisión Europea sostiene que no existe un riesgo inmediato de suministro para Hungría y Eslovaquia y recuerda que ambos países cuentan con reservas. Esa valoración no elimina el interés legítimo por reparar la infraestructura, pero pone en cuestión que la urgencia material justifique paralizar ayuda a Ucrania o amenazar con recortarle gas. La diferencia entre una necesidad de abastecimiento a medio plazo y una emergencia inmediata es central para juzgar la respuesta política. Budapest y Bratislava insisten en los riesgos futuros; Bruselas trata de impedir que esos riesgos absorban toda la agenda europea.

El contexto internacional añade dificultad. El encarecimiento del petróleo, vinculado al deterioro de la situación en Oriente Próximo, obliga a la UE a valorar con cautela el calendario de nuevas medidas contra la energía rusa. Bruselas mantiene su intención de cerrar la dependencia del crudo ruso, pero un mercado mundial más caro facilita que Orbán y Fico defiendan sus excepciones como garantía de estabilidad. La tensión no altera el origen de la avería de Druzhba; sí influye en la disposición de los gobiernos a asumir el coste de sustituir esa ruta y en la fuerza de sus argumentos ante la opinión pública.

La reparación del oleoducto no resolverá por sí sola la disputa

En las próximas semanas habrá que observar dos ritmos diferentes. Uno será técnico: el avance de los trabajos en la infraestructura dañada, incluida la estación de Brody, y la posibilidad de restablecer el tránsito con seguridad. El otro será político: hasta dónde lleva Orbán la reducción del gas antes de las elecciones del 12 de abril y si mantiene el veto al préstamo europeo. Una reparación rápida podría retirar el desencadenante inmediato de la crisis. No borraría, sin embargo, las diferencias sobre la compra de petróleo ruso, el apoyo a Ucrania y el uso de la energía como medio de presión.

Por ahora, el dato decisivo sigue siendo que Hungría no ha cerrado completamente el gas a Ucrania, pero ha anunciado que puede reducirlo para exigir la vuelta del crudo ruso. Ucrania atribuye la interrupción del oleoducto a daños causados por Rusia y acepta apoyo europeo para repararlos; Hungría y Eslovaquia sospechan que Kiev retrasa el proceso. La UE intenta separar esa controversia de la asistencia financiera al país invadido. Confundir la amenaza con un corte total o presentar como demostrado un bloqueo deliberado impediría entender cómo funciona realmente este pulso.

Druzhba revela una fragilidad que va más allá de sus tuberías. Europa ha reducido su dependencia de Rusia, pero no ha eliminado todas las consecuencias políticas de esa dependencia. Un tramo dañado basta para enfrentar a vecinos, poner bajo presión el suministro ucraniano y bloquear decisiones de Bruselas. El petróleo podrá volver a circular cuando la infraestructura esté lista; la cuestión más difícil será si los gobiernos europeos consiguen que una ruta heredada del pasado deje de dictar su respuesta común a la guerra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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