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Rufián y Montero: qué hay detrás de su acercamiento político
La imagen conjunta agita el tablero progresista, aunque las diferencias entre partidos siguen pesando más que los gestos.

El encuentro de Gabriel Rufián e Irene Montero en Barcelona reactivó el debate sobre una posible alianza a la izquierda del PSOE, pero no fue la presentación de un pacto electoral. En los datos conocidos entonces no constaban una candidatura común, un acuerdo orgánico entre ERC y Podemos ni un diseño de coalición con listas, programa o reparto de territorios. La escena tuvo valor político, aunque no equivalía a una papeleta compartida.
Lo que sí dejó fue un tanteo público: dos figuras con perfiles distintos defendieron la necesidad de coordinar a las izquierdas y pusieron presión sobre unas formaciones acostumbradas a negociar entre recelos. Para entender el alcance del gesto hay que separar dos planos: la conversación sobre la unidad ya estaba en marcha; la decisión de concurrir juntos seguía dependiendo de partidos y direcciones que no habían dado su visto bueno.
Una foto política que abrió una negociación, no la cerró
El acto barcelonés, moderado por Xavier Domènech y anunciado bajo el lema en catalán Què s’ha de fer?, ofreció un escenario idóneo para debatir el futuro de la izquierda. Montero y Rufián hablaron de cooperación y de reconstruir un espacio capaz de actuar en Cataluña y en el conjunto de España. La elección de ambos protagonistas no fue neutra: la imagen permitía asociar la unidad con dos dirigentes reconocibles, sin que eso obligara a sus organizaciones a firmar nada.
En política, una conversación pública puede servir para medir apoyos, fijar temas y obligar a otros actores a reaccionar. Pero una coalición requiere bastante más: decisiones sobre candidaturas, siglas, programa, liderazgo y circunscripciones. Esos elementos no se concretaron en el encuentro. Por eso, la lectura más ajustada no es que allí naciera un nuevo partido, sino que se hizo visible una exploración política todavía sin estructura electoral.
La prudencia de Rufián y de voces de ERC al presentar el acto como un diálogo sin consecuencias electorales inmediatas también era significativa. No anulaba la intención de agitar el debate, pero marcaba una frontera entre el gesto y el acuerdo. La conversación iba más deprisa que las organizaciones: el mensaje de unidad tenía escenario y protagonistas, mientras el mecanismo para llevarlo a las urnas seguía pendiente.
Qué intenta ganar Podemos con el acercamiento
Para Podemos, la iniciativa ofrecía una oportunidad de recuperar espacio en la conversación política y de presentarse como impulsor de una recomposición más amplia. El partido llegaba debilitado por malos resultados autonómicos en Aragón y Castilla y León, donde se había quedado sin representación, y atravesaba tensiones con Sumar. En ese contexto, Montero podía proyectar una imagen de relanzamiento y no limitarse a defender la supervivencia de la organización. El acercamiento a Rufián ampliaba el marco más allá de la disputa interna con Sumar.
La dirección morada también tenía motivos para intentar fijar los términos del debate sobre la unidad. Tras la ruptura con Sumar a finales de 2023, Podemos había concurrido por separado en distintos comicios, pero el acuerdo alcanzado para integrarse en la candidatura Por Andalucía junto a IU y Sumar mostró que esa posición podía revisarse según el contexto. La negociación andaluza generó malestar en parte del espacio morado, y Pablo Iglesias expresó públicamente su descontento con el resultado. La propuesta de un tándem con Rufián servía así para reabrir la discusión sobre quién dirige y con qué condiciones una confluencia.
Montero había defendido la idea de hacer equipo y construir una izquierda con capacidad de actuar en varios territorios. En sus planteamientos aparecían asuntos concretos como la vivienda y el precio del alquiler, temas que permiten conectar una discusión abstracta sobre siglas con problemas cotidianos. Ese giro importa porque la unidad, por sí sola, no constituye un programa. Para ser algo más que una consigna, una alianza tendría que explicar qué políticas compartiría y cómo las llevaría adelante.
Por qué Rufián resulta atractivo para una parte de la izquierda
Rufián ocupa una posición singular: es portavoz de ERC en el Congreso, pero su perfil y su comunicación han trascendido el marco estrictamente catalán. Puede hablar a sectores progresistas que no se identifican necesariamente con Podemos o con el soberanismo, y su estilo directo le ha dado una presencia mediática notable. Para Montero, sentarse con él ofrecía la posibilidad de asociar la recomposición de la izquierda con una figura que conserva visibilidad y una identidad política propia.
Ese atractivo no implica que Rufián se plantee abandonar ERC. En sus declaraciones ha defendido su pertenencia al partido, una precisión que limita cualquier interpretación de su papel como fichaje externo de Podemos. Puede promover conversaciones y una coordinación más ambiciosa sin actuar por cuenta propia en nombre de toda la organización. Su margen para impulsar una idea no es lo mismo que la autoridad para comprometer a ERC.
La propuesta que se ha asociado a la llamada vía Rufián parte de una preocupación electoral: en muchas provincias, las candidaturas separadas pueden dividir el voto y dificultar que las formaciones obtengan representación. La coordinación podría cambiar ese resultado, pero no es automática ni garantiza más escaños. Depende del territorio, del respaldo de los votantes y de cómo se repartan las candidaturas. Además, exige que los partidos acepten renunciar a puestos o protagonismo en determinados lugares. La aritmética puede empujar a la unidad, pero no resuelve por sí sola quién cede y quién encabeza.
El límite decisivo está en la dirección de ERC
La principal dificultad no reside en la relación personal entre los dos dirigentes, sino en el respaldo de sus partidos. ERC no había avalado orgánicamente una candidatura con Podemos y sus dirigentes habían enfriado la posibilidad de una confluencia que diluyera las siglas republicanas. La ausencia de Oriol Junqueras y de otros cargos relevantes en el acto también subrayó la distancia entre la iniciativa pública de Rufián y la posición de la dirección. Sin autorización de ERC, el portavoz podía abrir el debate, pero no cerrar un acuerdo en nombre del partido.
La cautela tiene una explicación estratégica. ERC compite en Cataluña con otras fuerzas soberanistas, entre ellas Junts, y necesita conservar una identidad reconocible ante su electorado. Integrarse en una candidatura estatal podría imponer un coste político y organizativo, incluso si la alianza se presentara como plurinacional. La cooperación en votaciones o en iniciativas parlamentarias no obliga a compartir lista electoral: para ERC, coordinarse no equivale necesariamente a fundirse con otra formación.
Ese es el motivo por el que las declaraciones favorables a la unidad no bastan para confirmar un pacto. La cuestión central no es solo si Rufián y Montero comparten diagnósticos, sino si la dirección republicana acepta una fórmula que altere su manera de competir. En la información disponible sobre aquel acercamiento, ERC mantenía la intención de concurrir con sus propias siglas. Mientras esa línea no cambiara, la opción de una candidatura común seguía siendo una hipótesis política, no un acuerdo cerrado.
Sumar, IU y los comunes también cuentan
La discusión no se limita a Podemos y ERC. Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los comunes forman parte de una recomposición más amplia del espacio a la izquierda del PSOE. En aquel momento, Sumar trabajaba en una refundación de su coalición y tenía pendiente definir cuestiones como su nombre y su liderazgo. También mantenía abierta la puerta a Podemos, aunque la relación entre ambas organizaciones estaba marcada por la desconfianza y por desacuerdos recientes. Una alianza alternativa no se construiría en un tablero vacío.
La reacción de Yolanda Díaz fue dar la bienvenida a iniciativas que pudieran movilizar al electorado progresista, sin presentar por ello el encuentro como el inicio de una candidatura. IU, por su parte, puso el foco en Por Andalucía, la coalición que lideraba Antonio Maíllo, y la defendió como ejemplo de confluencia. Los representantes del nuevo espacio de Sumar habían invitado a Podemos a un acto previsto en Sevilla el 19 de abril, en plena precampaña andaluza. Esos movimientos mostraban que la disputa también consistía en decidir qué experiencia de unidad debía servir de modelo.
Los comuns asistieron al acto barcelonés, pero su presencia no convertía la conversación en una plataforma conjunta. La diferencia parece pequeña, aunque importa: escuchar o participar en un debate no supone aceptar una estrategia electoral. Cada organización tiene sus tiempos, sus prioridades territoriales y sus cálculos sobre el liderazgo. La izquierda puede compartir preocupación por la fragmentación y, a la vez, discrepar sobre quién debe coordinarla. El consenso sobre la necesidad de entenderse está muy lejos del consenso sobre cómo hacerlo.
El verdadero obstáculo aparece al repartir el poder
Las apelaciones a la unidad suelen resultar más sencillas mientras se mantienen en el terreno de los principios. La dificultad llega al negociar las listas, las cabezas de cartel y la representación de cada territorio. También habría que acordar un programa y una posición común sobre cuestiones sensibles, como la relación con el PSOE y el encaje de las fuerzas soberanistas en un proyecto estatal. La letra pequeña de una coalición es donde las afinidades generales se convierten en decisiones difíciles.
Podemos necesita conservar un papel reconocible y evitar quedar subordinado dentro de una estructura dirigida por otros. ERC, en cambio, tiene razones para resistirse a que su marca catalana aparezca como una pieza de un proyecto de alcance estatal. Sumar defiende su propio espacio, IU reclama el valor de las confluencias territoriales y otros partidos tampoco quieren ser el componente prescindible. No se trata solo de personalismos: cada organización debe justificar ante sus votantes qué gana y qué arriesga al compartir candidatura.
Por eso, la imagen de una sociedad provisional entre Montero y Rufián describe mejor aquel momento que la idea de una alianza formal. Ambos podían obtener beneficios políticos sin comprometer a sus partidos: ella ganaba visibilidad y abría una vía distinta a la negociación con Sumar; él reforzaba su perfil estatal y mantenía la discusión dentro de ERC. Esa lógica podía prolongar el tanteo, pero también tenía un límite. Cuando llegara el momento de asignar poder efectivo, la cordialidad del escenario tendría que medirse con intereses concretos.
Lo que comparten y lo que aún los separa
Montero y Rufián coinciden en que la izquierda atraviesa una etapa de retroceso y en que la fragmentación reduce su capacidad para influir en el debate. También comparten la preocupación por el avance de la derecha y la extrema derecha, aunque eso no significa que propongan la misma respuesta. Montero ha situado en primer plano la vivienda y la reconstrucción de una izquierda fuerte; Rufián ha defendido una conversación amplia, capaz de incluir asuntos incómodos como la inmigración y la seguridad sin estigmatizar a nadie. Existe un terreno político común, pero no una plataforma detallada que lo convierta en programa.
La diferencia entre tener preocupaciones parecidas y formar una organización común es decisiva. Podemos y ERC no parten de la misma relación con la política estatal ni compiten en idénticos electorados. La dimensión plurinacional puede facilitar una conversación, pero también obliga a resolver cómo se reconoce la autonomía de cada territorio dentro de una candidatura compartida. Una alianza tendría que encajar sensibilidades distintas sin borrar aquello que las hace reconocibles.
También queda por aclarar qué significa exactamente unidad. Puede consistir en acuerdos puntuales, coordinación parlamentaria, candidaturas conjuntas en algunos territorios o una coalición estatal. Son fórmulas diferentes y no requieren el mismo nivel de compromiso. Confundirlas alimenta titulares, pero oscurece la negociación real. En el caso de Rufián y Montero, el acto puso en circulación una posibilidad y elevó su perfil; no definió cuál de esas formas de cooperación estaba sobre la mesa.
Un globo sonda con efectos políticos reales
Que no hubiera candidatura acordada no vuelve irrelevante el encuentro. Una iniciativa de este tipo puede influir en las negociaciones antes de que exista un documento: obliga a los partidos a explicar su posición, modifica la conversación pública y hace visible que hay dirigentes dispuestos a explorar fórmulas que sus organizaciones aún no han aprobado. Montero regresó al centro de la discusión y Rufián amplió su papel más allá de la política catalana. El efecto inmediato fue cambiar el marco del debate, no anunciar un pacto.
La maniobra también introdujo presión en varias direcciones. Sumar tenía que responder a la idea de que la unidad podía ensayarse por otra vía; ERC debía gestionar la distancia entre la proyección pública de su portavoz y la prudencia de su dirección; Podemos podía presentarse como motor de una recomposición sin aceptar de antemano las condiciones de Sumar. Cada actor recibía una señal distinta, aunque ninguno quedaba obligado a seguirla. El valor táctico del gesto residía precisamente en mantener abiertas varias interpretaciones.
La respuesta más rigurosa, por tanto, distingue entre lo comprobable y lo posible. En el material conocido sobre el encuentro no aparecía un acuerdo orgánico ni una candidatura conjunta con reglas definidas. Sí aparecían una apuesta por conversar, una voluntad de presionar sobre la fragmentación y un escenario político en el que la unidad podía volver a negociarse. Barcelona no resolvió las diferencias entre las formaciones; las hizo más visibles. La prueba decisiva no sería otra fotografía, sino el respaldo de los partidos y un acuerdo sobre cómo compartir las urnas.

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