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El Estado palestino, entre el rechazo de Netanyahu y la presión europea

El voto europeo eleva la presión diplomática, aunque las fronteras, la seguridad y la voluntad política siguen sin resolverse.

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sede de estrasburgo del Parlamento UE

La existencia de un Estado palestino sigue sin estar garantizada. El respaldo de la Eurocámara a una respuesta más firme frente al Gobierno de Benjamín Netanyahu aumenta la presión diplomática, pero no modifica por sí mismo las fronteras ni crea instituciones sobre el terreno. La decisión final sobre reconocer a Palestina corresponde a cada Estado de la Unión Europea, mientras que el primer ministro israelí ha reiterado su rechazo a que llegue a constituirse un país palestino al oeste del río Jordán.

El choque pone frente a frente dos movimientos distintos: la búsqueda europea de un horizonte de dos Estados y las decisiones políticas y territoriales que complican esa posibilidad. El Parlamento Europeo ha apoyado la propuesta de suspender la relación de asociación con Israel, un paso que no equivale al reconocimiento palestino y que tampoco convierte automáticamente la posición de la cámara en una política común. La brecha entre los gestos diplomáticos y la realidad diaria es, precisamente, el centro de la disputa.

Qué ha respaldado el Parlamento Europeo

La Eurocámara ha dado apoyo político a la propuesta de revisar y suspender el acuerdo de asociación con Israel. Ese tratado organiza una relación privilegiada entre la Unión Europea y el Estado israelí, también en el ámbito comercial, y vincula esa cooperación al respeto de principios y obligaciones internacionales. La iniciativa plantea que la relación no puede quedar al margen de lo que ocurre en Gaza y Cisjordania. No se trata, por tanto, de una decisión que reconozca un Estado palestino, sino de una señal sobre las condiciones de la cooperación europea con Israel.

La diferencia importa porque las instituciones europeas no deciden todas lo mismo ni con el mismo alcance. El Parlamento expresa una posición política y puede elevar el coste de la inacción para la Comisión y los gobiernos, pero su respaldo no suspende por sí solo el acuerdo. La aplicación de una medida de ese tipo requiere pasos institucionales y decisiones de los Estados miembros, que mantienen posiciones distintas sobre la relación con Israel y sobre el momento adecuado para ejercer presión.

La propuesta también refleja una discusión más amplia: si las obligaciones incluidas en los acuerdos europeos deben tener consecuencias cuando se considera que no se están cumpliendo. Para quienes defienden la suspensión, mantener intacta la relación preferente mientras se agrava el sufrimiento civil debilita la credibilidad de la UE. Para quienes temen que una ruptura reduzca la capacidad de interlocución, el desafío consiste en presionar sin perder influencia. El voto abre esa disputa; no la resuelve.

Un respaldo político no equivale a crear un Estado

El reconocimiento diplomático es una decisión de cada país. En Europa, algunos gobiernos han reconocido a Palestina hace décadas; Suecia lo hizo en 2014 y España, Irlanda y Noruega anunciaron el reconocimiento en mayo de 2024. Eslovenia siguió poco después. La votación parlamentaria europea no obliga a los demás Estados a imitarles: puede orientar el debate y dar respaldo a quienes reclaman avanzar, pero no sustituye la decisión de las capitales.

Reconocer a un Estado tiene efectos políticos y diplomáticos concretos. Permite tratar formalmente con sus representantes como autoridades de un Estado, establecer relaciones de ese rango y dar más consistencia a acuerdos y gestiones internacionales. Sin embargo, no instala de inmediato una administración en todo el territorio reclamado, no fija una frontera aceptada por las partes ni garantiza el control efectivo de los pasos fronterizos. En otras palabras, el reconocimiento puede reforzar una posición jurídica y política, pero no reemplaza los elementos materiales que hacen funcionar un Estado.

Palestina tiene actualmente estatus de Estado observador no miembro en Naciones Unidas. La Asamblea General respaldó en 2024 que cumplía los requisitos para ser miembro de pleno derecho y pidió que se reconsiderara su solicitud, pero la admisión plena requiere una recomendación del Consejo de Seguridad y la aprobación posterior de la Asamblea. La vía multilateral, por tanto, tampoco depende solo de una votación favorable en la Eurocámara: el procedimiento de la ONU tiene etapas propias y puede quedar bloqueado por las diferencias entre las grandes potencias.

El rechazo de Netanyahu y la política sobre el terreno

En septiembre de 2025, Netanyahu volvió a afirmar que no se establecería un Estado palestino. La declaración llegó en un momento en que varios países occidentales anunciaban o consolidaban el reconocimiento de Palestina, y el primer ministro la presentó como una respuesta a esa presión internacional. Su postura no es solo retórica: conecta con una línea política que rechaza la creación de un Estado palestino soberano y con decisiones sobre asentamientos y control territorial que hacen más difícil dibujar un territorio continuo.

Una parte de la coalición israelí sostiene que Israel debe extender su soberanía sobre Cisjordania, territorio ocupado por Israel desde 1967. Ministros del Gobierno han defendido públicamente esa opción y han reclamado medidas de anexión tras los anuncios de reconocimiento de otros países. Netanyahu debe gobernar dentro de una coalición con posiciones diversas, pero también ha reafirmado su propio rechazo a la solución estatal palestina. La política interna israelí condiciona el margen de maniobra y vuelve más difícil que un cambio diplomático exterior se traduzca en una negociación.

Eso no significa que las declaraciones de un dirigente determinen por sí solas todo el futuro. Los gobiernos cambian, las coaliciones se reordenan y la presión exterior puede alterar los incentivos. Pero cuando las palabras van acompañadas de decisiones administrativas y de expansión de asentamientos, el efecto puede ser más duradero que un comunicado: transforma el espacio disponible y encarece cualquier acuerdo posterior. La cuestión decisiva no es únicamente qué anuncia cada parte, sino qué hechos quedan fijados sobre el terreno.

Por qué el corredor E1 preocupa a Europa

El proyecto urbanístico conocido como E1, en el entorno de Maale Adumim, es uno de los puntos que explican esa preocupación. La zona se encuentra al este de Jerusalén y su desarrollo podría dificultar la continuidad territorial entre el norte y el sur de Cisjordania, además de separar Jerusalén Este del resto del territorio palestino. El plan lleva años en el centro de la controversia internacional. Su importancia no reside solo en el número de viviendas que pueda contemplar, sino en el lugar que ocupa en el mapa.

Un futuro Estado necesita más que reconocimiento: requiere territorios conectados, vías de comunicación y una relación practicable entre sus principales ciudades. Si los asentamientos y las infraestructuras asociadas fragmentan el espacio, la movilidad puede depender de carreteras, controles y permisos que no están bajo una autoridad palestina. El resultado sería un territorio formalmente reivindicado, pero difícil de gobernar como una unidad. Por eso los diplomáticos que defienden la solución de dos Estados insisten en frenar medidas que consideran irreversibles.

La geografía no dicta automáticamente el resultado político, y las fronteras pueden negociarse con ajustes pactados. La referencia habitual para esas conversaciones son las líneas anteriores a la guerra de 1967, con posibles intercambios de territorio acordados entre las partes. Pero un mapa negociable no resuelve la falta de voluntad para negociar: si cada expansión modifica las condiciones iniciales, una futura mesa tendría que abordar hechos consumados además de las diferencias históricas. La disputa por el territorio es también una disputa por la viabilidad.

Qué significa reconocer a Palestina y qué no cambia

El reconocimiento puede fortalecer la personalidad internacional palestina y facilitar relaciones diplomáticas, acuerdos bilaterales y cooperación institucional. También permite a los países que lo adoptan expresar con mayor claridad qué solución consideran legítima. En un conflicto donde las negociaciones llevan años estancadas, esa definición puede ayudar a mantener visible un objetivo político y a contrarrestar la idea de que la cuestión estatal puede aplazarse indefinidamente.

Pero el reconocimiento no basta para garantizar seguridad a Israel ni para asegurar que una futura administración palestina pueda ejercer autoridad efectiva en Gaza y Cisjordania. Tampoco elimina la necesidad de resolver cuestiones como las fronteras, Jerusalén, los asentamientos, la circulación de personas y bienes y el futuro de los refugiados. Esas materias requieren acuerdos y garantías que las declaraciones unilaterales no proporcionan. El gesto diplomático abre una puerta política, pero no construye por sí solo el marco completo.

La misma cautela se aplica a sus posibles efectos económicos. Un estatus estatal puede aclarar el marco en el que se articulan algunos acuerdos y programas de cooperación, pero no garantiza inversiones, financiación ni reconstrucción. Para que esas iniciativas funcionen hacen falta instituciones capaces de administrar recursos, controles transparentes y condiciones de seguridad. La diferencia entre una bandera reconocida y un Estado operativo está en esas capacidades cotidianas: recaudar, prestar servicios, impartir justicia y responder ante la población.

La seguridad y la gobernanza siguen en el centro

La seguridad israelí es una condición ineludible de cualquier salida política duradera. Los ataques contra civiles y la amenaza de grupos armados alimentan el temor a que un Estado vecino se convierta en una plataforma para nuevas agresiones. Ese temor no desaparece con el reconocimiento de Palestina, y ningún acuerdo viable puede tratarlo como una preocupación secundaria. A la vez, la seguridad no ofrece por sí sola una respuesta al derecho de los palestinos a la autodeterminación ni justifica que el horizonte político se mantenga cerrado indefinidamente.

La gobernanza palestina también plantea preguntas difíciles. La Autoridad Palestina tendría que contar con instituciones legítimas, capacidad administrativa y mecanismos de rendición de cuentas; en Gaza, además, el futuro de la administración y de los grupos armados es una cuestión central. Sin una autoridad que pueda prestar servicios y mantener el orden, el reconocimiento corre el riesgo de quedarse en una declaración diplomática. La legitimidad institucional y la seguridad están conectadas: ninguna puede sustituir a la otra.

Eso explica por qué muchos gobiernos europeos presentan el reconocimiento en relación con condiciones de seguridad y gobernanza, aunque discrepen sobre cómo aplicarlas y en qué orden. Para unos, reconocer primero permite dar un horizonte político y crear incentivos para las reformas. Para otros, hacerlo sin acuerdos institucionales previos puede resultar prematuro o simbólico. No existe una fórmula aceptada por todos que resuelva esa tensión. Lo que sí está claro es que aplazar cada decisión hasta que todas las condiciones sean perfectas puede convertir el aplazamiento en permanente.

La posición europea y el riesgo del doble rasero

La UE se presenta como defensora del derecho internacional y de las reglas comunes. Por eso, la respuesta a la guerra y a la expansión de asentamientos afecta también a su credibilidad fuera de Oriente Medio. Si aplica con firmeza los principios en unos conflictos y con más cautela en otros, sus adversarios pueden acusarla de doble rasero y sus socios pueden poner en duda la consistencia de sus alianzas. La coherencia europea es parte de su capacidad de influencia, no solo una cuestión de imagen.

La suspensión del acuerdo de asociación se plantea en ese marco como una herramienta de presión. Sus partidarios sostienen que la relación privilegiada debe estar condicionada por el respeto a las obligaciones internacionales; sus críticos temen que cortar vínculos reduzca la interlocución y cierre canales que aún podrían servir para influir. La discusión no es abstracta: se refiere a qué instrumentos está dispuesta a usar la UE y a qué coste político, comercial y diplomático está preparada para asumir.

La respuesta europea también está limitada por sus divisiones internas. Algunos países ya reconocen Palestina y otros prefieren que el paso forme parte de una negociación o de una decisión coordinada. En política exterior, esa diversidad puede diluir los mensajes comunes y hacer que las decisiones avancen con lentitud. Aun así, el Parlamento puede cambiar el clima del debate: lo que antes parecía una cuestión aplazada pasa a estar sometido a una presión política más visible. El voto no unifica automáticamente a Europa, pero eleva el precio de no decidir.

Un horizonte político entre dos pueblos

La solución de dos Estados no consiste únicamente en que dos gobiernos se reconozcan. Supone que Israel pueda existir con seguridad y que los palestinos dispongan de un Estado soberano y viable, con instituciones capaces de representar a su población. Para acercarse a ese resultado harían falta acuerdos sobre territorio, fronteras, Jerusalén y seguridad, además de una administración palestina con legitimidad. Cada uno de esos asuntos lleva años atrapado entre desconfianza, violencia y desacuerdos políticos.

La guerra ha multiplicado el coste humano de ese bloqueo. Las familias israelíes afectadas por los ataques y la situación de los rehenes conviven con el duelo y la incertidumbre; la población palestina soporta la destrucción, el desplazamiento y la falta de un horizonte estable. Reconocer el sufrimiento de una comunidad no exige negar el de la otra. La posibilidad de una salida política depende, en parte, de que las demandas de seguridad, derechos y justicia no se presenten como incompatibles por principio.

Por ahora, no hay una respuesta segura sobre si llegará a existir un Estado palestino plenamente soberano. El reconocimiento por parte de más países y el apoyo de la Eurocámara pueden mantener abierta esa posibilidad y aumentar la presión sobre quienes la rechazan. No eliminan, sin embargo, los obstáculos que nacen de la guerra, la fragmentación territorial y la falta de acuerdo entre los dirigentes. El rumbo se decidirá menos por las declaraciones aisladas que por la capacidad de detener los hechos que hacen inviable cualquier negociación y de convertir la diplomacia en una solución política con garantías para ambos pueblos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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